Mario Bellatin nació en México, en 1960, sin el brazo derecho. Escribió su primer relato a los diez años, inspirado en su afición por los perros, y a los 26 publicó su primer libro, Las mujeres de sal, una presunta reconstrucción de su problemática familiar en clave bíblica. Hizo una preventa a precio menor que no llegó a costear la edición, y su último recurso fue fingirse ciego y pedir limosna frente a la catedral del DF.

Considerado un autor de culto, experimental y difícil de clasificar, Bellatin ha construido un mundo habitado por travestis, tullidos, enfermos y freaks, con la presencia de la muerte como marca constante. La novela corta Salón de belleza, publicada en 1994 y reeditada este mes por Penguin Random House –como parte del Mapa de las Lenguas–, es un ejemplo de esa apuesta narrativa, mediante un estilo austero e inquietante que no derrapa en moralismos ni en lugares comunes. El protagonista y narrador es un portador de VIH que convirtió su salón de belleza en un refugio para enfermos terminales, a quienes anima para que abandonen su lucha contra la muerte y la admitan con dignidad y desencanto. Para sorpresa del lector, lo que angustia al narrador no es ese proceso sombrío, ni que su peluquería haya devenido “moridero”, sino que desaparezcan sus peces de colores. Así se tensa un mundo claustrofóbico sustentado por la descomposición de los cuerpos y el desafío a cualquier representación occidental de orden, trazando un cautivante y personalísimo despliegue estilístico. Como advierte el epígrafe del japonés Yasunari Kawabata, “cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana”. Este es el triunfo definitivo.

En el salón no se aceptan mujeres, niños, enfermos en etapas iniciales, remedios, visitas, amantes, médicos, curas, monjas o curanderos. El propio autor señala que el protagonista no es “ninguna madre Teresa de Calcuta en versión de travestido”, ya que él mismo se ríe de los que “asisten a los enfermos con ánimo piadoso [...]. Su lógica de la muerte disfrazada de filantropía puede ser muy perversa, pero sus razonamientos son impecables: con su ayuda, los enfermos terminales sufren menos”. Como en otras logradísimas novelas –siempre breves– de Bellatin, como Perros héroes (2003) o Poeta ciego (1998), el autoritario control de los protagonistas sobre la vida de los demás convalida tanto el silencio como el temor. Aquí, eso acompaña a un gradual mecanicismo, amparado en un discurso directo, cotidiano y brutal: “Puede parecer difícil que me crean, pero ya casi no individualizo a los huéspedes. Ha llegado un punto en el que todos son iguales para mí. Al principio los reconocía. Incluso llegué a encariñarme con alguno. Pero ahora no son más que cuerpos en trance hacia la desaparición”. Desde El jardín de la señora Murakami (2000), la mayoría de los relatos de Bellatin se volvieron cada vez más fragmentarios. Quizá El libro uruguayo de los muertos –publicado por Criatura en 2013– sea el caso más radical: alterna, repite y fracciona fragmentos sobre una perra suicida, un masajista ciego, rituales sufistas y una familia de enanos toreros, junto a una infinidad de perros y razas, al tiempo que el autor –o su álter ego– se vuelve protagonista, narrando singulares vivencias cotidianas. En ese sentido, la reedición de Salón de belleza muestra su trayecto creativo.

Cuando se cumplieron 20 años de su publicación, el autor escribió un largo texto en el que reflexionó sobre el libro y sus apuestas como escritor. “Lo que más satisfacción me produjo de la lectura de Salón de belleza fue constatar la presencia de las relaciones que pueden existir entre belleza y muerte”, planteó. Sin embargo, señalaba “con espanto” que en 2014 sólo él seguía vivo: “Muerto el filósofo travesti. Muertos los trajes con los que acostumbraba transformarse en las noches. Muerta la escritora. Muerta la pecera que me obsequió. Muerta cualquier esperanza de sostener una vida como la de los demás. Muerto mi interés en la escritura, que se repite a sí misma como una suerte de mecanismo insensato que no viene ni va a ninguna parte tangible. La escritura como una suerte de moridero similar al que aparece en el libro”. Sin embargo, siguen con vida, en esta novela, la indagación en la compleja conciencia de la muerte inminente, el juego con la falta de sentido de la existencia humana, y la exploración del posible vínculo entre la belleza, la muerte y la escritura.

Salón de belleza, de Mario Bellatin. Penguin Random House, Buenos Aires, 2017. 91 páginas.