A fines de los años 90 hubo en Escandinavia una eclosión de series de novelas policiales que, hacia el cambio de milenio, pegaron fuerte en el mercado editorial internacional: los suecos Stieg Larsson, Henning Mankell, Camilla Läckberg y Håkan Nesser, los noruegos Jo Nesbø y Karin Fossum, el danés Jussi Adler-Olsen, el islandés Arnaldur Indriðason. Esas series de novelas fueron la base de algunos de los mayores éxitos comerciales del cine y de la televisión escandinavos desde entonces, y algunas de las películas resultantes tuvieron una modesta repercusión extranórdica. Entre las suecas, el director de la mayoría de las adaptaciones fue Daniel Alfredson. Hollywood mantuvo con esa veta un vínculo cauteloso, como si fuera un niño tímido que quiere decirle a la niña que está enamorado pero al acercársele entra en pánico, dice alguna pavada y se va como si no le importara. Antes del presente intento, sólo dos de las obras de ese ciclo habían sido refilmadas (o readaptadas) en coproducciones eurohollywoodenses: La chica del dragón tatuado (2011, dirigida por el estadounidense David Fincher, basada en la serie de Larsson, coproducción con Suecia) y Contrabando (2012, dirigida por el islandés Baltasar Kormákur, con guion de Arnaldur, coproducción con Reino Unido y Francia). Ambas fueron razonablemente exitosas pero ninguna llegó a establecer continuidad en una serie de películas (aunque recientemente se anunció que el uruguayo Fede Álvarez dirigirá otro film con los personajes de Larsson, pero esta vez sobre una novela escrita tras la muerte de este por David Lagercrantz).

Este es el tercer intento, y el más retorcido de todos. Está basado en la séptima de las (por ahora) 11 novelas de Nesbø centradas en el detective Harry Hole. Martin Scorsese fue designado para dirigirla, y por algún motivo no revelado no lo hizo pero participó como productor. La dirección fue asignada a Tomas Alfredson, hermano de Daniel, pero que tiene una reputación totalmente distinta, ya que sus dos últimas películas se convirtieron en éxitos de culto internacional (Låt den rätte komma in –Criatura de la noche, 2008– y Tinker Tailor Soldier Spy –El topo, 2011–).

En este caso no se trata de la refilmación de un original escandinavo, sino directamente de una coproducción con Hollywood. La acción está ambientada en Oslo y Bergen, como en la novela, toda con personajes noruegos, pero la película está hablada en inglés. Para conducir mejor esa especie de traslación de idiomas y nacionalidades, la mayoría de las muchas caras famosas del reparto son actores nacidos en Europa (el germano-irlandés Michael Fassbender, la sueca Rebecca Ferguson, la anglo-francesa Charlotte Gainsbourg, los ingleses Toby Jones y James D’Arcy). No conozco la novela original, que dicen que es muy buena. Leyendo un resumen, veo que modificaron la historia en forma sustancial y poco explicable. También fue modificada, evidentemente, la propia película en su proceso de posproducción (la sinopsis tiene imágenes de por lo menos tres escenas sensacionales que terminaron omitidas en el corte que fue distribuido). Tiene toda la pinta de haber sido un proceso lleno de idas y vueltas y, probablemente, de conflictos de opiniones y de poder.

Quedó todo lo que la novela podía tener de pueril, mientras que lo que podía tener de sutil, complejo e inesperado lo puerilizaron o lo volvieron irrelevante e incomprensible. Viene de la novela el nombre del detective, Harry Hole. Si bien en noruego “Hole” se dice en dos sílabas, el nombre parece haber sido pensado en función de referentes anglófonos y para un público internacional, con un nombre de pila de dos sílabas y un apellido que se puede pronunciar de un sólo tirón (como Sherlock Holmes, Philo Vance o Nero Wolfe). También viene del libro el dato al que alude el título: el asesino serial sólo mata cuando hay nevada y siempre deja junto al muerto un muñeco de nieve a modo de firma. Se maneja entonces el artificio creepy de convertir un juego infantil en un elemento siniestro, reforzado porque son unos muñecos medio mal hechos, sin la juguetona zanahoria a modo de nariz, con la boca toda torcida y dos ramitas escuálidas como brazos.

El asesino tiene como víctimas preferidas a mujeres con hijos “ilegítimos” y apartados de sus padres biológicos. El prólogo muestra el episodio traumático en la infancia del asesino que “explica” todos los rasgos de su futuro comportamiento. En comparación con el libro, eso está tan exagerado y melodramatizado que ganó más bien el aire de un relato de origen de villano antagonista de superhéroe, o de criatura de cine de terror. Pero no, va a ser nomás un asesino serial lleno de recursos, decidido y frío (dicho esto sin intención humorística), que sólo va a dejar atrás las marcas que pretende dejar, en unas espantosas escenas de crimen armadas un poco como esculturas macabras.

Harry Hole parece ser un capo, porque todos lo reverencian, pero no constatamos ninguna evidencia de su talento. Es también medio desastroso, porque bebe mucho y se queda dormido por ahí. En la serie literaria conquista a muchas mujeres, pero acá, sumándose a la tendencia puritana de Hollywood, se mantiene asexuado. Se supone que sus desarreglos de conducta deberían espesar el personaje y darle ambigüedades, pero el tratamiento es tan superficial y apurado que no se llega a amalgamar en un personaje consistente por el cual uno pueda sentir afecto u odio o quedar indeciso: simplemente vemos la cara conocida e intensa de Fassbender, que a veces saca alguna conclusión brillante, a veces se muestra negligente ante determinada evidencia, de pronto está tirado en la vereda mamado y a quien luego vemos introvertido, con una mirada profunda que expresa algún tipo de tormento interior.

Justo al inicio, Harry recibe una postal del asesino con un poemita, y pronto se percata de lo del muñeco en la escena del crimen. No lo vemos nunca hacer comentario alguno al respecto de una u otra cosa, ni a su colega de investigación, Katrine, ni a sus superiores. ¿Lo guardó para sí mismo, en otra más de sus actitudes incomprensibles? ¿O se lo dijo como lo haría cualquier persona normal, pero esa escena fue omitida? Ningún otro policía parece registrar lo de los muñecos ni el poema, así que la cuestión queda abierta.

La película empieza con una brillante sucesión de planos sin continuidad, todos de duración aproximadamente igual, a un tempo relativamente rápido pero no frenético. Es tremendo artificio formal para introducir el film en forma un poco extraña, fragmentada (la montajista es la genia de Thelma Schoonmaker, que se dedicó toda su vida, en forma casi exclusiva, a las películas de Scorsese). Pero luego, en vez de contrastar ese comienzo especial con otro momento distinto, el artificio sencillamente se diluye en un montaje menos riguroso que el del inicio, más narrativo, pero también veloz y lleno de elipsis. Queda como una idea formal trunca.

La narración tiene unos huecos extraños: ¿qué sentido tienen las repetidas intervenciones del empleado que invade el apartamento de Harry para ocuparse de los hongos en la pared? Esto no tiene mayores consecuencias, pero quedan otras dudas más cruciales: ¿qué era exactamente lo que pretendía hacer Katrine en el cuarto de hotel de Støp? ¿Cómo pudo haberse enterado el asesino? Los flashbacks con la historia de Rafto son rarísimos porque, entre todas las referencias al pasado que se manejan, son las únicas dramatizadas, quizá como un recurso (insuficiente) para generar emoción cuando se revela el parentesco con otro personaje. El showdown es ridículo.

Es medio barato el procedimiento de generar un toquecito macabro con el ringtone del celular de Rakel (la melodía es ese cliché de terror en que se ha convertido “En la gruta del Rey de la Montaña” de Edvard Grieg, quizá la más famosa melodía noruega, de modo que Rakel queda como una especie de inveterada nacionalista musical o como una madre de familia con un gusto medio siniestro). Y el epílogo de la película parece chiste; es como si Alfredson, empujado por obligaciones contractuales a terminar esta peliculita tan en desacuerdo con sus antecedentes, quisiera dejar constancia de que no pretende que se la tome en serio.