10. El Gordo Poesida y sus Noktilukas le cantan al exceso, de El Gordo Poesida y sus Noktilukas (independiente).

El Hoski, más que nada en su rol de poeta y performer –pero también como músico y narrador–, ha tenido una pierna enterrada bien hasta la rodilla en el barro de lo abyecto. Con poemas bukowskianos dedicados a las excreciones, al sexo y sobre todo a una iconoclastia de todo lo uruguayo, varios han sido los quilombos que se suscitaron a su alrededor, pero casi siempre todo corrió por el carril único de la provocación y sus efectos. En lo musical, con su banda La Nelson Olveira, siempre pareció que esa celebración de lo infame y lo sucio quedaba a medio camino, sin trascender del todo la mera guarangada. Con Los Noktilukas, una formación paralela con bases electrónicas, mucho más atmosféricas y libres, de golpe parece que la virtud performática de Hoski adquiriera una nueva densidad y, hasta podría decirse, seriedad, con un personaje (“El Gordo Poesida”) que adquiere trazos más definidos. Ya sea la fascinante disección de un paradigma fantasioso masculino en “Una gorda punk” o esa bizarreada casi pesadillesca de “El caballo merkero”, todo el álbum juega a la rayuela en el pretil de lo impronunciable (hay hasta referencias a las muertes en Young durante la realización de un programa de Desafío al corazón), lo abyecto, lo ridículo e incluso lo simplemente tonto, pero de fondo siempre parece quedar un sedimento de algo más verdadero y removedor.

9. Imagen inestable, de Trópico Duclos (Buen Día Records / Gazzelig Records).

La carrera de Cadáver Exquisito podría resumirse en tres preguntas que fueron alternándose disco a disco. En su primer trabajo, “¿cómo tocar más complejo?”; en el segundo, “¿cómo hacerlo más rápido?”; y en el tercero “¿cómo sonar más fuerte?”. Trópico Duclos, primer proyecto solista de Matías Rodríguez, uno de los guitarristas de Cadáver, parece ir hacia un plano más abstracto de esas preguntas, ya no preocupándose específicamente por los aspectos técnicos de la ejecución, sino por las posibilidades expresivas de la distorsión. El resultado de esta búsqueda es un disco idiosincráticamente shoegaze (con una herencia directa del sonido de Slowdive o Ride), pero con algunas notas perdidas de The Cure, o incluso de The Beatles. Un extraño paisaje sonoro con texturas tan densas que podrían reconocerse a ojos cerrados, como una especie de braille en el aire.

8. Turista, de Pedro Restuccia (Panacea Producciones).

Entre álbumes pequeños como Canciones hogareñas (2011) y Cajita de Música (2013), Pedro Restuccia venía recolectando, como quien construye un puente tablón a tablón, una cantidad sorprendente de invitados, entre ellos Alberto Mandrake Wolf, Hugo Fattoruso, Nicolás Ibarburu, Mario Villagrán, Eli-U Pena y Eduardo Pitufo Lombardo. Lo que salió después de tantos años de trabajo fue Turista, su proyecto más ambicioso hasta la fecha. Con una columna vertebral hecha en base a cuatro milongones simétricamente colocados, las canciones a veces se ofrecen engañosamente sencillas, con pequeñas joyas arreglísticas imperceptibles a primera oída (como el extraño desarmado de acordes hasta la llegada del estribillo en “Lentecitos”), o la hermosa y adormilada participación vocal de Damián Cacciali en “Tramo digital”. Reescuchando Turista, uno va percibiendo que, más que las dinámicas de amor o la mística spinettiana que siempre marcó la pluma de Pedro, la verdadera temática del álbum es la música en sí, la condición de un autor con sus procesos compositivos, con sus neurosis y riesgos a sortear. Restuccia se enfrentó a estos riesgos y su trabajo de hormiga terminó dando con un disco casi totalizador de su propia carrera.

7. Tanto y no, de Rocoto (Feel de Agua).

En Tanto y no, Alessandro Podestá y compañía funcionan como un gran ventilador a través del que circulan, por momentos con riesgo de chocar, un montón de sonidos latinoamericanos, fusionándose entre sí, que a veces parecen irreconocibles pero pueden individualizarse en un mínimo detalle. La canción “María daba” arranca con guitarras de una base tangueada y, en forma casi imperceptible, va mutando hacia ritmos venezolanos. Un huayno parece sobrevolar como cóndor por encima de las nubes de “Casa inclinada”. En “Sigue allá” se espesa una complejísima masa formada por murga, candombe y rumba. Todo radica en una serie de sutilezas, mínimos detalles que subvierten el todo, como el sereno bombo a tierra que cambia el espectro emocional del son de “Eso no es café”. Entre coplas, candombes, sonidos andinos, tangos y pequeñas notas de rock, Tanto y no es un interesantísimo desentrañamiento del ADN de la música latinoamericana, reinterpretado en forma novedosa y moderna.

6. 432, de Fernando Cabrera (Ayuí).

“Cuando los perros del miedo / atacan desde las sombras / sus dientes chocan y caen / queriendo ser agresivos / son sólo mordiscos muertos”. Hay algo de una nueva serenidad y... ¿optimismo? en 432, un disco que continúa la senda compositiva cabreriana de corte más jazzero de Viva la patria (2013), pero que suena mucho más inmediato, directo y, curiosamente, emotivo que sus anteriores trabajos. Con apenas media hora de duración, tiene sus puntos más altos en la alternancia emocional de “Copando el corazón”, la bienaventurada “Oración” y la forma en que irrumpen las referencias a la inseguridad, tapando la frase “menos puestos de trabajo” en “Alarma”. En esa especie de poda que caracteriza el estilo compositivo de Cabrera, parece haber en 432 la virtud de un boxeador que cada vez pega menos pero más fuerte y más certero.

5. Palabra clásica, de Florencia Núñez (La Nena Discos).

Ya fuera con la impresionante colaboración de artistas en Turista, de Pedro Restuccia, o con el sonido mucho más pulido y rico en lo tímbrico de Desastres naturales, de Franny Glass, 2017 fue un año en el que varios cantautores tuvieron la oportunidad de presentarse en formato maximalista. En esa camada de trabajos más elaborados en lo referido al sonido, posiblemente una de las mejores capitalizaciones del cambio fue la de Florencia Núñez, que amplió el registro de su sonido con la participación de una amplia variedad de cuerdas, y así le otorgó a sus canciones, de costumbre hogareñas, una nueva gama pop más amplia y expansiva, similar a la de Julieta Venegas o Natalia Lafourcade. Con temas como el percusivo y circular “Tengo un imán contigo”, la gran oda a la magia cotidiana de componer una canción que le da nombre al disco, o el valsecito de los minúsculos terrores y neurosis de ser madre en “Revistas”, Palabra clásica es uno de los álbumes con canciones más recordables y sinceramente emocionantes que dio 2017.

4. #8, de Buenos Muchachos (Bizarro Records).

Buenos Muchachos, la banda más grande del under uruguayo, venía metiéndose en un embrollo. Con nuevos integrantes e instrumentos (el piano de Nacho Gutiérrez y la tercera guitarra de Pancho Coelho), proyectos independientes (como el de Pedro Dalton en Chillan las Bestias), y participaciones de sus integrantes en giras de otras bandas (como la de Gustavo Topo Antuña con El Cuarteto de Nos), el grupo venía ramificándose de forma desordenada en varias e insospechadas direcciones, pero con una creciente sensación de poca cohesión, con cada vez más pasajes de spoken word, incursiones en el pop y experimentos ambientales que se notaban en la disociación entre los dos discos Se pule la colmena (2011) y, en una medida más aplacada y opaca, Nidal (2015). Su octavo álbum, lejos de volver a un puerto seguro, radicalizó esas búsquedas y, contra todos los pronósticos, en vez de resultar más heterogéneo y dislocado, terminó de dar con algo extraño e inédito en la banda, pero de una misteriosa y sobrecogedora solidez. A veces las canciones son más bien pasajes; a veces presentan, más que secciones, tres o cuatro actos, y cambian de un momento al otro su tenor emocional (como en el caso de “Arco”). Con experimentos percusivos como “La miseria de tu plan” (un homenaje pagano al Tom Waits de Bone Machine –1992–), o la hipnotizante “Turto”, con las guitarras del Topo y Marcelo Fernández persiguiéndose sincopadamente, alrededor de los vientos, como dos avispones venenosos, parece una versión definitiva de mucho de lo que venían experimentando, y a su vez no se parece a nada de lo que habían hecho los Buenos antes.

3. Dama Cierva, de Hijo Agrio (Ombú Records, El Octavo, Caracol Rojo).

Técnicamente no es un álbum de 2017, pero los pibes de Hijo Agrio, fieles al clásico autoboicot indie de lanzar sus trabajos en las fechas más improbables, presentaron Dama Cierva el 28 de diciembre de 2016. Lejos de ser un álbum veraniego, el segundo larga duración del grupo se parece a zambullirse en los pozos azules, nadar buscando el fondo, darse cuenta de que uno no va a llegar y ver sólo una espesa negrura, ya sin burbujas que indiquen dónde es arriba y dónde es abajo. Cargado con un flanger a 220, un bajo espesísimo, una batería con toms casi tribales y el espantapájaros humano de Darvin Elizondo agitándose en delirios detrás del micrófono, Dama Cierva es uno de los álbumes más ominosos que haya dado la música uruguaya, ya sea con el candombe epiléptico “Terpsícore” (una especie de gemelo maldito de “Nombre de bienes”, de Eduardo Mateo) o con esa especie de canción de cuna devenida invocación satánica que es “Por Hilario Cabrera”. Este disco demostró que Hijo Agrio, más que ser una de las bandas más potentes en vivo de la actualidad, es un extraño continente de la música uruguaya, un lado B de las cosas donde todo es más perturbador y gélido. Pocas veces el rock dio tanto miedo.

2. Pactos, de Alfonsina (Bizarro Records).

Después de un primer álbum que bebía de los afluentes del gipsy jazz y la canción francesa (El bien traerá el bien y el mal traerá canciones –2014–, un trabajo sólido y prístino, pero no demasiado recordable), Pactos fue un salto cualitativo y estilístico de Alfonsina como pocas veces se ha visto en el segundo trabajo de un artista. Fiel a la tónica de uno de los versos que abren el disco (“no soy / lo que quieren hacer conmigo”), aquí la artista se rebeló y tomó por completo las riendas de la composición y la producción, generando un space pop que alterna entre las evidentes referencias a PJ Harvey y St. Vincent, pero con un toque personalísimo, a veces sacrificando el virtuosismo de su obra anterior para alcanzar una solidez nueva. Es en la relación entre minimalismo y maximalismo donde Alfonsina parece haber encontrado su verdadera voz, pero también donde llegó a un sonido pocas veces logrado en el escenario local. Si Pactos no fue el mejor disco del año, podría decirse que fue el más perfecto.

1. Mandrake y Los Druidas, de Mandrake y Los Druidas (Bizarro Records).

A partir de “Myriam entró en el Hollywood”, y más que nada sedimentado por el posterior éxito del álbum De –2008–, Mandrake Wolf se alejó un poco del candombe canción, acercándose cada vez más al rock (aunque su último disco con Los Terapeutas haya sido, en 2015, Los candombes). Sin embargo, como pasa con la mayoría de los candomberos que se tiran a rockear, siempre había en el sonido una veta que lo seguía manteniendo en un terreno más circunscrito al pop. Eso cambió radicalmente con su nueva banda. Mandrake y los Druidas es rock puro y abrasivo, ya sea al grito dionisíaco de “sexo anal y cocaína” en “Si no me hubieses conocido” (musicalmente cercana a ZZ Top), en la gigantesca balada ascendente “Estos son los días”, o con una serie de uppercuts quiebramandíbulas en la misántropa “Hombre rana”. Es sonido quemante, platillos aturdidores y solos espesos, pero más allá de todo eso hay bellezas minimalistas como “Un techo de estrellas”, en la que Mandrake canta: “Paso y me saluda / no la reconozco / despues sí / me di cuenta quién es ella / No me acordaba / que estuviera tan buena / se parece a Joan Baez / cuando estaba buena”. En la forma en que dice, casi sin ajustarse a la métrica, “después sí”, o en la repetición de “buena”, como alguien diría hablando con un amigo, está todo aquello que podría parecer común, descuidado o casi banal en boca de cualquier otro, pero que en él adquiere una vuelta intuitiva y natural para tornarse algo único. Como casi nadie en la música uruguaya, Wolf es dueño de un manejo virtuoso de lo coloquial. Un disco con suficientes clásicos instantáneos como para ahorcar a un caballo.