Podría argumentarse que estamos parados en el zaguán de una nueva era, un portal moldeado por finas excepcionalidades y viejas fallas estructurales. Lamentablemente, lejos de ser una excepcionalidad, la inseguridad alimentaria se perpetúa como una grieta en los cimientos que acaso tiene de novedoso la conjunción de razones que la sostienen. En un tema tan complejo de abordar, es bueno empezar...

Los precios

El índice de precios de los alimentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) registró un incremento de 17% en el último trimestre móvil (febrero-abril), el mayor en más de una década. Ello se debe sobre todo a un salto sin precedentes en marzo (13,2%), cuando se alcanzaron nuevos máximos históricos en los precios de los aceites vegetales, cereales y carne.1 El conflicto entre Rusia y Ucrania, que en conjunto proveen cerca de 12% de las exportaciones agrícolas globales en términos calóricos, es el factor determinante detrás de este registro. Esto ocurre en un contexto particular para los mercados globales de alimentos, cuyos precios ya venían al alza impulsados entre otros factores por la recuperación de la demanda global pospandemia, las disrupciones en las cadenas de suministro y los vaivenes climáticos del último año, incluyendo las cercanas y severas sequías en Argentina y Brasil, las olas extremas de calor e incendios en la costa oeste de Estados Unidos y las lejanas inundaciones en Henan, provincia clave para la producción agropecuaria en China, golpeada por lluvias récord.

De esta manera, una tendencia alcista de precios que debía ser transitoria comienza a incorporar ribetes de persistencia. A medida que el conflicto se prolonga, el shock de oferta se robustece y los riesgos se multiplican. A esta altura es incierto qué alcance tendrá la siembra de maíz, girasol y cebada en Ucrania, prevista para abril-mayo, y la incertidumbre también crece en torno a la cosecha de trigo prevista para julio-agosto. Mención aparte merece la situación en torno a los fertilizantes: Rusia es el primer exportador de fertilizantes nitrogenados, el segundo de fertilizantes potásicos y el tercero de fertilizantes fosfatados a nivel mundial. La reducción de las exportaciones por efecto de las sanciones, que también afectan a Bielorrusia (otro protagonista clave en la producción de potasio), sumada al aumento de precio del gas natural, insumo fundamental en la producción de fertilizantes nitrogenados, tiene un efecto dominó en el mercado de producción global de alimentos y crea un cuello de botella que dificulta el cierre de la brecha de demanda de alimentos.

Sucede que los fertilizantes rusos están en más de 130 mercados, es decir, en todas partes. Brasil es el caso más representativo: es el principal importador y obtiene 22% de su consumo de fertilizantes nitrogenados desde la tierra de los zares. Bajo este escenario, productores de todo el mundo enfrentan la tormenta de precios de insumos de producción con estrategias de adaptación que varían según la espalda financiera y la capacidad de sus gobiernos para amortiguar el golpe, pero que, sobre todo para los pequeños y medianos productores de los países en desarrollo, tiende a manifestarse en una reducción de las áreas cultivadas y/o una menor aplicación de fertilizantes por área sembrada. Esto tiene un impacto directo sobre la cantidad y la calidad nutritiva de los cultivos, afectando además a las actividades directamente vinculadas, como la lechería y la producción de carne.

Pero aún hay más: a medida que aumenta la incertidumbre sobre su disponibilidad, varios países se vuelcan hacia la imposición de restricciones y prohibiciones sobre las exportaciones de alimentos (e incluso fertilizantes). De acuerdo con el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), desde el inicio del conflicto el número de países que adoptó esta clase de medidas pasó de 3 a 19.2 Las exportaciones afectadas representan cerca de 17% de las calorías comercializadas a nivel mundial, con cinco productos como protagonistas: trigo (31% de calorías totales afectadas), aceite de palma (29%), maíz (12%), aceite de girasol (11%) y aceite de soja (6%). Si bien estas políticas pueden amortiguar la suba de precios en los mercados domésticos, la historia demuestra que sus efectos son muy nocivos porque exacerban el aumento de precios en otros países, principalmente aquellos que son importadores netos de alimentos.3

El hambre

En este contexto, el hambre se profundiza. El número de personas que enfrentan inseguridad alimentaria aguda a nivel mundial se duplicó desde 2019 por efecto de la pandemia, pasando de 135 a 276 millones. Las estimaciones más recientes del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, que se ha referido a la situación actual como una “crisis sísmica del hambre”, indican que la guerra podría elevar esa cifra a 323 millones.4 Los efectos recaen de forma desproporcionada sobre un abanico de países económicamente vulnerables, importadores netos de alimentos y proclives a la violencia y el conflicto, sobre todo en África, Medio Oriente y Asia Central, donde el gasto en alimentos puede alcanzar entre 50%y 60% de los ingresos totales de las familias.

Asimismo, la historia muestra que las crisis de alimentos pueden catalizar fenómenos de inestabilidad social y política, sobre todo en contextos de frustración acumulada, tal como ocurrió con la Primavera Árabe que dejó huella en el norte de África y Medio Oriente hace poco más de una década. Y para muestra, algunos botones: en las últimas semanas, miles de manifestantes tomaron las calles en Sri Lanka exigiendo la renuncia del presidente Rajapaksa ante la dificultad para acceder a suministros básicos. Mientras tanto, el gobierno drena sus reservas internacionales, no puede afrontar el pago de las importaciones de alimentos y combustibles y acaba de decretar el estado de emergencia por segunda vez en cinco semanas. En Pakistán, la alta inflación de estos bienes fue clave para impulsar la salida del primer ministro Khan a inicios de abril. En Perú, las manifestaciones y bloqueos de los transportistas por el aumento del precio de los combustibles y el descontento generalizado, que incluyó saqueos y disturbios por el encarecimiento de la canasta básica de alimentos y de los insumos de producción, contribuyeron a profundizar aún más la crisis política e institucional del país. Si el escenario internacional no se revierte, nuevos ejemplos no tardarán en aparecer.

La Tierra y el hombre

De acuerdo con el sexto Reporte de Evaluación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC),5 el calentamiento global provocado por la actividad del hombre ha ralentizado el crecimiento de la productividad agrícola en los últimos 50 años, sobre todo en las regiones templadas y tropicales del planeta. Otra de las muchas caras del cambio climático, quizás la más evidente para todos, es la frecuencia creciente de fenómenos climáticos extremos como sequías, inundaciones y olas de calor. La FAO estima que la ocurrencia anual de desastres en lo que va de este siglo es tres veces superior a la de los años 1970 y 1980. La agricultura absorbe por sí sola 63% del impacto por daños y pérdidas económicas y se estima que, entre 2008 y 2018, los desastres naturales costaron a las economías en desarrollo más de 108 mil millones de dólares por este concepto.6

Esto tiene un impacto directo sobre la disponibilidad de alimentos y sus precios, afectando la seguridad alimentaria, la nutrición y los medios de subsistencia de millones de personas alrededor del globo. Para ilustrar, mientras se escribe este artículo, regiones de India y Pakistán sufren una intensa ola de calor con temperaturas que acarician los 50° C (4,5° C a 8,5° C por encima de la media), solo unas semanas después de transitar su marzo más caluroso desde que se tiene registro. Si bien las olas de calor son comunes en esa región durante la primavera e inicios del verano, suelen darse principalmente en mayo, antes del inicio de la temporada de monzones.7 Ello suma un nuevo desafío a la crisis actual de seguridad alimentaria regional y global, ya que el “adelanto” de estas temperaturas extremas apura la maduración del trigo y, probablemente, reducirá de forma significativa la producción, justo cuando se espera que India ocupe el vacío que dejaron Rusia y Ucrania en este mercado. Pero, además, es un ejemplo de manual de cómo el cambio climático tiene un efecto desproporcionado sobre las poblaciones más vulnerables y menos responsables por él. En India y Pakistán, por ejemplo, el aire acondicionado no llega a cubrir a 10% de los hogares y, además, los cortes de energía son recurrentes. Los riesgos asociados son de mayor alcance para los grupos con carencias sociales y marginados en las áreas rurales y guetos urbanos, incluyendo niños y niñas, mujeres, personas en situación de discapacidad, adultos mayores, trabajadores y trabajadoras que en promedio subsisten con menos de 5 dólares por día y tienen que decidir entre salir a trabajar y exponer su salud, o quedarse en casa y arriesgar el sustento diario de sus familias. Para ponerlo en sólo dos palabras, injusticia climática.

Ahora imaginemos un escenario en el que los impactos climáticos antes descritos se acoplan con otros acontecimientos que también afectan la disponibilidad de alimentos, como el que describimos en la primera sección de este artículo. Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia. Es por ello que, citando al secretario general de las Naciones Unidas António Guterres, “el cambio climático no es la fuente de todos los males, pero tiene un efecto multiplicador y es un factor agravante”.8 De no cambiar la pisada, el panorama no es muy alentador. El reporte del IPCC proyecta que las áreas agrícolas y ganaderas mundiales se volverán cada vez más inadecuadas para la producción en un escenario de altas emisiones, al tiempo que la frecuencia y severidad de fenómenos climáticos extremos y potencialmente simultáneos afectará en forma creciente la disponibilidad de alimentos. Ello llevaría, “con un alto grado de confianza”, a un aumento del hambre y la malnutrición sobre poblaciones ya largamente castigadas en África subsahariana, sur de Asia, América Central, América del Sur y Estados insulares.

Con este sombrío panorama, otra de las tantas preocupaciones que deja el conflicto bélico es el efecto que podría tener sobre la agenda climática, al generar dinámicas de corto plazo que pueden apartarse de los compromisos acordados. Europa, por ejemplo, se ha propuesto reducir lo más rápido posible su dependencia del gas ruso (que representa 40% de su consumo total de gas natural), pero ello supone un riesgo inmediato para garantizar la seguridad y asequibilidad energética en el continente. Ante este desafío no se descarta ninguna alternativa, incluyendo la posibilidad de utilizar más carbón (el combustible fósil con mayores emisiones de gases de efecto invernadero), como sugirió el ministro de Economía de Alemania Robert Habeck algunas semanas atrás. Estados Unidos, por su parte, además de dar un giro llamativo en su política exterior al retomar conversaciones con Venezuela en la búsqueda de nuevos proveedores, espera niveles récord de producción de petróleo en 2022 y 2023. Con los precios por las nubes, las petroleras se frotan las manos y aprovechan la oportunidad para fortalecer sus balances y recuperar inversores.

Foto del artículo 'Crisis de alimentos: la Tierra, el hombre, el hambre y los precios'

Otro de los temores asociados a la posible divergencia de la agenda climática es que la brecha actual de demanda y los altos precios de los alimentos deriven en un incremento de las emisiones de la agricultura a nivel global; por ejemplo, al actuar como un driver para la expansión de fronteras agrícolas a cambio de mayor deforestación, otros cambios en el uso del suelo y/o mayor presión sobre ecosistemas frágiles. Con 2030 a la vuelta de la esquina, estas dinámicas no contribuirían al objetivo de alcanzar el pico de emisiones antes de 2025 y reducirlas a la mitad para finales de la década, como se acordó en la COP26 a finales de 2021. El reloj está jugando, y no precisamente a nuestro favor, para mantener al alcance el objetivo de limitar el aumento de la temperatura media global a 1,5º C respecto a los niveles preindustriales.

Y por acá, ¿cómo la vemos?

Los escenarios futuros que se dibujan como probables en las sucesivas publicaciones científicas son, por lo menos, complejos. Las trayectorias de creciente deterioro y volatilidad de los múltiples factores que inciden en la disponibilidad y el precio de los alimentos tenderían a agudizarse en estos escenarios “probables”, de acuerdo con los últimos reportes que estructuran el estado del arte en materia de cambio global (conjunto de cambios ambientales derivados de las actividades humanas).9 Este cambio global es, a su vez, amplificador de dinámicas políticas y económicas lesivas para los sistemas naturales y productivos. Por ejemplo, mediante cambios en los usos del suelo e intensificación de la producción de alimentos, mayor inestabilidad política y aumento de violencia y conflictos, otorgamiento de licencias para producción de combustibles fósiles por métodos extractivos más agresivos, entre otros.

¿Cómo debería Uruguay decodificar estas señales? Como país exportador de alimentos, Uruguay enfrentará desafíos y oportunidades entre los límites de un mundo que empieza a delinearse como una creación de la mente de Tim Burton. Una cara de la moneda, la de los desafíos, tiene que ver con la seguridad alimentaria, la adaptación, la generación de resiliencia y la construcción de soberanía en el sector productivo. La otra cara, la de las oportunidades, tiene que ver con la posibilidad de comercializar alimentos con un valor agregado ambiental que los diferencien en los mercados globales y levanten las restricciones y penalizaciones que empiezan a aparecer, como la propuesta de la Comisión Europea de incluir un “mecanismo de ajuste en frontera por emisiones de carbono”,10 un nombre sofisticado para un arancel ambiental.

En términos de seguridad alimentaria, Uruguay ocupa un lugar de relativo “privilegio” en la región.11 Sin embargo, la pandemia dejó al descubierto que para muchos hogares alimentarse, y alimentarse de forma adecuada y saludable, sigue siendo un lugar de incertidumbre o insuficiencia subordinado a ciclos económicos. Lo que complejiza más aún la cuestión es su vinculación directa con la pobreza, un problema que fustiga de forma desproporcionada a niños, niñas y adolescentes, y que consecuentemente hipoteca mucho más que su futuro como individuos. De hecho, un relevamiento de Unicef12 señaló que más de 17% de los hogares con niños, niñas y adolescentes presentaba algún tipo de inseguridad alimentaria a fines de 2020.

Este artículo no pretende profundizar en este tema, que ha sido materia de amplio debate público en los últimos tiempos y que merecería muchas más líneas, pero tampoco pasarlo por alto. Es que en un país que produce alimentos para más de 30 millones de personas, que cuenta con instrumentos de protección social para alcanzar a las poblaciones más vulnerables, donde existen fuertes entramados comunitarios y solidarios, y donde el territorio no es un desafío, parece difícil aceptar que estemos hablando de una posible “emergencia alimentaria”.13

Desde el punto de vista productivo, la adaptación y la generación de resiliencia son clave para la producción de alimentos, una actividad inherentemente vulnerable a cambios ambientales. Uruguay viene trabajando hace años en esta materia, y entre otros instrumentos, cuenta con un plan de adaptación a la variabilidad y el cambio climático para el sector agropecuario (PNA-Agro) que busca blindar a la producción de los impactos que genera el cambio climático tanto como sea posible. Estos esfuerzos son impostergables y deben ser necesariamente continuos; según el Dr. Rafael Terra del Instituto de Mecánica de los Fluidos e Ingeniería Ambiental de la Facultad de Ingeniería, UdelaR, “la gestión continua —adaptativa— de los riesgos climáticos es el camino de adaptación al cambio climático (y de otros tipos)”.14

El segundo desafío para el sector productivo es la construcción de mayor soberanía, lo que cobra más relevancia aún en la coyuntura actual. Reducir la dependencia de recursos sobre los que no tenemos control es fundamental para sortear obstáculos futuros predecibles e impredecibles. La invasión de Rusia a Ucrania no solo desnudó la —ya conocida— dependencia energética de Europa, sino que configuró una muestra más de la importancia de las cadenas de suministro globales en la producción de alimentos. Para el sector agropecuario nacional, la disponibilidad y los costos de la energía y otros insumos, como gasoil y fertilizantes, siguen dependiendo fuertemente de vaivenes internacionales. En la tormenta perfecta de estos últimos meses ha quedado demostrado esta vulnerabilidad del sector.15

En términos de construcción de soberanía, Uruguay tiene el antecedente exitoso de la transformación de su matriz eléctrica. Previo a la irrupción de la biomasa en 2007, la energía eólica en 2013 y la energía solar fotovoltaica en 2016, Uruguay dependía fuertemente de factores altamente variables sobre los que no tiene gobierno: la disponibilidad de agua y el precio del crudo.

En un escenario como el del último año, con déficit hídrico y precios muy altos del crudo (similar a 2008 y 2012), el cimbronazo sobre la economía se hubiera sentido aún mucho más fuerte, y probablemente hubiera repercutido también sobre la seguridad de abastecimiento, un problema que parece olvidado en nuestro país. La construcción de soberanía en el sector eléctrico le está permitiendo navegar esta tormenta sin más repercusiones que una exportación histórica de electricidad que “ubicó a UTE como la mayor empresa exportadora de Uruguay (excluyendo zonas francas) y a la electricidad como el sexto producto de exportación” del país en 2021.16 Casualmente, la nueva etapa de la transición energética que está comenzando, y que tiene al hidrógeno verde como elemento central, plantea oportunidades para avanzar también en la construcción de soberanía en el sector agropecuario, mejorando además su desempeño ambiental (el hidrógeno verde es aquel producido a partir de fuentes de energía renovables).

De acuerdo con el informe conjunto del BID y el MIEM “Hidrógeno verde: un paso natural para Uruguay hacia la descarbonización”, el potencial uso del hidrógeno para la producción de fertilizantes conforma un elemento importante en el proceso de elaboración de una estrategia nacional de largo plazo. En forma preliminar “se ha estimado que aproximadamente 100.000 toneladas de hidrógeno por año serían las necesarias para reemplazar el fertilizante que se demandará a corto plazo”. Considerando que Uruguay importa alrededor de 10% de sus fertilizantes desde Rusia y otro tanto desde zonas con niveles importantes de inestabilidad política (como Egipto, Argelia, Bielorrusia, Nigeria y Marruecos).17 avanzar en la producción local de estos insumos parece un camino necesario.

Asimismo, el informe reconoce que algunas de las aplicaciones vinculadas a la economía del hidrógeno podrían incorporar estrategias de captura y uso de dióxido de carbono, un elemento para nada despreciable en un mundo que comienza a monetizar este tipo de tecnologías de forma directa (mercados de carbono) e indirectas (indexación de tasas de interés a cumplimiento de objetivos climáticos). Adicionalmente, el uso de hidrógeno como sustituto directo o vía combustibles sintéticos de combustibles fósiles podría repercutir también en una mayor soberanía del sector agropecuario por el lado de los energéticos.

Uruguay parte con ventaja en la carrera del hidrógeno verde por su potencial de generación, la excelente complementariedad entre los recursos eólico y solar y su infraestructura logística.18 El potencial de generación es posiblemente su mayor diferencial; “Nos movemos hacia un mundo donde el NIMBYismo será un obstáculo mayor que el negacionismo climático para la enorme cantidad de energía limpia que se necesita producir para implementar los objetivos climáticos” decía el Dr. Zeke Hausfather, uno de los tantos autores del último reporte de evaluación del IPCC.

El NIMBY (not in my backyard, “no en mi patio trasero”) refiere a la resistencia de comunidades locales para la instalación de proyectos de infraestructura que los afecten directamente por cercanía: el problema del espacio. Para Uruguay, podría asimilarse fácilmente con la instalación de vertederos o la ubicación del estadio de Peñarol. Uruguay tiene una oportunidad única derivada de sus características territoriales, demográficas y culturales, con muy buena aceptación de proyectos de energía renovable hasta el momento. La forma de optimizar esta oportunidad y maximizar los beneficios para el país en un sentido amplio será seguramente materia de debate. Adelantarse a esto puede ser clave en un mundo que acelera su demanda por alternativas con menores impactos ambientales en todas las áreas de la economía.

Con relación a la otra cara de la moneda, la de las oportunidades, la comercialización de productos con alto “valor agregado ambiental” empieza a configurarse como una realidad. A fines del año pasado, Uruguay exportó por primera vez en la historia carne verificada como carbono neutral, lo que significó además el primer embarque de carne con esta verificación desde Sudamérica.19 Este hito tampoco escapa de una coyuntura internacional en la que la ganadería empieza a estar en el banquillo de los acusados por sus emisiones de metano (gas de efecto invernadero).20 En términos ambientales, la producción de alimentos en Uruguay tiene aún un largo camino que recorrer vinculado con la protección de la biodiversidad, la reducción del impacto sobre la calidad y la cantidad de agua, la conservación de los suelos y la reducción de emisiones atmosféricas. Sin embargo, sus condiciones naturales y algunas de sus prácticas productivas son un buen punto de partida para diferenciarse como productor de alimentos en un escenario global crecientemente complejo y con demandas tensamente contradictorias. Para recorrer ese camino, en un mundo donde aquello de ser y parecer va derivando cada vez más hacia el parecer, seguir avanzando en disponibilizar recursos y generar información de calidad para fortalecer el ser y tener herramientas para demostrarlo (parecer), será indispensable.

...por algún lado

Las dinámicas de estructuras tan complejas como el sistema alimentario y los mercados globales pueden llevar a situaciones indeseables e injustas, como las que estamos viviendo, donde la población con dificultades para acceder a una alimentación adecuada se multiplica a escala global. También pueden llevar a análisis con niveles muy altos de entropía, como este. Sin embargo, poner sobre papel algunas ideas desordenadas para pensar en los desafíos y las oportunidades que se van dibujando más temprano que tarde parece un ejercicio necesario para abordar el problema, por algún lado.


  1. Disponible en https://www.fao.org/worldfoodsituation/foodpricesindex/es/ 

  2. Información disponible en https://public.tableau.com/app/profile/laborde6680/viz/ExportRestrictionsTracker/FoodExportRestrictionsTracker 

  3. Ver, por ejemplo, Giordani, Paolo E. & Rocha, Nadia & Ruta, Michele, 2012. “Food prices and the multiplier effect of export policy," WTO Staff Working Papers ERSD-2012-08, World Trade Organization (WTO), Economic Research and Statistics Division. 

  4. WFP (2022). Unprecedented needs threaten hunger catastrophe – April 2022 y WFP (2022). Projected increase in acute food insecurity due to war in Ukraine. 

  5. IPCC Sixth Assessment Report. Impacts, Adaptation and Vulnerability, Chapter 5 (WGII, febrero 2022). 

  6. FAO. 2021. The impact of disasters and crises on agriculture and food security: 2021. Rome. https://doi.org/10.4060/cb3673en 

  7. NASA (2022). https://earthobservatory.nasa.gov/images/149766/early-season-heat-waves-strike-india#:~:text=An%20intense%20heat%20wave%20in,more%20than%20120%20years%20ago

  8. Comunicado de prensa, diciembre de 2021. Disponible en https://www.un.org/press/en/2021/sgsm21074.doc.htm 

  9. Sixth Assessment Report. IPCC, 2022 (https://www.ipcc.ch/assessment-report/ar6/). Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services. IPBES, 2019 (https://ipbes.net/global-assessment). 

  10. Comisión Europea. Pacto verde de la UE (mecanismo de ajuste en frontera de las emisiones de carbono). https://ec.europa.eu/info/law/better-regulation/have-your-say/initiatives/12228-EU-Green-Deal-carbon-border-adjustment-mechanism-/public-consultation_es 

  11. FAO, FIDA, OMS, PMA y UNICEF. 2021. El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2021. Transformación de los sistemas alimentarios en aras de la seguridad alimentaria, una nutrición mejorada y dietas asequibles y saludables para todos. Roma, FAO. https://doi.org/10.4060/cb4474es 

  12. Ares, G. Brunet, G. y Girona, A. (2021). La alimentación de niños, niñas y adolescentes durante la pandemia de COVID-19 en Uruguay. Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), Uruguay.  

  13. “La delicada situación actual en los sectores más vulnerables, impone la necesidad de declarar una emergencia alimentaria”. Entrevista de Luis Custodio a Fernando Filgueira en Economía y Mercado, El País (2/5/22). 

  14. Dr. Rafael Terra, presentación en Jornada de Cambio Climático y Sector Agropecuario del INIA. https://www.youtube.com/watch?v=-DIRp_xBvt4&t=832s 

  15. Blasina y Asociados. Uruguay buscará nuevos proveedores de fertilizantes para sustituir a Rusia, Ucrania y Bielorrusia

  16. SEG Ingeniería. Indicadores Energéticos – diciembre 2021. https://www.segingenieria.com/wp-content/uploads/2022/01/Indicadores-Energ%C3%A9ticos_2112.pdf 

  17. Información disponible en Observatory of Economic Complexity (oec.world

  18. Ministerio de Industria, Energía y Minería. https://www.gub.uy/ministerio-industria-energia-mineria/politicas-y-gestion/impulsando-economia-del-hidrogeno-verde 

  19. Blasina y Asociados. Por primera vez en la historia Uruguay exportará carne carbono neutral y será pionero en Sudamérica. https://blasinayasociados.com/por-primera-vez-en-la-historia-uruguay-exportara-carne-carbono-neutral-y-sera-pionero-en-sudamerica/ 

  20. Para un mayor desarrollo: “¿Huele tan mal? Metano, vacas y cambio climático”, Rafael Terra y Walter Baetghen en la diaria