El cantinero no saca los ojos de arriba de la mesa donde una charla se pianta. La escena es: una familia cantinera tras el mostrador, una serie de delantales, la radio bajita en Galaxia y las empanadas erigiéndose como una pirámide ineludible. La escena es: dos amigos de la infancia, uno que vive enfrente al club, otro que lo frecuenta. Hace añares que no se ven, sin embargo. Esa brecha entre ambos es la pata que le falta a la perra de nombre Marta. Ellos, Marta, la familia cantinera, podría ser cualquiera que frecuente una cantina de un club de barrio y que encuentre en esas paredes la respuesta que no busca. Pónganle los nombres que quieran. Son una porción de la torta que somos. La belleza indiscutible de lo quieto. Son una foto diaria, la presencia, lo contrario a la falta. La historia fundamental, la del barrio.

Foto del artículo 'Sobre el Club Fraternidad, que renovó sus autoridades en las recientes elecciones'

Foto: Natalia Rovira

En el Club Fraternidad hay un casín. Las bolas van graves hasta la baranda y vienen, con una sutileza sin metáforas. La tiza es lo otro, es el registro, una ayuda para la memoria y los tongos. El casín vive en el Frater, es un museo alterado en cada juego. El monumento vivo de una partida. El casín es el temblor del alcohol, la precisión, la diagonal. La luz cenital y ese valsecito alrededor, silente, calculador.

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Enfrente al casín, la biblioteca. Una biblioteca desordenada es una biblioteca viva. De nombre Obdulia, casi como una apología a los ídolos y las ídolas de barrio. Una biblioteca con el nombre de una vecina, ese es el Frater. Unas empanadas tremendas, la cerveza bien fría, dos amigos que no se ven hace años sólo porque uno no cruza tanto al club como el otro. Esa brecha entre ambos es el registro oral que los hermana. El Club Fraternidad es eso, un apellido que hermana pero que no aparece en la cédula. Una identidad callada. Una fidelidad de familia.

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“La calle Fajardo debería llamarse Carlos Guimaraes”, dice uno de los veteranos para inaugurar la mesa, y habla de Carlos Guimaraes como un benefactor del barrio. “Cualquier cosa que sucedía, ibas a lo de Carlos Guimaraes y tenía una solución”, sigue. Y recuerda cuando lo picó una abeja. “Camiseta azul con botones y puño rosado”, dice el otro, que así era la camiseta del Carlos Guimaraes, otro de los clubes del barrio que salía del Club Fraternidad en aquellos tiempos viejos que, según dichos populares, fueron los mejores. El Club Fraternidad está ubicado en la calle Fajardo, donde antes era la casa de Don Fermín. Según la oralidad, fue Carlos Guimaraes el que donó los terrenos contiguos para erigir el hermoso club que hoy se renueva. “Yo te digo, porque yo vivía enfrente”, sentencia. Y el otro concluye que a Don Fermín le compraron el terreno con la venta del Ratón Cardozo a Peñarol, dice que le dijeron, pero que al Ratón siempre lo recordaron chupando. Que jugaba en pedo pero jugaba mejor, destaca, y para terminar de perfilarlo se pregunta: “¿Viste esos personajes... de barrio?”. El Ratón terminó en Suecia y a la vuelta, tres años después, volvió al barrio con acento y se jactó de no entender el idioma con el acento agringado de un español escueto.

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Foto: Natalia Rovira

Entre que la cancha de la calle Tobas se la quedaron los milicos, y que un lío con la hinchada de Villa Española en General Flores y Propios marcó un hito, hay toda una construcción de la identidad, que ni es nueva, ni es vieja, sino que es un libro con paredes que concluyen en esta mesa. Walter, Roberto, Diego, Nadia, Fede, la perra Marta, esas perras adorables como la de la tapa de un disco de Alice in Chains.

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Foto: Natalia Rovira

Hace algunos días hubo elecciones en el Club Fraternidad. Una gurisada curtida en esos mismos pasillos donde hablamos se presentó como única lista. La misma gurisada que, desde hace un tiempo ya, viene agitando el edificio como una lata de gaseosa, buscando revivir los años mozos, e instalar a la vez nuevas formas de organización y militancia. En el barrio Fraternidad un club sonríe. Hay desde patín hasta targo y milorga, ritmos latinos y danza folclórica. Claro, sí, también hay fútbol; ese motorcito. Y un horizonte con los colores del cuadro.