La guerra de Gaza se encamina a concluir con un “acuerdo de paz” que consiste en una sola cosa: cambiar de tema. Los bombardeos israelíes continúan. La ayuda humanitaria sigue siendo insuficiente. A los periodistas extranjeros se les sigue prohibiendo el acceso, a menos que se unan a las patrullas de las fuerzas de ocupación. La reconstrucción sigue siendo una quimera, al igual que cualquier forma de justicia en lo que respecta a las víctimas civiles, las atrocidades cometidas y las destrucciones injustificables. Además, ¿quién gobernará Gaza, con qué legitimidad y con qué medios? Esta cuestión fundamental está más en suspenso que nunca. El acuerdo, celebrado por Estados Unidos, Francia y los Estados árabes, no contiene ninguno de los elementos necesarios para una paz sostenible. Si llegara a haber una “normalización”, sería sólo en el sentido de una evacuación del problema, sería un “hablemos de otra cosa”, puesto que las negociaciones han llegado a término y la violencia ha disminuido un poco.

Este cierre de telón resulta sumamente eficaz. Los medios de comunicación, que en su mayoría han cubierto este conflicto a regañadientes, sólo deseaban dar por terminado un tema que les generaba un malestar constante, tensiones inmanejables y una autocensura, a fin de cuentas, vergonzosa. Asimismo, muchos de nuestros gobernantes también suspiran aliviados al ver cómo se desvanece, no el sufrimiento de los habitantes de Gaza, sino la atención que se le presta al asunto. Al proclamar el fin del conflicto, parecen resolver todo un cúmulo de cuestiones espinosas –presunciones de genocidio, acusaciones de complicidad, abusos del derecho internacional– por el simple hecho de relegarlas al pasado. La guerra que nuestros gobiernos han querido tratar como un paréntesis puede, por fin, cerrarse.

Este desenlace arbitrario sume en el desconsuelo a todas aquellas y aquellos que, por el contrario, conciben este conflicto como un momento crucial: una violencia monstruosa y desinhibida que anuncia un mundo sin fe ni ley, regido sólo por pulsiones racistas respaldadas por una tecnología superpotente. Pero si todo termina en una indiferencia contagiosa, entonces: ¿qué es lo que pasó en realidad? ¿Puede una guerra ser al mismo tiempo tan grave y tan rápidamente olvidada? ¿Cómo no sucumbir ante esa sensación de irrealidad, como si estuviéramos en una pesadilla tangible pero que parece no dejar huella? ¿Cómo movilizarnos cuando a una relativa desescalada de la violencia le sigue un cansancio emocional y moral cada vez mayor?

Para poder responder a estas preguntas, resulta útil situar a Gaza en un contexto más amplio de borrado de poblaciones enteras, condenadas a desaparecer de la escena porque suponen problemas que no interesan a nuestros gobernantes. Los palestinos son un arquetipo en la materia. Ofrecerles soluciones duraderas –a saber, la creación de un Estado viable– obligaría a Europa a un profundo examen de conciencia, que versaría sobre su responsabilidad histórica en la persecución de los judíos, pero también sobre el ocultamiento de esa culpabilidad a través de la fundación, en pleno corazón del mundo árabe, de un Estado judío basado, desde sus inicios, en la conquista. Una paz duradera implicaría igualmente negociaciones largas y dolorosas. Y para que tuvieran alguna posibilidad de éxito, habría que tener en cuenta las experiencias trágicas de los pueblos afectados: décadas de violencias recíprocas en el marco de una ocupación israelí de los territorios palestinos que se ha endurecido con el paso del tiempo. Esto es, precisamente, lo último que piensan hacer nuestros responsables políticos, cobardes y apresurados, ya sea en Washington, Bruselas o París.

Borrados de la mesa

La alternativa consiste en dejar de lado a la población que plantea interrogantes, que incomoda, que molesta. Los habitantes de Gaza no tienen voz ni voto en ningún punto del acuerdo de paz. Las formas que tomarían la reconstrucción de sus ciudades, el futuro de su territorio y de sus niños; todos estos asuntos están destinados a ser discutidos sin importar su opinión. Sus historias, sus sufrimientos, sus esperanzas y sus necesidades desaparecen detrás de visiones políticas que vuelven sus vidas invisibles, inmateriales. La evacuación de los palestinos es, por lo tanto, un ejercicio intelectual: no pasa necesariamente por desplazamientos forzados a gran escala, porque esa compleja logística podría devolverles una realidad física que es lo que, precisamente, se trata de negar.

Este fenómeno de abstracción resultó sobrecogedor en el apogeo de la propia guerra. Las autoridades israelíes no instaban a la población de Gaza a evacuar tal o cual zona específica, sino a teletransportarse, instantánea e incesantemente, despreciando las realidades del terreno. Siguiendo esa misma lógica, bien podían alojarse sin refugios, alimentarse sin víveres y curarse sin hospitales. Muchas de las víctimas civiles son el producto de una indiferencia total hacia las condiciones de vida y muerte de los habitantes de la Franja, de una negación de existencia más que de una estrategia sistemática para erradicarlos. Esta es la especificidad del genocidio atribuido a Israel, que no se asemeja a una empresa industrial de destrucción de cuerpos, por cuanto estos ya ni siquiera existen en la lógica aplicada: las víctimas son arrastradas, como sombras fugaces, por la aniquilación de todo lo que las rodea.

El caso de Gaza, por extremo que sea, resuena con una multitud de otros fenómenos más o menos cercanos a nosotros. Siria ha conocido en los últimos años un borrado similar de personas consideradas problemáticas. El propio régimen contemplaba la solución al conflicto desde el ángulo de la despoblación, bombardeando lo que llamaba las “incubadoras sociales” de la oposición, es decir, las ciudades y pueblos que daban refugio a los rebeldes. Tras la “pacificación” de esas zonas, nunca se permitió el regreso de los habitantes, considerados inasimilables. Incluso hoy, las nuevas autoridades en el poder no dan señales de querer acelerar la repatriación de los millones de ciudadanos forzados al exilio, debido a que tienen otras prioridades en ese país devastado antes que alojarlos, alimentarlos y curarlos. En cuanto a los países que han acogido a los refugiados sirios, sueñan con verlos desaparecer pronto, aunque sea forzándolos a regresar a una patria que, por el momento, no los quiere más que ellos. ¿Qué debe hacer, entonces, esta vasta población? ¿Evaporarse?

Mejor ni verlos

Ya en 2016, la socióloga Saskia Sassen remarcó cómo una lógica de expulsión dominaba la economía globalizada.1 De hecho, en la actualidad, existen numerosos grupos sociales a los que no se quiere ni aquí ni allá. Un ejemplo familiar en nuestras sociedades occidentales es el de las personas sin un domicilio fijo (SDF, por sus siglas en francés) que viven en las calles y a quienes se desearía echar multiplicando los dispositivos contra la gente sin hogar, sin por ello aumentar las capacidades de alojamiento y atención. Una vez más, ¿a dónde exactamente se supone que deben ir estas almas? Los gitanos están sufriendo en toda Europa un proceso similar, entre la represión de los campamentos improvisados y la reducción de emplazamientos autorizados que sean dignos. En Francia, la problemática de los “chalecos amarillos” se resolvió cuando los manifestantes aceptaron regresar –agotados y heridos– a la invisibilidad de la que habían intentado salir. Los problemas acuciantes de los que se habían convertido en portavoces –o en síntomas– permanecen, pero en el vacío de los sufrimientos anónimos.

Para muchos notables, la solución al malestar de los barrios marginales también consiste en “limpiarlos con Kärcher”, según las palabras del expresidente francés Nicolas Sarkozy. Asimismo, la idea de retirar las viviendas sociales a las familias de migrantes delincuentes regresó al debate público. En Marsella, el “saneamiento” de los barrios populares mediante el vaciamiento de su población es una vieja cantinela, que se manifiesta hasta hoy a través de demoliciones y rehabilitaciones cuyo objetivo asumido es rechazar a los habitantes pobres hacia “otro lugar” que, generalmente, permanece mal definido. Los migrantes son concebidos de la misma manera: una parte importante de la clase política europea considera que habría que enviarlos de vuelta; si no es “a sus casas”, entonces “a alguna parte”; en el fondo, da igual dónde. Por ello, se hace todo lo posible por deportarlos a países –como Albania, Nauru, Ruanda o El Salvador– a los que se les paga para que los confinen. Existe todo un negocio que se está desarrollando a lo largo del mundo occidental, que consiste en hacer desaparecer a personas desarraigadas en un archipiélago de campos de aislamiento y de “tratamiento”.

El punto que tienen en común estos variados ejemplos es el repertorio de la purga, del borrado de los problemas mediante la eliminación de las poblaciones afectadas. ¿Para qué molestarse cuando basta con culpabilizar a las víctimas y pedir su censura, su exclusión o su expulsión al abismo? Resulta mucho más sencillo reducir la política al odio hacia otro como solución para todo.

Por eso, todas estas categorías se van sumando, casi hasta el infinito, puesto que los problemas sin resolver también se multiplican. No es casualidad que, en la cultura popular actual, el tema de la depuración se haya impuesto. En el universo de las películas de Marvel, el supervillano Thanos restablece el equilibrio de las civilizaciones eliminando, con un chasquido de dedos, a la mitad de sus miembros. En otra franquicia estadounidense, Los juegos del hambre, relegan a las clases populares a prisiones a cielo abierto y sólo les permiten escapar de su confinamiento para escenificar su autodestrucción ritual. La serie surcoreana El juego del calamar organiza la gestión de los marginados confinándolos en un espacio donde la supervivencia de unos depende de la desaparición de los otros. Asimismo, el genio multimillonario que hace de villano en la película Kingsman: el servicio secreto pretende resolver la cuestión del cambio climático matando a los seres humanos, a excepción de los más ricos.

Regresión de la empatía

Por supuesto, la idea de que hay que hostigar, encerrar, desterrar o erradicar a una parte de la humanidad para el bienestar de otra no tiene nada de nuevo. Lo que es llamativo no es su supervivencia, sino la potencia de su feroz retorno. Gaza no podría haber ocurrido sin este contexto permisivo, ya que no se trata de una guerra oscura, en una región remota del globo que no nos concierne en absoluto. Es, por el contrario, un conflicto familiar, un drama en el que nuestros propios gobiernos son partes interesadas, una hecatombe a nuestras puertas. Lo que mata a los palestinos es una indiferencia consciente y deliberada. Lo que ellos experimentan de forma mortal es una regresión más general de la empatía.

Este retroceso no es exclusivo de la extrema derecha, como signo de una radicalización de nuestras sociedades desde abajo. Esta evolución es aún más sorprendente en el discurso y los actos de nuestras élites políticas y económicas. Nuestras clases acomodadas y cultas se distinguen, cada vez más, por un registro violento y vulgar, por un deseo de acabar con todos aquellos que las incomodan.

Se trata aquí de cuestionar un mismo y único legado que se remonta al siglo XIX y que hemos llamado “liberalismo”: a saber, la aceptación por parte de las élites de la necesidad de incluir más a las masas en la redistribución de la riqueza, en el acceso a los derechos, a la salud y a la educación, así como en la participación en el juego político. La denuncia de la esclavitud formó parte del mismo movimiento intelectual humanista, sin duda, pero motivado ante todo por un instinto de autoconservación frente a dinámicas sociales explosivas. ¿Cómo explicar hoy el repliegue de esta corriente de pensamiento, en condiciones que sugieren, sin embargo, una inestabilidad política que se agrava? ¿Qué se puede esperar de un retorno a relaciones de una desigualdad radical y necesariamente basadas en la violencia pura? El enfoque parece no sólo incendiario, sino absurdo, ya que, en Gaza como en otros lugares, las personas a las que intentamos obliterar siempre sobreviven lo suficiente como para volver a perseguirnos.

La explicación cabe, desgraciadamente, en pocas palabras: el grueso de nuestras élites hace gala de una enorme pereza intelectual. Adiós a los sistemas ideológicos, a las visiones económicas, a los programas políticos y a las lógicas de Estado. Ahora se abre paso el pensamiento voluble, los prejuicios ordinarios, las intuiciones mediocres, los egos desinhibidos y las emociones del momento. El entusiasmo por la inteligencia artificial resume bastante bien esta vagancia que se generaliza en las cúpulas del poder: he aquí una máquina que nos cuesta colectivamente muy cara, cuyos beneficios son más que inciertos, pero que presenta la ventaja de eximir de responsabilidad a nuestros dirigentes, al prometerles soluciones que les permitirían prescindir, cada vez más, de los seres humanos.

Peter Harling, director del centro de investigación Synaps en Beirut. Traducción: Paulina Lapalma.


  1. Saskia Sassen, Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global, Katz Editores, Buenos Aires, 2015.