“La nostalgia de la tierra es muy honda, muy dura y muy larga”, dice Zitarrosa, conmocionado por la tragedia y el duelo del exilio. En un intento de comprensión, de invocar aquello que no puede ser olvidado, escribe: “Soy tosco aún, todavía el recuerdo me paraliza”. Consciente de que cuanto más tiempo pasa más recuerdos llegan, se propuso gambetear el desarraigo llevándose más de 100 discos de música popular, la compañía de su esposa y sus hijas, su mate, su perro, algunos libros. “Quiero volver, hay muchas canciones esperándome en Uruguay”, dice, conjurando sus desvelos.

Todo esto es parte del documental Ausencia de mí, de la argentina Melina Terribili, que se estrena hoy en varias salas. Desde que se exilió, en 1976, Zitarrosa conservó un vastísimo y riguroso archivo fílmico y sonoro que Ausencia de mí recoge a partir de fragmentos, que alterna con el registro de la donación de estas memorias: a fines de 2014, la viuda y las hijas de Zitarrosa entregaron a la Intendencia de Montevideo el archivo del músico, y al año siguiente, este acervo que incluye cintas de audio, ensayos, videos familiares en súper 8, cartas, fotografías, poemas y varias sorpresas (como un tucán embalsamado) quedó bajo custodia compartida del Centro de Investigación, Documentación y Difusión de las Artes Escénicas (CIDDAE) del teatro Solís, la Universidad de la República y el Archivo General de la Nación, para su preservación y rescate.

En primera persona

Si repasamos sus tiempos de locutor, sus fatales años de exilio y su esperado regreso, vuelve a sorprendernos la impronta con la que cimentó su obra, y cómo cada uno de sus temas fue imponiéndose y acercándose a una sublime perfección. En el transcurso de este documental centrado en sus años de exilio, se alternan fragmentos de entrevistas, fotos en blanco y negro de manifestaciones y enfrentamientos, el canto de los pájaros y la voz de Alfredo, conversaciones, escenas caseras, él en camisetilla tocando la guitarra, sus conmovedoras interpretaciones de la nostalgia (“Dónde estarán los zapatos aquellos / que tuve y que anduve con ellos, / dónde estarán mi cuchillo y mi honda; / el muchacho que fui, que responda”), sus aflicciones (“En mi país, qué tristeza / la pobreza y el rencor [...] En mi país, qué tibieza / cuando empieza a amanecer”).

A lo largo del film vuelve a impactar el compromiso y la seriedad con los que Zitarrosa asume estos registros (“Hoy es 12 de marzo de 1974, voy a grabar los textos que he encontrado sobre un asunto llamado contracanciones. Se trata de hablar de política, porque no hay otro tema más importante que ese", dice, refiriéndose a las contracanciones de temas como “Doña Soledad”), su concepción de la canción como un simple “boceto de la realidad”, del fin del arte y su lugar en el mundo: “aunque hablar del corazón suene tilingo, se trata de eso, de la emoción de las cosas. Desde el canilla que pasa por tu puerta sin calcetines, hasta el trabajador, el lumpen, el delincuente. La gente que sufre en general. No sé si será una cuestión enfermiza, pero yo sufro mucho en la vida. Me siento muy responsable de estar vivo, de lo que va a pasar en el futuro. Creo que mi existencia tiene un sentido con referencia a los demás”. Su compromiso infranqueable (“pienso, en particular, en la clase trabajadora. Para mí es la que mueve el mundo”), sus convicciones (un periodista mexicano le pregunta: “¿Los cambios que ustedes piden son hacia la izquierda, son de tipo comunistas?”, y él le responde: “Nosotros querríamos un socialismo en libertad. Y aspiro a no morirme antes de que el continente sea socialista”), lo angustiante de esa ajenidad extranjera, de ese tránsito impersonal, y el registro como un intento de supervivencia (“Mañana me voy a México. Se están por llevar la bicicleta de Moriana [su hija]. Acaba de sonar el teléfono para avisar que en una hora se llevan la bicicleta de Moriana [...] me quedé silbando una obra de un autor barroco que pasaron por Radio Nacional de España).

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Y, claro, la crisis creativa: “Ayer me planteaba un compañero qué pasaba conmigo que había dejado de hacer cosas. Yo le explicaba que tengo muchas, e incluso una carpeta de apuntes, y un par de casetes llenos de silbidos [...]. Pero todo eso está en barbecho. Es que sentimos una gran responsabilidad y no queremos meter la pata, porque en este tiempo hay que pensar muy bien lo que se dice y lo que se canta. Es un tema... La preocupación política envicia, demora, la plena expresión artística”; los problemas con el alcohol; el proceso de asumir el quiebre (“ahora hace un tiempo largo que no compongo y esto me tiene bastante alarmado, porque no me nace. Será porque todavía estoy muy triste”).

“La fortaleza, la conciencia política y la sensibilidad es lo que define al Alfredo exiliado”

La documentalista Melina Terribili cuenta a la diaria que, durante su infancia, la música de Zitarrosa ya era parte de su paisaje sonoro, y que sus padres (artistas plásticos y militantes de izquierda) pertenecían a la misma generación que el músico. “Alfredo es el desprendimiento de una etapa de mi vida que fue muy importante, vinculada a la infancia: aprendí a ver el mundo a través del arte, pero de un arte siempre concebido desde un lugar humano, comprometido, comunitario. Mis padres estaban comprometidos con un arte vivo, vinculado a la realidad. Esa visión del mundo fue fundamental, y Alfredo es parte de esto”.

Luego de leer la biografía que hizo Guillermo Pellegrino (Cantares del alma. Biografía definitiva de Alfredo Zitarrosa, 1999), en 2009 decidió cruzar a Montevideo y conocer a su familia, y así fue como se acercó a este vastísimo archivo. Con el paso del tiempo, fue depurando el proyecto: “Si bien había otros elementos, el peso del exilio siempre estaba ahí, lo que tenía que hacer era poder verlo y limpiar todo lo que se saliera del cauce. Evidentemente, había un tipo de Alfredo con el que yo había empatizado originalmente y que estaba retratado en ese exilio, sólo que me llevó un tiempo descubrirlo”, recuerda.

En ese complejo tránsito entre rodaje, selección y montaje, en el que intervienen múltiples elementos y variables, la documentalista plantea lo definitorio que se vuelve la mesa de montaje, ya que allí se termina de definir el trabajo, es el momento en el que se vuelve a reinventar la película. “Ahí es cuando interviene el proceso creativo, ya que la película vuelve a nacer, y uno empieza a trabajar con recursos y elementos narrativos, como el silencio o los elementos sonoros, y todo va tomando forma”.

¿Así surgieron las placas que organizan los tres exilios?

Sí, porque desde un principio tenía decidido que no aparecieran los distintos países [Argentina, España y México], ya que nombrarlos Exilio I, II y III era un modo de que el lugar no tuviera identidad, y eso acentuaba la extrañeza del estar lejos; de no sentirse parte de ningún lado; el no estar ni aquí ni allá. Cuando empezamos a trabajar con sus textos, descubrimos que los fragmentos que íbamos seleccionando tenían una gran proximidad con los momentos de exilio. Y me encantó poder incorporarlos, porque es importante dejar que la película hable. Muchas cosas se definieron después; incluso el tratamiento sonoro se definió en la posproducción de sonido. Tenía la idea de trabajar experimentalmente con los materiales y poder darles un tono de ruptura, y en equipo todo se potenció. Por ejemplo, la reiteración de las imágenes del mar, los árboles y los pájaros es el leit motiv, porque es el recuerdo de su país. Hay algo que tiene que ver con el paisaje y todo lo que implica, como el concepto de patria, de lugar de pertenencia, que yo quería llevar literalmente al paisaje. Sin haber escuchado sus audios [en los que habla de la importancia de los árboles de su país, del canto de los pájaros], para mí eso ya era muy importante. No sabía cómo simplificar esa idea, hasta que encontré que en tres imágenes estaba todo, por lo menos sensitivamente.

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En paralelo a esta evocación, lo central es su obsesión por el registro, su modo de supervivencia.

Si bien es una sensación, parece que tuvo la necesidad de dejar registro de eso que estaba viviendo. Creo que el arte, en general, ayuda a enfrentar a la muerte, al dolor, y siento que él también vivía el registro en ese sentido, tanto en lo bello –cuando le pide a su hija que le cante una canción– o el dolor –cuando recuerda que se cumplen cuatro años de exilio y reconoce lo duro que han sido esos años–. No tiene a dónde ir, ya que a donde vaya siempre será un exiliado. Y creo que, además, había algo muy terrible, y era el no saber cuánto tiempo se iba a extender ese exilio. Y eso se da en alguien con mucha profundidad, mucha conciencia del hecho de estar vivo. No es indiferente a nada en ningún momento de su vida. Y es muy fuerte cargar con eso; hay algunos que pudieron sobrevivir mejor el exilio, ¿por qué él no?

¿Te propusiste desentrañarlo con este documental?

Creo que el camino ya estaba marcado, porque había leído mucho sobre esa etapa y de algún modo quería ponerlo sobre la mesa. Era como decir “esta persona tuvo esta sensibilidad, al punto de que no pudo sobrevivir al exilio, no pudo superar el fracaso que significó la dictadura militar para esas generaciones”. En un momento se conmueve con una pareja recogiendo basura, porque no podía tolerarlo. Eso sí me interesó mucho, ese era el Alfredo que a mí me interesaba contar. Más allá de que esté centrado en el exilio, en el fondo es la fortaleza, la conciencia política y la sensibilidad lo que define al Alfredo exiliado.

Ausencia de mí, de Melina Terribili. Con Alfredo, Serena y Moriana Zitarrosa, y Nancy Marino Flo. En Cinemateca, Grupocine, Life 21, Movie Montevideo, Sala B.