Como en los más grandes festivales de cine –solo está debajo de Cannes y de Venecia–, es posible repasar la última Berlinale como una narrativa clásica, con arranque, un nudo y un desenlace. La crónica de un festival es un género en sí mismo que se va desplegando en el día a día que marca su programación, así como en los latidos de aprobación o desagrado que generan quienes viven dentro de él –muy especialmente la crítica, la industria audiovisual– e incluso en los ecos internacionales que producen no solo el cine exhibido, sino las declaraciones emitidas desde esta plataforma. De algún modo, el festival acentúa la atención mundial que reciben algunos creadores considerados prescriptores de ideas, y lo que dicen reverbera durante días.

En el caso de esta 76ª Berlinale, hubo una clara situación de partida que marcó fuego el devenir del festival hasta definir de manera nítida su final, esto es, su palmarés. Las declaraciones del director alemán Wim Wenders en la presentación del jurado internacional que él presidía, unas desafortunadas palabras en las que negaba la naturaleza política que acompaña al cine para así desmarcar a la Berlinale del genocidio en Palestina, venían realmente derivadas de la crisis reputacional del festival en la edición 2025, cuya programación ignoraba de manera insostenible la cuestión de Medio Oriente, mientras que, por el contrario, se posicionaba con nitidez en la defensa de Ucrania ante la invasión rusa o ante la opresión que el pueblo iraní sufre por parte del régimen de los ayatolás.

Es la enorme contradicción que está carcomiendo la coherencia de la Berlinale: si algo ha definido el certamen en el curso del tiempo ha sido su compromiso político con las causas más diversas. Pero, como de modo explícito subrayó su directora artística desde 2025, la norteamericana Tricia Tuttle, la Berlinale se encuentra ante una razón de Estado en Alemania: la defensa de Israel y la imposibilidad de opinar sobre las actuaciones del gobierno de Benjamin Netanyahu por la deuda histórica que el país tiene con los judíos.

Por eso Wenders, desde nada menos que la presidencia del jurado oficial de esta edición, entró como elefante en cacharrería cuando, sin que nadie lo forzase a ello, negó que el arte cinematográfico deba relacionarse con la política. También, por seguir con la analogía de paquidermos, se mostró torpísimo al explicitar la presencia en esa habitación que es Alemania de un elefante llamado Israel y el lugar en el cual este país lo sitúa, inmune a cualquier crítica pese al destrozo humanitario universal que ha venido ejecutando desde los atentados del 7 de octubre de 2023.

Ese patinazo marcó esta 76ª Berlinale como un estigma que, lejos de remitir, se iba haciendo cada vez más grande. Mucho más que a las películas en competición –con un nivel muy desigual que tampoco ayudó a rebajar la polémica–, a lo que fuimos asistiendo jornada tras jornada fue al acorralamiento de Wenders, del resto de su jurado –unos secundarios que no fueron capaces de desmarcarse de las declaraciones infaustas del presidente– y, por extensión, de todo el festival, cuestionado en diversos foros y manifiestos de figuras internacionales por esa pasividad culpable.

Las 22 películas en competición –cifra excesiva para el calado de lo ofrecido– se movieron en un marco de tibieza o insustancialidad. Es cierto que surgieron obras que se elevaron por encima de ese tono triste. El film canadiense-búlgaro Nina Roza, de Geneviève Dulude-de Celles, es una obra maestra sobre el desarraigo, el exilio y el luto, a partir de una huida de Bulgaria y de una tragedia ingestionable, con una escritura y una puesta en escena de brillantez apabullante.

También es muy destacable el film del tándem que forman la italiana Tizza Covi y el austríaco Rainer Frimmel The Loneliest Man in Town, un acercamiento a un veterano músico de blues vienés perfilado con matices de sutil humanidad y humor que lo acercan al sello del finlandés Aki Kaurismaki. En We Are All Strangers, el realizador de Singapur Anthony Chen –ganador de la Cámara de Oro en Cannes 2013– regaló una crónica de dos familias que parte de elementos melodramáticos primarios para sublimarlos en algo de mayor valor, con ecos del desaparecido cineurgo de Shanghái Edward Yang.

Tampoco sorprende –por su notable trayectoria– que el mexicano Fernando Eimbcke llegara con Moscas, una puesta al día nada engolada de los principios del neorrealismo, en rosseliniano blanco y negro, en la que un niño se mueve por la ciudad desafiando las figuras del orden y fraguando una insospechada amistad que dibuja un muy bello círculo sobre el dolor y los seres perdidos.

En Rose, el austríaco Markus Schleinzer trabaja una puesta en escena correcta para el lucimiento de la actriz europea del momento, la alemana Sandra Hüller, en un rol de mujer que se hace pasar por un soldado que ha vuelto de la guerra en la Centroeuropa del siglo XVII.

La otra película que merece sobresalir porque fue epicentro de la provocación y dardos de la crítica más ortodoxa es Rosebush Prunning, del brasileño Karim Ainouz, que bebe mucho de la radicalidad de Yorgos Lanthimos –su libretista Efthimis Filippou es coguionista del cineasta griego– y también del aura de locura febril del Luca Guadagnino de A Bigger Splash. Con todo eso, Ainouz dibuja a una familia muy rica y muy desestructurada en la que caben todo tipo de parafilias sexuales, casi a modo de una versión XXX de Succession. Con un reparto multiestelar –Ellen Fanning, Pamela Anderson, Tracy Letts y Jamie Bell–, Ainouz se entrega sin ambages a un festín de excesos que se conforman, además, como libérrimo remake de la pieza debut de Marco Bellocchio, la inmensa Pugni in Tasca. El revuelo que despertó es de esas agitaciones que se agradecen en un festival, porque alborotan los surcos del aburrimiento ante tanto cine inane.

Ese reducido espacio para un cine capaz de elevarse por encima de la rutina llegó a la jornada final, la del palmarés, en las poco fiables manos de Wenders y sus secuaces. A nadie le extrañó entonces la masacre del reparto de premios. Acorralado, Wenders no dudó en apelar a la demagogia y recurrió a las pocas películas que podían entenderse como comprometidas. De ahí vienen la concesión del Oso de Oro y el de Plata como Gran Premio del Jurado a dos películas turcas fallidas.

Yellows Letters, de Ilker Çatak, se sostiene con cierta pulcritud en su denuncia de la persecución a artistas e intelectuales por parte del gobierno autoritario de Recep Tayyip Erdogan. Pero Salvation, de Ermin Elper, Gran Premio del Jurado, es una tosca y tremendista exhibición de adónde lleva el dejarse liderar por exaltados populistas de la raza o la religión. Culmina con la aniquilación de una tribu de Kurdistán, y resulta tan evidente como sórdido su carácter de alegoría de otro genocidio, el palestino.

No contento con otorgar los premios principales a dos malas películas políticas turcas, Wenders dejó ver el amiguismo del incomprensible premio a mejor dirección al estadounidense Grant Gee por Everybody Digs Bill Evans, un muy corto vuelo en torno al lado oscuro del legendario pianista de jazz, cuando recordó que en la película estaba su gran amigo Bill Pullman, a quien Wenders dirigió en 1997 en The End of Violence.

Cometen Wenders y su jurado otro error garrafal en la concesión del Premio del Jurado –equivalente al bronce– a otro norteamericano, Lance Hammer, por Queen at Sea, un drama sobre el conflicto de la demencia senil y las relaciones sexuales, atornillado a un tramposísimo punto de partida y una resolución truculenta y emocionalmente escatológica. Sí son rescatables los premios de interpretación de reparto otorgados a dos venerables instituciones del cine británico que protagonizan, junto con Juliette Binoche, Queen at Sea: Anna Calder-Marshall y Tom Courtenay, último mohicano de la generación de actores proteicos del movimiento del free cinema.

También se cuenta entre los escasos aciertos del palmarés el inatacable premio de interpretación principal a la ya citada Sandra Hüller. Y –aunque la película merezca mucho más; sin duda el Oso de Oro– al menos se reserva un espacio con el reconocimiento a mejor guion a Geneviève Dulude-de Celles por su formidable Nina Roza, la película esencial de estos 11 días de casi feudal asedio sufrido no inmerecidamente por Wenders.

La culminación de la historia tuvo lugar en la ceremonia de premios, en la que cineastas premiados de Líbano, Canadá y Turquía no dudaron en reivindicar la causa palestina. Y el ganador de la sección de óperas primas, Abdallah Al-Khatib, tras recoger su galardón por Chronicles from the Siege, no dudó en dirigir su discurso vehemente al recuerdo de que su pueblo tendrá memoria respecto de quiénes lo apoyaron y quiénes estuvieron contra ellos. “Aunque vivo acogido en Alemania y Tricia Tuttle considera que hay líneas rojas que no debo pasar, quiero recodar que el gobierno alemán es socio de Israel y cómplice del genocidio”, dijo el palestino.

Fue un toque digno del rol de la Berlinale, que arrancó en la pasividad de la pasada edición y en estos 11 días prometió tempestades, que terminaron por anegar el palmarés y el fallido fin de fiesta de la gala de los descomprometidos con la historia.