El origen y el propósito del dóberman pretenden ser explicados mediante la mitología contemporánea y no por datos reales. Hasta hoy algunos creen que su comportamiento potencialmente agresivo se debe a la mala praxis realizada en laboratorios, en donde se habría cruzado una raza de pequeño tamaño con otras más grandes. Así, el cerebro del animal creció respondiendo a la genética de los perros grandes pero su funcionamiento se vio alterado ya que el envase (léase, el cráneo) le quedaba chico, producto de los genes heredados de la raza pequeña. Un bolazo.

También se cree que esta raza es el sueño de Hitler, quien además de haber estado obsesionado con el tema racial entre humanos, habría creado unos perros sin precedentes con el fin de purificar el mundo canino y dejar las bases de un can perfecto sentadas. Bueno, tampoco.

Todo comienza en Alemania allá por el año 1850. Por esas épocas aún no tenían centralizado el pago de impuestos a través de redes de cobranza y se estilaba que te golpearan la puerta al grito de “¡impuestos!”. Karl Friedrich Louis Dobermann era uno de los tantos encargados de realizar la tarea a la antigua, es decir, puerta a puerta. Y no es un trabajo fácil, hay que decirlo. Así, el Fredy comenzó a percatarse de que ser cobrador y andar solo por la vuelta no era del todo seguro; necesitaba compañía canina, por las dudas. A partir de esa situación, se desprenden dos teorías. Una de ellas relaciona al cobrador de impuestos con su amor por la cría de perros en general. Sumado a lo anterior, la necesidad de crear un fiel compañero que cumpliera con características como un carácter alerta, talla mediana, inteligencia, lealtad y agresividad, un bicho que fuera obediente pero no con todos, hizo que se cruzaran descendientes de la raza pinscher con perros puros pinscher. Así nació Bisart, la primera perra considerada de raza dóberman.

La otra teoría que describe la creación de la raza cuenta con más aval de los eruditos en la materia. Al parecer este muchacho, además de cobrar impuestos, tenía otros laburos. Uno de ellos era la captura de perros vagabundos que circulaban por las calles de la ciudad de Apolda. Así, la creación del dóberman comenzó entre cruzas de perros mestizos de la calle con el pinscher. Luego hubo participación de los primeros rottweiler, weimaraner, Manchester terrier, galgos e incluso los antiguos grandaneses.

Por lo tanto, lejos de ser una raza creada en un laboratorio con la idea de ir purificando genes para conseguir un animal estilizado, el dóberman se fue haciendo a los golpes, y terminó siendo el resultado de un cúmulo de genes cosmopolitas que transitaban por las calles alemanas. En 1894 el señor Dobermann murió sin dejar un registro claro de su programa de cría, pero, gracias a sus amigos y colaboradores, se bautizó a la nueva raza con su nombre.

Para finiquitar al dóberman en materia de estilo, nada mejor que un inglés. Luego de 1894, la raza valiente, temeraria y protectora viajó a las islas británicas y allí, tras el cruce con galgos y terrier, quedó finamente terminado el nuevo perro germano.

Como a todo perro alemán, resulta imposible no asociarlo con un evento bélico. Pero los dóberman fueron además pioneros en eso: hacia 1884 en Berlín existían escuelas de entrenamiento militar destinadas a perros, y abundaban los dóberman.

Durante la Primera Guerra Mundial fueron utilizados para trasporte de mensajes, municiones, asistencia médica, como centinelas y hasta para patrullar las zonas de combate.

También sirvieron como perros buscaminas, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, no sólo por el ejército nazi sino también por los aliados. De hecho, si bien los primeros dóberman llegaron a Estados Unidos hacia 1908, no fue hasta después de culminada la Segunda Guerra Mundial que la raza fue aceptada; debió pasar por un entendible filtro, debido a su origen y a todos los mitos que la acompañaban.

Dóberman Con una altura de aproximadamente 70 centímetros y un peso que oscila entre los 32 y los 40 kilos, esta raza no tiene un promedio de vida muy elevado: es de diez a 12 años. Dentro de sus enfermedades más comunes, aparecen las de origen genético. La displasia de cadera es una de ellas, así como también el síndrome de Wobbler, problema neurológico que afecta la médula ósea. También se destacan los problemas de índole cardíaco, como la miocardiopatía dilatada y la dilatación o torsión de estómago.