Durante 2017 se recordaron y celebraron los cincuentenarios de varios discos que alteraron en forma definitiva la historia de la música pop y la cultura occidental en general. Discos que se siguen asociando con una modernidad revolucionaria y que han envejecido espléndidamente, conservando significados y sorpresas, aunque la totalidad de sus responsables originales ya esté en la tercera edad (en el caso de que sigan vivos). Porque 1967 había sido colosal en términos de música, para empezar porque fue el año en el que se editó el disco más célebre de la historia del rock, es decir, Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band, de The Beatles. Pero en el mismo año vieron la luz discos tan buenos, influyentes y osados como el de los cuatro de Liverpool, o quizá mejores; 1967 fue el año de The Velvet Underground & Nico, de The Velvet Underground; Are You Experienced? y Axis: Bold as Love, de The Jimi Hendrix Experience; Forever Changes, de Love; Disraeli Gears, de Cream; The Piper at the Gates of Dawn, de Pink Floyd; el primer disco de The Doors, homónimo, y Safe as Milk, de Captain Beefheart, entre otros, todos álbumes que en forma inmediata o a largo plazo se volvieron esenciales para multitudes de músicos y melómanos. Sin embargo, entre los festejos y ediciones especiales recordando los medios siglos de muchos de aquellos discos gloriosos, se pasó un poco por alto (hasta para la diaria), posiblemente porque la fecha de su aniversario –el 27 de diciembre– cayó justo en medio de los resúmenes del año, que 1967 fue también el año del debut discográfico de uno de los poetas más formidables que se haya aproximado a la canción popular durante el siglo pasado, activo hasta su fallecimiento, el 7 de noviembre de 2016. Nos referimos al primer álbum del compositor, intérprete y escritor canadiense Leonard Cohen, titulado simplemente Songs of Leonard Cohen.

No hay muchos artistas –ni siquiera Bob Dylan, Neil Young o Tom Waits– que hayan tenido un debut discográfico tan redondo y maduro como el de Cohen, y eso es bastante lógico, ya que cuando editó su primer álbum ya era un artista maduro y con personalidad propia. Incluso, para los criterios de la música pop (y en especial para los ligados con la cultura del rock en aquellos tiempos) ya era un viejo. Leonard Cohen publicó su primer disco cuando ya tenía 33 años, algo que no es tan extraño hoy en día, cuando los despertares artísticos tardíos son habituales y la gente suele ser estimulada a redescubrirse a cualquier edad, pero que resultaba inusual en un tiempo en el que todos los ídolos eran veinteañeros, y aparentemente caprichoso para un artista que ya había alcanzado cierta notoriedad –por lo menos en Canadá– como poeta y novelista, y tenía detrás suyo sus principales obras literarias, como el libro de poemas Flores para Hitler (1964) o la novela Hermosos perdedores (1966). En cierta medida, el título del álbum tenía que ver con el hecho de que mostraba una nueva faceta suya.

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El caso es que Cohen se había mudado a Nueva York y allí, inspirado por vocalistas poco tradicionales y artísticamente ambiciosos –como Bob Dylan o Nico, cantante en el mencionado primer disco de The Velvet Underground y musa inalcanzable del canadiense–, había decidido volverse compositor e intérprete de sus propias canciones, convencido de que ese era el único camino de un poeta moderno para alcanzar al gran público y, tras escribir algunas temas, le cedió uno de ellos –el inmortal “Suzanne”– a la cantante folk Judy Collins, que la convirtió en un éxito. Eso hizo posible, a su vez, que el famoso John Hammond, entonces productor de Collins, le consiguiera un contrato con Columbia Records (un sello que tenía motivos para confiar en su criterio, ya que, después de desempeñar un papel clave en las carreras de varias figuras enormes del jazz y el blues, le había aportado unos años antes los fichajes de Aretha Franklin y Bob Dylan), a pesar de la inexperiencia y la falta de carisma pop de Cohen. Hammond iba a producir el disco, pero se enfermó en las fechas de grabación y fue sustituido por John Simon, lo cual tal vez haya sido un golpe de suerte, ya que las producciones de Simon –entre las que se encuentran el debut de The Band (Music from Big Pink, 1968) y el disco Cheap Thrills (1968), de Janis Joplin con Big Brother & The Holding Company– se caracterizan por no ser muy respetuosas del estilo de los músicos, y Songs of Leonard Cohen presenta a un artista con una personalidad completamente definida, única y sin adulteraciones.

Creo que escuchaste a tu maestro cantar

Una de las cosas que más sorprende, para un disco debut de alguien que ni siquiera se sabía que tuviera conocimientos musicales, es lo autosuficiente que se muestra Cohen. Sus dos álbumes posteriores –Songs from a Room (1969) y Songs of Love and Hate (1971)– serían aun más minimalistas, apoyados solamente en el acompañamiento de su guitarra, pero aunque Songs of Leonard Cohen fue grabado con un conjunto de músicos de sesión, cualquiera de las canciones que incluye puede tocarse (sin demasiados problemas, ya que todas ellas son composiciones relativamente simples) con guitarra –como lo hizo Cohen durante muchos años– y sonar básicamente igual, aunque en algunos casos pierdan adornos importantes. De hecho, el sonido de los sencillos arpegios de su guitarra de cuerdas de nailon –con una segunda en el lugar de la primera para reforzar la sonoridad grave– es el timbre instrumental ideal para acompañar su voz de barítono dubitativo, aun sin la potencia sombría que iba a lograr el Cohen maduro, pero con más rango y proyección, y ya con total dominio expresivo de su capacidad vocal limitada, más próxima al tono de una conversación de madrugada que a lo que era habitual en los motivadores temas del tiempo del folk “de protesta”.

De las diez canciones que lo componen, tan sólo la breve “Winter Lady” y la un tanto angular “Teachers” no pasaron a ser parte del repertorio principal de Cohen, y algunas de ellas –“Suzanne”, “Sisters of Mercy”, “So Long, Marianne”, “Hey, That’s No Way to Say Goodbye”– se volvieron una presencia inevitable en sus espectáculos (y en todas sus recopilaciones) de las siguientes décadas. No hay secreto: en esos temas poderosos están varias de las melodías más notables que Cohen haya compuesto alguna vez; sus letras tienen un refinamiento poético inusitado, pero a la vez son accesibles y de carácter romántico, e incluso algunas de ellas contienen estribillos razonablemente gancheros. Se trata de canciones inspiradas por amores y personajes de la vida íntima de Cohen –su amiga Suzanne Vernal, su ex pareja Marianne Ihlen, un par de mochileras que conoció en Nueva York– y que, a pesar del judaísmo del artista, utilizan una inspiración espiritual de imaginería cristiana, con el tono bíblico de composiciones posteriores aún moderado. En algunos temas, como en las recopilaciones de imágenes de “Stories of the Street” y “One of Us Cannot Be Wrong” (una de las tantas canciones inspiradas por el amor no correspondido a Nico), se siente claramente la influencia lírica de Bob Dylan, pero en términos de composición el disco está más próximo a la chanson gala, algo lógico en un canadiense proveniente de una ciudad de cultura tan francesa como Montreal. En Songs of Leonard Cohen no se perciben mucho, por lo menos en lo musical, las raíces de blues, country y folk que nutrieron a Dylan y a sus seguidores, y que también se harían notorias luego en la obra de Cohen. Sí se puede identificar como influencia, en cambio, el tono íntimo, individual y elegante de las canciones de Jacques Brel o Boris Vian. Quizá el mejor ejemplo sea la gema secreta de esta brillante colección y su composición más larga (con casi seis minutos), “The Master Song”, una hipnótica y extensa descripción de una relación amorosa llena de dominio y deseo, que contiene todos los rasgos más distintivos –tanto musicales como líricos– de la obra de Cohen.

Aunque hoy en día el disco es reconocido ampliamente como un clásico, y algunos de sus temas han sido objeto de numerosas versiones, Songs of Leonard Cohen estuvo muy lejos de convertirse en un éxito y, como The Velvet Undergound & Nico, fue más bien ignorado en Estados Unidos salvo por algunos pequeños grupos de fans deslumbrados. En Inglaterra le fue bastante mejor y logró un considerable impacto en Francia, lo que no es para sorprenderse si tenemos en cuenta su sonoridad general y el gusto de los franceses por la poesía muy trabajada. Tanto el disco como el artista tuvieron más bien una influencia residual, que se notó en el lado más poético (y más ampuloso) de la negatividad del after punk, e incluso la banda señera del gótico inglés, Sisters of Mercy, tomó su nombre de una canción de este disco. Hoy en día, y luego de un éxito masivo tan tardío como su debut, las canciones de Cohen llenan discos de homenaje, ambientan películas románticas y son interpretadas por voces gigantescas en concursos de canto, toda una ironía en relación a un poeta canadiense que entonaba sus letras con una voz pequeña e inspirada en los fumadores cantantes de los cafés existencialistas parisinos.

Pero no fueron ese afrancesamiento ni las limitaciones musicales de Cohen los factores por los que el disco sólo tuvo un reconocimiento marginal en comparación con el recibido, en la misma época, por la obra de otros cantautores como Donovan o Paul Simon. Más bien habría que buscar la causa en la falta de sintonía espiritual del artista con una generación que recién estaba entrando en el otoño del “Verano del amor”. Y, a su vez, esa falta de sintonía no se manifiesta tanto en la oscuridad de algunas de las canciones –Songs of Leonard Cohen es, en muchos aspectos, uno de los discos más optimistas y sentimentales de su obra, y además los 60 tuvieron un lado oscuro que suele olvidarse al hacer caricaturas del hippismo–, como en su serenidad y distanciamiento decepcionado. Como Lou Reed o Arthur Lee, pero tal vez en forma aun más evidente, Cohen, con por lo menos diez años más de edad que sus colegas contemporáneos, no tenía mucho entusiasmo que ofrecer y ya comenzaba a asumir su rol de profeta aguafiestas que sólo ve cosas horribles o aburridas en el futuro –una costumbre que continuaría durante toda su vida–. En plena efervescencia con ánimo revolucionario, cantaba en “Stories of the Street”: “Yo sé que escucharon que ahora se terminó / y que la guerra llegará de seguro / Las ciudades están quebradas por la mitad y los intermediarios se han marchado / Pero déjenme preguntarles una vez más / oh, niños del crepúsculo / Todos estos cazadores que están aullando ahora / ¿hablan por nosotros?”.

En “One of Us Cannot Be Wrong” decía: “Escuché sobre un santo que te amaba / estudié toda la noche en su escuela / Él enseñaba que la tarea de los amantes / era empañar la regla de oro / Y justo cuando pensé que sus enseñanzas eran puras / él se ahogó a sí mismo en una piscina / Su cuerpo se fue / pero aquí sobre el césped / su espíritu continúa babeándose”.

Ese clima escéptico y resignado continúa de canción en canción, de belleza frustrada en belleza inadecuada, en este disco simplemente titulado “canciones de Leonard Cohen”, algo que seguramente ya creía que iba a ser suficiente en el futuro.