La 27ª edición del Festival Internacional de Cine de Punta del Este, que transcurrió del 15 al 21 de febrero, fue de las mejores. Además de la tasa elevada de películas muy interesantes (mérito de la programadora Daniela Cardarello y su sólido equipo de asesores), hubo cambios estructurales que funcionaron muy bien. Ya no hubo conferencias de prensa, y en su lugar hubo tres mesas redondas temáticas. Cada una hubiera podido ser el asunto para un artículo periodístico extenso y bastante denso. Se abordó la cuestión de la mujer en el audiovisual latinoamericano, de las plataformas y su implicancia para el arte y el negocio cinematográficos, y la importancia creciente de las modalidades de cine inmersivo.
El contenido de las conferencias de prensa se compensó con sesiones de Q&A (preguntas y respuestas con el público) enseguida de 12 de las funciones. Fueron muy bien conducidas por la crítica argentina Sofía Ferrero Cárrega, y resultaron sabrosas e informativas. Hubo un montón de gente en buena parte de las funciones.
Ficción iberoamericana
El premio principal, llamado Mauricio Litman, para la mejor ficción iberoamericana de largometraje fue para la brasileña Malu, ópera prima de Pedro Freire. El drama contrasta mujeres de tres generaciones (Malu, su madre y su hija) y su enfoque es bien teatrero, con varias escenas construidas con planos largos y basadas en lo que parecen ser improvisaciones guiadas cassavetianas, que muchas veces culminan en explosiones emocionales. La película ganó también el Litman a la mejor actriz para Yara de Novaes, quien recibió además una mención del jurado ACCU (de la crítica uruguaya).
El premio del jurado ACCU para la mejor ficción fue para la peruana Cuadrilátero, de Daniel Rodríguez Risco, probablemente la obra más fuera de lo común en la competencia. La anécdota de una familia de cuatro integrantes (madre, padre, hija, hijo), cuya obsesión con la rutina reglada se ve comprometida con la llegada de un tercer hijo, está contada como una especie de realismo mágico minimista, con actuaciones distanciadas y una puesta en escena fuertemente estilizada que pone el énfasis en el número 4 y en las formas cuadradas, sin ninguna preocupación por la verosimilitud o la naturalidad, como en un universo fuertemente simplificado.
La ecuatoriana La invención de las especies, de Tania Hermida, ganó el premio del público y una mención del jurado ACCU. Bajo el trauma de la muerte de su hermano, la niña Isla acompaña a su padre biólogo en una de sus excursiones a las Galápagos. Sus vivencias allí van a incluir nuevas amistades, la exótica fauna local y el contacto con una misteriosa curandera. La densa intertextualidad cruza el Génesis, El origen de las especies de Charles Darwin, el mito de Ícaro y el acto de contar historias, emblematizado en las sinécdoques de la palabra y el libro, que serán estímulo y basamento en el proceso de superación y crecimiento de la gurisa. Las imágenes de Galápagos, la música coral-orquestal del cubano Ulises Hernández, la coreografía de cámara y cuerpo humano en las improvisaciones dancísticas de Pancho Aguirre y un montaje elaborado contribuyen a una película sensible y bella.
El premio Litman a la dirección fue para el chileno Vinko Tomičić Salinas, autor de la boliviana El ladrón de perros. Ambientada entre los lustrabotas de La Paz, está en sintonía con el cine de Kleber Mendonça Filho en el sentido de asumir la violencia inherente a las diferencias de clase más allá de cualquier juicio moral. En su vínculo con un sastre veterano (actuado por el ubicuo actor chileno Alfredo Castro), el lustrabotas Martín alterna entre una sumisión humilde y el parasitismo. La película entra, además, en las realidades de la discriminación étnica, del bullying y de la pobreza. El tratamiento visual y sonoro es muy rico. La canción de los créditos es la formidable “Sapa”, de Camila Palacios. El jurado oficial otorgó una mención adicional a la espléndida fotografía de Sergio Armstrong.
El Litman para el mejor actor fue para el también chileno Néstor Cantillana, por Patio de chacales, ópera prima de Diego Figueroa, una de las películas más poderosas del festival. Ubicada en 1975, cuenta la historia de Raúl, un hombre reservado y apolítico que empieza a perturbarse con los ruidos oriundos de la casa vecina. Pronto los identifica como sesiones de tortura. Esa especie de thriller político gana visos de terror, con fuerte influencia de la trilogía de los apartamentos de Roman Polanski. Hacia el final hay una interesante vuelta de tuerca que resignifica buena parte de lo que vimos hasta entonces. Las estatuillas de barro con las que Raúl puebla sus maquetas generan una conexión con el cine de Rithy Panh.
Entre las películas que no pude ver, el jurado ACCU otorgó una mención para la española Las chicas de la estación, de Juana Macías, y escuché elogios para la mexicana Después, de Sofía Gómez Córdova, y la española Rita, de Paz Vega. Sí pude ver la argentina El aroma del pasto recién cortado, de Celina Murga. Un profesor y una profesora de la Facultad de Agronomía, cada uno con su pareja e hijos, tienen aventuras extramaritales con estudiantes. Esa infidelidad repercute en sus parejas, con filtraciones en Instagram incluidas. Acompañamos ambas historias en montaje alternado, que propicia paralelismos. Como las historias jamás se cruzan, no queda claro si se trata de dos profesores que conviven en un mismo universo o de dos realidades alternativas. La inversión de sexos entre una y otra historia sirve para ilustrar diferencias de género, pero eso se da de una manera no programática, dentro de un estricto marco de verosimilitud y naturalismo. El final es semiabierto: parece que una de las parejas se va a deshacer y la otra va a seguir, pero nada es seguro.
Documentales: la maravilla de Imprenteros
El premio Lobo Marino al mejor documental iberoamericano fue para En la caliente, de Fabien Pisani, coproducción de Cuba y Estados Unidos. Retrata la movida de reguetón que hizo eclosión en la década de 1990 en Santiago de Cuba entre jóvenes de barrios pobres que se autoperciben marginales y habitantes de un “Santiagueto”. La movida tomó proporciones multitudinarias, aun con la oposición del gobierno, que encara el fenómeno como ejemplo de una “estética deplorable”. Pese a la pujanza de la movida, la sensación de estancamiento y callejón sin salida terminó empujando a varios de los protagonistas a emigrar a Estados Unidos.
El jurado ACCU premió como mejor documental a la deliciosa Imprenteros, de Argentina, codirigida por Lorena Vega y Gonzalo Javier Zapico. El padre de Lorena, Sergio y Federico Vega tuvo una imprenta en La Matanza. Fallecido el padre, los hijos que tuvo con su segunda mujer les negaron a los tres el acceso a la imprenta. Decidieron entonces procesar sus orígenes familiares en una obra de teatro. Esa obrita muy under de tono confesional terminó teniendo un éxito espectacular. El marido de Lorena, que es cineasta, decidió filmar la obra, y fue el origen de esta película.
Sin embargo, la pandemia interrumpió la temporada teatral y la película viró en un relato sobre la frustración y el encierro. Avanzada la pandemia, Sergio, el único hermano que adoptó el oficio del padre y trabaja en una imprenta, tuvo la idea de hacer un libro al respecto, y el corazón de la película retrata la manera en que los tres Vega fueron definiendo el formato del volumen. La película arranca presentando a la familia con la filmación de un cumpleaños de Lorena en su adolescencia, acompañada de un relato hilarante de esta en el contexto de la obra.
Su agudeza de observación, su puntería para ubicar peculiaridades graciosas en los aspectos más banales del cotidiano, su capacidad para hacerlo con un tono falto de pretensiones y, sin embargo, preservando el toque emotivo es un componente esencial del éxito del film. La persona encargada de hablar en la presentación del libro (no registré quién es) dice algunas cosas que aplican muy bien a la película en sí misma: que el arte es, entre otras cosas, una manera de estar con los muertos, de volver a ser niños, y de entrar en contacto con el sentido trascendente de la existencia. Una vez que ese proceso de “artificación” de las raíces familiares de los Vega se desplegó por distintos medios, la película ilumina e inspira distintas cosas sobre el teatro, la fotografía, el cine, los trabajos editorial y gráfico y el objeto libro, e incluso la danza (una coreografía basada en la gestualidad inherente al trabajo en una imprenta, que es parte de la obra de teatro y cierra la película). Es, por otro lado, la casi utopía de la unidad de tres hermanos que no podían ser más distintos unos de otros y que, sin embargo, con alegría, entusiasmo y respeto mutuo cooperan para realizar tantas cosas lindas.
El jurado oficial otorgó una mención para la peruana Karuara, la gente del río, de Miguel Aráoz Cartagena y Stephanie Boyd. En términos generales, es un documental bastante típico en su abordaje de una etnia indígena americana, en este caso los kukama, que viven entre los afluentes del Marañón. Escuchamos anécdotas y los vemos en actividades cotidianas. Nos confrontamos a la compleja dialéctica entre la preservación de su cultura y la asimilación de las ventajas de la vida civilizada, además de los problemas de la explotación minera y petrolera, la migración hacia la ciudad y la incipiente organización para pelear por sus derechos. Lo más distintivo de la película son unos interludios tratados con un precioso trabajo de dibujo animado, en los que se relatan mitos kukama en su idioma original.
Los colores y amores de Lore fue dirigida por el octogenario e histórico documentalista brasileño Jorge Bodanzky. Es el retrato de Eleonore Koch (1926-2018). Cuando empezó a rodar la película, hace más de diez años, ella era casi desconocida. Bodanzky llegó a ella porque era amiga de su madre. Ambas mujeres fueron judías germanas cuyas familias se trasladaron a Brasil en 1937 escapando del nazismo. Koch fue pintora y es la única discípula directa del gran Alfredo Volpi. Llevó una vida sexo-amorosa singularmente libre, y su galería de amantes incluye a varias eminencias de la cultura brasileña. La película consiste esencialmente en los diálogos entre Lore y Bodanzky, animados e ilustrados con materiales de archivo. En algunos pasajes Bodanzky asume la locución, que es la voz over más informal, natural y cálida que recuerde en un documental.
La película es, indirectamente, sobre las raíces familiares del director, las circunstancias de una inmigrante en Brasil y la condición de extranjera eterna (Lore siempre fue una europea en Brasil y una brasileña en Europa), y sobre la emancipación sexual de una mujer. Más que nada, es sobre las vicisitudes de ser una artista sin éxito y su arte propiamente. Hay un momento trascendente, cerca del final, en que Lore mira con autoadmiración las decisiones que llegó a tomar para realizar determinada obra maestra que visualizamos en la pantalla, disfrutando el privilegio de apreciar junto a ella la peculiarísima composición y combinación de trazos y colores. Nos enteramos de que luego de su fallecimiento sus cuadros alcanzaron muy buen valor económico y vienen siendo, al fin, reconocidos en su originalidad e importancia.
Constel·lació Portabella, de Claudio Zulian (España), es el retrato y la biografía artística del director catalán Pere Portabella, nacido en 1927. Algunos lo ubican en una trinidad del cine español junto a Buñuel y Almodóvar. El documental, realizado en forma magistral, cuenta su pasaje por el cine y la política, y da una buena idea de la multiplicidad de enfoques originales, experimentales, de su cine impregnado de ribetes antifascistas. Varias de sus películas personales se vinculan con otras ramas del arte e incluyen participaciones de artistas de vanguardia (el dramaturgo Joan Brossa, el compositor y artista conceptual Carles Santos, los pintores Antoni Tàpies y Joan Miró, además de frecuentes alusiones a Johann Sebastian Bach). Aparte de las entrevistas a historiadores, críticos y archivistas, y varias intervenciones del propio Portabella, abundan los fragmentos de sus películas, con imágenes fascinantes que dan muchas ganas de conocer mejor la obra de ese cineasta.
Panorama internacional
En la muestra no competitiva de títulos de procedencias diversas, el más impactante que pude ver fue La semilla de la higuera sagrada (filmada en Irán, con producción de Alemania y Francia). Mohammad Rassoulof lo dirigió en forma clandestina enseguida de cumplir una pena de prisión y mientras aguardaba la resolución de otro proceso que, probablemente, lo llevaría de vuelta a la cárcel. Logró escapar del país y finalizó la película en Alemania. Por eso el film muestra cosas que no solemos ver en el cine iraní “legal”, como las mujeres con las cabezas descubiertas cuando están en su ámbito doméstico y, en forma más general, el retrato del régimen como una dictadura violenta.
En la película, Imán acaba de ser ascendido a investigador, paso previo para su posible asunción como juez. Desde esa posición en la que él puede haber soñado con impartir justicia, pronto se descubre forzado a firmar acusaciones sumarias bajo órdenes superiores, algunas de las cuales derivarán en penas capitales. Su nueva posición implica que su esposa y sus hijas deben ceñirse con especial cuidado a las normas de decoro y discreción, pero emergen conflictos debido a que las chicas se sienten especialmente entusiasmadas con la oleada de protestas de mujeres contra la teocracia, que emergió poco después de la pandemia. Son tremendas las secuencias de montaje de la represión a las manifestaciones (imágenes reales de videos subidos a internet).
Hasta el fin del mundo (The Dead Don’t Hurt, dirigida y actuada por Viggo Mortensen, producida en Estados Unidos) es un wéstern especialmente elaborado que trasciende la expectativa de consumo dentro del género, con su desarrollo lento, cronología entreverada y tan sólo dos breves escenas de acción.
La multipremiada All We Imagine as Light, de Payal Kapadia (India), es un delicado drama intimista sobre tres trabajadoras de un hospital, de edades distintas (madura, joven adulta, jovencita). No hay grandes eventos, sino una delicada trama de sentimientos discretos. Nadie es malvado: más que las circunstancias exteriores determinantes, los grandes obstáculos son más bien el pudor, la vergüenza, la fidelidad, la aceptación o no de un casamiento arreglado, las posibles resistencias a la unión de una hinduista con un musulmán. La enormidad agitada de la ciudad de Bombay hace contrapunto con esas pequeñas historias. Bombay se caracteriza por el alto porcentaje de inmigrantes, dos de las amigas son malayalíes y una de ellas es oriunda de una aldea pesquera en Maharashtra, donde va a transcurrir el tramo final de la película. Ello funciona como pretexto para diálogos en hindi, malabar y marati, que le dan a la película un carácter interétnico o panhindú.
Marco (de Aitor Arregi y Jon Garaño, España) es la biopic de Enric Marco (1921-2022), quien fue durante años el presidente y la cara más visible de la Asociación Española de Deportados, la mayoría de ellos republicanos exiliados en Francia y luego trasladados a los campos de concentración nazis. Su oratoria y su poder de movilización lograron grandes conquistas para la asociación. De pronto, en 2005, saltó a la superficie que se trataba de un impostor, que nunca había sido deportado y nunca estuvo en un campo de concentración. La historia de ese personaje fascinante y patético, que fue novelada por Javier Cercas en El impostor, está interpretada con brillo por Eduard Fernández.
Apertura y cierre
El festival abrió con toda la fuerza con el estreno nacional de Aún estoy aquí, de Walter Salles, que ya comentamos brevemente. No se puede decir lo mismo del cierre, con la peruana Astronauta. Esta ópera prima del famoso actor Paul Vega es la película más cheta que recuerde haber visto en mi vida, ambientada en una mansión lujosa dentro de un barrio privado, enfocada sin perspectiva crítica alguna y plagada de chistecitos sobre empleados que no cumplen bien con su laburo, remolonean y faltan.
Sin cine nacional
Supongo que la ausencia absoluta de cine uruguayo en la programación de largometrajes debe haber sido resultado de falta de opciones, consecuencia de una política cinematográfica que privilegió, desde la conformación de la ACAU, el costado industrial del cine por sobre el aspecto cultural. Esa política propició coproducciones con otros países (bienvenidas sean, ya que implican laburo, experiencia, desarrollo de infraestructura técnica, contactos internacionales e inversión extranjera).
Así, pudimos ver a Alfonso Tort y Romina Peluffo brillar en importantes papeles secundarios en El aroma del pasto recién cortado, y a Daniel Hendler cumplir lo más dignamente posible como protagonista de Astronauta. El personaje principal de la española El silencio de Marcos Tremmer se supone que es uruguayo, aunque está actuado por el chileno Benjamín Vicuña. Todas esas películas figuran como coproducciones con Uruguay. En Marcos Tremmer Colonia del Sacramento aparece como tal, y en El aroma… se pueden reconocer lugares de Montevideo haciéndose pasar por rincones de Argentina. Se escuchan por doquier los trabajos de sonidistas y compositores uruguayos, incluso en películas que no son coproducciones. El único largo dirigido por un uruguayo (Alejandro Berger Parrado) fue el documental brasileño Toquinho maravilhoso. Todo bien con esto, pero la falta de cine uruguayo es lamentable.
Sí hubo una función de dos horas, llamada Pantalla Maldonado, con cortos realizados en el departamento. Ese programa configuró una pequeña competencia en sí misma, con jurado propio. No pude ver la función, pero me alegré de que la ganadora haya sido Lucía Nieto Salazar por su nueva obra El visitante. Nieto ya tiene una copiosa filmografía de una decena de cortos y consta entre los más talentosos y creativamente osados cineastas uruguayos.