La revista de cine Collider dedicó hace unas semanas un artículo a destacar cómo, en un año en el que la mayoría de las grandes apuestas de las compañías cinematográficas tuvieron resultados decepcionantes o directamente negativos –alcanza pensar en fiascos tan costosos como Ghost in the Shell, Assassin’s Creed (en realidad, estrenada el 21 de diciembre de 2016), Baywatch, CHIPs o La Torre Oscura, algunas películas de horror como la nueva versión de It (Andy Muschietti), Feliz día de tu muerte (Christopher B Landon) y, sobre todo, ¡Huye! (Jordan Peele), fueron grandes éxitos de taquilla (y de crítica), con las diferencias positivas más notables entre inversión y ganancia. Eso no es en realidad algo tan novedoso en el cine de horror –que, a diferencia de otros géneros fantásticos no implica, por lo general, costos de producción muy altos, y ha tenido logros históricos como La noche de los muertos vivientes (1968, del fallecido este año George Romero), que recaudó 150 veces lo que costó hacerla–, pero viene confirmando algunas tendencias que el mundo de la crítica está observando desde hace dos o tres años, cuando comenzó a hablarse del “nuevo horror”.

Esta nueva ola del género, representada por directores como David Cameron Mitchell (It Follows, 2014), Na Hon–jing (The Wailing, 2016), Robert Eggers (La bruja, 2015), Jennifer Kent (The Babadook, 2015) y –sin ningún favoritismo nacionalista– el uruguayo Fede Álvarez (No respires, 2016), tiene algunos puntos en común con el resurgimiento actual de su equivalente musical, el heavy metal, o con la weird fiction, en el sentido de que los nuevos cultores de estos géneros son artistas que conocen perfectamente la historia y el lenguaje de lo que están haciendo, pero no se sienten obligados o limitados por las tradiciones, incorporan nuevos elementos, se despreocupan ante la posibilidad de que sus obras no sean fácilmente etiquetables o clasificables, y así contribuyen a que las fronteras entre los géneros se vuelvan muy borrosas. También tienen en común la conciencia de que los géneros en los que trabajan ya no están predominantemente orientados hacia los adolescentes, de modo que se pueden introducir en ellos temas muy adultos, y de hecho suelen ser los que mejor comentan (armonizando con ella) una realidad con toques opresivos y macabros.

Todo esto no es una sorpresa o algo especialmente original para un cinéfilo conocedor del género, pero sí fue novedoso, en 2017, el hecho de que mucha gente que parecía no haberse dado cuenta de la calidad deslumbrante de películas como Criatura de la noche (Tomas Alfredson, 2008), o que preferían ignorar que cineastas como Michael Haneke o David Lynch pueden considerarse en muchos aspectos como autores de horror, se despertaron a las posibilidades de este cine para tratar temas serios. Esto se debió básicamente a ¡Huye!, que parece haber sido la película de horror del año y –aunque aún no se conocen las nominaciones de la Academia de Hollywood de este año– se viene posicionando como una seria aspirante a los mayores galardones, incluyendo el de mejor película, un premio que en toda la historia de los Oscar solamente ganó una vez un film que podría considerase –lateralmente– de horror (El silencio de los inocentes, de Jonathan Demme, en 1991).

La película de Jordan Peele no sólo fue recibida como una genialidad narrativa y estética, sino también como la más aguda visión sobre las relaciones raciales actuales en Estados Unidos. La trama gira en torno a un joven negro que, de visita en el pueblo –mayoritariamente blanco y progresista– de su novia, descubre que su vida corre peligro en manos de quienes dicen considerarlo un igual, pero secretamente le quieren dar un destino horrible.

¿Era para tanto ¡Huye!? ¿Merecía una unanimidad de aplausos tan absoluta? Si se sigue a la crítica estadounidense parece que sí, ya que esta demostró un entusiasmo tal que hubo acaloradas protestas contra Armond White (cuyo apellido no pasó inadvertido) porque, con su reseña negativa de la película para The National Review, evitó que ¡Huye! consiguiera el 100% fresh (es decir, una totalidad de comentarios positivos) en el sitio recopilatorio de críticas cinematográficas Rotten Tomatoes (hay que tener en cuenta que una obra maestra del horror como El exorcista –William Friedkin, 1973– tiene solamente un promedio positivo de 86% en ese sitio).

En realidad, la recepción de la película demuestra, más que nada, el pánico políticamente correcto a no mostrarse fascinado con un film que trata, en tiempos del pérfido Donald Trump y en forma muy directa, el tema de la desconfianza y el odio racial. ¡Huye! tiene una idea bastante original y provocadora, algunas buenas actuaciones y una interesante escena onírica, pero no es ni remotamente una gran película del género ni una obra revolucionaria. De hecho, en varias de sus escenas hay un pobre manejo del suspenso, y, si se puede decir, una tosquedad simbólica que bordea el racismo invertido e incluso la misoginia. Tal vez tenga una gran importancia histórica, pero cualquiera de las películas que se van a resumir en esta nota son mucho más recomendables.

Más que de cine de horror en el sentido clásico, es decir, de emergencia de lo sobrenatural, lo ominoso y lo extraordinario, 2017 fue un año en el que se multiplicaron los ejemplos de una clase de cine que, por su oscuridad ambivalente y su fascinación ante los aspectos más tenebrosos de la condición humana, merece su inclusión en un resumen como este, pero que al mismo tiempo podría ser legítimamente considerado cine dramático más o menos “normal” que, filtrándose en el aún saludable mercado del cine de género, es en realidad el heredero legítimo del moribundo indie. Varias de las películas que se mencinarán a continuación (por ejemplo, Voraz, Super Dark Times o Hounds of Love) tienen en realidad muchos más puntos en común con las producciones independientes del cine estadounidense de los años 90, y con sus derivados europeos y latinoamericanos, que con la tradición gótica del cine de monstruos, los slashers de asesinos psicópatas o el pavor religioso de la escuela de El exorcista. Hubo mucho, y muy bueno, de este cine en el año que termina, y a continuación enumeramos lo más atractivo. No están, por motivos de espacio, todos los que son –faltan obras tan interesantes como Viene de noche (Trey Edward Shults) o Berlin Syndrome (Kate Shortland)–, pero son todos los que están, aunque algunos no parezcan.

–Voraz (Julia Ducournau). Más allá de su soberbia y de la obsecuencia con que algunos críticos los tratan, los cineastas franceses nunca tuvieron –a diferencia de los italianos o los españoles– mucha idea de cómo hacer cine de horror, pero este es un gran ejemplo de lo borroso que se ha vuelto el concepto mismo de “película de horror” desde que los directores jóvenes empezaron a torpedear las convenciones del género. Estrictamente, Voraz (originalmente Grave, “grave”, y en inglés Raw, “crudo”), estrenada en Cannes el año pasado, pero comercialmente en 2017, no es un film de terror, ya que ni siquiera plantea situaciones de tensión más allá de un clima constante de inquietud e incomodidad, aunque para muchos algunas escenas puedan resultar horripilantes o muy desagradables. Más que nada, es una película sobre el miedo al sexo –¿o a la carne en general?–: sigue a una estudiante de veterinaria (la asombrosa Garance Mallinier), criada como vegetariana, que, al entrar en la universidad y abandonar el seno familiar descubre que tiene una incontrolable pulsión caníbal. Sin embargo, no puede decirse que esta sea una película sobre antropofagia, y ni siquiera puede decirse claramente sobre qué es, salvo que es sobre algo nuevo, atmosférico y perturbador.

The Devil's Candy
The Devil's Candy

–The Devil’s Candy (Sean Byrne). Es la segunda película –y la primera producción estadounidense– del australiano Sean Byrne, autor de la desesperante, violentísima y talentosísima The Loved Ones (2009), quien había demostrado que hasta un subgénero tan poco simpático como el torture porn –esa clase de películas de horror que giran alrededor del sufrimiento de uno o más cautivos–, podía ser hecho con sensibilidad y, aunque la palabra suene extraña, belleza. The Devil’s Candy, estrenada en 2015 en el festival de Toronto y comercialmente este año, es una película mucho más suave en sus horrores que la anterior, pero conserva y define la gran personalidad del cine de Byrne. La anécdota es mínima; un pintor afecto al heavy metal se muda con su mujer y su hija adolescente a una casa que había pertenecido anteriormente a un asesino psicótico, autor de varios crímenes instigados por voces malignas en su cabeza. Una vez en la casa, el pintor comienza a tener visiones relacionadas con el pasado del lugar, y el antiguo dueño de casa vuelve con las peores intenciones respecto de sus nuevos habitantes. El argumento destilado no es mucho más que un criminal atacando a una familia, pero Byrne tiene claro que el espanto no se trata de amontonar cadáveres, sino de lo que cada uno de ellos le importa al espectador, por lo que trabaja a sus personajes con la sutileza y profundidad del mejor cine independiente. Las actuaciones son –como en el film anterior– excepcionales, y la relación entre el pintor (Ethan Embry) y su hija (Kiara Glasco) es de las cosas más enternecedoras del cine de 2017.

–Super Dark Times (Kevin Phillips). En cierta forma, el título (“tiempos súper oscuros”) es toda una declaración de principios, y podría haber sido el nombre de esta nota. Ubicada a principios de este siglo y centrada en un grupo de adolescentes sensibles que deambulan en bicicleta, está un poco emparentada con los temas de It o de la serie Stranger Things, pero sin elementos sobrenaturales –aunque la violencia y el horror están presentes– y con una visión bastante oscura sobre la juventud que recuerda al clásico menor River’s Edge (Tim Hunter, 1987), una película que, sin proponérselo, adelantó los lados más nihilistas y negativos de la generación de los 90. La historia de Super Dark Times tal vez no sea tan sombría, y al mismo tiempo es más abierta y ambigua. Tal vez no sea un film de terror, pero se siente como si lo fuera.

–Gerald’s Game (Mike Flanagan): 2017 fue un gran año de revivals de Stephen King –con nada menos que seis adaptaciones al cine de sus obras, más alguna serie–, posiblemente a causa de la exitosa serie Stranger Things, que no es de su autoría pero estaba claramente inspirada en su estilo. Por desgracia, ninguna de las películas fue tan memorable como El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) o Misery (Rob Reiner, 1990), pero la producción de Netflix Gerald’s Game (“el juego de Gerald”) se merece –a pesar de algunas imperfecciones y excesos de verbosidad– un lugar destacado, sobre todo gracias a su angustiante anécdota y a una gran actuación de Carla Gugino. En Gerald’s Game, una pareja practica un juego sexual y el hombre muere de un infarto cuando la mujer se encuentra con los brazos esposados a la cabecera de la cama, en una casa de campo aislada. Y, mientras ella está inmovilizada, descubre que hay amenazas rondando la casa. Una de esas ideas bien jodidas y perversas que se le ocurren a Stephen King y lo han hecho millonario, llevada a la pantalla con talento y mucha tensión por Mike Flanagan, uno de los mejores directores jóvenes del género –aunque no necesariamente de los más personales–. Si bien no es particularmente gore –el morbo y la violencia explícita en pantalla no son una característica pronunciada en el cine de horror actual (lo que no quiere decir que se trate de películas amables o más suaves)–, contiene una escena que hará retorcerse hasta al más valiente y curado del espanto, y que demuestra que King, además de un escritor entretenido y muy habilidoso, es un enfermo mental.

–Annabelle2: La creación (David Sandberg). El conjuro (James Wan, 2013) fue una película muy poco original. Annabelle (John R Leonetti, 2014) fue un spin–off derivado de un personaje menor de El conjuro. Annabelle 2: La creación es, a su vez, una precuela de Annabelle, o sea, algo parecido a exprimir la cáscara de un limón que quedó al sol hace tres días. Por lo tanto, que Anabelle 2 haya sido no sólo una película soportable, sino una mucho mejor que Annabelle y que el resto de la serie de El conjuro –y una de las mejores películas de horror comercial del año–, es todo un logro artesanal. La historia secundaria de la muñeca endemoniada que funcionaba cómo prólogo de El conjuro –uno de los mayores éxitos de taquilla del horror contemporáneo– tenía, sin duda, atractivo suficiente para justificar una película sobre ella, pero una precuela ambientada en la crisis de los años 30 parecía un poco demasiado. Sin embargo, gracias a algunos recursos inteligentes o bien empleados –una silla–ascensor extremadamente lenta, una casa de muñecas demasiado detallada, un elenco infantil carismático–, Annabelle 2 es una colección muy efectiva de sustos que no dependen del asco o la violencia física. Posiblemente es el film más convencional y con menos valores artísticos de los mencionados en esta nota, pero esto no quita que también sea un producto efectivo y contundente, sin más pretensiones que la de repartir algunos julepes, cosa que consigue legítimamente. Este habilidoso ejercicio de género sirve para recordar que no todo es cuestión de originalidad; también es importante tener un poco de oficio.

Mayhem
Mayhem

–Mayhem (Joe Lynch): En un año en el que afortunadamente parece haber menguado la fiebre de las películas y series de zombis, Mayhem toma la base de ese subgénero –un virus muy contagioso que hace perder el control de sus acciones a los enfermos– para darle un giro de comedia negra y parábola anticorporativa. En un futuro cercano, el edificio de un enorme, despiadado y neodarwinista estudio de abogados es afectado por este virus que, más que nada, parece abrirle las puertas al ello freudiano (y alimentarlo con anfetaminas). Quienes estaban en ese edificio son recluidos en una cuarentena de 24 horas mientras los antídotos introducidos en el sistema de ventilación hacen efecto. Pero adentro, en ese lapso, se desata la masacre y, como si se tratara de un videojuego en el que se va ascendiendo piso por piso y eliminando a capos cada vez más peligrosos, un joven abogado y una de las víctimas legales de la firma van liquidando todo lo que se les pone adelante, con mucho humor y litros de hemoglobina. Además de ser una muy divertida sátira antiejecutiva, Mayhem devuelve a la pantalla al desdichado Steve Yeun –cuyo personaje en The Walking Dead había tenido un fin violento y no muy digno– y presenta a la australiana Samara Weaving (sobrina del actor Hugo Weaving), que en cualquier momento podría convertirse en una de las grandes estrellas del cine mundial.

–Better Watch Out (Chris Peckover). Perteneciente al subgénero de home invasion –películas de suspenso que, como su nombre lo denota, giran alrededor de alguien asediado (generalmente por un asesino psicótico) en su propia casa–, la australiana Better Watch Out (algo así como “mejor cuidate”) tiene varios giros muy originales sobre el tema. Una niñera (Olivia de Jonge, excelente en un año lleno de magníficas scream queens) va a cuidar por última vez, antes de mudarse de ciudad, a uno de sus clientes habituales, un chico ya un tanto crecido para no poder quedarse solo y que, en plena explosión hormonal, quiere convertir la noche en algo muy especial, lo que efectivamente sucede, pero en forma bastante siniestra y sangrienta. Tiene mucho humor, tensión y algunas reflexiones sobre sexo y violencia no muy evidentes pero para nada superficiales.

– The Babysitter (McG): Casi una película complementaria de la anterior y con tantos puntos en común que es legítimo sospechar que hubo alguna clase de inspiración cruzada, The Babysitter es parecidísima a Better Watch Out (casi dos versiones de la misma historia), pero su argumento es una inversión casi completa del de la otra película. Una vez más la trama gira alrededor de una niñera encargada de cuidar a un preadolescente en plena explosión hormonal, pero en esta ocasión es la chica la que aporta el elemento maligno, resultando ser –debajo de su simpatía y deslumbrante belleza– una adoradora del diablo, decidida a practicar sus peores rituales mientras el chico duerme. Dirigida por McG (Joseph McGinty), un cineasta con tendencia a la espectacularidad que saltó a la fama con la divertida versión cinematográfica de Los ángeles de Charlie (2000), y a la infamia con su insoportable secuela de 2003, se formó como director de videoclips musicales, y toda la película irradia un espíritu juvenil, desprejuiciado y humorístico. La ya mencionada Samara Weaving confirma que va a ser tan famosa como sexy, dándole vida a una villana satánica y entrañable.

– Hounds of Love (Ben Young): Otra producción de Australia, un país que ha sido nombrado repetidas veces en esta selección, como lugar de procedencia de películas y actores, y donde el cine de horror brutal se cultiva con tanta dedicación como el hard rock. Y también (una vez más), una película que difícilmente se puede considerar de género, pero que a la vez es posiblemente la más aterradora –y con la escena más angustiosa del año– de todas las incluidas en esta nota. Hounds of Love (“sabuesos del amor”) hace referencia en su título a un maravilloso y delicado disco de Kate Bush, pero no hay nada delicado en esta película claustrofóbica, chocante y despiadada, que sería muy inapropiado recomendarle a alguien con un espíritu impresionable. Se basa en un caso real–lo que produjo algunas polémicas extra, como si fuera poco con el film en sí–: el de los Birnie, un matrimonio de psicópatas que secuestró, violó y asesinó a cuatro chicas en Perth (Australia) en 1987. La película es un buceo casi insoportable en el lado oscuro del ser humano (aunque los actos más horribles de la trama son siempre ejecutados fuera de pantalla, y la violencia explícita es escasa), que recuerda por momentos a Henry: retrato de un asesino en serie (John McNaughton, 1990, también basada en hechos reales), pero el film de Young es aun más crudo y revulsivo. Hounds of Love no es para cualquiera, pero su aproximación a la violencia y la locura no resulta para nada gratuita, y en términos cinematográficos es un debut deslumbrante del director Ben Young, al igual que una forma segura de arruinarse el día, cosa que a algunos nos gusta.

– The Blackcoat’s Daughter (Oz Perkins): Otra vez se complica la cosa con respecto al género, ya que esta película suele presentarse como una historia de posesión satánica, pero quienes esperen vómitos verdes, voces endemoniadas y ojos amarillos se van a sentir muy decepcionados. The Blackcoat’s Daughter es una obra compleja de terror psicológico en la que – como en The Devil’s Candy– lo sobrenatural puede o no ser parte de la ecuación, dependiendo de la interpretación del espectador. La película sigue a dos adolescentes pupilas de un colegio que están atravesando distintos tipos de problemas –un embarazo la mayor de ellas, la desaparición de sus padres la otra–, y entre quienes surge algo siniestro, que las conduce hacia un desenlace sangriento. Con grandes libertades formales y moviéndose en distintos tiempos a la vez, The Blackcoat’s Daughter tiene un particular clima melancólico y tenebroso, pero se niega a resolverlo por completo, prefiriendo la ambigüedad, la incomodidad sexual y la bruma.

A Dark Song
A Dark Song

– A Dark Song (Liam Gavin): También en las fronteras del género, aunque en el caso de esta película más por el resultado final que por las partes (pertenecientes, sin lugar a duda, al cine de horror). Casi un mano a mano entre sus dos excepcionales protagonistas –Steve Oram y Katherine Walker– A Dark Song (“una canción oscura”) cuenta la historia de una madre que, luego de que su hijo es asesinado, se encierra en una casa de campo para realizar junto a un sacerdote el ritual de Abramelin, una ceremonia ocultista (real y descrita en algunos libros medievales de Kabbalah) para invocar a un ángel que la asista en su venganza. El ritual, al parecer representado con mucha fidelidad por la película, es de una extensión inaudita –unos seis meses como mínimo–, y durante ese período lo extraño y lo ominoso comienzan a hacerse sensibles en la casa. Algunas escenas son realmente pavorosas, pero cuando la trama se resuelve, A Dark Song resulta no ser una película sobre la irrupción de lo maligno e inexplicable, sino una reflexión emocionante y profundamente espiritual sobre la capacidad de un ser humano de sobreponerse a la pérdida. Aunque la apuesta del director irlandés Liam Gavin es muy alta y ambiciosa, y para algunos fallida, desde acá pensamos que no sólo es lo mejor de esta selección, sino también una de las películas más bellas y reflexivas que se hayan visto en el año. Y un tanto espeluznante, algo que hoy en día no es ninguna contradicción.