“Cuando uno mira una estatua, puede decidir ver sólo una estatua. También se puede leer en ella un símbolo. Varía en función de las personas”. En el memorial de Chiang Kai-shek, el dirigente que trasladó el gobierno de la República de China a suelo taiwanés tras la victoria de los comunistas en el continente en 1949, un ejecutivo intenta relativizar los acalorados debates en torno a la figura del antiguo dictador (1945-1975). Se niega a dar su nombre o a revelar más detalles sobre su percepción del Generalísimo, figura ineludible en la historia de la isla: “El memorial es un tema demasiado sensible en estos momentos, y nadie responderá a sus preguntas a menos que se comprometa a proteger su anonimato”, asegura.

Lugar emblemático de la capital taiwanesa, el monumento se eleva en pleno centro del distrito administrativo de Taipéi, frente a la Biblioteca Nacional. Los visitantes llegan hasta él pasando por debajo de un arco índigo en el que se lee “Plaza de la Libertad”. A continuación, navegan entre dos gigantescos edificios de arquitectura china, el teatro y la sala de conciertos nacionales, y luego suben algo menos de 100 escalones para divisar al fin la inmensa estatua de bronce del expresidente. El memorial domina la plaza. En su interior, la escultura está custodiada todo el día por dos soldados, que son relevados cada hora ante los ojos, en general curiosos, de los extranjeros de paso. Son raros los taiwaneses que vienen a contemplar el espectáculo.

Desde hace algunos años, sin embargo, la exposición cambió: aunque sigue siendo posible descubrir las grandes etapas de la vida de Chiang Kai-shek y echar un vistazo a sus efectos personales, el espacio se redujo a la mitad y ahora incluye secciones enteras dedicadas a los ataques a la libertad de prensa y a la represión bajo la ley marcial. Se trata de un hecho sin precedentes, ya que hasta ahora se habían silenciado los períodos de “terror” que caracterizaron a esta dictadura, con sus ejecuciones de opositores, sus purgas y su policía secreta.

“Este tipo de exposición se debería organizar en museos específicos, no en un memorial”, dice exasperado Yin Tai, que desde hace más de 20 años garantiza que haya visitas guiadas junto con otros voluntarios. Como una parte de ellos, ahora se niega a hacerlo. Proveniente de una familia que huyó de la China continental con las tropas de la República de China, Yin, de 73 años, es simpatizante del Kuomintang (Partido Nacionalista Chino, KMT), el partido de Chiang Kai-shek, en la oposición desde que la presidenta Tsai Ing-wen, del Partido Demócrata Progresista (DPP), llegara al poder en 2016.

Curioso clivaje

Los dos partidos tradicionales de la democracia taiwanesa están inesperadamente enfrentados por la cuestión de la herencia histórica de Chiang Kai-shek. En una isla desgarrada por la cuestión de su relación con la China continental, se hubiera podido esperar que el partido que reivindica la figura del dirigente político que rompió con la República Popular fuera el más hostil a Pekín. Pero lo que sucede es lo contrario. Porque, aunque encarna la oposición a los comunistas, Chiang Kai-shek también representa la idea de una continuidad identitaria entre el continente y la isla. Es decir, la visión de las cosas que defiende ahora el KMT, al que algunos reprochan que haga caídas de ojos a sus antiguos adversarios. Por su parte, el DPP, que goza del apoyo occidental en el marco del enfrentamiento entre Washington y Pekín, justifica su proyecto de independencia insistiendo en la diferencia intrínseca que existiría entre chinos y taiwaneses.

“Pensamos que Chiang Kai-shek trajo a Taiwán más cosas buenas que malas”, nos explica entonces Yin Tai. Al defender la figura del dictador, piensa sin duda en su historia familiar. La de muchos descendientes de refugiados del continente, que llegaron tras la derrota ante los comunistas y siguen viendo en la República Popular China su país natal perdido. Estos “waìshēngrén” (“llegados de una provincia exterior”), como se los llama a veces, representarían el 14 por ciento de la población de Taiwán, según encuestas declarativas. Las poblaciones indígenas reunirían un dos por ciento, mientras que los llamados taiwaneses “de pura cepa” –chinos cuya presencia en la isla comenzó antes de la colonización japonesa (1895-1945)– constituirían un total de 84 por ciento. Un buen número de estos últimos consideran que la existencia de Taiwán como entidad por derecho propio ya no es un asunto a cuestionar. Por eso, una amplia fracción vota al DPP, que se ha esforzado por poner en valor una identidad taiwanesa de trayectoria claramente diferenciada de la de los chinos del continente.

Una amplia fracción, pero no todos. Como ocurre con aquella empleada del memorial, taiwanesa “de pura cepa”, según la cual la identidad de la isla hunde sus raíces en China. “Por supuesto, hay que atribuir a Chiang Kai-shek la responsabilidad de sus acciones”, comenta bajo condición de anonimato. “Pero no tenemos que olvidar por completo sus contribuciones a la sociedad. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, ayudó a muchos países y colaboró con los Aliados para resistir a Japón y, más tarde, al Partido Comunista”. Por eso la funcionaria se muestra consternada por los últimos cambios de la exposición: “No está hecha para que los visitantes comprendan mejor la historia, su objetivo es puramente político”.

Del lado de los partidarios de la independencia, la existencia misma del memorial los irrita: “No creo que este lugar deba existir”, explica Shake, que es artista. Favorable a la independencia de Taiwán, esta mujer de 45 años sólo ve en el nuevo diseño de la exposición un compromiso por parte del DPP. Ella misma, miembro de una familia waìshēngrén –de raíces chinas, entonces–, detesta el régimen de Pekín: una de sus hazañas armamentísticas fue la erección de un gigantesco tanque inflable en la plaza del memorial en ocasión del trigésimo aniversario de la represión de las manifestaciones de Tiananmen en Pekín, en junio de 20191. “Esto fue antes de la pandemia. Los turistas chinos todavía estaban autorizados a venir a Taiwán. Y el memorial a Chiang Kai-shek era un lugar de visita ineludible”.

Capas de cebolla... japonesa

Para la artista, el Generalísimo no fue sino un “dictador”: “No creo que haya contribuido en nada al desarrollo de Taiwán”, declara. Como muchos partidarios de la independencia, esta feroz opositora a los regímenes autoritarios atribuye con ganas el desarrollo de la isla... a su colonización por parte del Imperio japonés, a pesar de la violenta represión y las masacres que la caracterizaron. “La mayor parte de los taiwaneses se asimilaron a los japoneses. No tenían medios para pensar en qué se iban a convertir. Entonces llegó el KMT. Nos vimos arrastrados a la guerra civil china”. Tapada por la memoria de los abusos del régimen de Chiang Kai-shek, esta colonización nipona conserva una imagen positiva para muchos partidarios de la independencia de la isla, como Shake.

“El nacionalismo taiwanés nace en esa época. El objetivo primero era obtener los mismos derechos que los japoneses, en una época en que los taiwaneses eran ciudadanos de segunda. Pero no se trataba de un movimiento independentista”, explica Vladimir Stojolan, historiador francés asociado a la Universidad de Tamkang (Taiwán). Y luego precisa: “Hubo una fase de represión y luego otra de gran modernización. Los que recuerdan la época japonesa nacieron durante el período menos severo”. Además, el KMT expulsó a los ocupantes japoneses para instalar un régimen todavía más duro. Esto lo tradujo muy bien un refrán popular: “Cuando los perros se van, llegan los cerdos”.

Así, el memorial de Chiang Kai-shek no es el único tema de controversia dentro de la sociedad. La historia del país tanto como la concepción de su identidad dividen los dos principales campos políticos. Aunque ahora pretenden mantener el statu quo, la idea misma de nación los divide.

Sesentismo y después

A su llegada, el KMT desjaponiza y luego chiniza la isla a una velocidad vertiginosa. Al principio de una “literatura y un arte anticomunistas”, que caracteriza la política del Kuomingtang a partir de 1945, se agrega en los años 1960 un ataque contra la cultura local: “Se prohibió el uso de dialectos locales en escuelas y lugares públicos”, escribe Chang Bi-yu, profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres. “El teatro tradicional taiwanés [...] y las artes populares fueron consideradas toscas y atrasadas, y la historia taiwanesa quedó casi totalmente ausente de los manuales de historia”2. En realidad, Japón había tomado idénticas medidas de asimilación social y cultural a partir de 1937, pero con la llegada de los nacionalistas la cultura china destrona a la cultura japonesa: “Lo chino se convierte en sinónimo de refinamiento, belleza y grandeza, mientras que lo taiwanés es juzgado, por el contrario, vulgar y estúpido”, continúa Chang Bi-yu. El KMT cultiva entonces la esperanza de reconquistar el continente. Con la muerte del dictador nacionalista, y sobre todo tras el levantamiento de la ley marcial en 1987, esta política cultural se hace más suave. La visión insular del pasado se abre paso progresivamente en los círculos científicos y en la enseñanza a medida que la isla se democratiza.

“Cuando el Partido Nacionalista Chino comienza a retirar sus tropas de Taiwán, difunde en la isla los análisis que modelan su visión del presente y del futuro”, explica Damien Morier-Genoud, profesor de la Universidad de Grenoble Alpes. “Los estudios históricos sobre Taiwán, así como los programas y manuales escolares de historia, tenían que respaldar el mito de una ‘Gran China’ unificada y plurimilenaria”. Y agrega: “Precisamente para ir en contra de esta política de adoctrinamiento del KMT, impregnada de chauvinismo y nacionalismo chino, los opositores al régimen, a los que pronto se unió una parte de la comunidad académica, se dedicaron a elaborar un relato nuevo del pasado de la isla a partir de los años 1970-1980”.

Así es como reaparece con regularidad una polémica sobre la calificación de la época japonesa: mientras que antes de la década de 1990 los libros hablaban de ocupación japonesa (rìjù), los de hoy hablan de... régimen japonés (rìzhì). Subrayan, en cambio, el costo del “milagro económico” taiwanés de los años 1960 para los trabajadores, que la época previa presentaba de forma positiva, atribuyéndolo a la planificación practicada por el gobierno taiwanés.

Siglo XXI y dinastía Qing

En su discurso de investidura de 2016, la presidenta Tsai Ing-wen había prometido: “La historia ya no dividirá a Taiwán”. Se comprometió a trabajar por la reconciliación nacional continuando el proceso de justicia transicional iniciado por el presidente Lee Teng-hui (KMT) en 1995. Este tiene como objetivo indemnizar a las víctimas del período autoritario (1947-1992) y del “terror blanco” después de las manifestaciones reprimidas del 28 de febrero de 1947, conocidas con el nombre de “incidente 228” (en referencia al día en que comenzaron, 28 de febrero, o 2/28): el arresto violento de una vendedora de cigarrillos de contrabando desencadenó una oleada de insurrecciones contra la dictadura que se saldaron con miles de muertos.

“Muchos son los casos de crímenes no revelados, no sabemos quiénes son los verdugos”, lamenta Shake, que considera que el proceso de justicia transicional, que se supone debe sacar a la luz los crímenes, sigue siendo insuficiente. Damien Morier-Genoud introduce un matiz: “El comité tuvo al menos el mérito de desclasificar ciertos archivos importantes para arrojar luz sobre la actuación de la antigua policía secreta de Chiang Kai-shek y su hijo Chiang Ching-kuo. Pero este trabajo de investigación exige inevitablemente tiempo; además de respetar la ley y la Constitución, debe inscribirse en la lentitud y el rigor que implican tanto la restitución de los testimonios del pasado como la reflexión en historia”.

En el programa C ce soir (France 5), François Wu3, representante de Taiwán en Francia, justifica el carácter independiente de la isla a través de su historia: “Empezamos con Chiang Kai-shek y Mao, pero la historia de Taiwán empieza bastante (...) antes. Los primeros poderes instalados en Taiwán no eran para nada chinos, eran europeos. (...) hay que recordar que Taiwán nunca fue puramente china en el pasado, porque los Qing no eran Hans puros”4.

Para quienes siguen apegados a la idea de una China unificada, o incluso para quienes dudan de la estrategia de acercamiento a Estados Unidos, este tipo de discurso se revela peligroso. Un análisis que, del lado “verde”, se califica como prochino. Según Lin Fei-fan y Lii Wen, dos representantes del DPP, cualquier falta de confianza en el aliado estadounidense equivaldría, en efecto, a mostrarse “conspiracionista”. En la revista estadounidense National Interest, ambos políticos lamentan que “también hayan surgido en el discurso público taiwanés relatos que describen el apoyo estadounidense a Taiwán con escepticismo y desconfianza”5. Según ellos, se trata de una visión inspirada por Pekín y vehiculizada por el KMT. Están convencidos: salvo Pekín, nadie en el mundo dudaría del altruismo estadounidense.

Alice Hérait, periodista, Taipéi. Traducción: Merlina Massip.


  1. Everington Keoni, “Photo of the day: inflatable tank man ‘pops up’ in Taipei”, Taiwan News, 21-5-2019. 

  2. Chang Bi-yu, “De la taïwanisation à la désinisation, la politique culturelle depuis les années 1990”, Perspectives Chinoises, Hong Kong, setiembre-octubre de 2004. 

  3. Programa “C ce soir”, France 5, 11-4-2023. 

  4. NdR: La dinastía Qing (1644-1912) que procedió a conquistar Taiwán era de origen manchú. Grupo étnico mayoritario en un país que cuenta con varias decenas de ellos, los Hans son considerados a veces como el pueblo chino histórico. 

  5. Lin Fei-fan, Lii Wen, “Skepticism toward U.S. support for Taïwan harms regional security”, National Interest, Washington, 15-5-2023.