Luego de un 2017 marcado por la febril relectura de El cuento de la criada, de Margaret Atwood, la proliferación local de ferias y editoriales independientes, y la vuelta, después de siete años de silencio, de Paul Auster, los críticos de la diaria realizan su habitual selección de los libros del año.

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-Archipiélago, de Roberto Echavarren (Random House); Ecuador, de Diego de Ávila (Estuario); Washed tombs, de Mercedes Estramil (HUM); Animales que vuelven, de Gonzalo Baz (Pez en el Hielo). Aunque Echavarren tiene una larga trayectoria como narrador (y también como ensayista y traductor), es más reconocido por sus libros de poesía, desde La planicie mojada (1981) hasta El monte nativo (2015). En los tres relatos largos o novelas breves que conforman Archipiélago logra una amalgama delicada y, de algún modo, borra los límites entre los géneros y los trasciende.

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En el mismo sentido hay que destacar el trabajo de Diego de Ávila, también poeta, que con su segundo libro alcanza una prosa envolvente y misteriosa, que con el pretexto de un viaje por Latinoamérica logra momentos de gran virtuosismo. Por su parte, el regreso de Estramil a la novela es una confirmación de sus facultades. El uso magistral del patetismo y del humor, la composición inteligente y el clima enrarecido son las claves en esta historia montevideana, que no se parece a ninguna “historia montevideana” y que, a la vez, interpela como pocas estos tiempos.

Otra Montevideo se puede encontrar en el debut de Baz, una serie de cuentos que se mueven entre la capital, el resto del país y Brasil, logrando un espacio ficcional propio y complejo que lo vuelve una de las voces más prometedoras de la narrativa reciente.

-Cuaderno de los sesenta, de Jonas Mekas (Caja Negra). Un libro fascinante, que traza un mapa del mundo underground neoyorkino en la década a la que se refiere el título, desde la primera persona de uno de sus indiscutibles protagonistas. Reseñas, crónicas, entrevistas, ensayos y fotografías componen este volumen que, bellamente editado por Caja Negra, es una gran adición a su impresionante catálogo.

-El regreso, de Hisham Matar (Salamandra). Ganador del Pulitzer, este libro se sirve de las herramientas del ensayo, la autobiografía, la novela y el periodismo para reconstruir una difícil historia familiar. Contando su vida como hijo de un líder de la disidencia contra Muamar Gadafi, desaparecido y jamás recuperado, Matar logra una conmovedora reflexión sobre la memoria, la ficción y la esperanza.

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-Ganas y letras, de Amir Hamed (H Editores), y Otras vidas, de Marosa di Giorgio (Adriana Hidalgo). En Otras vidas se reúnen numerosos y diversos textos de una de las poetas más importantes de la lengua, que eligió escribir desde el borde piezas que comentan obras ajenas (de Emily Brontë a Eduardo Acevedo Díaz, de André Breton a Armonía Somers), desde un lugar personalísimo, que las vuelve propias y las integra al todo de su escritura.

Hamed celebra, por su parte y en su inconfundible estilo, a la literatura, iluminando zonas poco transitadas, haciendo conexiones imprevistas y, sobre todo, pensándola con originalidad, libertad y riesgo.

Francisco Álvez Francese


-Mi novia preferida fue un bulldog francés, de Legna Rodríguez Iglesias (Alfaguara). Una colección de relatos interconectados de manera compleja y fascinante, que reconstruye los caminos de una migrante cubana en el siglo XXI. La historia de la revolución, los laberintos burocráticos del presente, la relación entre el Estado y los cuerpos de sus habitantes –en particular, las mujeres– y una mirada descolocada ante el resto del universo conocido; extrañeza, humor, horror y pequeñas maravillas en casi todas sus páginas. Mi novia preferida confirma a Legna Rodríguez como una de las escritoras más interesantes de América Latina.

-Tango que me hiciste mal, de Gabriel Peveroni (Estuario). Un ensayo sobre uno de los discos más importantes del rock nacional, una investigación periodística in progress, una novela bolañiana sobre una época seminal, un libro de memorias poblado de confesiones y pasión, una crónica sentidísima y emocionante. Imperdible aporte de Gabriel Peveroni –digámoslo: el mejor novelista uruguayo en actividad– a la novísima colección Discos, de Estuario Editora. El mítico álbum de Los Estómagos queda proyectado en su poderoso peso fundacional desde las páginas de este libro como uno de aquellos hologramas de las viejas Star Wars: signo de una época, ligeramente desenfocado y hermoso en sí mismo.

-La procesión infinita, de Diego Trelles Paz (Anagrama). Es a la vez una novela pospolicial –ya que puede ser desarmada y vuelta a armar como una novela que rastrea el enigma de una muerte– y una intensísima reconstrucción histórica del Perú de fines del siglo XX y comienzos del XXI. En la narrativa latinoamericana posterior a Roberto Bolaño, Trelles Paz brilla de manera deslumbrante, y esta, su última novela hasta la fecha, cuidadosamente vinculada con las anteriores, logra apuntalar su proyecto narrativo haciendo gala de un asombroso dominio de tonos, escrituras, recursos y registros.

-Tiene que llover, de Karl Ove Knausgård (Anagrama). Ya casi en el final de su serie autobiográfica, Knausgård espesa la estructura profunda y sólida de sus libros. Como en la monumental novela de Marcel Proust, los párrafos, las páginas, los capítulos, las secciones y los libros terminan por articularse en un inmenso experimento con el tiempo. Este quinto tomo, el más abarcador en términos de tiempo acumulado, presenta al autor final de la adolescencia y al comienzo de la edad madura; sigue sus pasos como aprendiz de escritor y como novelista debutante, y también en su deriva por el territorio geográfico (Noruega y después Suecia) y por el afectivo (sus amigos más cercanos, sus parejas, su hermano y su madre).

Ramiro Sanchiz


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-23 veces out, de Regina Ramos (Yaugurú). El primer poemario de Regina Ramos (1992) es un libro con personalidad llamativa, que camina con la actitud de quien sale a la calle calzando sus mejores Converse. La poesía de Ramos tiene un trasfondo auditivo muy interesante: hay ruidaje, goce, oscuridad y, a la vez, ese colchón espectral se combina muy bien con el tono claro y hondo de una voz que navega sobre el libro de una manera muy cuidada, intensa y deliberadamente unplugged.

El archivo sensible del poemario se afilia a la estética contracultural punkie, sin aquella dosis de protesta, claro, pero con el mismo desencanto, con la misma incertidumbre y con madurez lúcida. Una de las dimensiones de lo out en los textos que presenta Ramos es estar “desconectada” de lo que ocurre alrededor, para cultivar y conquistar un territorio propio. Se hacen patentes, en la escritura, el uso pleno de las herramientas del lenguaje y su poder cognitivo. Ah, sí: Ramos sólo tiene 23 años.

-Suzuki 400, de Lalo Barrubia (Yaugurú). La editorial Yaugurú ha recuperado y reeditado una obra que resulta clave en la poesía de la generación del 80 uruguaya: el primer libro de poemas de Lalo Barrubia (1967). Una pieza llena de rebeldía, enojo, pasión, sexualidad y energía vital, que hoy retorna al paisito por la mansa carretera del pasado. Editado en 1989 por las míticas Ediciones de Uno, cuenta con fotografías de Marcelo Isarrualde que registran algunas visiones de este poema de largo aliento, fragmentado en 98 partes indivisibles y con una vigencia absoluta.

Tiene mucho de performático, y se aprecian en el libro los caminos de la poesía visual, ya que alterna tipografías y juega con los blancos y con la extensión de los versos. Muchas de las vertientes que se observan hoy en la poesía joven y emergente (y en la no tan joven ni tan emergente) parecen haber asimilado por completo el mensaje revulsivo de Suzuki 400, tal vez sin haberlo leído, o sin que esta obra tuviese la necesidad de aparecer nuevamente, para reclamar un sitio en el avejentado canon de las letras nacionales.

-Sesquicentenario, de Hebert Benítez Pezzolano (Antítesis). Este libro, que obtuvo el primer premio de poesía inédita del Ministerio de Educación y Cultura en 2016 y el premio Bartolomé Hidalgo este año, conmemora una paradoja moderna: el aniversario de la “declaratoria de la independencia” de 1825 y de sus valores humanistas, celebrado en 1975 por quienes habían atropellado esos valores desde la dictadura cívico-militar.

Se trata de un poema/canción en el que la mirada retorna al pasado “reciente” y el acercamiento se produce desde lo conmemorativo, acicateado por una especie de reloj vital que dejó “marcados” a los congéneres que vivieron de cerca o de lejos las oscuras peripecias de entonces. La envergadura de un proyecto de madurez poética de esta especie trae grabada la inevitable sensación de estar frente a un verdadero concepto madre que guía al creador. Cuando la realidad del objeto poético es más fuerte que su referente, es capaz de convertirse en otra realidad aun más potente, la de la poesía como vivencia.

Gerardo Ferreira


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-Según venga el juego, de Joan Didion (Random House). Los ensayos y artículos en los que recorrió los años 60 y 70 en Estados Unidos, los fenómenos de la cultura pop, la política exterior estadounidense, John Wayne y su mundo de sentidos, la contracultura, la inmigración, el exilio y la pasión convirtieron a Joan Didion en el lado femenino del Nuevo Periodismo. Durante décadas fue una de las voces más potentes del periodismo literario, y a sus 80 años se ha vuelto una leyenda del mundo intelectual estadounidense (como se puede confirmar en el íntimo documental El centro cederá, de Griffin Dunne, que este año se estrenó en Netflix).

La buena noticia que rodeó en marzo a Didion y a su prosa refinada e incisiva fue la reedición de Según venga el juego, la magnífica novela que publicó en 1970 y que se convirtió en uno de sus clásicos. Se trata del recorrido de Maria Wyeth, una actriz que sólo trabajó en dos películas de su marido, Carter, que en el presente de la obra prefiere filmar en el desierto a vivir con ella. Casi al pasar, la narración va trazando las referencias, las decepciones y las ambiciones de su generación, y más que nada el agobio de ser mujer en un mundo en el que sus opiniones y sus acciones se reducen al sinsentido o a un simple eco de presunta histeria. Didion convierte eso en una exquisita apuesta, apenas sugiriéndolo entre el silencio, conversaciones al borde de la piscina, o discusiones triviales en una fiesta.

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-Un cementerio perfecto y 222 patitos, de Federico Falco (Eterna Cadencia). Este año llegaron a Montevideo dos libros de relatos de Federico Falco que lo confirmaron como una de las voces renovadoras de la literatura argentina. Se trata de un autor que sorprendió a los habituados al género por medio de una perfecta sintaxis que persigue la vibración exacta, de una prosa sin disrupciones que descubre esos territorios adormecidos detrás de la intrascendencia cotidiana.

En ambos libros se sucede una galería de personajes memorables, entre católicos, mormones, inmigrantes japoneses que cultivan claveles, obsesionados con la fe, suicidas, muchachos que viven el iniciático tránsito de la infancia a la adolescencia, la experiencia con la muerte, el vínculo con la naturaleza. En definitiva, un mundo narrativo consolidado mediante historias siempre apegadas a la fuerza de sus personajes, y a escenas memorables y mínimas que estremecen.

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-Carne viva y Seres queridos, de Vera Giaconi (Eterna Cadencia/ Anagrama). La escritora uruguaya Vera Giaconi –que reside desde niña en Buenos Aires– comenzó a trabajar como correctora y editora para distintas revistas y editoriales, y en 2011 sorprendió con un extraordinario libro de cuentos, Carne viva: mediante una prosa depurada y punzante, un mordaz sentido del humor y una endiablada capacidad para construir historias crueles y paisajes oníricos, Giaconi debutó con siete relatos cargados de tensión, fascinación ante el horror y un grupo de mujeres siempre al borde de la eclosión. Conscientes de la nada y el sinsentido, estos personajes circulan entre escenas domésticas y reuniones familiares, siempre motivados por la fascinación del abismo.

Este año, la escritora publicó un nuevo libro de cuentos en Anagrama, Seres queridos, que parte de ese mismo universo: explora los límites del vínculo con una madre, hermanas, parejas o amigos, desnudando el infierno oculto que mantenemos dentro. Así se suceden celos, envidias, rencores, venganzas y supervivencias, signadas por una escritura seca, cortante y vertiginosa.

-Los primeros cuentos, de Truman Capote (Lumen) y Noche caliente, de Lee Child (Blatt & Ríos). En el primero nos encontramos con una detenida cadencia pueblerina que no oculta las tensiones debajo de la alfombra, la soledad a la intemperie, niños que se aventuran en la oscuridad del bosque, grandes porches con columpios, la crueldad de los celos adolescentes, la exclusión de los negros, membrillos que logran templar las angustias de la pobreza. Es una serie de relatos que escribió Truman Capote antes de cumplir los 20 años, y que hoy pueden ser leídos desde una región que aún busca su identidad en las historias de los derrotados, los marginados y los excluidos.

En paralelo, la editorial independiente Blatt & Ríos publicó por primera vez en Argentina al británico Lee Child: “Nueva York en el verano de 1977. El Bronx en llamas. Cientos de homicidios. El hijo de Sam. Pánico irracional por todas partes”. Así, con la contundencia de un western urbano sólido y violento, Child compone un inquietante universo hundido en el complejo cruce entre el noir, la venganza y un viaje infernal en busca del asesino. Y que a la vez condensa los elementos esenciales en la obra del autor, como su sencillez narrativa –para nada simplista–, su laconismo, su excepcional apuesta visual y su personalísima cadencia.

Débora Quiring