La gratuidad como derecho supo ser el orgullo de la enseñanza superior soviética. Los 90 trajeron la “monetización”. Hoy, las universidades rusas son un privilegio de quienes pueden pagar, al menos, los profesores particulares para los duros exámenes de ingreso. A la vez, los sindicatos estudiantiles dejaron de ser un espacio para reivindicar la equidad.

A comienzos de otoño las temperaturas son frescas –cercanas a 0º en Ekaterimburgo–, pero el sol radiante sublima los colores dorados del otoño. Todavía flota una atmósfera de inicio de actividades en la capital del Ural, 1.500 kilómetros al este de Moscú. El edificio principal de la Universidad Federal (URFU), con su fachada imponente hecha de columnas en hilera, reina sobre la Calle de la Paz. Justo detrás, concentradas en un perímetro restringido, las residencias universitarias dan vida al barrio.

En el número 70 de la calle Komsomolskaia, un joven de unos 20 años acaba de ser electo responsable de la residencia Nº 8 por la Unión de Estudiantes de la URFU. “Estoy muy contento con esta responsabilidad”, declara, listo para que se le confíe la gestión de una brigada de 26 voluntarios. ¿Y para qué misión? Facilitar la vida de 1.200 estudiantes que se alojan en ese inmueble que brotó del suelo hace cinco años. Aquí, los departamentos incluyen dos habitaciones, cada una de ellas con tres camas, y tienen cocina y sanitarios comunes. El alquiler trepa a 1.000 rublos por mes (16 dólares).1 Cada piso dispone también de salas de descanso y de trabajo, así como de un lavadero. Las paredes y suelos son claros y el mobiliario, funcional: la decoración es minimalista, pero las infraestructuras son pulcras. En Rusia, uno de cada diez estudiantes vive en residencias universitarias, una tasa comparable a la de Francia (12 por ciento).2

En la Unión de Estudiantes –único sindicato de la URFU– no se arregla el mundo, sino que se busca animar la vida del campus al modo de las oficinas estudiantiles en las escuelas de comercio de Francia. Unos 30 estudiantes asalariados, más los 600 voluntarios permanentes del sindicato, organizan el esparcimiento y la vida nocturna: talleres, veladas de teatro, conferencias, deportes y encuentros anuales, como la fiesta de inicio del año o el día de entrega de diplomas: “más de 600 eventos” anuales, se entusiasma el presidente del sindicato, Oïbek Partov, en las oficinas que la administración puso a su disposición.

Ekaterimburgo cuenta con unos 50 institutos universitarios y cerca de 90.000 estudiantes. Más de un tercio de ellos (36.000) –entre los cuales hay 4.300 estudiantes internacionales de todos los continentes– están inscritos en la Universidad Federal del Ural, que atrae cada vez más candidatos. En 2021, la URFU tuvo el número más alto de nuevas admisiones de todo el país.3 Esta universidad de gran formato nació de la fusión, en 2010, de dos establecimientos famosos y complementarios: la Universidad Politécnica del Ural (UGTU-UPI) y la Universidad Estatal del Ural (URGU), dos instituciones fundadas por el poder bolchevique en 1920. Apenas de pie, y en plena guerra civil, el Estado soviético decretó de inmediato la educación gratuita y obligatoria. Desde 1918 financió la creación de decenas de establecimientos superiores, política que incluyó a Ekaterimburgo, pronto rebautizada Sverdlovsk. La antigua capital minera del Imperio zarista tenía vocación de convertirse en un centro industrial y científico importante. “Se necesitaba un gran número de ingenieros –relata el vicerrector a cargo de las relaciones internacionales de la URFU , Serguéi Kurochkin–. En el momento de su construcción, la Universidad Politécnica del Ural era uno de los mayores campus del mundo”.

En los años 1930, la industrialización forzada incrementó aún más las necesidades de personal calificado. En una década, el número de establecimientos de enseñanza superior se multiplicó por cinco, pasando de 90 en 1927 a 481 en 1940.4 Sin embargo, su calidad no era homogénea, según Boris Saltykov, exministro de Educación e Investigación: “Había una diferenciación muy clara entre los establecimientos de excelencia y los establecimientos masivos”.5

Como una particularidad del sistema soviético, la enseñanza superior y la investigación básica fueron separadas: el campo de la investigación fue asignado a institutos especializados de la Academia de las Ciencias. Se llevaron adelante diversas experiencias de discriminación positiva en favor de las clases populares. Las facultades del Trabajo (rabfak) recibieron a jóvenes provenientes del medio rural y obrero para prepararlos para entrar en la universidad...6 Los hijos de la burguesía fueron dejados al margen o debían pagar costos de inscripción prohibitivos. El principio de gratuidad para todos se aplicó sólo a partir de 1936 y prácticamente fue revocado en 1940. La guerra asomaba: había que incitar a la juventud, entonces, a que fuera hacia las fábricas. Restablecida en 1956, la gratuidad de los estudios superiores constituyó uno de los principales logros sociales de la Unión Soviética (URSS).

Los años 90

Tras su disolución en 1991, el Estado soviético, luego ruso, roza la quiebra. Los gastos públicos por estudiante caen un 70 por ciento durante los años 1990. Las universidades ya no tienen medios, en ese momento, para pagar a sus profesores, ni siquiera para pagar las cuentas habituales de servicios como la electricidad o la calefacción. La mayor parte de los establecimientos intenta encontrar otros recursos: alquiler de sus edificios, ventas de asesorías, organización de cursos preparatorios pagos para los concursos de ingreso... “En la universidad, todo servicio se monetizaba: ausencias, sesiones de reincorporación, fechas de exámenes, etcétera”, escribe Tatina Kastouéva-Jean, investigadora del IFRI.7 A veces se recomienda seguir los cursos particulares de un profesor con la esperanza de llevarse una buena nota en su examen. Pero incluso se puede comprar en el mercado negro un diploma falso o una tesis de doctorado “llave en mano”.

Al mismo tiempo, el país vive un gran momento de libertad en el que todo está por hacerse. En Ekaterimburgo, y mientras la ciudad todavía está cerrada a los extranjeros, el profesor Valery Mijailenko crea el primer departamento de Relaciones Internacionales de Rusia dentro de la Facultad de Historia de la Universidad Estatal del Ural, a inicios de los 90. Historiadora, responsable de investigaciones en el CNRS, Irina Tcherneva comenzó sus estudios en ese mismo departamento en 1999. “Nuestra profesora de Historia nos dijo: ‘Es un período de convulsiones, no tengo ganas de seguir el programa’. Y nos hacía mirar películas documentales, encontraba otras fuentes además de los manuales [editados en el período soviético]. Trabajamos sobre la represión estalinista”. Bajo el impulso de la perestroika, los grupos de rock alternativos y los elencos teatrales hacían sus espectáculos en los sótanos de inmuebles preparados para tal fin. “Las piezas que hablaban de política funcionaban más allá de una cierta crítica a los políticos. Los autores eran subversivos y querían sacudir a la sociedad, y eran muy exitosos entre los estudiantes”, testimonia Tcherneva.

A mediados de los años 1990, los sindicatos de estudiantes, que brotaban profusamente, relajan las consignas políticas en beneficio de los eslóganes sociales. La crisis económica golpea por entonces con todas sus fuerzas a una juventud que exige a la vez más libertades y los medios para estudiar. Como abogado especializado en derechos humanos y periodismo de investigación, Stanislav Marlekov –que será asesinado en 2009– participa en el movimiento de creación de “Defensa estudiantil”, uno de los sindicatos más activos de la época. “Es un movimiento que venía desde abajo –relataba Marlekov en una entrevista que concedió al sociólogo Alexandre Bikbov en 2006–, con reivindicaciones que concernían directamente a los estudiantes”. El movimiento federa entre 10.000 y 15.000 personas, en la capital, pero también en varias ciudades del país (San Petersburgo, Tula, Novossibirsk, Rostov...). Después de varias manifestaciones masivas organizadas en Moscú en 1994 y 1995, muchas de sus demandas fueron satisfechas, como la libre circulación de los estudiantes en las residencias universitarias, o el pago de los alquileres con retraso.

Un presente apaciguado

Treinta años más tarde, y bastante antes de la guerra en Ucrania, la protesta se diluyó. Se supone que los sindicatos “oficiales”, que existen en todas las grandes universidades, defienden los derechos de los estudiantes: un conflicto con algún profesor, un problema administrativo, un incidente en la residencia, el sostén material a los estudiantes necesitados, ayuda jurídica. Pero la colaboración estrecha con la administración menoscaba su combatividad. “Los dirigentes [de las organizaciones estudiantiles] cobran un salario de la universidad; están permanentemente envueltos en conflictos de intereses –se indigna Dmitry Trynov, uno de los fundadores del sindicato de trabajadores de la enseñanza superior Solidaridad Universitaria–. Acallan el descontento e incluso intentan hacer presión sobre ciertos grupos de oposición; por ejemplo, cuando algunos estudiantes que no habían obtenido lugar en los dormitorios se unieron y montaron un campamento de protesta cerca de la universidad”.

Respaldado por sus 17.000 miembros (sobre los 36.000 estudiantes con los que cuenta la universidad), el sindicato de la URFU implementó un sistema de recompensas para incentivar las adhesiones (500 rublos por mes, o sea, ocho dólares) y estimular el involucramiento de los estudiantes. Asistir u organizar una actividad propuesta por el sindicato da a los estudiantes créditos en puntos. Cuando un simple participante gana cinco puntos, un organizador recibe diez o 15. Cada mes se publica la lista de estudiantes más activos. Los premios van desde regalos publicitarios menores (remeras con los colores de la universidad, cantimploras térmicas) a ventajas materiales, como un lugar en una residencia más confortable. Los tres mejores puntajes obtienen una beca anual de 5.000 rublos por mes (aproximadamente 60 dólares). “Al principio, partimos de un cuadro de Excel, pero después la dirección de la universidad solicitó el desarrollo de una aplicación especial que nosotros gestionamos”, relata Partov, haciendo desfilar en su teléfono el ranking de estudiantes, cuyo puntaje se actualiza en tiempo real.

En el cuerpo de profesores, el restablecimiento de las finanzas también se tradujo en un mayor control jerárquico. A decir verdad, los profesores jamás se beneficiaron de un verdadero estatuto funcionarial. En la URSS su contrato era revocable cada cinco años, incluso si la estabilidad laboral se volvió la norma a partir de los años 1950. Aún hoy, las universidades son libres de seleccionar y proponer a los profesores contratos de duración determinada, mientras que el Estado les garantiza solamente su salario de base. Esto alienta las primas por objetivos, e incluso el despido de los profesores con menor rendimiento. Miles profesores dejaron sus puestos en 2014-2015.8

La organización de los cursos se parece a la que existe en Francia, a saber: clases magistrales que pueden reunir a un gran número de estudiantes, y trabajos orientados, en grupos más pequeños de 15 a 30 alumnos. Hay una diferencia notable: con frecuencia es el mismo profesor quien brinda los dos tipos de modalidades, al contrario que en el sistema francés, donde los trabajos orientados están a cargo de profesores jóvenes, doctorandos o inclusoprofesionales externos. Más del 40 por ciento de los estudiantes en Rusia eligen seguir su escolaridad a distancia o a tiempo parcial, con cursos durante la tarde-noche o los fines de semana.

Ritmo poscovid

Luego de dos años de pandemia, las universidades retomaron un funcionamiento presencial en la mayor parte de las regiones desde inicios de 2022. Pese a la apariencia de normalidad, la guerra en Ucrania lanzada el 24 de febrero hizo tambalear el mundo universitario y creó profundas fracturas entre quienes apoyan “la operación militar especial” y quienes expresaron su oposición.

En Ekaterimburgo, desde inicios de la guerra, estudiantes, profesores y empleados de la Universidad Federal del Ural llamaron a “detener esta catástrofe” en una petición que reunía más de 1.100 firmas. “Cada bala y cada obús es un tiro contra la ciencia rusa, que destruye de manera significativa la calidad de la enseñanza superior”, escribieron en una carta abierta.

Como reacción, el Consejo Académico de la URFU afirmó de inmediato su apoyo “a la política del presidente [...] que apunta a garantizar la seguridad del país”. Una reacción previsible, dado que la mayor parte de las direcciones de las universidades es nombrada por el poder federal. Los estudiantes se dicen preocupados por la situación y las perspectivas a futuro. Aunque seguir estudios superiores permita postergar el servicio militar obligatorio, muchos se preocupan también por sus amigos, dado que la prensa reveló varios casos de conscriptos enviados al frente en Ucrania, contrariamente al compromiso reiterado por el presidente Vladimir Putin.

La crisis económica que se instala en Rusia tras la adopción de sanciones occidentales drásticas puede fragilizar aún más la condición estudiantil. Tanto más cuanto que el liberalismo político de los años 1990 alumbró una universidad a dos velocidades. Por un lado, una parte de los estudiantes está exenta de los gastos de inscripción –se habla entonces de “vacantes de presupuesto reducido” que se entregan solamente según criterios meritocráticos (en función de los resultados de los exámenes de fin del secundario)–. Por otra parte, aumenta la cantidad de vacantes pagas. En 2020 esta modalidad abarcaba a un tercio del alumnado, para quienes los gastos de inscripción aumentaron más de dos veces a lo largo de diez años.9 El costo promedio de un semestre se elevaba a 155.200 rublos en 2021 (1.825 dólares), el equivalente a 4,3 veces el sueldo medio mensual por persona. Ahora bien, las becas según criterios sociales no conciernen sino a un puñado de estudiantes (huérfanos, inválidos, padres jóvenes...).

El derecho de estudiar en forma gratuita, orgullo del sistema soviético, pertenece al pasado. En cambio, su carácter muy competitivo permanece. En la URSS, cada universidad o instituto tenía su propio concurso de entrada, cuya exigencia variaba según el prestigio del establecimiento. Las jerarquías, por otra parte, no cambiaron en absoluto: entre los establecimientos más codiciados, sólo la “Vychka” (Alta Escuela de Economía, o HSE) fue fundada después de 1991. El “MGIMO” (Asuntos Internacionales), el “MGU” (Estudios Generales), la “Escuela Bauman” (Estudios Técnicos) siguen estando en el podio. La instauración de un examen estatal unificado de fin de estudios secundarios (EGE), el equivalente al baccalauréat francés, hizo más dura la competencia. Desde 2009, los estudiantes secundarios son clasificados según la escala nacional: su nota (sobre 100) determina un rango que condiciona sus oportunidades de acceso a las universidades. En 2021, por ejemplo, había que obtener un mínimo de 42 puntos para ganar una vacante gratuita en la URFU (y 33 para ganar una vacante paga), contra 74,8 para poder subir los escalones de la ilustre Universidad Estatal de Moscú (contra 26,8 por un pase pago).10

Presión y competencia

Cuando se instauró en 2009, el objetivo del EGE era hacer el acceso a la universidad más justo y transparente. Pero los rectores de las universidades prestigiosas, que temían perder la libertad en la selección de los estudiantes, obtuvieron el derecho a organizar “olimpíadas”; dicho de otra manera, concursos de ingreso específicos. Un medio más adaptado, según ellos, para descubrir los mejores elementos y testear sus competencias en ciertos campos especializados, contrariamente a lo que hace el EGE, “apenas bueno para hacer un control de los conocimientos de la masa”.11 Desde ese momento, hay millones de estudiantes secundarios que participan cada año en las olimpíadas fuertemente incitados por sus profesores, ellos mismos evaluados en función del número de alumnos que gane alguno de esos concursos.

Para los estudiantes, el desafío es mayúsculo: los laureados (primer lugar) obtienen una admisión gratuita a la universidad sin examen de ingreso. Los condecorados (segundo y tercer rango), una beca del Estado o puntos suplementarios sobre la nota de EGE. El sistema acentúa, sin embargo, la competencia y la presión sobre los alumnos de secundaria y sus padres. Resultado: las familias se funden pagando cursos particulares domiciliarios, que son la condena de la mayoría de los niños rusos: “Más de la mitad de mi salario se va en las actividades extraescolares de mis hijos”, dice en Ekaterimburgo una madre de tres hijos desolada, que fue estudiante de la URFU, y para quien la educación secundaria, que se supone gratuita, no lo es realmente.

A esta competencia escolar se suma una presión financiera sobre los estudiantes rusos. La insuficiencia del número de vacantes en las residencias universitarias los obliga a encontrar otros tipos de alojamiento, con frecuencia más caros. Según un estudio del Alto Colegio de Economía,12 entre 2006 y 2015 más de la mitad de los estudiantes trabajaban para subvencionar sus necesidades básicas. A partir del máster, todos los cursos tienen lugar por la tarde, de las 17.00 a las 21.00, para dejar el día libre. Ivan Birnokov, estudiante del Instituto de Cultura Física, trabaja en un lavadero de automóviles. Pese a la obtención de una vacante de presupuesto reducido gracias a sus excelentes resultados, ya tuvo que hacer infinidad de changas, como trabajar de mozo o de barman. “La educación cuesta muy cara –comenta–. Si estudiás en un campo técnico como las matemáticas o la informática, hay muchas vacantes de presupuesto reducido. Si no, es mucho más duro todavía”.

Con su cabello castaño de corte carré, Maria Demeneva estudia en cuarto año en la Facultad de Periodismo de la URFU. Vive en Ekaterimburgo, su ciudad natal, con sus padres. Incluso si lo hubiera querido, jamás habría podido estudiar en otra ciudad de Rusia: era demasiado caro. Durante el primer año de estudios tuvo que pagar cerca de 10.000 rublos (1.176 dólares) como gastos de inscripción. Una suma significativa para sus padres poco adinerados. A partir de la mitad del segundo año, pudo obtener una vacante de presupuesto reducido. “Fue un enorme alivio”, confía la estudiante, que trabaja para un periódico universitario en paralelo a sus estudios.

El sistema de educación superior en Rusia generó así enormes desigualdades. En ausencia de una política social, el sistema recompensa a los más dotados: los estudios gratuitos son para los mejores alumnos, que en general provienen de familias que pueden financiar profesores particulares o clases preparatorias para el EGE o para las olimpíadas. Moldeada en la cultura meritocrática, la sociedad rusa no percibe necesariamente la injusticia de semejante sistema. “En la época soviética, los estudios superiores eran gratuitos para todo el mundo, no había becas según criterios sociales –analiza Alexander Bikbov–. Hoy tampoco. Así, el sistema no se percibe como desigualitario, sino como la fuente de un malestar difuso”.

Las ciencias sociales, blanco de los censores

Famosa por la calidad de su enseñanza en ciertas ciencias duras (física, matemáticas... dejando de lado las ciencias de la vida), Rusia descuidó las ciencias sociales, parientes pobres en los estudios superiores. Bajo la presión de los rankings internacionales, comenta el sociólogo Alexander Bikbov, “los programas ahora se parecen mucho a lo que se enseña afuera, en Europa. Los jóvenes docentes rusos leen las publicaciones internacionales e intentan introducir los métodos, las teorías, los campos de investigación que se discuten en Europa y Estados Unidos”. Con la siguiente salvedad: desde la adopción de una ley “contra la propaganda de la homosexualidad entre los menores” en 2013, las universidades tomaron distancia de las problemáticas LGBT y de género que van viento en popa en las investigaciones occidentales. “Hasta hace todavía algunos años –se lamenta este universitario muy bien inserto en la investigación francesa–, los proyectos irrealizables en el espacio académico llegaban a abrirse un lugar, de todos modos, en los museos de arte contemporáneos como el Garage en Moscú, en las librerías o incluso en las bibliotecas municipales. Esto se vuelve cada vez más difícil”.

Más que la lejanía geográfica de la capital, lo que condiciona la calidad de la enseñanza son los recursos económicos y políticos de contratación. Los establecimientos más prestigiosos, con frecuencia moscovitas, atraen a los mejores profesores ofreciéndoles contratos a medida. La Alta Escuela de Economía –“sin embargo una fogosa promotora de la competencia entre profesores”, señala la politóloga francesa Carole Sigman, especialista en Rusia– ofrecía desde 2015 a un cuarto de sus profesores “un salario más elevado, una prima permanente y la promesa no formal de renovar su contrato indefinidamente si el profesor así lo deseaba” (1). En otros lugares, la creciente presión para publicar merma la calidad de los cursos. “Fuera de Moscú –se lamenta Bikbov– hay muchos menos profesores jóvenes y las bibliotecas son mucho menos ricas porque los establecimientos tienen menos medios para pagar suscripciones a grupos de revistas y otros recursos en línea”. De todos modos, existen centros muy competentes en algunas regiones, por ejemplo, Perm, Vladivostok o Ekaterimburgo.

Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, la atmósfera de caza de los traidores empuja a ciertos docentes a dejar el país. La tentación del exilio interpela sobre todo a los que están mejor insertos en las redes internacionales. Así, la toma de posición “proguerra” del nuevo rector de la Alta Escuela de Economía provocó la salida de al menos cuatro profesores de renombre, que se suma a la no renovación de algunos contratos en estos últimos meses. En 2020, varios departamentos de Ciencias Sociales habían sido ya drásticamente “reorganizados” (Estudios Culturales y Filosofía). El de Derecho Constitucional cerró, después de que algunos de sus miembros hubieran criticado la reforma que permitía al presidente ruso, Vladimir Putin, encarar su presentación nuevamente a dos mandatos sucesivos –es decir, ejercer el poder in fine hasta 2036–.

La Escuela de Ciencias Sociales de Moscú (Chaninka) y la del Instituto de Ciencias Sociales de la Academia Rusa de Economía Nacional (Ranepa) quedaron también en la mira. La oficina del procurador de Moscú estimó, en marzo, que el contenido del plan de estudios Liberal Arts (que incluía programas de historia, de política, de periodismo) “apunta a destruir los valores tradicionales de la sociedad rusa y a deformar la historia”, y “no crea las condiciones de autodeterminación y socialización de los alumnos sobre la base de valores socioculturales, espirituales y morales”. Como reacción, el Instituto de Ciencias Sociales de Ranepa “rusificó” el título del plan de estudios (lo renombró “licenciatura multidisciplinar”) y prevé cambios en los contenidos. Por otra parte, según el diario en línea Mediazona, de ahora en más les estaría prohibido a los profesores del establecimiento expresarse de forma pública, y varios habrían sido amenazados con ser despedidos por declaraciones pasadas (2). El rector de Chaninka, Serguéi Zuiev, que dirige también el Instituto de Ciencias Sociales de Ranepa, está en prisión preventiva desde noviembre de 2021. Acusado de estafa, niega los hechos.

El Ministerio de las Ciencias y de la Enseñanza Superior tiene la intención de introducir, en la universidad, un curso de historia rusa que sea obligatorio para todos los estudiantes cualquiera sea su especialización, y de revisar el contenido de los manuales. “El espíritu [de los manuales] debe estar de acuerdo con la tarea más importante: inculcar a los jóvenes el orgullo de nuestra historia, su compromiso con una cultura más que milenaria, la conciencia de la herencia de los actos y realizaciones de sus ancestros”, declaró el ministro Valery Falkov. También anunció que Rusia abandonaría el modelo europeo de cursos universitarios tipo licenciatura-máster-doctorado y desarrollaría su propio modelo de enseñanza superior. Rusia se había unido al proceso de Bolonia en 2003. Mientras que la mayor parte de las universidades occidentales suspendieron sus convenios de cooperación con los establecimientos rusos, el ministro pone al mal tiempo buena cara: “En el pasado, nuestra ciencia, por un cierto número de razones, estaba excesivamente centrada en Occidente”, declaró al diario Kommersant, al mismo tiempo que convocaba a que se atrajeran investigadores de Asia, África y América del Sur (3).

Traducción: Pablo Rodríguez.

(1): Carole Sigman, “Retour de l’État’ et formes de domination en Russie. Le cas de l’enseignement supérieur”, Revue française de science politique, Vol. 66, n° 6, 2016.

(2): “El programa de artes liberales Ranepa se rebautizó ‘licenciatura multidisciplinar’”, Mediazona, 6-4-2022.

(3): Kommersant, 2-6-22.

Estelle Levresse, periodista, enviada especial. Traducción: Pablo Rodríguez.


  1. Según la tasa de cambio del rublo del 8-7-2022. 

  2. “Repères 2020”, Observatoire National de la Vie Étudiante, 2021, www.ove-national.education.fr 

  3. “Calidad de la admisión en las universidades rusas: 2021”, Alta Escuela de Economía, Moscú, www.hse.ru 

  4. “Los establecimientos públicos superiores”, estadísticas de la enseñanza de Rusia, 2008, www.stat.edu.ru 

  5. Boris Saltykov, “Enseignement supérieur en Russie: comment dépasser l’héritage soviétique?”, Notas del IFRI, París, abril de 2008. 

  6. Véase Nicolas Fornet, “Masiva campaña de alfabetización. Un proyecto emancipador”, en El Atlas de la Revolución Rusa. Historia crítica de la gesta que cambió el mundo, Le Monde diplomatique-Capital intelectual, Buenos Aires, 2017. 

  7. Tatiana Kastouéva-Jean, Enseignement supérieur en Russie: comment redonner de l’ambition à un secteur en détresse?, IFRI, 2013. 

  8. Carole Sigman, “Contourner la compétition par la compétition: les universités russes et les olympiades”, Revue française de sociologie, Vol. 62, N° 1, París, 2021. 

  9. “Calidad de la admisión...”, _op. cit._ 

  10. Según el sitio web de referencia para las ofertas de formación en la enseñanza superior Vuzopedia, www.vuzopedia.ru 

  11. Carole Sigman, “Contourner...”, op. cit.  

  12. “La juventud rusa: educación y ciencia”, Alta Escuela de Economía, Instituto de Investigación Estadística y de Economía del Conocimiento, Moscú, 2017, https://issek.hse.ru