Todo cambió con el triunfo de Javier Milei. O no tanto. La Argentina de los últimos 40 años ya no volverá a ser la misma. O no tanto. El círculo informado de la política está muy desorientado frente a este fenómeno imprevisto ya hecho realidad. El significante vacío de este nuevo apellido político que comienza con M y tiene cinco letras –al igual que Menem, Macri y Massa–1 es llenado con todo tipo de fantasmas, propios y ajenos, fabricados a partir de indicios poco sólidos: la saturación de videos recortados de las redes sociales y los resabios conceptuales de la campaña negativa más feroz que se recuerde. En esa bitácora fantasmática, Milei es el reflejo local de una derecha radicalizada global, o la reencarnación del dictador Jorge Rafael Videla (1976-1981), o la voz de la bronca, o el jefe de una armada Brancaleone conformada por youtubers, espiritistas zoológicos y trabajadores de Rappi con criptomonedas. ¿Cuál de todos ellos es Milei? La respuesta es: ninguno. En todo caso, sus primeros pasos lo muestran como el líder carismático de una nueva tecnocracia libertaria. Lo real es que Milei es una hoja en blanco en la política argentina. Asumirá el mando con una trayectoria de apenas dos años como diputado de un bloque minoritario, y con una sociedad que sabe poco y nada de él. Es el presidente menos conocido de la historia electoral argentina.

Derrota de los axiomas de 1983

La campaña del oficialismo quiso que las elecciones presidenciales de 2023 fueran sobre el consenso democrático de 1983 y fracasó. Lo que sí logró es poner en evidencia que apelar a dicho consenso no funciona, porque perdió la elección por 56 a 44 por ciento. ¿Perdió vigencia el consenso o fue rechazado? ¿Acaso una parte de la dirigencia política perdió credibilidad al intentar invocarlo? La respuesta llegará con el tiempo. Por ahora, lo seguro es que el candidato oficialista Sergio Massa desplegó todo un arsenal discursivo en torno al consenso y fue derrotado por partida doble. Por sus compañeros de la “casta” primero, y por los votos después. Se dijo que la fórmula Milei-Villarruel era fascista, militarista, antidemocrática, machista, apátrida, negacionista de la masacre de la dictadura, y se le contrapuso una campaña hecha de recuerdos del expresidente Raúl Alfonsín (1983-1989), los soldados de las Islas Malvinas, los desaparecidos y sus madres, la educación y salud públicas, el fútbol y cine criollos, el aborto legal, la república perdida. Milei había lanzado un cuestionamiento inequívoco de las verdades reveladas de 1983, y Sergio Massa no dudó en subirse al ring con todas las joyas consenso-democráticas de la abuela, arrastrándolas consigo a la derrota. Su cruzada en defensa del sistema democrático fue acompañada por instituciones, grupos varios, referentes políticos e intelectuales de todo el mundo –entre ellos, el conocido politólogo estadounidense Steven Levitsky–, periodistas; fue la elección más globalizada de la historia argentina, y la que verdaderamente puso en duda la subsistencia del régimen.

Sergio Massa no dudó en subirse al ring con todas las joyas consenso-democráticas de la abuela, arrastrándolas consigo a la derrota. Su imaginario estratégico fue la tesis francesa del “cordón sanitario”. Esta, inspirada en las elecciones presidenciales en Francia en los años 2002, 2017 y 2022, dice que una posible victoria de los Le Pen2 significa el fin de la república francesa, y por ello convierte a la segunda vuelta en una alianza de todas las fuerzas políticas contra la amenaza común. Una unión democrática, digamos. Pero la estrategia del cordón funciona en Francia: Jacques Chirac y Emmanuel Macron ganaron por amplia mayoría a los Le Pen, las tres veces, y ello se debió a que recibieron el apoyo de los otros candidatos y partidos que no habían conseguido entrar al balotaje. En Argentina no salió igual. Al contrario: Patricia Bullrich y Mauricio Macri [de la alianza de derecha neoliberal Juntos por el Cambio, JxC] apoyaron explícitamente a Milei, mientras que [la fórmula del peronismo cordobés no kirchnerista de Hacemos por Nuestro país] Juan Schiaretti y Florencio Randazzo le lanzaron centros luego de perder la primera vuelta, y Myriam Bregman [postulante del Frente de Izquierda y de Trabajadores - Unidad] no se pronunció. A su vez, buena parte de la Unión Cívica Radical (UCR), el partido de Raúl Alfonsín que retiene cierta patente de corso sobre los símbolos de 1983, se abstuvo de ingresar al juego y militó la neutralidad activa. En definitiva, el arco político del sistema no apoyó al candidato que pretendía defenderlo. Más bien, el resto de los jugadores desplegó un cordón alrededor de Massa.

Expansión por derecha

Estas condiciones simbólicas de la derrota inyectaron un estrés adicional a un proceso electoral que ya tenía características extremas. Gracias a este clima a todo o nada, muchos votantes ganadores creen haber derrotado a un régimen (la casta, el kirchnerismo) y muchos perdedores se sienten parte de un régimen derrotado (el consenso democrático, el Estado social). Si esos son los términos reales, entonces el tejido democrático se encuentra dañado, y la grieta kirchnerismo-antikirchnerismo será reemplazada por una más áspera aún. Sin embargo, y sin soslayar los aspectos profundamente rupturistas de la elección, que analizaremos más adelante, cabe preguntarse si esos llamamientos apocalípticos acerca de la salud de la democracia son acordes a los acontecimientos posteriores al 22 de octubre, fecha de la primera vuelta electoral. Pareciera que no.

Para empezar, el ascenso presidencial de Milei desde la absoluta nada merece ser reconocido como un logro de la democracia argentina. El mecanismo de representación, participación y competencia funciona. Para que la democracia sea efectiva, también es necesario que cualquiera de nosotros comprenda que puede ser candidato a presidente y ganar; esa idea antes difusa se fortaleció con el aluvión de La Libertad Avanza (LLA), su partido. Vista así, la elección de Milei quizá sea una de las mayores expansiones del régimen democrático argentino desde 1983. Dicho sistema, que tuvo al peronismo y al radicalismo como estrellas principales, siempre había sido criticado por sus actores de reparto de poner barreras de entrada a los chicos y a los nuevos. Para los memoriosos, esa era la eterna queja de Fernando Pino Solanas3. Gracias a esas barreras, se decía que Argentina era un “cementerio de terceras fuerzas”, que apenas asomaban la cabeza en la política nacional morían por efecto de las restricciones del sistema. Las barreras de entrada del sistema argentino, que la elección de Milei parece haber derribado, son cinco: el monopolio de las candidaturas por parte de los partidos políticos nacionales con personería jurídica, que son difíciles de crear, lo que incluso da lugar a una pequeña industria de los sellos partidarios (las “pymes electorales”); la renovación parcial del Congreso Nacional, que requiere dos o tres triunfos electorales consecutivos para formar una mayoría legislativa; la organización territorial de un país extenso y políticamente federal, que demanda una amplia estructura de dirigentes locales para tener una genuina presencia nacional; el alto costo de las campañas presidenciales, que junto con lo anterior hace que los partidos chicos se sientan sin capacidades reales de competir; y en quinto término la boleta partidaria, que requiere una gran cantidad de fiscales, cosa que en general sólo los partidos grandes poseen. La Libertad Avanza experimentó limitaciones y controversias en estos cinco frentes –sello, bancas, estructura, financiamiento y fiscalización–, y así y todo demostró que es posible ganar una elección y llegar al poder. Cayó otro mito de la democracia argentina, que hoy es más abierta que ayer. Aunque se demostró, también, que tal vez la única forma de saltar los diques del sistema es un movimiento rupturista y aluvional. Nadie consigue ocho millones de votos de la nada sin ofrecer algo fuerte.

Otro punto a favor de la buena salud del sistema fue el entendimiento entre Milei, Bullrich y Macri después de la elección del 22 de octubre. Todo ese proceso, inédito en un país con poco historial de balotajes, incluyó negociación y adaptación del discurso libertario para facilitar la coalición entre dos bloques de votantes (LLA y JxC), y eso es una novedad en la democracia argentina. La reunión a puertas cerradas en el living de Mauricio Macri, que la prensa denominó “Pacto de Acassuso”, implicó el apoyo público de los jefes del PRO [Propuesta Republicana, partido de Macri, eje de JxC] a la candidatura de Milei desde el mismo lunes 23 de octubre, y la incorporación de dirigentes del PRO al gabinete de Milei. A su vez, la moderación del discurso de La Libertad Avanza, que viró de las consignas “anticasta” al “cambio”, nos recuerda al famoso “teorema de Baglini”4, que es otra de las columnas del sistema. Ese corrimiento de Milei hacia una derecha más convencional fue realista y racional, ya que le permitió garantizar la migración de los votos de Bullrich hacia él; a simple vista, los resultados sugieren que dicha migración fue masiva.

El mileísmo realmente existente Aunque muchos votantes, aún bajo el influjo de la campaña salvaje, visualicen a un Milei todo el día en campera de cuero rodeado de perros y tiktokers, el ámbito natural de Milei, el primer presidente economista de la historia argentina, es el universo de sus colegas economistas mirando juntos una planilla de Excel. Guillermo Francos, un político profesional que se ha especializado en trabajar junto a economistas –fue el brazo político de Domingo Cavallo–5 es una figura clave en este armado.

Todo esto indica que el ethos del mileísmo gubernamental será una alianza entre política y tecnocracia. Un rasgo que ha caracterizado a los gabinetes del menemismo y a otros gobiernos latinoamericanos de los viejos años 1990. Si volvemos a la bitácora de fantasmas, no vemos en el presunto gabinete ni influencers libertarios, ni militares en cargos insólitos, ni connotados ultraderechistas en puestos de primera línea6. Dominan los técnicos de traje y corbata que entienden la política pública como una actividad de expertise a partir de cuentas saneadas. Y si vamos a la política que gestionará el advenimiento de esta nueva tecnocracia, vemos algunos vasos comunicantes con el mundo de lo conocido. Un mundo afín al peronismo noventista y promercado. Sergio Massa sorprendió en el debate al admitir que Milei, junto con Guillermo Nielsen [con responsabilidades económicas y diplomáticas en el kirchnerismo], concurría a reuniones de los equipos técnicos del Frente Renovador [coalición de Massa integrada, a su vez, en la coalición oficialista perdedora Unión por la Patria]; no se entendió qué quiso hacer con esa revelación. El ya mencionado Guillermo Francos fue hasta hace poco el representante argentino ante el Banco Interamericano de Desarrollo, designado por el presidente saliente Alberto Fernández. Francos y Fernández se conocen del cavallismo, donde también confluía Daniel Scioli7, y ambos trabajaron en el Grupo Eurnekian [al igual que Milei]. Alberto Fernández y Javier Milei, quienes por ende también se conocen desde hace años, ya se reunieron en la quinta presidencial de Olivos para hablar de la transición de mando. Seguramente Milei, en sus primeros días, deberá explicar a la sociedad que recibe una herencia económica muy pesada, potencialmente hiperinflacionaria, pero todo sugiere que quien cargará con esas culpas será Sergio Massa, y no Alberto Fernández.

La clave del liderazgo

Ahora bien, si el mileísmo realmente existente se parecerá más a una tecnocracia que a una revolución anarcoliberal, el liderazgo político será un tema clave. Eso incluye la relación con la representación política –legisladores, gobernadores, intendentes–, y con el pueblo. Una enseñanza de los años 1990 es que los tecnócratas no saben hacer política ni relacionarse con la opinión pública, y por ello sus gobiernos se vuelven impopulares. Y a veces terminan mal, salvo que haya quien los lidere en términos políticos. El gobierno más tecnocrático de la democracia argentina fue el de Fernando de la Rúa (UCR, 1999-2001), sobre todo tras la salida de su vicepresidente Carlos Chacho Álvarez (6 de octubre de 2000). De la Rúa formó un gabinete de técnicos con maestrías y doctorados en universidades extranjeras –el propio De la Rúa tenía un doctorado en derecho penal de la Universidad de Bologna–, pero de gran ineptitud política. Una cosa fue el súper tecnócrata doctor de Harvard Domingo Cavallo en el gabinete del político de raza Carlos Menem, donde se lució, y otra como integrante del equipo de De la Rúa, donde se hundió. En este caso, Milei deberá ser Menem, y ello implicará mantener viva la relación con sus votantes, y también con los jóvenes militantes derechistas de La Libertad Avanza que llenaron el Movistar Arena [su lugar de cierre de campaña]. La tecnocracia debe ser liderada por quien encarna la representación electoral. Eso, y además leer las planillas de Excel, es mucho trabajo.

En una entrevista reciente, Milei dijo que tendrá un ministro de Economía pero que trabajarán juntos, porque la orientación de la política económica será suya. También lo vemos dando muestras de una impronta personal, tanto en la escenografía de su victoria –el presidente electo con su vice, su pareja y su hermana, sin otros políticos y lejos del PRO– como en los primeros anuncios del gabinete, que pasan por él. Dio otra definición: su lugar primario de trabajo será Olivos, que es la residencia personal presidencial, y no tanto la Casa Rosada, que es la sede del gobierno. El liderazgo, nos está diciendo el nuevo presidente, pasará por él.

Ello produce un mar de preguntas. Milei es el productor de su propio milagro, casi revolucionario, que es la creación de una fuerza antipolítica que cosechó el 30 por ciento de los votos en su primera elección. Durante la campaña se quiso desestimar este trayecto autogenerado, diciendo primero que Milei fue un invento de Massa y luego que se convirtió en el títere de Macri. Sus primeros pasos como presidente electo dieron cuenta de que él es consciente de que llegó hasta allí por su propia fuerza, y de que los otros dos políticos a los que les quieren atribuir su paternidad son, en realidad, los derrotados sobre cuyas cabezas construyó su propio poder.

Tal vez este Milei que se prepara para liderar a la nueva tecnocracia libertaria ya no vuelva a ser subestimado. Pero le espera un primer año muy duro. Va a haber ajuste y liberación del mercado cambiario, y ello traerá consigo una etapa de alta inflación. Milei sabe que su base electoral incluye a los más pobres y no puede dejarlos a la deriva. Desde las elecciones primarias es el candidato que arrasa en los asentamientos populares del AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires) y el Gran Rosario. Su promesa de motosierra cautivó a los desposeídos, quienes no sólo están enojados con la realidad de la pobreza sino que, desde hace tiempo, sienten que la “casta” los está estafando. Los pobres son argentinos que quieren consumir y progresar. Hace años que diversas investigaciones de campo dan cuenta de que muchos habitantes de las villas más pobres del país perciben al Estado presente y a los movimientos sociales más como verdugos que como aliados. Milei prometió capitalismo popular a su base electoral pauperizada, y ahora debe cumplirles. Ese es su principal desafío, porque la primera cara del ajuste será todo lo contrario. Reitera una y otra vez que el gasto social no se toca, y que el ajuste “lo pagará la política”. La nueva tecnocracia libertaria sostiene que el saneamiento de la macroeconomía es la precondición del advenimiento del capitalismo popular, pero la primera fase del ajuste sólo trae pérdidas de ingreso y escenas de desesperación social. Milei no sólo deberá mantener todos los planes sociales, sino que deberá aumentarlos para compensar la inflación inicial. Menem, quien también era el candidato de los pobres y prometió nunca defraudarlos, contaba con las estructuras del peronismo territorial para suavizar los efectos sociales del ajuste e instrumentar su política de compensaciones sociales. Milei tiene a favor los veinte años de experiencia de un Estado compensador y el control directo de la Anses (Administración Nacional de la Seguridad Social) y el superministerio de Capital Humano, cuya creación anunció en campaña. Mientras ajusta y compensa, su liderazgo personal deberá estar muy presente todo ese primer año, hablándoles a los castigados argentinos para que entiendan lo que está pasando y pedirles que mantengan la fe en la llegada del capitalismo popular prometido. Esa, en el fondo, será su tarea principal.

Julio Burdman, politólogo.


  1. Carlos Menem, Mauricio Macri y Sergio Massa. Respectivamente, presidentes argentinos en 1989-1999 y 2015-2019, y candidato oficialista en estas elecciones. 

  2. Jean-Marie Le Pen, máximo líder del Frente Nacional (1972-2011), y su hija Marine, actual diputada y lideresa de Agrupación Nacional, partido derivado de aquella formación, en ambos casos representantes de la ultraderecha francesa. 

  3. Cineasta y legislador del Movimiento Proyecto Sur (peronismo de izquierda) de 2009 a 2019. 

  4. Enunciado en 1986 por el entonces diputado de la UCR Raúl Baglini, indica que el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder. 

  5. Cavallo, “superministro” de Carlos Menem, asociado al Plan de Convertibilidad que llevó a que un peso argentino valiera lo mismo que un dólar estadounidense, de polémico resultado. 

  6. Quizá la excepción sea Rodolfo Barra, con un episodio filonazi en su pasado, anunciado como procurador del Tesoro de la Nación. 

  7. Vicepresidente argentino durante el kirchnerismo (2003-2007) y candidato perdedor por este sector ante Mauricio Macri (2015). Fue embajador en Brasil de Alberto Fernández y se anunció que seguiría en su cargo con Milei.