La virgen de la tosquera se viene anunciando como una película de terror. Tiene mucho de eso, sí, y no solo en los hechos nominales (los ruidos, el suspenso, la violencia gráfica, las posibles causantes sobrenaturales). Sin embargo, la experiencia se me hizo mucho más parecida a La ciénaga (2001), de Lucrecia Martel, que a cualquier película de terror que haya visto, por su retrato de una cotidianidad aparentemente normal, lleno de cargas negativas, un relato sin un rumbo narrativo demasiado claro (salvo hacia el final), el clima veraniego recargado de una humedad que cámara y micrófono vuelven táctil para el espectador, un evento especialmente fuerte cerca del final del metraje, la profunda argentinidad no porteña, y el hecho de que la acción de La virgen de la tosquera se ubica en la misma época en que fue producida la obra maestra de Martel.

Por supuesto, el cine de Martel no llega nunca tan cerquita del terror propiamente dicho. Pero este es un terror fuertemente lucrecizado o un martelismo terrorizado. Ese torcimiento puede ser un baldazo de agua fría para los cultores exclusivos de un terror más cabezahueca, pero es un terreno muy auspicioso a explorar para todos los demás.

La acción tiene lugar en la provincia de Buenos Aires (quizá en las afueras de Ituzaingó) durante las vacaciones de verano. La protagonista es Natalia, recién egresada del liceo. Lleva el tipo de vida esperable de ese entorno, boludeando por ahí con un grupo acotado de amigos, chateando en un cibercafé, haciendo “playa” en la tosquera del título (convertida en un pequeño lago), cambiando ideas sobre las eminencias del rock argentino del momento. La virgen que se menciona podría ser la Virgen (María), de la que hay una estatua medio creepy en una gruta local, vinculada a la historia de un niño que se ahogó en la tosquera. Pero podría ser también la propia Nati, quien, al igual que su mejor amiga, todavía no debutó sexualmente y tiene ansia por hacerlo.

Nati, al igual que su amigota, se siente atraída por su amigo Diego, el único varón de la barra, pero este parece mucho más inclinado por Silvia, una gurisa un poco mayor a la que había contactado por chat y a la que trajo a la barra, perturbando la endogamia característica del grupo. El deseo sexual explota —vemos a Nati masturbarse en distintas ocasiones y la película empieza justo por ahí— y se combina con las ansiedades sociales, chusmeríos y celos. En tren de ganar esa competencia sexoamorosa, Nati pide ayuda a la abuela gallega, que contribuye con algunos gualichos tradicionales. En distintas ocasiones, veremos a Nati presenciar eventos violentos a su alrededor con una disposición ambigua: ¿es una testigo patológicamente fría y apática de lo que está ocurriendo, o está de alguna manera provocando esas ocurrencias terribles con algún poder telequinético maligno, quizá vinculado a una herencia brujeril de la abuela?

Foto del artículo 'La virgen de la tosquera: psicología, sociedad y terror en excelente adaptación de relatos de Mariana Enriquez'

La segunda interpretación convertiría a Nati en una especie de Carrie: los poderes sobrenaturales funcionando como una proyección metafórica de la explosión hormonal y de los conflictos de la adolescencia femenina. Pero es una Carrie del conurbano y los conflictos inherentes a esa sociedad se cuelan como otro posible motor/metáfora: contrastes de clase, monotonía vital y falta de perspectivas, familia disfuncional, servicios precarios (hay apagones a cada rato, falta agua y hay que buscarla lejos con baldes), supersticiones, el acecho de peligros diversos (perros entrenados para matar por propietarios paranoicos, borrachos agresivos, jóvenes organizándose en potenciales bandas criminales). La línea secundaria vinculada al niño indígena Quechu extiende ese panorama hacia las cuestiones coloniales y de racismo, además de tener un potencial vínculo con la explotación infantil. Para colmo, estamos en plena crisis del 2001-2002, y la aguda circunstancia económico-política es un factor más para alimentar los conflictos, malas ondas, incertidumbres y violencia.

Aparte del rendimiento general del reparto y de la fuerte presencia de Dolores Oliverio como Nati, el trabajo de cámara es buenísimo y aun más espectacular es el sonido diseñado por la española Laia Picón: hay que ver esos momentos en que los sonidos se van turnando en forma no naturalista —como al inicio, en que transitamos de sonidos de naturaleza apacible hacia jadeos sexuales hacia la violencia de una pelea callejera—, u otros en que el sonido se va densificando y creciendo para cortar en seco con un paso abrupto a otra situación totalmente distinta.

Es ahí donde se da una de las características más inusuales de la narrativa de La virgen de la tosquera: casi todas las situaciones violentas, algunas de las cuales son realmente severas, no parecen tener consecuencia alguna. Nadie nunca vuelve a hablar de ellas, nadie parece traumarse, no hay implicancias policiales o de otro tipo que aparezcan en el relato, no hay revancha. Eso vale para la mujer arrollada por un auto, para el encuentro con los jóvenes planchas en el puente e incluso para esa especie de showdown, que es el momento más espectacular y más terrorífico de la película, aparente punto de fuga para los procesos vividos por Nati y confluencia de varias causalidades: el breve epílogo en el ómnibus es sumamente ambiguo, ya que nadie dice una palabra. Ese proceder formal da margen para que nos preguntemos por el estatuto de esos momentos de violencia. Podrían ser “reales” o “imaginarios” (si fueran imaginarios, la explicación sobrenatural se cambiaría por una proyección de la agresividad contenida de Nati).

Foto del artículo 'La virgen de la tosquera: psicología, sociedad y terror en excelente adaptación de relatos de Mariana Enriquez'

Con el gobierno de Milei retirando todo el apoyo al cine argentino, La virgen de la tosquera pudo completarse y tener una buena distribución internacional gracias al apoyo de coproducción de México y España. Esta película fuerte, original, interpelante y vital, que combina como pocas las perspectivas de psicología individual, género, sociedad, generación y política —muy entretenida, además, considerando como entretenimiento ese registro muy angustioso y oscuro—, es un excelente recordatorio del valor creativo de la producción del país vecino y de la necesidad de apoyarlo y defenderlo.

La virgen de la tosquera. Dirección de Laura Casabé. Guion de Benjamín Naishtat sobre relatos de Mariana Enriquez. 96 minutos. En Cinemateca, Sala B, Punta Shopping.