Al anunciar que ponía a sus fuerzas de disuasión en estado de alerta, el presidente ruso Vladimir Putin obligó a las Fuerzas Armadas de Occidente a actualizar sus doctrinas, en su mayoría heredadas de la Guerra Fría. La destrucción mutua asegurada ya no alcanza a excluir la hipótesis de ataques nucleares tácticos, pretendidamente limitados.

El tono de la réplica –seco, por no decir exasperado– no se le escapó a nadie. “¡No se engañen! Esta idea según la cual vamos a enviar [a Ucrania] equipos ofensivos, aviones, tanques... Digan lo que quieran cada uno de ustedes; eso se llamaría Tercera Guerra Mundial”1. El 11 de marzo de 2022, el presidente de Estados Unidos Joseph Biden cerró la puerta a una oposición convencional directa entre Washington y Moscú, al rebatir vigorosamente las sugerencias de legisladores y expertos a favor de una participación más directa de Estados Unidos en el conflicto. Al mismo tiempo, el mandatario estadounidense afirmó que asumirá una eventual escalada a los extremos si la ofensiva rusa se extendiera al territorio de uno de los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Se estableció, por tanto, una distinción entre un espacio santuario, el de la Alianza Atlántica, y un territorio ucraniano que entra en una categorización geoestratégica específica. Según Washington, esto requeriría una comprensión afinada de las relaciones de poder entre los actores enfrentados en el campo de batalla, un dominio de los grados de implicación operativa por parte de los partidarios declarados de Ucrania (en particular en lo que respecta a la naturaleza de las entregas de armamento a Kiev) y, sobre todo, la obligación de evaluar permanentemente los límites de la voluntad rusa. El objetivo final es encontrar una salida negociada que sea aceptable tanto para Rusia como para Ucrania.

Algunos explican esta prudencia estadounidense haciendo referencia a las palabras de Vladimir Putin del 24 de febrero de 2022: “No importa quién intente interponerse en nuestro camino o [...] crear amenazas para nuestro país y nuestro pueblo, deben saber que Rusia responderá inmediatamente y las consecuencias serán como jamás han visto en toda su historia". Acompañadas de un aumento del nivel de alerta de las fuerzas nucleares rusas ("un régimen especial de alerta de combate"), estas palabras entran en la categoría de chantaje. Y, por tanto, podrían llevar a juzgar la reacción del presidente de Estados Unidos como un retroceso. Ya el 27 de enero, en The New York Times, el editorialista neoconservador Bret Stephens, llamando a una restauración del concepto de “mundo libre”, advertía: “El éxito del agresor depende en última instancia de la rendición psicológica de su víctima”2.

En efecto, sería tentador plantear que no le corresponde al agresor determinar el nivel de agresividad “aceptable” por parte de quienes, con la ayuda de los aliados, intentan defender la intangibilidad de sus fronteras y su existencia nacional. Pero esta observación podría aplicarse perfectamente a otras crisis internacionales pasadas, por ejemplo, el caso de Kuwait invadido por Irak en 1990. El problema es que, treinta años después, el territorio atacado es el de Ucrania, de dimensiones incomparables. Y que el agresor, Rusia, tiene argumentos estratégicos de carácter diferente a los de Saddam Hussein.

Señales

Para entender lo que está en juego en las relaciones actuales entre la Casa Blanca y el Kremlin, así como el enojo de Joseph Biden con el maximalismo de algunos de sus compatriotas o aliados, quizás sea mejor remitirse a otra declaración, más antigua. En este caso del ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergueï Lavrov, que afirmó en 2018 que la doctrina nuclear rusa “limita claramente la posibilidad de utilizar armas nucleares a dos escenarios defensivos: en respuesta a una agresión contra Rusia o a sus aliados por medio de armas nucleares o de cualquier arma de destrucción masiva, o en respuesta a una agresión no nuclear, pero únicamente si la supervivencia de Rusia se ve amenazada”3. Las doctrinas nucleares quedan abiertas a la interpretación. Desde hace mucho tiempo existe un debate entre los estrategas especialistas en Rusia a propósito de la lectura correcta de este tipo de recordatorios doctrinales4. El 11 de marzo, en la revista bimestral Foreign Affairs, Olga Oliker, directora del programa de Europa y Asia Central de la organización no gubernamental International Crisis Group (ICG), consideraba que “la frase de Putin ‘un régimen especial de servicios de combate’, aunque no se haya usado anteriormente, no parece indicar un cambio serio en la postura nuclear de Rusia”5.

Pero, al menos en términos de percepción, lo que implica el segundo escenario mencionado en 2018 por Lavrov –“si la supervivencia de Rusia se ve amenazada”– no puede esquivarse en la crisis actual. La cuestión es si los líderes rusos consideran realmente el estatuto estratégico del Estado ucraniano, y por tanto su posible ingreso a la OTAN, como una cuestión vital. Si la respuesta es afirmativa, ello explicaría por qué, en contra de toda lógica formal, de toda razón política, ofreciendo al atlantismo de la OTAN un motivo para enfrentarse a él y dañando irremediablemente el estatus internacional de Moscú, estos líderes podrán haber considerado racional atacar unilateralmente a su país vecino. Y optar además por una “nuclearización” descarada de su diplomacia de crisis para excluir a cualquier otro Estado beligerante del enfrentamiento en curso.

¿Una maniobra cínica, que aprovecha las debilidades y vacilaciones occidentales, para maximizar la libertad de acción rusa? El ex primer ministro británico, Anthony Blair, se pregunta en su sitio de Internet: “¿Es razonable [...] decirle [a Putin] por adelantado que, haga lo que haga militarmente, descartaremos cualquier tipo de respuesta militar? Tal vez esa sea nuestra posición y tal vez sea la posición correcta, pero señalarlo continuamente, y eliminar la duda en su mente, es una táctica extraña”6. Sin embargo, si la dimensión de maniobra es evidente, ¿quién podría decir hoy con precisión –asumiendo la responsabilidad de los acontecimientos futuros– hasta qué punto este cinismo táctico ruso, que lograría sus objetivos en la forma de una santificación agresiva exitosa, se mezcla con un elemento de convicción estratégica, alimentado por frustraciones cristalizadas? ¿Hay que subestimar la explosividad de esta mezcla si el síndrome obsidional ruso fuera “probado” frontalmente por Occidente en Ucrania?

Entre los aspectos estructurantes del conflicto armado en Ucrania, el trasfondo atómico es el más llamativo.

Otros se han hecho estas preguntas mucho antes que Biden. Confrontado a la “línea dura” de su Estado Mayor en los primeros días de la crisis de los misiles en Cuba, en octubre de 1962, John F. Kennedy sintetizó el desafío decisional de ese momento crítico, no en términos puramente militares, sino esencialmente perceptivos. Al cuarto día de la crisis, la reunión del “ExComm” (Comité ejecutivo del Consejo de Seguridad Nacional) acababa de comenzar: “En primer lugar –señaló el joven presidente– permítanme aclarar, desde mi punto de vista [...] la naturaleza del problema [...]. Antes que nada, debemos preguntarnos por qué Rusia ha actuado de esta manera”. Los archivos desclasificados de este momento clave en la historia de las relaciones internacionales muestran que Kennedy evocó entonces la solución de un bloqueo, la importancia de dejar una vía de salida a Nikita Krushchev, la necesidad de evitar un ascenso a los extremos nucleares, preservando al mismo tiempo la credibilidad internacional estadounidense. El general Curtis LeMay, jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, contestó con descaro que “este bloqueo y esta acción política conducen a la guerra”. Antes de lanzar, lapidario: “Es casi tan negativo como el appeasement [la política británica de apaciguamiento respecto al Tercer Reich alemán] que precedió a Munich”. El intercambio fue tenso y agresivo. Kennedy, muy seco, agradeció a sus generales, unánimes en aconsejarle una acción militar inmediata. En los días siguientes hizo exactamente lo contrario. “No tenían razón –concluye el historiador Martin J. Sherwin en un trabajo reciente sobre los procesos de toma de decisiones comparados en una crisis nuclear–. Si el Presidente no hubiera insistido en esta noción de bloqueo, si hubiera aceptado las recomendaciones del Estado Mayor, que también siguió la mayoría de sus asesores del ExComm, habría precipitado involuntariamente una guerra nuclear”7.

La cuestión central es efectivamente el valor de las señales nucleares con las que Rusia “envuelve” la agresión convencional que premeditó y desencadenó. El presidente ucraniano Volodímir Zelensky duda de la verdadera determinación de su par ruso: “Creo que la amenaza de una guerra nuclear es un bluf. Una cosa es ser un asesino. Otra muy distinta es suicidarse. Todo uso de armas nucleares significa el fin para todas las partes, no solamente para quien las utiliza”8. En esta cuestión, y a riesgo de parecer pusilánime, Biden parece haber suspendido su juicio. Por el momento, retiene a sus aliados más ofensivos, como Polonia. Y prefiere apoyarse en la fuerza coercitiva de las devastadoras sanciones económicas decididas por algunos países contra Rusia, antes que en cualquier iniciativa que dé a Putin la oportunidad de optar por alguna forma de precipitación a la cima de la conflictividad. Comenzando por el uso de un arma nuclear táctica. De las que Rusia tendría unas dos mil.

¿Se equivoca el presidente de Estados Unidos? El 14 de marzo de 2022, en la cadena CBS, el ex jefe del Estado Mayor del Ejército canadiense, el general Hillier, afirmó que la OTAN debería crear una zona de exclusión aérea sobre Ucrania. En su opinión, la advertencia nuclear del presidente Putin debería considerarse como un bluf. Esta es también la opinión de John Feehery, que fue director de comunicación del ex líder de la mayoría republicana en la Cámara de los Representantes, Tom DeLay: “La debilidad de Biden en Ucrania –se queja– favoreció la invasión rusa [...]. Cuando Putin dejó entender que estaba dispuesto a utilizar armas nucleares para alcanzar sus objetivos, Biden declaró que no íbamos a utilizar las nuestras, lo cual me parece que anula el propósito de tenerlas. Si nos negamos a usarlas, ¿para qué las tenemos?”9. Niall Ferguson, historiador en Stanford, se hace eco de estas críticas: “Putin está fanfarroneando con las armas nucleares. No tendríamos que haber reculado”10. Y lamentó que “la cobertura mediática se haya vuelto tan sentimental e ignorante de las realidades militares”.

“Realidades”

Pero, ¿de qué “realidades militares” se habla exactamente? ¿Cuál es, en otros términos, la naturaleza del problema, como habría podido decir Kennedy? La posibilidad de que Rusia utilice primero las armas nucleares en el curso de un conflicto armado ya comenzado. Nina Tannenwald, autora de un libro sobre la noción de “tabú nuclear”, que desde hace tiempo se ha vuelto central en la teoría de las relaciones internacionales, considera que el riesgo es demasiado grande y apoya la espera estratégica que elige Washington por el momento: “A pesar de los diversos llamamientos a Estados Unidos en favor de la creación de una ‘zona de exclusión aérea’ sobre toda o parte de Ucrania, el gobierno de Biden ha sabido resistir sabiamente. En la práctica, esto significaría derribar aviones rusos”. Su conclusión es la misma que la del presidente estadounidense: “Esto podría conducir a la Tercera Guerra Mundial”11.

Entre los aspectos estructurantes del conflicto armado en Ucrania, el trasfondo atómico es de hecho el más llamativo. Es como si el vocabulario y los fundamentos de la estrategia nuclear, relegados durante mucho tiempo a la anticuada caja de herramientas de la Guerra Fría, se volvieran a aprender de repente a un ritmo acelerado. La tendencia es clara en los medios de comunicación y las sedes de poder occidentales, a medida que crece la conciencia de los vínculos potencialmente destructivos entre las dimensiones táctico-operativas y político-estratégicas de la tragedia en curso. A las declaraciones marciales de algunos expertos durante la fase inicial de la guerra les siguieron análisis más fríos. En muchos sentidos, ya era hora. Jarkov no es Kabul. Sobre todo, si se consideran las inquietantes evoluciones del debate nuclear contemporáneo.

Hasta hace relativamente poco, una cierta ortodoxia atómica, establecida desde el final de la Guerra Fría paralelamente a la reducción concertada de los arsenales estratégicos de las dos antiguas superpotencias, había llevado a confinar a una suerte de periferia doctrinal una parte muy concreta de los arsenales atómicos: las armas nucleares denominadas “tácticas” por su potencia y alcance. Sin embargo, desde 1945 hasta los años 60, estas armas habían desempeñado un rol fundamental en los planes de guerra estadounidenses, en particular en el continente europeo. Se trataba entonces de contrarrestar la superioridad convencional soviética con el efecto compensatorio de las armas nucleares, que debían actuar como medio de interdicción en el campo de batalla. Es lo que expresaba en 1954 la doctrina Dulles, que lleva el nombre del entonces secretario de Estado estadounidense: “Estados Unidos –declaraba– dispone de fuerzas navales y aéreas actualmente equipadas con nuevas y poderosas armas de precisión que pueden destruir completamente objetivos militares sin poner en peligro los centros civiles”12. Un año después, el presidente Dwight Eisenhower declaró que “no veía ninguna razón por la que no debieran utilizarse de la misma manera en que se usaría una bala o cualquier otra cosa”13.

Pero, a partir de los años 60, el advenimiento de la destrucción mutua asegurada (MAD) despojó progresivamente a las armas nucleares tácticas (TNW) de gran parte de su potencial de empleo, debido a los riesgos de escalada a los extremos que conllevaban. Muy progresivamente, la expresión “ataque nuclear limitado” pasó a ser considerada como un peligroso sofisma: cualesquiera sean los argumentos de ciertos especialistas convencidos de que es posible “ganar” una guerra nuclear “graduando” una respuesta atómica y controlando las escalas de la escalada (el más célebre es Herman Kahn, del Hudson Institute), un arma nuclear, aunque sea calificada de “táctica” según una categorización por demás arbitraria, sigue estando vinculada a un horizonte potencial de destrucción absoluta. Las obras de Thomas Schelling, en particular The Strategy of Conflict (1960), seguido de Strategy and Arms Control (1961) contribuyeron a esta toma de conciencia.

Desde este punto de vista, la doctrina francesa hará progresivamente del rechazo a la graduación nuclear una de sus características esenciales. Aunque mantiene la posibilidad de un tiro de advertencia “único y no renovable”, el presidente Emmanuel Macron precisó así en febrero de 2020 que Francia “siempre rechazó que las armas nucleares pudieran ser consideradas como un arma de combate”. Asimismo, afirmó que París “nunca entrará en una batalla nuclear ni en ningún tipo de respuesta graduada”14. Antes de la década de 2010, se podía prever que a una posición doctrinal de esta naturaleza, unida a una “estricta suficiencia” en términos de arsenal (menos de 300 ojivas en el caso de Francia), se sumarían otros poseedores de armas atómicas. Y podía afirmarse que, por fuera de ciertos casos particulares (como Pakistán), las armas nucleares tácticas “se habían desvanecido en el fondo de la planificación y las retóricas militar y política”15.

Diálogo subapocalíptico

Sin embargo, esta tendencia se invirtió hace unos diez años. En el mundo de los estudios estratégicos, asistimos a un retorno de lo que se conoce como “teorías de la victoria nuclear”. Las convicciones de sus representantes actuales se basan en reflexiones antiguas.

Por ejemplo, las de Henry Kissinger, entonces profesor en Harvard, que cuestionó en 1957, en Nuclear Weapons and Foreign Policy, la pertinencia de la disuasión estadounidense extendida a Europa, desde el momento en que una amenaza de destrucción total pesaba sobre el propio santuario estadounidense: “Al basarnos en la noción de guerra total como principal criterio de disuasión, estamos socavando nuestro sistema de alianzas de dos maneras: o bien nuestros aliados estiman que cualquier esfuerzo militar de su parte es inútil, o bien se convencen de que la paz, incluso capitulando, es mejor que la guerra [...]. A medida que se conoce mejor la capacidad de destrucción de las armas modernas, parece cada vez menos razonable suponer que Estados Unidos, y mucho menos el Reino Unido, estén dispuestos a suicidarse para negar una zona, cualquiera sea su importancia, a un enemigo”16. Una de las soluciones preconizadas era la de reintegrar las armas nucleares tácticas en la dialéctica disuasiva extendida a los territorios aliados, de manera de ofrecer a los responsables políticos estadounidenses opciones intermedias entre el Armagedón y una derrota sin guerra. La disuasión global se “restauró”, así, creando “barras de escalada” adicionales que debían materializar un diálogo disuasivo subapocalíptico, antes de que se rompiera la bóveda de los intereses vitales de uno u otro adversario importante y se produjera una escalada a los extremos. Muchos desarrollos doctrinales de los años 70 profundizarían en esta lógica de forma más radical, en particular los de Colin Gray en un artículo de 1979, de nuevo en boga y titulado explícitamente: “Estrategia nuclear: alegato por una teoría de la victoria”17.

En 2022, los nuevos teóricos de la victoria nuclear también rechazan la “parálisis” que induciría una visión demasiado rígida de la disuasión. Sus convicciones estratégicas encontraron una forma de semioficialización en el informe “Nuclear Posture Review” del gobierno de Donald Trump, publicado en 201818. ¿Cuál es la influencia de estas teorías en el lado ruso? ¿Ha optado el Kremlin por una confusión entre las capacidades disuasivas nucleares y convencionales, en el marco de un continuum de acción operativa? En cualquier caso, los autores que, a través de las armas de bajo o ultrabajo rendimiento (“low-yield or ultra-low yield weapons”), defienden el horizonte de un posible uso de armas nucleares en su forma “táctica”, insisten sobre todo en la necesidad de contrarrestar a los seguidores de las estrategias híbridas. Atraídos por la lógica del hecho consumado, los Estados-pirata apostarían, en efecto, cada vez más a “la aversión al riesgo mayor” de los Estados-potencia con armas nucleares, al menos cuando estos últimos se enfrentan a una crisis que no implica su propio santuario nacional.

Aquí se ve la relevancia actual de los desarrollos de Kissinger de 1957 sobre los defectos intrínsecos de cualquier disuasión nuclear ampliada. Ahora bien, el efecto de ganancia que siempre puede aprovechar un pirata estratégico sin armas atómicas sería doble para un agresor con disuasión nuclear. Un Estado-potencia que se comporta como un Estado-pirata, en definitiva. Esto es precisamente lo que demuestra hoy la maniobra rusa en Ucrania. A las vacilaciones ligadas a una respuesta occidental desproporcionada que podría conducir a una posible escalada nuclear, se añade la responsabilidad que asumiría ante la historia quien –agresor o agredido– rompiera el “tabú” del uso de armas nucleares militares por primera vez desde Hiroshima y Nagasaki. “Esta prudencia y estas concesiones pueden no aportar satisfacción emocional –admite Olga Oliker–. Ciertamente, las propuestas para que las fuerzas de la OTAN ayuden directamente a Ucrania tienen un atractivo visceral. Pero estas propuestas aumentarán considerablemente el riesgo de que la guerra se convierta en un conflicto más amplio, potencialmente nuclear. Por lo tanto, los líderes occidentales deberían rechazarlas sin más. No hay nada más peligroso”.

Asistimos a un retorno de lo que se conoce como “teorías de la victoria nuclear”.

Anunciada por varias crisis en la última década, la tercera era nuclear ha comenzado realmente en Ucrania. En 2018, el actual jefe de Estado Mayor de la Marina francesa, el almirante Pierre Vandier, definió este cambio de era estratégica, que se perfila de manera agónica tras la agresión rusa: “Varios indicios sugieren que estamos entrando en una nueva era, una ‘tercera era nuclear’ que sigue a la primera, fundada en la disuasión mutua entre los dos Grandes y, a la segunda, que albergaba la esperanza de una eliminación total y definitiva de las armas nucleares tras el fin de la Guerra Fría”19. Una tercera época donde se plantearán nuevos interrogantes sobre la solidez –y la pertinencia– de las “reglas lógicas [...] aprendidas en el dolor como durante la crisis de Cuba”20; donde se cuestionará la racionalidad de los nuevos actores en la aplicación de los medios nucleares que poseen. Se evaluará críticamente el valor del “tabú” nuclear, ya que algunos lo agitan ahora como un tótem. “Si nos negamos a utilizarlas, ¿para qué las tenemos?”: leer declaraciones de este tipo podría sugerir que el famoso comentario desilusionado de Albert Einstein en 1964 sigue siendo pertinente. “El poder desatado del átomo lo cambió todo, excepto nuestra forma de pensar”. Pero incluso entonces, Einstein ya estaba equivocado. Pronto se escribieron cantidades gigantescas de contribuciones implacables para iluminar los equilibrios y desequilibrios del diálogo disuasivo. Es cierto que la utilidad actual de esta literatura teórica e histórica es más que variable y que a veces desemboca en conclusiones que equivalen al delirio lógico. Sin embargo, de esta masa desigual siguen surgiendo análisis que arrojan luz sobre una comprensión crítica de la crisis nuclear ucraniana21.

Uno de estos trabajos, en particular, se refiere a los desafíos de volver a las teorías de la victoria nuclear en las condiciones de la Tercera Era Atómica. Fallecido el 9 de diciembre de 2021, Robert Jervis, profesor en Columbia, pionero de la psicología política aplicada a las relaciones internacionales, se propuso demostrar que es posible salir del dilema de seguridad que hace que cada actor considere sus propias acciones como defensivas y las de su competidor como “naturalmente” ofensivas. Romper la espiral de inseguridad que resulta de esta distorsión implica, según él, desarrollar el intercambio de señales que permitan diferenciar los medios ofensivos de los medios defensivos en los arsenales de los adversarios. Su aplicación de la teoría de las perspectivas a los intercambios nucleares podría ofrecer posibilidades fructíferas para interpretar el comportamiento ruso, sugiriendo, por ejemplo, que las tácticas agresivas suelen estar más motivadas por la aversión a la pérdida que por la esperanza de obtener ganancias.

En una crisis de carácter nuclear, todas las estrategias son “subóptimas”. Sin embargo, existe una opción que es peor que todas las demás: afirmar que el líder contrario está loco y tratar el enfrentamiento con él como un “juego de la gallina” donde el primero que ceda perderá. Ello conduce a la destrucción mutua o a la derrota sin guerra. En las últimas semanas, algunos parecen aceptar que esta combinación de lo peor puede merecer el nombre de “estrategia”.

Olivier Zajec, profesor emérito, titular de Ciencias Políticas en la Facultad de Derecho de la Universidad Jean Moulin Lyon-III. Traducción: Emilia Fernández Tasende.


  1. Steven Nelson, “That’s called World War III: Biden defends decision not to send jets to Ukraine”, The New York Post, 11-3-22. 

  2. Bret Stephens, “Bring back the free world”, The New York Times International Edition, 27-1-22. 

  3. Jon Queally, “‘Bringing human kind closer to annihilation: world leaders denounce Trump’s new nuclear posture”, Common Dreams, 4-2-18, www.commondreams.org 

  4. Kristin Ven Bruusgaard, “The myth of Russia’s lowered nuclear threshold”, War on the Rocks, 22-9-17, https://warontherocks.com 

  5. Olga Oliker, “Putin’s nuclear bluff. How the West can make sure Russia’s threats stay hollow”, Foreign Affairs, Nueva York, 11-3-22. 

  6. Nadeem Badshah, “Tony Blair: West has fortnight to help end war in Ukraine”, The Guardian, Londres, 15-3-22. 

  7. Martin J. Sherwin, Gambling with Armaggedon: Nuclear Roulette from Hiroshima to the Cuban Missile Crisis, Knopf Doubleday, Nueva York, 2020. 

  8. Caroline Vakil, “Zelensky calls Putin nuclear threat a ‘bluff’”, The Hill, 9-3-22, https://thehill.com 

  9. John Feehery, “Biden’s weakness on Ukraine invited Russian invasion”, The Hill, 8-3-22. 

  10. Niall Ferguson: “Poutine bluffe sur le nucléaire, nous n’aurions pas dû reculer”, L’Express, París, 12-3-22. 

  11. Nina Tannenwald, “‘Limited’ tactical nuclear weapons would be catastrophic”, Scientific American, Nueva York, 10-3-22. 

  12. Boletín del Departamento de Estado, Washington,DC, 21-3-55. 

  13. Andrew Glan, “Eisenhower defends use of nuclear weapons, March 16 1955”, Politico, Washington, DC, 16-3-19. 

  14. Discours du président Emmanuel Macron sur la stratégie de défense et de dissuasion devant les stagiaires de la 27 e promotion de l’École de guerre”, sitio del Elíseo, 7-2-20, www.elysee.fr 

  15. Hans M. Kristensen y Matt Korda, “Tactical nuclear weapons 2019”, Bulletin of the Atomic Scientists, Vol.75, Nº5, Chicago,2019. 

  16. Citado en Lucien Poirier, Des stratégies nucléaires, Hachette, París, 1977. 

  17. Olga Oliker, “Putin’s Nuclear Bluff”, _op. cit._ 

  18. Véase Michael Klare, “La nueva era nuclear”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, marzo de 2018. 

  19. Pierre Vandier, La Dissuasion au troisième âge nucléaire, Le Rocher, París, 2018. 

  20. Ibid

  21. Robert Jervis, The Logic of Images in International Relations, Nueva York, Columbia University Press, Nueva York, 1969, y, más recientemente, How Statesmen Think, Princeton, University Press, 2017.