Mi niñera de la KGB. Laura Ramos. Lumen; Buenos Aires, 2025. 240 páginas.
No debe haber nada más apasionante que la vida de un agente secreto, y el género de espionaje, tan exitoso durante la Guerra Fría, supo sacar provecho de él. Pero descubrir que la amable señora que cosía la ropa y cuidaba de los niños del grupo de amigos de los padres había sido una émula de la Mata Hari, envenenado a su marido, un espía italiano, esposa de Felisberto Hernández (quien le dedicó el extraordinario relato Las hortensias) y, como si le faltara épica, participado activamente en el asesinato de Trotsky, excede todo lo imaginado.
Y esta es la excéntrica historia que cuenta la escritora Laura Ramos, hija insumisa de una familia cultora de la vanguardia estética y política de los años 1960 (su padre, Jorge Abelardo Ramos, recordarán los más grandecitos, fue el máximo dirigente de lo que en Argentina se llamó el “trotskismo nacional” y su madre, Faby Carvallo, una feminista culta y militante del amor libre). La historia de la espía de la KGB África de las Heras, que llegó a recibir la Orden de Lenin, la máxima condecoración de la Unión Soviética (URSS), y a la que ella conoció como la entrañable María Luisa.
Pero más allá del anecdotario familiar, la autora entendió los alcances históricos de este descubrimiento y emprendió un periplo que la llevó por Montevideo, Cuba, México, Ceuta –en el norte de África, donde comenzó todo– y hasta por Inglaterra, donde se encuentran los archivos secretos de la ex URSS, en el Churchill College.
Dedicado a su alocada y ultramoderna madre, modelo femenino al que se opuso programáticamente y en la que descubrió más similitudes con la espía soviética de las que le hubiera gustado, se metió en cuerpo y alma en una historia que la involucraba personalmente y que la profusa bibliografía consultada respalda históricamente.
Sigue la vida de la protagonista desde sus días en la resistencia republicana, donde se destacó como una aguerrida combatiente y donde conoció a la famosa partisana Caridad Mercader, madre de quien ejecutara el asesinato de Trotsky, por otro lado, el genio tutelar de la familia Ramos. De allí, convocada por los servicios secretos soviéticos, pasó a integrar un comando paramilitar de la KGB y a infiltrarse en la retaguardia alemana en Ucrania, donde se destacó por su valentía, al punto de recibir la ciudadanía rusa. Cuando el Estado soviético decidió establecer un centro de espionaje en América del Sur, la envió a Montevideo (un verdadero “nido de espías”, según uno de los entrevistados por la autora), donde vivió y trabajó durante 20 años sin ser descubierta por ninguna agencia de inteligencia ni por los amigos de la izquierda rioplatense, para los cuales el descubrimiento de esta historia fue un verdadero shock.
Si “la literatura es la infancia recuperada”, leemos en la dedicatoria, esta investigación tan rigurosa no impide recuperar el costado literario de una figura casi legendaria que la puso frente al espejo de la experiencia personal y colectiva de una generación que se crio al abrigo de la revolución que se creía inminente.
Punto uy
Aunque el libro de Laura Ramos es difícil de conseguir en Montevideo, la historia de África de las Heras también fue narrada por el uruguayo Raúl Vallarino en Nombre clave Patria, una espía del KGB en Uruguay (Sudamericana, 2006) y en Mi nombre es Patria (Fin de Siglo, 2016). Otros libros sobre su vida son Patria, una española en el KGB, de Javier Juárez (Debate, 2008), y La muñeca rusa, de Alicia Dujovne Ortiz (Alfaguara, 2009). Leonardo Padura también la incluye en El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2009).
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