Cada reunión “urgente” de la Liga Árabe ratifica su inacción, a pesar de algunas diatribas grandilocuentes y un comunicado final exacerbado. Los podemos imaginar a la perfección: alrededor de una gran mesa redonda, excelencias y ventripotencias, mariscales-presidentes, exrebeldes que se han vuelto honorables, machos demasiado bien o muy mal elegidos que discuten con aire serio antes de condenar “la continuación [por parte de Israel] de flagrantes e injustificadas violaciones del derecho internacional contra el pueblo palestino”. Y luego advierten, como es lógico, acerca de las “graves repercusiones sobre la estabilidad de la región” (11-11-2023).

¿Y qué más? ¿La perspectiva de una represalia militar? ¿Un llamado a sanciones internacionales contra Israel comparables a las que se le impusieron a Rusia tras su invasión a Ucrania? ¿Una moción de apoyo a la consulta sudafricana ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) para impedir al ejército israelí cometer una limpieza étnica o incluso un genocidio en Gaza? ¿Un cuestionamiento radical del proceso de normalización con, por qué no, una ruptura de las relaciones diplomáticas? ¿Una reducción de las inversiones de los fondos soberanos del Golfo en Estados Unidos con el fin de que cesen las entregas de bombas y municiones a los israelíes? ¿Un embargo petrolero como en 1973 tras la guerra de Yom Kipur? Nada de eso.

La tendencia a la evasión no es nueva por completo. En 2018, la Liga Árabe había acordado elaborar, siempre de forma urgente y tras muchas discusiones, “un plan estratégico” para frenar la decisión de la administración del entonces presidente Donald Trump de transferir la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén. Wallah1, prometido, ¡ya verán! Seis años después, seguimos sin tener noticias sobre este plan...

Motivos de la pasividad

El balance de las pérdidas palestinas superaría hoy en día los 30.000 muertos, sin contar los desaparecidos y heridos; la perspectiva de expulsión de una parte de la población gazatí hacia el Sinaí se está concretando. ¿Cómo explicar tal pasividad de la Liga Árabe? Tal vez en primer lugar por la debilidad de las capacidades militares. Ninguna capital árabe desea una confrontación armada con un adversario cuya superioridad ha asimilado –vinculada al apoyo de Estados Unidos– a pesar del relato sobre la democracia israelí rodeada de dictaduras que sueñan con atacarla.

Incluso Hezbollah, poderosa entidad que dicta su ley al estado libanés, mantiene su reserva y prefiere continuar con un conflicto de baja intensidad. Durante mucho tiempo Siria y Egipto jugaron el papel de potencias regionales capaces de contrariar la voluntad de Israel de modificar el estatus y las condiciones de vida de los palestinos. Debilitada por más de una década de guerra civil, la primera está sometida a la presencia de varios ejércitos extranjeros –estadounidense, iraní, ruso y turco– y a los bombardeos israelíes –ante los que no ha esbozado represalia alguna– que tienen como objetivo las instalaciones militares de Hezbollah o de los guardianes de la revolución iraní. En cuanto al segundo, ya hace mucho tiempo que los estrategas de Tel Aviv no le aplican el calificativo de “frente sur”. Ciertamente, observa el investigador Tewfik Aclimandos, el ejército egipcio “sigue considerando a Israel como un enemigo” pero al mismo tiempo estima que “la paz es la mejor manera de luchar contra este enemigo –o de protegerse de él–”2. Dicho de otro modo, la mejor manera de resistir ante este adversario sería evitar provocarlo...

En el transcurso de las últimas semanas, el presidente egipcio Abdel Fatah Al Sisi, en efecto, multiplicó las advertencias contra las consecuencias de una eventual deportación de los gazatíes hacia el norte del Sinaí. Esta firmeza se explica sobre todo por el temor de tener que ocuparse de decenas de miles de refugiados. Necesariamente se formarán en su seno grupos armados que buscarán enfrentarse a Israel. En un contexto de inestabilidad de la península debido a la presencia de sectores armados vinculados con el Estado Islámico y con el irredentismo de las tribus beduinas que denuncian su relegación y discriminación. No obstante, no se excluye que Egipto termine aceptando recibir a los refugiados de Gaza en una zona de frontera. Sin duda bastaría con que Estados Unidos y la Unión Europea den muestras de generosidad financiera hacia un país agobiado por el peso de una deuda externa de 190.000 millones de dólares (de los cuales 43.000 millones deben reembolsarse este año). El Cairo, al que le faltan al menos 20.000 millones para enfrentar estos compromisos, sigue negociando con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Éste, sorprendentemente, exige una devaluación de la libra y privatizaciones para abrir su billetera. Recibir a los gazatíes expulsados podría alentar al gran tesorero a dar muestras de una mayor empatía.

La alteración del equilibrio de fuerzas en el seno de la gran familia árabe también explica su inercia. Desde mediados de los años 2000, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) actúan como grandes patrones y dictan su propia ley. Acabó de forma definitiva la época en que Argelia, Irak, Siria o Yemen constituían un frente de rechazo que imponía sus puntos de vista a sus pares. Los EAU no dudaron en condenar el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023. País pequeño, escasamente poblado (los ciudadanos emiratíes serían menos de 500.000) pero rico en extremo, asume una ambición bélica en la región que pasa por la proximidad estratégica con Israel3. Para ellos está fuera de cuestión poner en tela de juicio los acuerdos Abraham firmados en 2020 bajo la égida de Estados Unidos. Abu Dabi considera la alianza militar y económica con Tel Aviv –del que es el primer socio regional– como la garantía para hacer frente al expansionismo iraní cuando la durabilidad del compromiso estadounidense en la zona se está tornando más incierta. También es la garantía de tener las manos libres en Yemen y en el cuerno de África para extender allí su influencia, incluso en detrimento de las poblaciones locales. Tanto para los Emiratos como para Marruecos, también signatario, los acuerdos Abraham conllevan inmunidad. Normalizar sus relaciones con Israel es obtener la indulgencia de Occidente en relación con el irrespeto de las libertades individuales y de los derechos políticos. También es beneficiarse del apoyo de los lobbies proisraelíes en el Congreso estadounidense.

Es una realidad que no escapa a Mohamed Ben Salman (“MBS”), el poderoso príncipe heredero y primer ministro saudí. Por supuesto, el futuro soberano debe tomar en cuenta a sus 37 millones de conciudadanos. Así, afirma de manera regular que ninguna normalización oficial sucederá sin la creación de un Estado palestino. Sin embargo, Riad sigue siendo muy medido en su reprobación de la guerra israelí contra Gaza debido a que “MBS” ya está sacando provecho del acercamiento oficioso iniciado entre su país e Israel desde hace al menos diez años. “Es un líder visionario (...) que hizo muchas cosas que han hecho de este un mundo mejor”, decía de él, hace poco, Jared Kushner, el yerno y ex alto asesor de Trump4. Los allegados de Jamal Khashoggi, asesinado y desmembrado en el consulado saudí de Estambul en octubre de 2018 por sicarios provenientes de Riad, apreciarán el elogio.

La voz de la calle

¿Y qué piensan las poblaciones, a menudo denominadas con la expresión esencialista de “la calle árabe”? Respecto de Palestina, así como de los asuntos de política interna, tienen poco que decir. Se trate de países comprometidos con la normalización o no, las manifestaciones de solidaridad están prohibidas o son muy controladas en el contexto represivo de la post “primavera árabe”. Siempre vigiladas de cerca para evitar los desbordamientos, parecen insignificantes cuando se las compara a las aglomeraciones de multitudes indignadas que salen a las calles de Londres, Nueva York, Ankara o Yakarta.

Queda Internet, donde el anonimato permite expresar una solidaridad sin fisuras con Gaza. Internet es ciertamente el espacio en el que el sentimiento pro palestino se expresa en mayor medida. Sin embargo, en las redes sociales también circulan los argumentos difundidos por los regímenes para justificar su pasividad. En Arabia Saudita, algunos imanes aluden a referencias coránicas para explicar que Palestina es también la tierra de los judíos o le atribuyen a Hamas y a los Hermanos Musulmanes la total responsabilidad sobre el drama actual. Otros insisten sobre la complejidad del tema y la necesidad de confiar en la clarividencia de los dirigentes. La propaganda circula en los Emiratos mientras que los sibaritas de la juventud dorada ya no esconden su fascinación por Tel Aviv y sus noches, ante la imposibilidad de poder ir a Beirut, considerada demasiado peligrosa.

Al firmar el tratado de paz con Israel (1979), el presidente egipcio Anwar el-Sadat pensaba que su pueblo estaría agradecido por haber recuperado el Sinaí conquistado por los israelíes en 1967. Pagó con su vida el no haber tomado en cuenta el destino de los palestinos con tal de poner fin al conflicto con Tel Aviv. El futuro dirá las consecuencias del abandono de Gaza por parte de dirigentes árabes que parecen tener apuro por pasar a otra cosa.

Akram Belkaïd, jefe de redacción, Le Monde diplomatique (París). Traducción: Micaela Houston.


  1. “Te lo juro por Alá”, en árabe. 

  2. Tewfik Aclimandos, “De l'armée égyptienne. Éléments d'interprétation du ‘grand récit’ d'un acteur-clé du paysage national”, Revue Tiers Monde, Nº 222, París, 2015. 

  3. Éva Thiébaud, “Vértigo guerrero en los Emiratos Árabes Unidos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2021. 

  4. Erin Doherty y Dave Lawler, “Kushner calls MBS ‘visionary leader’ who has made the world better”, Axios, 13-2-2024.