De Yves Ravey. Forastera; Montevideo, 2024. 118 páginas, 790 pesos
Traducida del francés por la tacuaremboense Lil Sclavo, esta novela policial con mucho de drama existencial camina por el filo del acantilado entre llegar a buen destino y despeñarse en lo previsible. Ya desde el comienzo el lector sabe que algo terrible podría suceder en cualquier momento. Esto, que no es malo en sí mismo, aporta en las primeras páginas un inquietante estupor –ya que no puede hablarse de estremecimiento– ante cada una de las decisiones que va tomando la pareja protagonista. Es verdad que en estos viajes de intento de salvataje de un vínculo hay una atrofia natural del buen juicio –para empezar, el propio emprender un trayecto que no suele ser coronado por el éxito–, pero aquí los pasos en falso parecen demasiados. Desde la contratapa, la prensa francesa le abre una carta de crédito a la historia. Le Figaro trata con benevolencia la “ligereza” de una trama en la que ve sarcasmo donde quizá haya metales menos valiosos. Le Nouvel Obs apela a los nombres de George Simenon y Franz Kafka para justificar lo que podría entenderse, también, como desajustes estructurales. Tiene razón este último en que se va creando “una atmósfera cada vez más opresiva”, aunque este “suspense nocturno” se deba más a la insensatez que Ravey le impone a su protagonista masculino que a un trabajado ascenso por la pared empinada de la tensión. Se podría argumentar que por detrás del género que se utiliza como fachada discurre la crítica social. Es verdad. Pero incluso si lo vemos de ese modo, el resultado es pobre.