La percepción inmediata de una temporada futbolera tan extraordinaria como la de nuestras vidas en los años de la pandemia seguramente podrá nutrirse de eventos y sensaciones que aún no hemos logrado aceptar, pero estará ausente de respuestas que sólo el tiempo y la sedimentación de los hechos podrán generar.

Han sucedido muchísimas cosas desde aquel 15 de febrero de 2020 cuando, con la primera fecha del Apertura, empezaba el Campeonato Uruguayo. Ante todo, tuvimos tres semanas con 24 partidos con público –mucho, poco, regular, pero con la gente en las tribunas y contra el alambrado– y 277 partidos en menos de nueve meses sólo con los deportistas y unos pocos –a veces muchos– extras.

Lo peculiar ha estado en el título de Rentistas, en el Apertura, viniendo de la B y jugando en su campo de césped sintético. También en el de Liverpool, en el Clausura, con una secuencia de buenos resultados de jugadores propios que lo llevó a pelear la Anual hasta la última fecha.

En el medio pasaron cinco meses que nos demostraron parcialmente que podríamos vivir sin el producto fútbol (el que como máquina de hacer chorizos nos entregaban los centros de poder), y que la ausencia sentida, la necesidad de, estaba focalizada en el fútbol que la mayoría de nosotros aprendimos a vivir.

Aquella lejana y ya antiquísima transformación de juego en deporte, de deporte en competencia y de competencia en fuente laboral y negocio, de clubes en empresas y multinacionales, tuvo una mutación extrema en el mundo al convertirse definitivamente de espectáculo público en series televisivas para maratonear.

El provisorio, o definitivo, cambio de paradigma en torno al espectáculo y las competencias nos expuso ante el fútbol de la sobremodernidad, pero además con lo extraordinario de la pandemia, inquietante y aislante.

Y Uruguay no fue la excepción. Entonces el fútbol se transformó en un programa de televisión casi diario, sin guion ni actores ni extras.

Los estadios y las canchas se transformaron en no-lugares ante nosotros, los consumidores, detrás de las pantallas, pero también para los 16 colectivos que afrontaron esos 277 partidos por todos lados, que eran un mismo lado: una cancha de fútbol, sin importar gritos, hinchadas, presiones, aliento, tensión y satisfacción.

¿Es por eso que Rentistas en 2020 y Liverpool en 2021 pudieron concretar sus hazañas? Hay una inmediata y rotunda respuesta: no. No de manera absoluta, porque los bichos y los de la Cuchilla gestaron sus logros gracias a la enorme capacidad de competencia de sus deportistas. Sin embargo, es factible pensar que jugar como marcaba el calendario, de local y visitante, y hacerlo sin la presión del público, puede haber sido un componente importante en la conquista. También en el desarrollo de arbitrajes en que no permeaba ningún clamor popular a la hora del juego.

De acá para allá

Nunca en la historia del fútbol de la Primera División de la Asociación Uruguaya de Fútbol se había jugado un campeonato en tantas canchas distintas. Y nunca en la historia del fútbol profesional uruguayo Nacional y Peñarol habían sido tantas veces visitantes.

¿Será esa una de las posibles explicaciones de por qué Rentistas y Liverpool ganaron, por primera vez en sus respectivas historias, torneos de Primera División todos contra todos? La variable de todas las canchas es una, que se complejiza con todas las canchas sin público. Tal vez las dos cosas puedan empezar a dar información sobre uno de sus fuertes en la competencia y de debilidades para sus ocasionales antagonistas. A lo largo del Apertura y el Clausura –el Intermedio no lo consideramos porque las localías son a sorteo– Rentistas jugó 14 partidos de local (no lo hizo en la primera fecha, cuando con público jugó en el Centenario con Nacional) y Liverpool los 15 en la cancha donde nació la celeste. Pero además se usaron con enorme frecuencia todas las canchas de los clubes que las poseen, más el estadio Centenario y el Charrúa, para Boston River y Torque. Algunos escenarios, como el Complejo Rentistas y el Parque Prandi de Colonia, recibieron por primera vez a todos los rivales posibles, incluyendo a Peñarol y Nacional. Fue usual y no extraordinaria la presencia de todos en Belvedere, Parque Viera, Saroldi, Capurro, Franzini, Paladino, María Mincheff, Tróccoli, en el Ubilla de Melo y en el Campus de Maldonado. También hubo dos partidos –antes de que se suspendiera el fútbol y la asistencia de público– en el estadio Campeones Olímpicos de Florida, al que en medio de la pandemia a la Intendencia se le ocurrió reformar y hace más de un año que no tiene fútbol profesional, aunque sí se utilizó exclusivamente su cancha para partidos de OFI en femenino y en juveniles.

La vuelta en soledad

¿Es válido trazar la hipótesis de que dos clubes que nunca habían llegado al hito histórico de campeonar en un torneo todos contra todos en la A lo hicieron porque no dieron ventajas con sus localías? ¿Tiene asidero pensar que pudieron desarrollar mejores prestaciones como equipo por no enfrentarse a miles o decenas de miles de seguidores de su rival?

¿Es pura coincidencia que Rentistas y Liverpool hayan entrado en la historia en la temporada en que todo fue más justo en cuanto a localías y menos agobiante en cuanto a jugar ante miles y decenas de miles de aficionados, siguiendo y presionando por los rivales?

Ignacio Ramírez, tras convertir en la victoria ante Nacional en el partido por la decimotercera fecha del Torneo Clausura, que significó la obtención del título con dos fechas de anticipación, el 21 de marzo, en el Gran Parque Central.

Ignacio Ramírez, tras convertir en la victoria ante Nacional en el partido por la decimotercera fecha del Torneo Clausura, que significó la obtención del título con dos fechas de anticipación, el 21 de marzo, en el Gran Parque Central.

Foto: Ernesto Ryan

Parece una sólida línea argumental esbozar que la competencia fue modificada por la disputa en todas las canchas posibles, y que la ausencia de público para todos potenció las demostraciones de algunos colectivos e hizo mermar otras prestaciones.

Hace unos meses Garra consultó expresamente sobre el tema a Óscar Washington Tabárez, un referente y una autoridad en la ejecución de ideas y desarrollos en el fútbol. El entrenador de la selección nacional sostuvo que “no son partidos normales”. “El público vive el partido, juega a su manera. En la experiencia que tengo ‒esto es una opinión muy personal‒ el público jugaba, en el sentido de que influía. Como resumen creo que los grandes perjudicados son los equipos locatarios, porque eso pesa, y además no se está viendo sólo acá. Se está viendo en las grandes ligas europeas, donde los equipos grandes, aquellos que llevan una cantidad de público enorme aun cuando son visitantes, no reciben ese apoyo al que están muy acostumbrados los futbolistas. Hay casos en que la confianza que tienen esos jugadores por los antecedentes futbolísticos que tienen en esos equipos muchas veces se resiente cuando reciben un gol, o reciben otro, y no viene el respaldo desde afuera. A veces el equipo mismo levanta al público en las tribunas y el público, a su manera, juega. No considero que sea normal y no veo la hora de que las cosas sean normales. En la historia del fútbol el público tiene que ver”, opinó.

¿Nueva normalidad?

Desde que en 1994 el Campeonato Uruguayo se ha transformado en por lo menos dos módulos ‒Apertura, Clausura y desde hace cuatro años también el Intermedio‒, en 27 temporadas sólo una vez habían campeonado en los torneos cortos dos equipos distintos a Nacional y Peñarol: fue en la temporada 2013-2014, cuando Danubio ganó el Apertura y Wanderers el Clausura. Aquella vez en el Apertura, Peñarol jugó 12 partidos de los 15 en el Centenario, y Nacional siete en el Parque Central y cinco en el Centenario. En el Clausura los aurinegros jugaron 13 veces en el monumento histórico al fútbol, mientras que Nacional lo hizo siete veces en el Parque y cinco en el Centenario. Los campeones, Danubio y Wanderers, fueron a todas las canchas y ambos fueron campeones a 100 kilómetros de sus lugares: la franja en San José, ante la IASA, y Wanderers en Florida, frente a El Tanque.

En 2020, y por la excepcionalidad de la pandemia también 2021, Rentistas fue local en su campo sintético siete de las ocho veces que le tocó en el Apertura que ganó, y Liverpool en el Clausura lo hizo seis veces en Belvedere. En ambos casos en los torneos que ganaron terminaron invictos en casa.

Contrastando con los resultados de los campeones, queda demostrado que la localía absoluta fue determinante. Revisando los resultados de visitantes reales de los rivales más próximos de ambos campeones, también se decanta que hubo incidencia. Nacional dejó puntos en seis de sus partidos fuera del Parque Central en el Apertura, mientras que en el Clausura el fenómeno fue al revés: sólo en tres visitas dejó puntos, pero perdió puntos decisivos en casa, lo que también podría ser producto de este nuevo formato sin más protagonistas que los deportistas en la cancha.

El jugador número 12

Hace décadas el show pasó a ser, no ya lo que se hacía dentro de la cancha y se disfrutaba visualizándolo desde la tribuna o contra el alambrado, sino un envío televisivo para que nos agarre en nuestras casas, con la misma expectativa de quien mira la novela, la serie o la película, y nos estacionemos embelesados ante la pantalla que lentamente nos va inoculando qué ponernos, qué tomar, qué comer, a quién votar, de quién enamorarnos y cómo creer que vivimos.

El negocio está, y estaba ahí, pero los dueños del fútbol, que ya no somos los que lo jugamos, los que lo organizan, los que con el ejercicio le dieron visibilidad legitimada e institucional, aún podíamos estar y tal vez incidir en el desarrollo de un partido, de un campeonato.

Esta vez no, porque el fútbol se tenía que jugar sí o sí, porque había que cumplir con lo pactado, sin importar la peste ni la competencia, y entonces mucho menos sin importar dónde se jugaba y quiénes lo miraban en las canchas, que se transformaron en no-lugares para los deportistas y obviamente también para nosotros, los seguidores por pantalla de los campeonatos.

Hay una tercera pata en esta variable de telecampeonatos, en todas las canchas y sin hinchadas, que aún sigue teniendo el peso que tenía antes, cuando estábamos de a miles en los estadios empujando a los nuestros y descalificando a los extraños: el peso de la opinión pública, articulada en distintos escenarios por especialistas, operadores e interesados. Esas conductas siguen iguales y muchos entrenadores y futbolistas perdieron sus puestos por la presión provocada por generadores de opinión que razonan con la imposición mental de que los clubes de fútbol están para ganar, o para clasificar a las copas, o para salvarse del descenso, y no entienden de desarrollos y variables, como estas de un fútbol en todas las canchas y sin gente, que seguramente tuvieron incidencia en la temporada en que Rentistas y Liverpool, jugando en todos lados como siempre, pudieron entrar en la historia del fútbol uruguayo.