Increíble: la llegada de los españoles a América en 1492 todavía se celebra. En Uruguay se conmemora el 12 de octubre bajo la denominación de Día de la Diversidad Cultural, que desde 2014 sustituyó a la llamada Fiesta de la Raza establecida en 1919.1

Esa “diversidad” compone una metáfora tramposa, como la globalización –hay globalizadores y globalizados– o como la explotación –hay explotadores y explotados–. El yin y el yang del capitalismo. La verdadera diversidad cultural, nos guste o no admitirlo, la hemos repudiado. Hay que rastrearla en esas tribus de la selva amazónica que se niegan a integrarse, y lo hacen lanzando flechas a las avionetas que cada tanto los sobrevuelan. Ahí están los diversos reales. O en Sentinel del Norte, una islita del golfo de Bengala en donde paga con la vida quien ose arrimarse demasiado a sus costas. Un político urbanita disfrazado de gaucho causa gracia, pero no representa ninguna diversidad cultural. Es apenas una caricatura infeliz.

La “fiesta de la raza” empezó con Cristóbal Colón en su carabela, palabra que suena muy parecido a calavera y que al final representó casi lo mismo. Después vinieron los ingleses, y los franceses con un Habsburgo que llegó a México con ínfulas y ejército, pero que fue derrotado. Eso sí: supo morir con gran dignidad.2 Y antes, con sus tropelías, andaban los ingleses y los portugueses, los holandeses y otros. Entre ellos se repartieron el mundo con algunos socios de menor cuantía.

Se lo repartieron para exprimirlo como si fuera una naranja. Y eso hicieron, solo que en lugar de jugo de naranja lo que sacaron los imperios fue oro, plata, esclavos, mitas, sangre, tierras y millones de muertos. Los números cantan: “La colonización europea de las Américas mató al diez por ciento de la población mundial”.3

Después vino la época de las independencias, unas más tempraneras que otras, desde la inicial en la Haití de Toussaint Louverture y Dessalines, hasta la tardía y estropeada en Cuba, que pasó de colonia española a neocolonia estadounidense en una martingala que Washington repetiría a lo largo del siglo XX (Filipinas, Corea, Vietnam y otros países).

Ellos saqueaban sin contemplaciones riquezas naturales y se anexaban territorios, y lo mismo habían hecho y siguieron haciendo otras potencias imperiales, hasta que declinaron y en el siglo XX vino la descolonización formal en África y Asia.

Ahora vivimos un momento de enorme tensión bélica, más grave si cabe que los peores episodios de la Guerra Fría. Pero hubo un ciclo (a pesar de las Torres Gemelas, Atocha, Medio Oriente, etcétera) en el que vivir en el planeta, aun con penurias, parecía posible.

Esa posibilidad se ha esfumado. El apetito imperial va desde la búsqueda de “tierras raras” hasta la conquista y explotación minera de la Luna y Marte.4 Los máximos poderes se han concentrado en unas pocas manos de supermillonarios que acumulan riquezas obscenas con las que planean realizar actividades igualmente obscenas. Contaminan, pagan multas, vuelven a contaminar, vuelven a pagar multas. No les importa. Quizá no tengan nietos.

En Estados Unidos son cientos los ríos (algunos de ellos importantísimos, como el Misisipi o el Potomac) que están podridos a causa de la contaminación.5 Lo mismo pasa en casi todos los polos industriales del mundo. Y en los grandes centros turísticos.

Y lo mismo en las megaciudades, con sus edificios y sus desamparados. En España, por ejemplo, la avaricia ha llevado a una crisis política sin precedentes. La gente salió a las calles. Los precios de los alquileres para alojar turistas vuelven abusivo el arriendo para los vecinos del propio lugar. Ese mismo fenómeno se da en otros países del norte. Europa arde.

Acá en el sur la vemos aún más fea. Hasta Australia y Nueva Zelanda la ven más fea. Según un reciente informe de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos], en Australia uno de cada 200 habitantes no tiene hogar. Es peor que en Nueva Zelanda, aunque no tanto como en América Latina, con sus rancheríos y sus asentamientos miserables en los que viven 120 millones de personas.6 De África no hay datos confiables.

Mientras esto ocurre, el empresario español Amancio Ortega (Zara, Pontegadea, Repsol y más) amasa una fortuna –solo en propiedades inmobiliarias– estimada en 22.000 millones de euros. Él integra el top ten de leones financieros, como Elon Musk y Jeff Bezos. Diez o 12 milmillonarios inflan el vientre del planeta a un ritmo insostenible. De repartir ni hablemos. En cualquier momento a estos bellacos les aparece el sapo en la barriga y reventamos todos: ellos por angurrientos y nosotros por indolentes.

Fernando Butazzoni, periodista y escritor.


  1. Luis Valls, Los españoles del Uruguay, Tip. Moderna, Montevideo, 1918. ↩

  2. Fernando del Paso, Noticias del imperio, Diana, Ciudad de México, 1987. ↩

  3. Alexander Koch et al., “Earth system impacts of the European arrival and Great Dying in the Americas after 1492”, Quaternary Science Review (Elseiver), Ámsterdam, marzo de 2019. ↩

  4. Urwick y Osborne, “The Race to Mine the Moon”, The Conversation, Londres, diciembre de 2025. ↩

  5. American Rivers, Los ríos más amenazados en Estados Unidos, Washington DC, 2026. ↩

  6. Para una visión del tema en general, ver Clara E. Mattei: L’economia è politica, Fuoriscena Libri, Milán, 2023. ↩