Rodrigo Javier Torres (más conocido en el ambiente como JT) es parte de dos de las cosas más interesantes que le han pasado al hip hop uruguayo en los últimos años. Por un lado, forma parte de Underclan, un colectivo/sello discográfico fundado en la Costa de Oro que reúne a raperos, beatmakers, productores, diseñadores y técnicos audiovisuales de alto calibre. Su sitio de Youtube es, junto al de Pure Class Music, de los más prolíficos (y de buena relación cantidad/calidad), con material de raperos en ascenso como Arquero (una de las voces más notables en el resonante debut de Los Buenos Modales), los especiales de Rondas Nocturnas y “La copa del rey”, de Berna y Hache Souza, lo más cercano a un hit trapero de la escena del hip hop local.

Por otro lado, JT es parte fundadora de Mac Team, una de las crews más sólidas e interesantes que ha dado el género. Aun con ciertas tendencias al exceso y la poca depuración que se suelen dar en los primeros discos de casi cualquier formación, el grupo ya mostraba un plantel muy balanceado en cuanto a habilidades y sonido. Leandro Hache Souza es posiblemente el mejor letrista que tiene el hip hop uruguayo, Berna tiene el flow y DJ LVZY es uno de los mejores exponentes del corrimiento de los beats funkeros y clásicos hacia un lado más electrónico y colindante con el trap. En ese más allá del flow, la letra y las bases, ¿qué arista le queda a JT en esta suerte de cuadrado creativo?

La respuesta parece incómoda en su simpleza, pero JT tiene la voz. No por despliegue técnico, ya que no podría estar más lejos de la nueva camada de raperos con vocación de cantantes, y su estilo es más bien monocorde, relajado, pero jodidamente serio. Lo que diferencia a JT es algo vinculado con el registro de su voz grave, que tapa toda la porosidad de un beat y se siente en el estómago más que en los oídos.

Ante tanto bizantinismo ético y performático acerca de qué rapero te tira la posta y cuál está chamuyando, quizá la mejor opción sea, más que llevar un registro detectivesco del día a día de la vida de los artistas, ver si la presencia (voz, porte, material letrístico) se acomoda a las historias que cuenta, y en este caso la voz de JT no podría encastrar mejor con el mundo que gira a su alrededor.

Un ejemplo claro de esto es “El juego”, tercer tema de Hardcore Rulez, en el que JT rapea sobre las ambiciones y la relación entre medios y fines a la hora de elegir otro vivir en el tráfico de drogas. No habla explícitamente de eso, pero señala, observando desde lejos a los dueños de la pelota: “El juego es una mierda para quien no sabe jugar / la jugada maestra, mi secta acaba de empezar / el valor somo’ nosotros / vamo’ a tenerlo todo sólo por comodidad”. Cuando lo dice, no importa saber si realmente se dedica o se podría dedicar a eso; uno simplemente le cree, como quien le cree a un actor durante la hora y media que dura una película.

En “El juego” hay una suspensión ética entre la denuncia, la comprensión de las reglas y el anhelo de romperlas, una interesante indefinición que rodea todo el disco. A uno no le queda claro si las canciones son realmente tan oscuras o si es la voz de JT lo que las vuelve oscuras. Incluso se podría decir, extrayendo las letras de su contexto, que JT es simplemente un pibe de barrio, un orgulloso habitante de la Ciudad de la Costa con ciertos valores familiares, que anhela la vida simple bajo el lema “lo único sagrado por este lado / son cultivo de maría / y fines de semana de asado / la cerveza fría / el odio a la policía / y aunque no esté todo legal / consumir en cualquier lado”. Es curioso, porque el tema “3412”, al que remite esta cita, perfectamente podría ser la letra de un candombito buena onda o de un reggae cotidiano. Sin embargo, cantado por JT (y con la base grave de piano hecha por Farath Beats) parece más una defensa territorial que una invitación a vivir en el barrio.

El único momento en que la guardia parece más baja es “Crema”, con una base cargada de saxos lo suficientemente cerca y lejos de una película erótica de los 70 como para ser sexy y no perder la elegancia en el intento. Quizá la canción peca un poco de filosofía liviana de fumeta (“es que la vida es tan discutible / vivir los sueños o soñar con ser más libre / sigue girando el mundo mientras se decide / mis ojos observan, mi mano escribe”), pero la voz acompaña el viaje como una nube liviana, sin sobresaltos ni mayores oscuridades.

Llama la atención, sobre todo porque el título del álbum apela a la esencia confrontativa y sin pelos en la lengua del hardcore, lo pulido, redondo y... elegante que suena. Las bases de Farath Beats, junto con las de los chilenos Azma y Baseh, siempre apelan a cadencias y tímbricas jazzeras (similares a ciertos trabajos del DJ/beatmaker DJRC), incluso a veces tomando algún elemento del flamenco, como la guitarra loopeada y las improvisaciones arriba de la base de Agustín Paulós en “4eva”.

En esa combinación de elegancia, confort y oscuridad, un ejercicio interesante se da en la ya mencionada “El juego”. La intro presenta una base jazzeada, casi de lounge, con una trompeta melancólica, un piano, una batería tocada con escobillas y un relajado vibráfono acolchonando por detrás. Cuando entra la voz de JT se recorta el sample original, armando un loop con sólo dos notas del piano, que cambian por completo el clima de la canción. El resultado es como hacer zoom y encontrar un trazo oscuro y tenebroso dentro de un cuadro plácido e impresionista.

Otro momento alto de las bases es el funerario piano armado por Vicio Martínez en “Black Chapter” (que de alguna manera recuerda a “Pyramid Song”, de Radiohead), en la que el rapeo de Damhol parece no enganchar del todo con el ritmo y la canción (al borde de parecer un desacierto), pero que la dota de una extraña sensación de desesperación y desasosiego.

Si “Black Chapter” es una especie de carta suicida, “Son sólo términos” es el disparo final, que cierra Hardcore Rulez de la forma más desoladora posible. Queda un sabor extraño después de haber escuchado a una persona que, sin que nos diéramos cuenta del todo, iba descendiendo en espiral. Más allá del tiro nada parece agitarse, sólo unas cotorras asustadas volando desde una rama de eucaliptus, o dos o tres perros ladrando. La Costa de Oro sigue igual de tranquila.