Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo el principal motor del crecimiento global, impulsado más recientemente por un auge de la inteligencia artificial (IA) que no muestra signos de desaceleración. El dólar, que sigue siendo el pilar central de las finanzas globales, ha financiado esta transformación. Sin embargo, el dólar se ha mostrado sorprendentemente débil y, aunque el presidente estadounidense, Donald Trump, no considera que esto sea relevante, los mercados no opinan lo mismo.
La pregunta es si esta debilidad es meramente cíclica o si refleja vulnerabilidades estructurales emergentes vinculadas a cambios políticos y normativos internos. Si Estados Unidos ha sufrido una pérdida fundamental de credibilidad debido a los ataques del gobierno al estado de derecho, al aumento desmesurado de los déficits fiscales y a la formulación errática de políticas, el rol de ancla a largo plazo que desempeña el dólar en la economía global podría estar en peligro.
Una pérdida de credibilidad política no sería sorprendente. Los componentes clave de la estrategia de la administración Trump entran en conflicto. Las amenazas arancelarias y la instrumentalización de los vínculos comerciales y financieros contradicen una estrategia de crecimiento basada en la aceleración tecnológica y la profundización del capital (en concreto, la infraestructura de la IA). Incluso si los aranceles acaban siendo bajos y no causan un daño directo excesivo, y aún si los déficits comerciales de Estados Unidos siguen siendo manejables, la incertidumbre persistirá.
Por lo tanto, la incertidumbre específica en torno a Estados Unidos está generando diferenciales en el riesgo político que, a su vez, afectan al dólar. Se trata de un fenómeno bien conocido en los mercados emergentes, donde las monedas tienden a debilitarse cuando existen gobiernos populistas. La literatura empírica muestra que las instituciones frágiles, el comportamiento fiscal discrecional y la interferencia política en la banca central erosionan constantemente la estabilidad financiera. Estas dinámicas también suelen generar inflación, fuga de capitales y una depreciación persistente de la moneda, incluso en regímenes de tipo de cambio flotante. La combinación de una política arriesgada en materia de aranceles y la creciente presión política sobre la Reserva Federal (FED) de Estados Unidos está creando una configuración macroeconómica similar a la que los analistas antes asociaban exclusivamente con las economías con una moneda débil.
Estados Unidos no es la única economía avanzada en la que el populismo ha debilitado la moneda. Consideremos el caso de Japón, donde la última intervención del banco central en el mercado de divisas no logró detener la depreciación del yen. A pesar de la opinión generalizada en los mercados de que Estados Unidos se sumaría tácitamente a la iniciativa (dada la preferencia manifiesta de la administración Trump por evitar un dólar más fuerte frente al yen, razón por la cual los mercados asumieron en primer lugar que habría una intervención conjunta), el Banco de Japón fracasó porque el país también se ha embarcado en una política económica populista. Cuando un país ya tiene una gran carga de deuda pública, como es el caso de Japón y Estados Unidos, una política fiscal expansionista tiende a socavar la credibilidad de cualquier intervención cambiaria.
Los aranceles de Trump siguen la misma línea populista. No obstante, la administración estadounidense sigue por este camino económicamente perjudicial, porque apuesta a que el auge de la IA traiga consigo un rápido aumento de la productividad y desinflación antes del próximo ciclo electoral. Como siempre ocurre con el populismo, el timing es político.
Pero, incluso si esta apuesta da resultado a corto plazo, el daño ya estará hecho. Las amenazas de aranceles —independientemente de si se implementan o no— ya han ejercido un efecto debilitador persistente sobre el dólar. Han inyectado incertidumbre en los mercados financieros, han alterado las asignaciones de carteras y han creado la expectativa de que se pueden imponer gravámenes en cualquier momento y por cualquier motivo. Si uno de los objetivos de la administración Trump es debilitar el dólar mediante amenazas de aranceles, lo ha conseguido.
Si bien los aranceles reales pueden tener un efecto de apreciación de la moneda a corto plazo, las amenazas arancelarias tienden a debilitar la moneda al aumentar la incertidumbre específica de Estados Unidos y, por lo tanto, la prima de riesgo del dólar. Para empeorar las cosas, mientras que la FED normalmente actuaría como una fuerza compensatoria, ahora se enfrenta a un desafío más común en los mercados emergentes: la erosión de su independencia institucional. La presión pública que Trump ha ejercido mediante amenazas legales contra los funcionarios de la FED, las exigencias de recortes de tasas en momentos políticamente oportunos y los esfuerzos por reducir su ámbito de competencia regulatoria socavan su capacidad para actuar con decisión.
Cuando los bancos centrales se ven obligados a tomar decisiones procíclicas o políticamente oportunistas, el resultado final es una mayor inflación y una moneda más débil. Consideremos la experiencia de Turquía entre 2021 y 2023. Las reiteradas intervenciones políticas en la política monetaria hicieron que la inflación pasara de menos del 10% a más del 80%, lo que provocó un desplome drástico de la moneda y un esfuerzo costoso por restaurar la credibilidad. Las crisis de Argentina han seguido un guion similar. Una vez que las autoridades monetarias pierden su autonomía, recuperar la confianza del mercado requiere de medidas extremas y de un considerable sufrimiento económico.
Por supuesto, Estados Unidos no es ni Turquía ni Argentina. Cuenta con mercados más profundos, un marco institucional más sólido y el privilegio de emitir la moneda de reserva dominante en el mundo. Pero estas ventajas no deben confundirse con la invencibilidad. La erosión institucional opera de forma continua. Las primeras señales, por sutiles que sean, son importantes. Incluso las dudas más leves sobre la independencia de la FED pueden hacer subir las primas de riesgo, alterar la dinámica de los tipos de cambio y debilitar el papel estabilizador de la política monetaria estadounidense a nivel global.
Las recientes fluctuaciones en los precios del oro y la plata reflejan estas preocupaciones. Su alza se interpretó, en general, como una cobertura frente a la disminución de la independencia de la FED y las tensiones geopolíticas, y su caída tras el nombramiento por parte de Trump de Kevin Warsh como próximo presidente de la FED demostró que los mercados hoy están considerando la incertidumbre política específica de Estados Unidos de la misma manera que tienen en cuenta la de los países que no tienen una moneda de reserva.
Las empresas estadounidenses deben estar en alerta. Las empresas que prosperan gracias al acceso político, al favoritismo regulatorio o a las ventajas fiscales temporales pueden disfrutar de ganancias extraordinarias a corto plazo, pero el debilitamiento de los fundamentos macroeconómicos acabará por reducir sus beneficios —incluso en una economía impulsada por la IA—. El optimismo de los inversores sobre el potencial transformador de la IA ya está dando paso a una mayor incertidumbre y, con ella, a una mayor volatilidad esperada, independientemente de si el sector alguna vez experimenta o no una corrección.
Las repercusiones internacionales no son menos significativas. Muchos mercados emergentes siguen dependiendo de financiación denominada en dólares, lo que los vuelve sensibles a los cambios en las condiciones financieras de Estados Unidos. Un dólar más débil puede suponer un alivio temporal, pero los aranceles y otras incertidumbres políticas específicas de Estados Unidos disuaden la inversión extranjera directa y complican las estrategias de desarrollo en los países más pobres.
Aunque la administración Trump afirma que Estados Unidos puede depreciar el dólar sin perder su condición de moneda de reserva —mediante aranceles punitivos, intervenciones en el mercado de divisas o un marco de coordinación más estricto entre el Tesoro y la FED—, la experiencia de Japón con el control de la curva de rendimiento y la gestión de la moneda ofrece una lección aleccionadora. Cuando las autoridades monetarias y fiscales están en conflicto y tratan simultáneamente de fijar objetivos para el tipo de cambio y los rendimientos a largo plazo, las primas de riesgo tienden a aumentar, no a disminuir.
La credibilidad de la política económica tarda décadas en construirse, pero puede erosionarse con celeridad. La cadena causal no va de la inflación a la pérdida de credibilidad y al debilitamiento de las monedas; por el contrario, va del debilitamiento de la independencia institucional al deterioro del control de la inflación y, luego, a la pérdida de credibilidad. La cuestión es si Estados Unidos está preparado para asimilar esta lección antes de que los costos se vuelvan mucho más difíciles de revertir o encubrir, no solo para Estados Unidos, sino también para la economía global.
Şebnem Kalemli-Özcan, profesora de Economía en la Universidad Brown y directora del Global Linkages Lab, fue asesora principal de políticas en el Fondo Monetario Internacional y economista jefe para Oriente Medio y el Norte de África en el Banco Mundial. Copyright: Project Syndicate, 2026.