Cobeligerantes de hecho, algunos estados de la Unión Europea concretan un viejo proyecto a la sombra de la guerra: anclar Ucrania a Occidente y volverla un laboratorio de la deslocalización de vecindad, el friendshoring. Son negocios “entre amigos externos” desiguales y pautados por el interés. En el camino, se recortan los derechos sociales.

“¡Mujer, vida, libertad!”, “Ya no nos dejaremos controlar”, “¡Muerte al dictador!”... Estas consignas que se escuchan en las calles de Teherán y en más de 80 ciudades del país resumen la determinación de las manifestantes, pero también de manifestantes decididos a confrontar el poder. Todo comenzó el 13 de setiembre. Los agentes de la policía de la moral (Gasht-e-Ershad) detienen a una mujer de 22 años de origen kurdo, Masha Amini, por un velo que consideran mal acomodado. Un reproche habitual del que son objeto miles de iraníes a diario. Amini muere tres días después en el hospital al que la transfirieron en coma y su funeral en su ciudad natal de Saghez, en el Kurdistán iraní, es seguido de una explosión de ira que se propaga por todo el país.1

En todas partes cede el muro del miedo y las mujeres toman considerables riesgos al desafiar al régimen en las calles. A pesar de los cortes de internet orquestados por el poder, las redes sociales transmiten las imágenes de mujeres quemando sus velos en un gesto que, extrañamente, recuerda las banderas estadounidenses quemadas por la multitud en el pasado en esas mismas calles.2 En Saghez, la familia de la víctima cuestiona la versión oficial del fallecimiento –una muerte debida a antecedentes médicos– y sospecha que las brutalidades de las que a menudo es culpable la policía de la moral son responsables del deceso de quien ya es considerada una “mártir”.

A pesar de la represión cada vez más dura, con fuerzas del orden que a veces disparan con balas verdaderas, el motivo de la protesta se amplió con rapidez. Al inicio, en esencia se trataba del cuestionamiento del poder otorgado a la policía de la moral y de la obligación de llevar el velo, en vigor desde 1983. Pero de forma muy rápida se atacaron los fundamentos mismos del régimen, como lo demuestra la consigna “¡La República Islámica, no la queremos! ¡No la queremos!”. Es cierto que Irán ya vivió en el pasado varias olas de protestas populares, pero ninguna presentó semejante magnitud, ni tanta audiencia en el seno de la población y en el exterior. En junio de 2009, el “movimiento verde” rechazaba la reelección del presidente Mahmud Ahmadinejad denunciando un fraude electoral.3 En ese entonces, la consigna “¿Dónde está mi voto?” había movilizado a las clases medias superiores, pero no había alcanzado a los medios rurales. A fines del año 2017, diferentes grupos sociales provenientes de los medios más desfavorecidos se habían movilizado de forma separada para protestar contra la disminución de las subvenciones y el aumento de la nafta y de varios productos alimentarios de primera necesidad. Finalmente, en 2019, las mismas motivaciones económicas movilizaron a las clases populares y a la pequeña burguesía, en particular en las pequeñas ciudades y en las periferias pobres de los grandes centros urbanos. En cada ocasión, una implacable represión en las calles y miles de arrestos frenaron estos movimientos.

Esta vez, el régimen debe enfrentar la expresión de un hartazgo generalizado y la importante participación de las mujeres y de la juventud del país. Cerca del 51 por ciento de los iraníes tienen menos de 30 años en una población (tres cuartos de ella urbana) de 86 millones de habitantes. Esta juventud está harta de vivir con restricciones en donde todo lo que puede parecer normal en otras partes –como el simple hecho de escuchar música con amigos en la calle– es fuente de complicaciones.4 “La dignidad humana está en el centro de este movimiento. Es como si la gente quisiera recuperar su juventud perdida y que expresara el deseo de una existencia normal y digna”, observa el sociólogo Assef Bayat. A esto se suma la extensión geográfica de las manifestaciones, que no se limitan a los centros urbanos, sino que alcanzan regiones alejadas de estos. Así, Kurdistán y Baluchistán, y en particular la ciudad de Zahedán, sufren los enfrentamientos más violentos.

Carestía y corrupción

La mala situación económica influye con fuerza en la ira de los iraníes abrumados por una inflación del orden del 40 por ciento. Una de las promesas electorales de Ebrahim Raisi fue la de mejorar la vida cotidiana de sus conciudadanos. Pero pocas cosas cambiaron desde su elección a la presidencia de la República Islámica en junio de 2021. El gobierno incluso adoptó un conjunto de medidas de austeridad con una disminución de algunas subvenciones sobre los productos alimentarios básicos argumentando sanciones infligidas a Irán para impedir que desarrolle su programa nuclear. “El poder adquisitivo de los iraníes se redujo fuertemente, tienen dificultades para comprar productos de primera necesidad, el consumo de carne, de huevos y de productos lácteos cayó en un 50 por ciento”, observaba, en mayo pasado, el diario económico Jahan-e-Sanat que precisaba que cerca del 45 por ciento de los iraníes viven bajo el umbral de la pobreza y que el 10 por ciento de entre ellos no tiene nada para comer.5

Además de las dificultades económicas que no cesan de agravarse, la población debe soportar una corrupción endémica a la que nada pareciera ponerle fin. A pesar de las promesas de las autoridades, la fessad (“corrupción”) y la reshveh (“las coimas”) rigen la vida cotidiana, pero también la de las empresas, en un país en el que más de dos tercios del producto interno bruto (PIB) depende de empresas y organismos públicos o semipúblicos. Así, a fines de agosto, la prensa oficial informaba acerca de un reporte parlamentario que denunciaba malversaciones por una suma de 3.000 millones de dólares en el seno de la dirección del mayor productor de acero de Irán, Foolad Mobarakeh. Las acciones del acerero en la Bolsa de Teherán se suspendieron en el acto, pero en las redes sociales los internautas no se hicieron ilusiones en cuanto a eventuales acciones judiciales respecto a este caso...

Otra característica del levantamiento reside en la ausencia de dirección política o de coordinación reconocida. Este carácter horizontal, propio de otros movimientos en el mundo, se explica en particular por la represión y la división de las fuerzas de oposición política en el interior del país, así como por el temor a represalias. También se hace eco de la falta de legibilidad respecto de las relaciones de fuerza que impregnan al poder iraní. Finalmente, la convocatoria del movimiento no hubiera sido la misma sin el rol activo de los medios de comunicación en persa financiados por países occidentales o monarquías del Golfo y que sirven de intermediarios para difundir los videos de las manifestaciones. En 2018, The Guardian afirmó que el canal de televisión Iran International, muy activo, sería financiado por Arabia Saudita.6 Una afirmación desmentida por Iran International.

A pesar de que la situación económica se degradaba, el régimen optó, algunos meses antes del levantamiento, por un endurecimiento social con un marcado regreso de la policía de la moral a las calles, el arresto de cineastas o de miembros de la minoría religiosa bahaí. En este contexto, la protesta no beneficia en absoluto al bando reformista, ya que los manifestantes se muestran unidos en su rechazo al sistema en su conjunto. “El clivaje que enfrentaba a reformistas y fundamentalistas, y que ocupaba la escena política desde los primeros años de la Revolución, culminó con el último mandato del presidente Hassan Rohani en 2021. En la actualidad, perdió por completo su efecto y el pueblo rechaza los dos bandos”, estima el sociólogo Yussef Abazari.7

Un rechazo tanto más fuerte cuanto que el régimen no parece estar en lo más mínimo dispuesto a realizar un cambio en el sentido de las reivindicaciones de la calle.8

La reacción del poder

Mientras se organizaban contramanifestaciones de apoyo al régimen en el país, el presidente Raisi, de regreso de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, el 23 de setiembre, llamaba a las fuerzas del orden a actuar “con firmeza contra aquellos que amenazan la seguridad y la paz del país y del pueblo”. Por su parte, Gholamhossein Mohseni Ejei, a la cabeza del Poder Judicial, subrayaba la importancia “de un trato intransigente ante los elementos principales y los organizadores de las revueltas”, el 25 de setiembre, durante una visita sorpresa al cuartel general de las fuerzas antidisturbios. Retomando su retórica habitual, el Guía de la Revolución, el ayatolá Ali Jamenei, declaraba por su parte que los “disturbios y la inseguridad son obra de Estados Unidos y del régimen sionista usurpador”; el tema del velo no sería, según él, más que un pretexto para desestabilizar al país. Y agregó que “muchas mujeres en Irán no llevan el velo perfectamente puesto y son fervientes partidarias de la República Islámica”. El Guía también rechaza satisfacer a la facción reformadora que pide la suspensión pura y simple de la obligación de llevar el hejab (“velo” en farsi).

De todas formas, el régimen tomó algunas medidas conciliadoras, en particular con la creación de “casas libres de diálogo” por parte del Consejo Superior de la Revolución Cultural. Incluso se llevó a cabo una reunión en una de ellas con la presencia de 90 profesores universitarios cuidadosamente seleccionados. Sin embargo, esta aparente disposición al diálogo no debe hacer olvidar que, a mediados de octubre, la represión llevó al arresto de más de 2.000 personas y a la muerte de al menos 200 manifestantes, entre los cuales había unos 20 menores. Un balance provisorio que no tuvo en cuenta a las víctimas de los enfrentamientos en el interior de la cárcel de Evin en Teherán. Una “Bastilla” en la que están detenidos delincuentes comunes, pero también prisioneros políticos y ciudadanos extranjeros acusados de espionaje, como la investigadora franco-iraní Fariba Adelkhah.

¿Hasta dónde puede llegar este movimiento? Muchas preguntas permanecen aún sin respuesta. Todavía no se sabe si los actores económicos seguirán los pasos de los manifestantes. Es cierto que los obreros de la planta petroquímica de Asaluyeh están en huelga, pero su movimiento aún no se ha propagado. Asimismo, los paros de los profesores siguen siendo minoritarios, mientras que los comerciantes del Bazar de Teherán –cuyo rol fue determinante para acelerar la caída del sha en 1979– tardan en expresar una franca solidaridad con los manifestantes. Por último, ¿cuál será la actitud de la base del régimen y aquella, determinante, de los Guardianes de la Revolución? En tiempos de parálisis de las negociaciones sobre la energía nuclear iraní y del marcado acercamiento de Teherán a Moscú –Irán se convirtió en miembro permanente de la Organización de Cooperación de Shanghái el 15 de setiembre– es muy probable que el ala extremista del régimen haga valer que la coyuntura no está para concesiones mayores. Signo de los tiempos, el ayatolá Jamenei apartó, el 20 de setiembre, a personalidades consideradas demasiado favorables a Occidente, entre ellas al expresidente Rohani, del Consejo de Discernimiento del Interés Supremo del Régimen.

Cualquiera sea el destino de este movimiento, sus conquistas ya demuestran ser importantes. La juventud iraní, y más aún las jóvenes, reivindican el cambio. Es posible que la policía de la moral sea desmantelada o, al menos, que pierda parte de su capacidad de daño. El uso del velo podría dejar de ser obligatorio, pero nada sugiere que se tomarán medidas a favor de una mayor apertura política.

Un siglo de lucha feminista

La lucha de las iraníes por la igualdad se ancla en la agitada historia del país. Desde 1905, durante las primeras movilizaciones para que el país se dote de una Constitución y de un Parlamento, asociaciones de mujeres se formaron secretamente, particularmente con el fin de crear escuelas para niñas. En 1910, Dânech (“Saber”) se convierte en la primera revista femenina iraní. Sin embargo, la monarquía obstaculizará esta emancipación y se opondrá asimismo a los avances democráticos. En 1932, la última organización femenina independiente es disuelta por Reza Shah, quien alterna medidas liberales y coerción. En 1936, prohíbe que se lleve el hejab en público y permite el ingreso de las mujeres a la universidad. Pero la represión golpea por igual a los hombres y a las mujeres que se oponen al poder monárquico. Entre 1940 y 1953, período en el que se produce la nacionalización del petróleo iraní, se forman asociaciones de mujeres para reivindicar derechos civiles y la igualdad con los hombres. Tras el golpe de Estado de 1953 fomentado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, solo las organizaciones cercanas al régimen tienen derecho a expresarse, y las autoridades vigilan de cerca las corrientes feministas. En los años 1970, muchas jóvenes mujeres, esencialmente estudiantes, se unen a la lucha armada contra el régimen del sha. Muchas de ellas son arrestadas, torturadas y ejecutadas. La Revolución Islámica de 1979 pone fin a las esperanzas de una igualdad entre los géneros. El 8 de marzo de ese año, Día Internacional de la Mujer, varias miles de iraníes se manifiestan contra el proyecto de ley que instaura la obligación de llevar el velo en público. El desinterés de las fuerzas políticas acerca de este tema y los arrestos masivos de militantes permitieron la entrada en vigor del texto en 1983. En el transcurso de las últimas décadas, el combate feminista nunca cesó. Prueba de ello fue el éxito masivo en 2009 de la campaña de firmas por la igualdad de derechos en el seno de la familia y la derogación del castigo de lapidación de las mujeres. En 2017, algunas iraníes se sacaron el velo y su movimiento es entonces llamado Chicas de la Calle Enghelab [‘revolución’]”. Esta acción ya reflejaba el fracaso de la ideología oficial para que las jóvenes generaciones acepten la legitimidad del uso del hejab.

M.K.

Mitra Keyvan, periodista. Traducción: Micaela Houston.


  1. “Un país propio”, varios autores. Dossier de portada de Le Monde diplomatique, edición Uruguay, octubre de 2022.  

  2. Florence Beaugé, “Nada detiene a las iraníes”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2016. 

  3. Ahmad Salamatian y Sara Danie, Iran, la révolution verte. La fin de l'islam politique?, Delavilla, París, 2010.  

  4. Thelma Katebi, “Être chanteur en Iran”, Le Monde diplomatique, París, agosto de 2020. 

  5. 12-522. 

  6. “Concern over UK-based Iranian TV channel’s links to Saudi Arabia”, The Guardian, Londres, 31-10-18. 

  7. Naghd Siasi, 26-9-22. 

  8. Shervin Ahmadi y Philippe Descamps, “Esperanzas y simulacros de cambio en Irán”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2016.