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El periodista sueco Stieg Larsson (1954- 2004) escribió antes de morir tres novelas que nunca llegó a ver editadas y que resultaron enormemente exitosas: Los hombres que no amaban a las mujeres (2005), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (2006) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (2007). Eran el comienzo de una serie titulada Millennium, que iba a incluir siete más.

En esos libros (probablemente auxiliado por su pareja y compañera de activismo, Eva Gabrielsson), Larsson proyectó su ideología –trotskista y feminista– y su experiencia profesional: uno de los protagonistas, Mikael Blomkvist, es también un periodista de investigación, enfrentado en lucha desigual con corruptos y perversos. La diferencia con el mundo real es que las habilidades como hacker de Lisbeth Salander, el otro personaje protagónico, le aportan a Blomkvist información clave para lograr que los culpables sean castigados.

Larsson vivió 32 años con Gabrielsson pero no se casó con ella ni llegó a formalizar un testamento, así que, de acuerdo con las presuntamente avanzadas leyes suecas, los derechos de autor de Millennium fueron heredados por el padre y el hermano del periodista (Erland y Joakim Larsson), que estaban bastante distanciados de él. Gabrielsson se quedó con parte de una cuarta novela inconclusa y con apuntes para un plan general de la serie, pero no aceptó venderles esos materiales a los herederos, y en cambio pidió control sobre su uso comercial. Los Larsson rechazaron esa demanda, alegando que Gabrielsson no estaba “mentalmente preparada” para la tarea. El desenlace, bastante previsible, fue que Erland y Joakim, en acuerdo con la editorial, decidieron encomendarle que continuara la serie al sueco David Lagercrantz. El primer resultado de ese trabajo por encargo fue Millennium 4: Lo que no te mata te hace más fuerte, publicada en 2015 (cuya adaptación al cine estará a cargo del ascendente uruguayo Fede Álvarez), y el año pasado llegó Millennium 5: El hombre que perseguía su sombra. Desde el punto de vista económico, los resultados fueron muy buenos; en términos literarios e incluso éticos, se puede decir que los libros de Lagercrantz merecen llamarse secuelas en todos los sentidos de la palabra.

Lo que no te mata te hace más fuerte fue un best-seller premeditado, con una escritura más que aceptable (sin duda superior, en términos “profesionales”, a la de Larsson) y algunas características fastidiosas, obviamente resultado del afán de enganchar a la mayoría de los compradores de los tres primeros libros de Millennium y de aumentar ese ya enorme público cuanto fuera posible.

La trama planteaba, como las de Larsson, conspiraciones y crímenes relacionados con problemas de actualidad, pero había escasos aportes al desarrollo de los personajes centrales –o, por lo menos, escasos aportes de interés–, las habilidades mentales y físicas de Salander se expandían de modo cada vez más inverosímil, y, con claros criterios de marketing, se eliminaban o atenuaban características potencialmente chocantes, en estos tiempos, de la trilogía original; entre ellas, el tabaquismo inveterado de los protagonistas y otros personajes, la crudeza de algunas situaciones y una visión muy negativa de políticos y empresarios. Por otra parte, Lagercrantz o quienes le dieron instrucciones decidieron otorgarle una centralidad menor al escenario de la sociedad sueca y sus instituciones, quizá porque alguna experiencia de focus group indicó que eso les creaba dificultades a los lectores de países con grandes mercados. En términos generales, todo lo mencionado se notaba y le quitaba interés a la obra.

Ahora, El hombre que perseguía su sombra parece ser el resultado de una reflexión autocrítica, quizá de Lagercrantz y sin duda de sus empleadores, acerca de Lo que no te mata te hace más fuerte. Por un lado, se restaura la ambientación casi exclusiva en Suecia (lo que hace que de algún modo este libro se parezca más a los de Larsson) y se actualizan los problemas de moda que intervienen en la trama (aquí, entre otros, la cuestión del radicalismo islámico y la producción de posverdad con las redes sociales). El problema es que, a la vez, hay un intento evidente de ampliar aun más el target de los potenciales compradores. Esta operación se realiza manteniendo las atenuaciones del libro anterior, y también mediante la introducción de docenas de explicaciones simplistas sobre cualquier hecho o término que pueda desconcertar al “lector promedio”; la introducción de una subtrama romántica entre dos jóvenes musulmanes escrita en un estilo sumamente cursi (en este terreno es muy flojo Lagercrantz, que sobre otra pareja escribe: “Ambos ponían entusiasmo y pasión no sólo cuando hacían el amor, sino también cuando hablaban”); e innumerables apostillas moralistas que parecen desconfiar de la capacidad de quienes leen para sacar alguna conclusión propia.

El resultado es aun más genérico y olvidable que Lo que no te mata te hace más fuerte. La distancia entre los libros de Larsson y estos es cada vez mayor, aunque compartan personajes, lugares y recursos. Haría bien George RR Martin en meditar sobre el asunto, poner su gran barba blanca en remojo e intensificar sus esfuerzos para concluir la serie de libros que comenzó en 1996 con Juego de tronos. O, por lo menos, tomar todas las precauciones legales posibles para que, si muere antes de terminarla, no sea viable la contratación de un Lagercrantz para que se haga cargo de contarnos qué les pasó a Jon Snow, Tyrion Lannister, Arya Stark y Daenerys Targaryen.