No hay precedentes en la historia de los Estados Unidos de un presidente que haya cubierto edificios públicos con su imagen, adornado las paredes de la Casa Blanca con retratos vulgares de sí mismo; que haya querido que su rostro aparezca en una moneda o que haya bautizado edificios con su nombre (incluidos algunos que ya honraban a presidentes anteriores) o que lo haya registrado junto con el número “250”, como marca comercial antes del 250º aniversario del país. Pero Donald Trump ha hecho todas estas cosas; y, a pesar de la oposición tradicional de su partido a los “abusos de poder” del gobierno, la respuesta de los republicanos ha sido consolidar el culto a su persona.

Basta recordar el discurso sobre el Estado de la Unión que dio Trump el mes pasado. Un congresista republicano le rogó que le firmara la corbata (adornada con el rostro de Trump) y otro (que ya se había hecho notar portando una gorra con el lema “Trump tenía razón en todo”) se declaró “embelesado”. Lejos de ser casos excepcionales, estos espectáculos vergonzosos son una expresión de aquello en lo que se ha convertido el partido.

El culto al líder se nutre de su narcisismo y del deseo de orden o de una figura de autoridad fuerte por parte de sus seguidores. Pero la capacidad del líder para afianzar su poder apelando a un culto a su persona depende del contexto político. En el caso de Trump, su conducta no solo va en contra de la cultura política igualitaria que líderes modestos como George Washington procuraron alentar; también es probable que debilite su posición a largo plazo.

Ha habido cultos al líder en muchas formas de la política moderna, aunque las ideologías subyacentes fueran muy diferentes. Ejemplos evidentes son Mussolini, Hitler, Stalin, Mao y los Kim de Corea del Norte; Napoleón III, que de presidente de Francia se convirtió en emperador, fue un pionero de la táctica. Ya a mediados del siglo XIX, comprendió que la política de masas y los medios de comunicación modernos se podían usar para generar legitimidad, y llegó incluso a tener “aplaudidores” a sueldo para crear la impresión de que el pueblo lo amaba.

En algunos casos, el culto al líder ayuda a mantener unida una coalición heterogénea. Que diferentes facciones de un partido o movimiento no coincidan en torno a un programa político no importa tanto si veneran al mismo líder. Al mismo tiempo, el culto al líder suele elevarlo por encima de su partido o gobierno, lo que permite atribuir las políticas erróneas o la corrupción a subordinados descarriados. “Se lo sapesse il Duce” (“Si lo supiera el Duce”) era una muletilla habitual en la Italia fascista, y también se oían frases por el estilo en la Alemania de Hitler y en la Rusia de los zares.

El culto al líder puede servir para transmitir un mensaje simbólico fuerte sin necesidad de dar explicaciones ideológicas complicadas. Fue así como Stalin logró presentarse al mismo tiempo como un burócrata trabajador (que siempre mantenía la luz de su oficina encendida hasta altas horas de la noche) y como el único que sabía cómo llegar a la tierra prometida del comunismo. Por eso, muchos de sus retratos lo muestran mirando a lo lejos con expresión decidida, hacia un punto de llegada aún no revelado que estaba fuera del encuadre.

Por su parte, Mussolini (que era en sus orígenes un periodista con pretensiones intelectuales) modeló un ideal fascista de masculinidad, posando como un hombre del pueblo con el torso desnudo listo para ayudar en la cosecha. Y los discursos cuasirreligiosos de Hitler reforzaban la idea de que lo había enviado la Providencia (el concepto favorito de los nazis) para crear un Reich que duraría 1.000 años.

Por su parte, es evidente que a Trump le encanta montar espectáculos, usar utilería y poner en su sitio al resto. Ha convertido la Oficina Oval en una corte real donde los aduladores compiten por su atención, y sus consignas (por ejemplo, la de “construir el muro”) han tenido una eficacia innegable con su base de seguidores. Que el muro de Trump a lo largo de los más de 3.000 kilómetros de frontera con México se construya o no es irrelevante; lo que importa es que sus seguidores no tengan dudas sobre lo que defiende.

Y, sin embargo, en los últimos tiempos tanto el contenido del programa de Trump como las imágenes que crea se han vuelto muy impopulares. Ni siquiera quienes exigen deportaciones en masa están automáticamente dispuestos a aceptar que se mate a ciudadanos estadounidenses en las calles. Quienes ven con agrado la islamofobia del Partido Republicano (según un congresista, “los musulmanes no pertenecen a la sociedad estadounidense”) no apoyarán automáticamente una guerra ilegal contra la República Islámica de Irán. Y a nadie le causa mucha gracia ver a su líder deshonrar a soldados estadounidenses caídos, cuando se presenta en los actos de repatriación luciendo su propio merchandising.

Además, el narcisismo a tiempo completo de Trump le impide elevarse por encima de sus subordinados para eludir responsabilidad por sus errores. Aunque a veces profese ignorancia sobre lo que hacen las personas a quienes él mismo designó, al final es incapaz de distanciarse de ningún aspecto de su gobierno. Todo debe girar en torno a él (y por supuesto, no debe haber dudas de que todo marcha a la perfección).

Por ejemplo, aunque se dice que Trump se enfureció con Kristi Noem cuando esta afirmó que tenía su aprobación para una campaña publicitaria de autopromoción que costó el equivalente a una gran producción de Hollywood, no se atrevió a desautorizar en forma abierta a la secretaria de Seguridad Nacional caída en desgracia. Y aunque terminó destituyéndola, Noem seguirá ocupando un cargo en la administración.

La forma de gobernar (y hacer negocios) de Trump sigue un modelo ya estudiado por los psicólogos, consistente en negar, atacar e invertir los papeles de víctima y victimario. A veces esta estrategia puede ser eficaz, sobre todo ante élites que ya están intimidadas. Pero los autócratas más inteligentes saben que convertir ocasionalmente a un subordinado en chivo expiatorio, o incluso pedir disculpas de vez en cuando, puede ser mejor para sus intereses a largo plazo.

Aunque subestimar a la exestrella de reality show y hoy presidente de los Estados Unidos siempre ha sido un error, es seguro afirmar que es incapaz de aprender. Por centrar siempre la atención en sí mismo, ha conseguido que en el futuro cualquier desilusión y cualquier queja vayan en su dirección; es decir, que a los republicanos les costará distanciarse de Trump. Parece que la única esperanza que tienen será manipular las elecciones o persuadir a suficientes votantes para que no crean en lo que ven con sus propios ojos.

Jan-Werner Mueller es profesor de Política en la Universidad de Princeton y autor de Democracy Rules (Farrar, Straus and Giroux, 2021). Traducción: Esteban Flamini. Copyright: Project Syndicate, 2026.