Hay cosas que me gustan especialmente. Los almacenes de barrio, por ejemplo. Me gustan porque cada vez hay menos. Aparecen de golpe, hundidos entre dos edificios, o en una esquina, liderando todavía ese ángulo de la manzana. Tienen en su interior una luz característica, siempre al borde de la penumbra. El dueño o la dueña nos espera detrás del precario mostrador. Todo es un poco doméstico. La angustia y la alegría del hogar reverberan sobre los productos; la pelea de ayer, la buena noticia de hoy.

También me gustan las plantas en botellas. Sus largas y retorcidas raíces pueden verse a través del vidrio color caramelo. Un brote nace enroscado sobre sí mismo y espera allí su instante de magia. Las raíces están siempre en contacto con el agua y cada tanto, días o semanas, es necesario cambiarla. Ponerse de pie, acercarse, levantar la botella en el aire, trasladarla. Es un pequeño gesto, un mínimo gesto de amor (cuando estemos mal, oscuros y tristes, esas pequeñas acciones serán las primeras en desaparecer). El agua renovada le devuelve a la planta-botella cierta gallardía y elegancia. Las condiciones están dadas.

Sin embargo, su existencia es precaria, solo hay vidrio y agua, no existe la promesa de un futuro que contenga un cambio de maceta o, mejor incluso, el traslado definitivo al suelo, a la tierra. Solamente es eso, la existencia fugaz dentro de una botella. Esa vida única y fulgurante. Cuando una de sus hojas se vuelve amarilla, cuando hace ese trayecto del amarillo pálido a la palidez total, irreversible, dudo entre cortarla y tirarla, o dejarla así, para que ella misma complete su hado inexorable. Mientras tanto, admiro su particular belleza. Porque allí está, la más pálida de las hojas pálidas de las plantas-botella de todo el condado.

Del otro lado está lo que todavía persiste, lo que se resiste al cambio, también con su presunta gracia. Pienso en esos pueblos chicos, siempre idénticos a sí mismos, esos mundos sin tiempo, sin referencias. Pienso en esos pueblos que parecen maquetas construidas para jugar con ellas, para hacer de ellas un mundo imaginario.

Me gusta ese tipo de lugares, ver su forma desde arriba. Un cuadrado que es una plaza y unas pocas calles rodeándola. Una línea de árboles de ida, y una línea de árboles de vuelta. Sus copas podadas como la cabeza de un niño. Un camino de lajas que lleva a la puerta de cada casa, las flores resistentes, aferradas a sus interiores coloridos y al nudo negro de la tierra, debajo. Alguien riega el jardín delantero a la hora en que cae la tarde y hasta el agua hace su recorrido correcto, burocrático. No se empapa. Nada se moja hasta empaparse.

Recuerdo ahora la descripción que hace César Aira de su Coronel Pringles en la novela de 2005 Cómo me reí: “Conocía la desolación de sus inviernos, las calles desgarradas por vientos y neviscas, los días fugitivos, el frío”. Y en verano: “La luz era impiadosa y duraba todo el tiempo. A las nueve de la noche seguía siendo tan de día como a las tres de la tarde”, “el vacío nos tragaba, pero seguíamos fuera de él, contemplándolo”.

Y sigue: “Pringles se parecía a un juego de paciencia, pero en lo que tiene de peor la paciencia. Era una imagen amenazante de la vida como realidad, y realidad en contra. Como si el pueblo, en algún momento de su desarrollo, se hubiera levantado ante sus habitantes y visitantes, en la forma de un dios irritado (no, no de un dios, no una de esas personificaciones de la poesía antigua, sino el ganadero epónimo, Juan Pascual Pringles, en toda su banalidad), y les hubiera dicho: ¿por qué hay que ser bueno, bello, feliz? ¿Acaso está prohibido ser malo, feo, desgraciado? Pregunta sin respuesta. O, antes, pregunta sin pregunta, porque nadie la hacía”.

Creo que entre lo fugaz y lo permanente, elijo lo fugaz. Elijo esas cosas que están por desaparecer; las que, de hecho, ya desaparecieron. Cosas que quizás fueron permanentes un día, pero dejaron de serlo. Como esas estrellas distantes que titilan apenas en el cielo. Uno las mira y enseguida alguien se acerca y te dice, casi en un susurro, que eso que estás viendo dejó de existir hace millones de años.