Vendré otra vez, con este sol, esta tierra, esta águila, esta serpiente, no a una vida nueva, mejor o semejante: vendré eternamente de nuevo a esta misma e idéntica vida, en lo más grande y también en lo más pequeño, para enseñar de nuevo el eterno retorno de todas las cosas.

Así hablaba Zaratustra, el personaje de la magnum opus del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Retomaba un concepto viejo como la Antigua Grecia para enseñar que hay un gran año del devenir, “un monstruo del gran año”, que una y otra vez se da vuelta, como un reloj de arena, para volver a transcurrir y a vaciarse.

La doctrina del eterno retorno resuena cuando pasamos cada página de esos diarios que juntan polvo en el archivo de la Biblioteca Nacional. Además, la internación en la hemeroteca plantea un ejercicio que puede descolocarnos: si los medios informativos son una fuente primaria de las imágenes que tenemos en la cabeza, como argumentó Walter Lippmann en su influyente Public Opinion (1922), ¿qué imágenes nos vendrán a la mente al leer los diarios de una época en la que no vivimos? ¿Serán las mismas que están guardadas como un tesoro en el imaginario colectivo?



En estos últimos tiempos se ha intensificado la propaganda en favor del aumento de los exiguos sueldos que perciben en la actualidad los que ejercen, generalmente con inteligencia y con abnegación, la ardua tarea de enseñar. Y la gestión no se realiza en este caso, tan sólo, ante las autoridades de que depende la adopción de esa medida reparadora; coadyuvan a su éxito también las voces de la prensa y la prédica generosa y altruista de los que conocen la verdadera situación de nuestro magisterio.

Así empezaba un editorial titulado “El sueldo de los maestros”, que bien podría encontrarse en un diario de 2015 marcado por ocupaciones, huelgas y paros impulsados por los gremios de la educación en busca de una mejora salarial y presupuestal. Otra columna del mismo medio —”Los sueldos escolares”— decía unos días después: “Hace mucho tiempo que esos meritorios funcionarios vienen pugnando por tan justiciero mejoramiento. Sus gestiones, que datan de un par de años atrás, han evidenciado la justicia de su demanda”. Estas frases no se publicaron en periódicos actuales, sino en El Día, en 1919.

Durante ese año, el diario colorado le dedicó varios editoriales al debate sobre el sueldo de los maestros y el presupuesto escolar. En una columna expresaba que la situación del maestro siempre fue precaria y que había llegado a hacerse insostenible “frente al formidable encarecimiento de la vida”; en otra, se explicaba que no había que quejarse del número de escuelas, pero sí de “los sueldos de hambre que se dan, a pesar de los aumentos decretados desde la segunda presidencia de Batlle” (y Ordóñez, por supuesto).

O sea: el debate sobre el sueldo de los maestros ya lleva un siglo. Esperemos que no dure dos.

Tampoco es del siglo XXI la queja sobre el estado de la educación. En el artículo “Una revolución de verdad”, publicado en 1933 en Acción (semanario blanco; todavía no se había fundado el diario batllista del mismo nombre), el futuro director de Marcha, Carlos Quijano, arremetía contra casi todo lo establecido, y señalaba que era obra útil apresurar la revolución que se estaba realizando, pero que no reclamaba “fusiles, ni chirinadas, ni caudillitos”, y no tenía nada que ver con Luis Alberto de Herrera y “sus congéneres”; antes expresaba: “¿Y qué decir de nuestra enseñanza? De la Universidad anquilosada y torpemente utilitaria; de la enseñanza secundaria en crisis desde que fue implantada, de la primaria, ineficaz e insuficiente”.

“La enseñanza y sus objetivos” era el título de una columna de El País publicada en abril de 1950 en la que podía leerse que “la gran falla de los planes vigentes radica en la falta de practicidad de los mismos. Tienden a alejar al estudiante de la vida real, de sus contingencias y distintas oportunidades”. Y también: “La enseñanza pues, en los planes de secundaria y preparatoria, no debe servir sólo y principalmente para empujar hacia las facultades”. El mes anterior, el diario La Mañana se había ocupado del sueldo de los profesores de secundaria: “No se puede exigir preparación, dedicación y vocación para orientar juventudes, instruir personas y forjar caracteres, si al mismo tiempo se mantiene en angustia económica a quienes ejercen esas funciones fundamentales en la vida social”.

Un lustro después, en 1955, seguía sonando la misma canción: en junio Marcha hizo una especie de mesa redonda en torno a la pregunta “¿Está en crisis la enseñanza secundaria en el Uruguay?”. El político e historiador colorado Oscar Secco Ellauri decía: “Hay una inadecuación de los fines verdaderos a los medios empleados para realizarlos”. El escritor y profesor Antonio Grompone: “Me parece que en sentido estricto desde hace más de 30 años la enseñanza secundaria está en crisis continua. Las causas varían, pero el fenómeno es permanente”. Grompone agregaba que había que adaptar todo el organismo administrativo a la realidad y tener un programa definido y de honrada preocupación “sin aparatosidad ni ostentación teatral que resulta la deficiencia más generalizada”. Por último, Héctor O Cutinella manifestaba: “No satisface a nadie el resultado de nuestra enseñanza”.

No pasa día sin que grandes titulares, profusión de notas gráficas y páginas enteras de los diarios, no nos sorprendan con la desagradable noticia de un nuevo y tremendo crimen. La llamada “página roja” está encontrando material en exceso [...]. Estamos pasando, evidentemente, por un período de intensificación en la cantidad de hechos de esa especie, y por cierto, que no nos atrevemos a individualizar sus causas. [...] El problema es en el fondo, un problema de educación.

El auge sin precedentes de la delincuencia que se está registrando en nuestra capital ofrece caracteres de problema social grave y profundo, que reclama imperiosamente la atención de los poderes públicos. [...] En primer término se aprecia una proporción singularmente elevada de delincuencia juvenil, y esto sobre todo en los casos más graves y repudiables, como lo son los actos de “patoterismo” y los atentados a la moral.

La primera cita es de un suelto de la página editorial de El País; la segunda, de un editorial de La Mañana titulado “Auge alarmante de la delincuencia”. Ambos se publicaron en una época a la que se suele ver con nostalgia idílica: meses antes de que Uruguay le ganara 2-1 a Brasil por la final de la Copa del Mundo de fútbol en el estadio Maracaná, en 1950, bajo el gobierno del colorado Luis Batlle Berres. En otro editorial de El País sobre la “represión de la delincuencia infantil” señalaban que “en el origen de las patotas, como en la raíz de esas acciones criminales que tienen a menores por actores, hay principalmente un problema de educación del niño y del adolescente”.

El historiador Carlos Demasi registra que en la primera mitad de los 50 aparece con mucha fuerza el tema de la delincuencia juvenil, de bajar la edad de imputabilidad e incluso de restablecer la pena de muerte:

—En pleno neobatllismo aparecen todos esos personajes que en aquella época formaban parte de la leyenda urbana, como “La banda del Cacho”, tipos que eran peligrosos. Ese tema existe prácticamente desde que se aprobó el Código del Niño, en 1934. Y desde que se estableció una edad de imputabilidad mínima hay gente que la quiere bajar.

En efecto, en la década del Maracanazo apareció el tema de la baja de la edad de imputabilidad. Pero el debate no lo impulsó Pedro Bordaberry, ya que faltaba un año para que el dirigente colorado llegara al mundo. En enero de 1959 un editorial de La Mañana titulado “De nuevo el problema de la delincuencia precoz” arrancaba:

El homicidio cometido en Nochebuena por un grupo de delincuentes menores, devuelve actualidad al discutido y no resuelto problema de la modificación del régimen de imputabilidad establecido por nuestro Código Penal.

Luego seguía:

El auge de la criminalidad precoz —hecho cierto, y reiteradamente comprobado entre nosotros— ha llevado a la opinión pública a la convicción de que es imprescindible encarar sin dilataciones la modificación del régimen vigente, un poco porque se espera éxito de la severidad normativa, y otro poco porque no se ven soluciones eficaces si, ante todo, no se encara la revisión del sistema. Se ha sostenido, entre otras cosas, que el paso previo es extender el límite de la imputabilidad hasta los 16 años, y dar, además, determinada latitud a los jueces para apreciar en cada caso concreto el grado de responsabilidad real —con prescindencia de la edad— del agente criminal.

En el mismo mes La Mañana siguió insistiendo con el asunto. No había que dejarse llevar por el entusiasmo ante los números expuestos por el Consejo del Niño, según los cuales había habido una disminución de la “delincuencia precoz”, porque, si bien ignoraban los índices más actuales, no era necesario recurrir a ellos para constatar la importancia del fenómeno, decía una columna que seguía así:

Un día sí y otro también, la crónica policial registra indecencias de distinta entidad, algunas exitosas, otras frustradas, en cuyo centro se encuentran uno o varios delincuentes precoces. Los hechos se producen cada vez con más frecuencia, incluso fuera de los lugares y horas convencionalmente más propicios para el delito. Si antes era arriesgado transitar de noche por parajes mal iluminados, hoy no lo es más que caminar a pleno sol por cualquier avenida. Es lícito, pues, concluir ante la persistencia y crecimiento del fenómeno que las medidas preventivas no han resultado suficientes, y que la represión no ha servido de ejemplo.

Demasi cree que si la realidad hubiera sido la que planteaba ese editorial, hoy no podríamos salir a la calle, y ve allí un discurso performativo que construye una determinada forma de ver la realidad.

—Siempre hay una dimensión de delitos en la vida social, y nunca sabés exactamente si el número de delitos se incrementó o no, salvo que hagas un estudio estadístico, cosa que ningún diario hace. Así se construye agenda, porque los temas nunca terminan de desaparecer, siempre están ahí, y de repente, cuando la situación reclama, vuelven. Lo de la edad de imputabilidad siempre es el mismo problema; presentarlo como nuevo es el argumento que te permite reclamar una innovación legal: “Dame algunos elementos nuevos para enfrentarlo, porque esto no estaba previsto en la ley; nuestra sociedad, en aquellas épocas felices de los años 50, no tenía estos problemas”.

En 1920 todavía faltaba bastante para la masificación de ese aparatito llamado televisor; sin embargo, existía la morbosa crónica roja. La Tribuna Popular poblaba diariamente su sección Crónica Policial con todo tipo de delitos. La nota “La venganza de un menor” contaba sobre una familia que tenía “en calidad de sirviente” a un niño de 12 años, quien desde pequeño había demostrado sus “malas inclinaciones, cometiendo toda clase de judiadas, sin que nada fuera suficiente a corregirlo”. El chico agarró veneno para hormigas y de noche lo vertió en la sopa; varios integrantes de la familia se intoxicaron. La nota concluía que el “terrible menor” había sido remitido a Cárcel Central y “puesto a disposición del señor juez”.

Por el tono, da la impresión de que la información policial no era siempre tomada en serio: “Una vez en mitad de la calzada, se liaron a sopapos con entusiasmo digno de mejor causa”, “después de una breve disputa, Bonela se le fue al humo a la dama dándole una serie de bollos”, “Como Rey tiene un genio endemoniado, a las primeras de cambio, se le fue al humo a la dama, aplicándole unos cuantos golpes de puño”, “Fernández, que no aguanta bromas, se sulfuró emprendiéndola a golpes con el botija al cual ocasionó diversas contusiones”. Un crimen de violencia doméstica se consignaba como “hecho pasional”, y no había ningún tipo de pudor en informar sobre intentos de suicido con lujo de detalles (nombre, apellido, dirección, método y motivo), incluso de menores de edad.

En 1950 La Tribuna Popular continuaba ese tenor de crónica policial con títulos rimbombantes y descripciones morbosas: “Castigo salvaje recibió una mujer por un hombre que la creyó culpable de su desdicha amorosa”; “Yacía sobre el piso, echando sangre por la boca y la nariz, a la vez que presentaba huellas del terrible castigo que le había propinado con la cadena…”; “Espectáculo del far west protagonizó ayer una mujer”: “Un verdadero episodio cinematográfico protagonizó en la mañana de ayer una señora a la que se debe considerar con alguna ‘fallita’ mental”.

Demasi recuerda El Diario de la noche, gemelo editorial de La Mañana, que salía de tarde y se vendía mucho en los ómnibus, porque se lo compraba a la vuelta del trabajo. Según el historiador, su eslogan era: “El Diario: fútbol y carrera, horrible crimen”. Además, siguiendo con el tema de la delincuencia, Demasi viene más para acá en el tiempo y relativiza la frase hecha “esto en la dictadura no pasaba”:

—Los policiales en la época de la dictadura estaban muy limitados. Pero tenías lo mismo que ahora: secuestros para cobrar rescate, presos en salidas transitorias que se escapaban, delitos espantosos que nunca se aclaraban: tipos que aparecían muertos, degollados, descuartizados o metidos en un auto incendiado. En la época de la dictadura hubo tanta delincuencia como siempre.

En la actualidad constituye la preocupación —dura preocupación, por cierto— de todos los que viven del jornal o de sueldos poco elevados, el modo de obtener casa a precio que no exceda de lo razonable y de lo honesto. Los alquileres han alcanzado, en efecto, en estos últimos tiempos, tasas elevadísimas. Hoy, cualquier casa habitación, por modesta que sea, por menos importancia que tenga del punto de vista de la comodidad y del confort, reditúa cantidades exorbitantes que en cualquier otro país hubieran alarmado a los poderes públicos.

Así se explayaba en 1920 La Tribuna Popular sobre el alto costo de los alquileres. Mientras tanto, El País informaba que se crearía una “comisión destinada a corregir los abusos”, y titulaba: “Durante tres años no se podrán aumentar los alquileres”. Es decir, un alivio hasta 1923. Pero este problema también podría ser de hace unos días, ya que el precio de alquileres se niega a bajar.

El profesor Jorge Álvarez Scanniello, doctor en Historia Económica por la Universidad de la República, explica que en las primeras dos décadas del siglo XX el tema de la vivienda era un problema muy importante porque hubo un fuerte crecimiento de la población, sobre todo en Montevideo, que no fue acompañado por la expansión en similares proporciones de la oferta de viviendas. Era la época de los conventillos y de las pensiones.

—Hay estudios sobre la canasta de consumo de los trabajadores en esa época, y los alquileres tenían un peso muy importante. Eso mejora en los años 30 y 40, cuando hubo un crecimiento extensivo de Montevideo muy fuerte, y sobre todo bajo el neobatillismo, que hubo una fuerte regulación del mercado inmobiliario. Se reguló el precio de los alquileres, y se subsidiaban compras y alquileres de viviendas, en un contexto de fuerte estabilidad de los precios —explica Álvarez.

Sin embargo, en 1950 seguían las quejas sobre el precio de las viviendas. Un editorial de La Tribuna Popular decía:

En la actualidad se están construyendo infinidad de casas de apartamento. Muchos pisos, muchas comodidades, en algunos casos, pero vaya usted a preguntar el precio de los apartamentos. Es para desmayarse. ¡Trescientos, cuatrocientos, quinientos pesos! Pero señor, ¿hay quién puede pagar esos alquileres mensualmente? [...] Otras veces son apartamentos pequeños, donde hay que entrar de perfil, y tamizar los muebles a la última expresión para poder ocuparle. Son los llamados “conventillos de cuello duro”. [...] Sin embargo, el precio de esos apartamentos no baja de ciento cuarenta, ciento sesenta pesos o más. ¿Cómo puede un hombre con familia que gana doscientos pesos y hasta trescientos pagar esos alquileres?

En 1951 el intendente de Montevideo, el colorado Germán Barbato, dispuso la suba del boleto del transporte público, de ocho a diez centésimos. Se armó revuelo inmediatamente y se juntaron firmas para restablecer el precio. Así se dio lugar al famoso plebiscito del vintén, en el que resultó victorioso el “No”. Aun así, meses después, la Junta Departamental subió el boleto mediante un decreto. En 1959 la canción seguía sonando; como muestra este editorial de La Mañana:

Los transportes colectivos montevideanos, cuyas deficiencias son notorias y cuyas tarifas resultan exorbitantes, si se las mide con relación a la pésima calidad del servicio, están sostenidos por el sacrificio de nuestra población, a la que se obliga diariamente a viajar en condiciones de incomodidad que llegan al punto de lo vejatorio. Y ahora se anuncia como inevitable otra suba del precio de los pasajes, que ha de resultar muy gravosa para las personas de condición modesta y que, según otras experiencias lo anticipan, será absorbida enteramente por los aumentos de sueldos y jornales del personal, sin dejar margen alguno para cualquier mejora que beneficie al público. Otra columna de La Mañana del mismo año informaba que el precio del boleto subiría a 23 o 25 céntimos, “lo que señala una sensible diferencia en más sobre el precio actual de 15 centésimos”. Parece que ya no se acordaban que ocho años antes valía ocho centésimos y de la gran movida para no subirlo a diez. El cierre era poco esperanzador: “El servicio de transporte montevideano es malo. Tan malo, que no puede ser peor”.

Demasi explica que el boleto siempre ha sido caro por la estructura de la ciudad: como Montevideo se expandió de forma dispersa, el ómnibus atraviesa zonas de poca venta de pasajes. Además, el historiador señala la relación entre el precio del transporte y el de la vivienda:

—En la medida en que vos facilitás la solución: “Hay terrenos baratos en Lagomar, vamos a edificar”, complicás el tema del transporte; y en la medida en que querés concentrarlo, complicás el tema del costo de la tierra. Cuanto más al centro te querés mudar, gastás menos en boleto, pero gastás más en otra cosa. Montevideo nunca resolvió bien ese problema.

Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

La ilustración muestra a un señor que abre la puerta de su casa y se ve sorprendido ante al panorama: su esposa y dos de sus hijos duermen desparramados en el living, mientras su hijo más pequeño lo mira empinando una botella.

¿Qué pasa aquí? ¡Ah, ya comprendo! Se han tomado la caña que compré a las 6 para poder, de 9 a 11, saborearla a pesar de la ley que obliga a cerrar los almacenes… Pucha digo, con la moral de esa ley: ¡me convierte a la familia en un boliche! Así, con humor, se tomaban una ley antialcoholismo en La Semana, no en 1960 ni 1940, sino en 1913. Las diversas formas de aplacar el consumo excesivo de alcohol dan vuelta en la prensa como un borracho buscando su casa. En 1920 en La Mañana manifestaban que pese a la prohibición legal de vender alcohol y de la prevención oficial de que sería implacable la acción de los inspectores contra los comerciantes que lo vendieran durante los feriados, en Montevideo “no bebe el que no quiere”.

En 1920 La Tribuna Popular se quejaba de los que salían a tomar alcohol y, de paso, de los jóvenes, en un suelto titulado “Escuela del vicio”:

Una gran parte de esa juventud que mira por encima del hombro a quien no viste con arreglo el último figurín [...] cultiva la existencia del búho, y pasa las noches en claro y los días en turbio con la grata compañía del elemento indispensable a todo perfecto trasnochador. Probablemente, uno de los capítulos más gráficos de esta historia [...] está escrito en las juergas de los noctámbulos que vagan del lenocinio al cabaret, para terminar en recia chupandina dentro de cualquier cafetucho con ínfulas de comercio decente [...]. Y cuando se piensa que de esas generaciones podrán salir los dirigentes de la patria, entonces se advierten las blanduras de tantas leyes dictadas para conservación de la especie.

Es probable que algún veterano de la época, mientras esperaba que le pusieran a punto su flamante Studebaker, haya leído esa columna, y luego de darle una bocanada a su pipa de tabaco mentolado, haya exclamado con resignación: “¡La juventud está perdida!”.

“¡Qué caro que está todo!”, se queja la señora luego de que ve el precio de los 150 gramos de mortadela en la balanza del almacén. Nada muy distinto a los lagrimeos por la “carestía de la vida” y la inflación que atravesó la prensa durante el siglo XX. La suba de los precios es la vedette en el teatro de revista del eterno retorno. Un suelto de 1919 publicado en El Día (“El período de las vacas gordas”) decía que, según El País, de los censos ganaderos resultaba que a cada habitante de Uruguay le correspondían siete vacas. Luego, la refutación irónica:

Atravesamos, pues, como en el caso de la leyenda bíblica, el período de las siete vacas gordas. No lo parece, sin embargo. Nunca, tanto como ahora, se han hecho sentir entre nosotros las dificultades de la vida cara. Y por una ironía de las cosas, resulta que uno de los artículos que han alcanzado precios más fabulosos es, precisamente, la carne, que, si no nos equivocamos, se saca generalmente de las vacas.

En marzo de 1920 una columna de _La Tribuna Popula_r (“El disparate que hoy cuesta vivir”) llevaba como subtítulo “Hagamos algunas referencias preliminares sobre los precios de artículos imprescindibles”. Allí, además de darles palo a los gobernantes por su “quietud” ante el tema, decía:

En el año 1913 se pagaba [...] las cebollas 70 centésimos el ciento —ayer se vendían a dos centésimos cada una—, los boniatos de 4 a 5 el kilo —hoy cuestan 12—, las papas a 6 cents —ahora llegan a 14—, las lechugas tres por 5 cents, y hoy 4 cada una; y no seguimos enumerando porque esto lo sabe todo el país y necesitaríamos espacio enorme para abarcarlo todo.

A lo largo de todo el mes aparecieron sueltos sobre los precios de productos específicos. El pan estaba caro por la suba de la harina y del trigo; entonces, preguntaban: “¿Por qué se permite la exportación de esos artículos?”. También informaban que los huevos estaban caros porque los productores entregaban poca cantidad para mantener alto el precio. Y concluían que era “inadmisible” que empresas “varias veces millonarias” se dedicaran a explotar el hambre del pueblo “y menos admisible es que el gobierno no oponga una valla legal a tales explotaciones”.

En “Combatiendo la carestía de la vida” decían:

Que la vida se está poniendo imposible, al punto que las clases populares, y mismo la clase media se encuentra en una situación verdaderamente insoportable, es algo que no puede ni discutirse [...]. Que en los países de la vieja Europa ocurra eso, por efecto de la grave situación creada por la gran guerra, no es de extrañarse, pero que en la joven América, en estos países exuberantes y pletóricos de vida, donde se siembra el trigo a manos llenas y se recogen cosechas extraordinarias, y donde miles y miles de cabezas de ganado pastan mansamente, es algo verdaderamente intolerable. Por eso, cuando un amigo nos para en la mitad de la calzada para decirnos con un deje de ironía —pero, che, ¡ustedes los periodistas se quejan de vicio contra la carestía de la vida!, no pudimos menos de sonreír.

Treinta años después, es decir, en 1950, al pasar las páginas de los diarios parecía que nada había cambiado, excepto el célebre estreno de la palabra “inflación”. En “El cáncer invisible de la inflación” El País manifestaba: “Es dura la tarea de hacerle comprender al hombre común los peligros del inflacionismo. Cuesta mucho entender que la abundancia de dinero es un maleficio en lugar de un beneficio”. En “Misceláneas inflacionistas” los cagancheros seguían la misma línea: hablaban de los riesgos de emitir demasiado papel moneda y devaluarlo.

En el editorial “La fiscalización de precios” de El Diario se reiteraba lo inútil de pretender contener el alza de los precios mediante el contralor y la fiscalización de algunos productos. La Mañana, durante marzo de 1950, le dio al tema con énfasis: “Los funcionarios públicos y el costo de vida”, “El Poder Ejecutivo y el costo de la vida”, “El costo de la vida y la actitud del Ejecutivo”, “El proceso inflacionista”, “En torno del encarecimiento de la vida”, son los títulos de algunos editoriales y columnas dedicados a la inflación. En “Las ocupaciones de la clase media” se leía: “Muy a menudo nos hemos ocupado de las específicas dificultades que a nuestra numerosa clase media plantean las actuales condiciones de la vida económica”. Luego se opinaba que la clase media se esforzaba por sobrevivir como tal, por mantener similar régimen de vida, y desestimaba “la manualidad y el oficio”, lo que provocaba la “superpoblación universitaria” a la que se asistía hacía años o la “postulación multitudinaria a cargos burocráticos”.

La Mañana publicó también en marzo de 1950 una gráfica que mostraba que el costo de vida había aumentado gradualmente desde 1939 a 1949. Las cifras se referían al departamento de Montevideo y se habían obtenido mediante un registro mensual de los precios de “primera necesidad”, que incluía los rubros de alimentación, menaje, vivienda, indumentaria y gastos generales, “siempre de idéntica calidad y en igual cantidad”. El estudio era oficial, ya que lo habían realizado los servicios técnicos estadísticos del Consejo de Subsistencias y Contralor de Precios.

En plena dictadura, en agosto de 1977, El Día seguía con los greatest hits económicos: les dedicó un editorial a los salarios y la inflación y una columna sobre la clase media que decía: “Los tropiezos y las zozobras de la economía están acusando consecuencias de pérdida de poder adquisitivo, de retrocesos en los niveles de vida y de confort, entre los elementos de clase media”.

Para el docente Jorge Álvarez, hay temas económicos, como la inflación y el deterioro de los salarios reales, que se repiten de forma muy similar cada 15 o 20 años porque están relacionados con cuestiones estructurales de la economía y con problemas que son cíclicos. El especialista añade:

—Utilizo ese marco temporal porque uno de los resultados más claros en la historia económica de Uruguay es haber identificado la existencia de ciclos recurrentes de la economía, períodos de prosperidad y de crisis, que más o menos tienen cierta regularidad en cuanto a la extensión. Nosotros los definimos como ciclos tipo Kuznets, que duran alrededor de 20 años. Uruguay ha tenido crisis periódicas desde la década del 70 del siglo XIX.

Según Álvarez, el patrón cíclico tipo Kuznets —denominado así por el economista Simon Kuznets—, en el caso de la economía uruguaya, está asociado al bajo nivel de diversificación de su estructura productiva y al tipo de inserción externa que tiene el país, muy dependiente de la exportación de recursos naturales (carne, lana, madera, soja) y asociada a la vulnerabilidad que supone depender de las exportaciones de commodities con una gran inestabilidad. También explica que hay conductas de la demanda interna ligadas al tipo de elasticidad que tienen el precio de las exportaciones y los bienes que se importan, y cuál es el comportamiento en cada caso de la demanda doméstica.

—En un período de expansión y de crecimiento de exportaciones hay una tendencia a aumentar también notablemente el volumen de las importaciones; entonces, la expansión de la economía uruguaya se da, en términos generales, por la expansión de las exportaciones y por el aumento de inversiones y del consumo a nivel doméstico, que en cierto momento termina generando un déficit en la balanza comercial. Eso funciona mientras haya ingreso de capitales que equilibren la balanza de pagos, pero el problema surge cuando se corta el ingreso de capitales, y hay un déficit importante en la balanza de pagos. Eso siempre estalla y hace eclosión de manera crítica. En las últimas dos crisis, la de 1982 y la de 2002, el proceso fue ése —concluye Álvarez.

Hay décadas pasadas que en el imaginario colectivo se reflejan como de bienestar,
felicidad, gloria —la famosa “Suiza de América”—. Sin embargo, basta con hojear diarios de meses enteros para comprobar que en los años 20, 30 o 50 no todo era color de rosa o, por lo menos, no lo era lo que mostraban los periódicos. De 1950, por ejemplo, quedó el Maracanazo, y no el “auge alarmante de la delincuencia” que denunciaba La Mañana, quizá porque la Copa del Mundo se ganó dos veces en un siglo, y el auge de la delincuencia parece ser un déjà vu constante.

Pero, para Demasi, siempre que se habla de la “Suiza de América” es en pasado; es decir, este país siempre fue la “Suiza de América”, y esa idea —añade—, tanto como la del “Uruguay feliz” y otras por el estilo, son construcciones ideológicas muy fuertes que ocultan la otra parte de la realidad. Y pone como ejemplo que en pleno neobatllismo la Universidad de la República empezó a estudiar los rancheríos rurales, e hizo un informe sobre el tema que provocó escándalo, porque miles de personas vivían en forma precaria, trabajaban de forma zafral y no tenían para comer todos los días. El historiador agrega:

—Eso fue en la época en la que se supone que Uruguay fue más rico en todo el siglo XX. Cuando se piensa en eso, se olvida la parte negativa y se habla sobre todo de la otra: “¡Qué felices que éramos entonces!”. Pero entonces, pensábamos: “¡Qué terrible la época en la que vivimos!, ¡qué felices que éramos en la época de Batlle y Ordóñez!, y así sucesivamente. Construir un pasado más feliz es una de las utopías conservadoras más recurrentes”.