El perfil de Mamdani es llamativo: inmigrante nacido en Uganda, musulmán, “socialista democrático” y de apenas 34 años. Sin duda, fueron unas elecciones históricas, lo cual no es lo mismo que decir que fueron una sorpresa.
La organización a la que pertenece Mamdani, los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés), ha sido una fuerza política en la ciudad desde la segunda mitad de la década de 2010. En su ascenso, su método consistió en desafiar a los grandes mandos del Partido Demócrata en las primarias presentando candidatos jóvenes. Así fue como la organización allanó el camino para la elección, en 2018, de Alexandria Ocasio-Cortez, entonces de 28 años, quien derrotó a Joseph Crowly, que en ese momento era el tercer demócrata más poderoso de la Cámara de Representantes. Algo similar ocurrió ese mismo año con Julia Salazar (de 27) para el Senado del estado de Nueva York, desplazando a Martin Malave Dilan, que había ocupado esa banca por casi dos décadas.
Los DSA operan en un escenario cuya formación se remonta al movimiento Occupy Wall Street (OWS) de 2011, un momento de inflexión hacia la izquierda en el país. Aunque muchos identifican a OWS como un movimiento esencialmente anarquista, no era esta su orientación real. Fue, más bien, una coalición de diversas tradiciones políticas y movimientos sociales-liberales, socialdemócratas, radicales, sindicatos, organizaciones comunitarias, colectivos autónomos y grupos de afinidad, entre otros, unidos por la crítica común al neoliberalismo y al poder financiero. Su existencia fue posible gracias a la adopción de ciertos principios de organización –horizontalidad, democracia directa, acción directa y autonomía– que permitieron que individuos y grupos con diferentes tácticas y estrategias coexistieran, cooperaran y actuaran juntos, incluso sin acuerdo sobre un programa común u objetivos claramente definidos.
El arreglo era poderoso y muy complejo. Cada aspecto del movimiento que en ese tiempo era celebrado como fortaleza también se manifestó como debilidad. La apertura multiplicó las contribuciones de fuerzas diversas, pero a la vez permitió la entrada de intereses desalineados y constantemente conflictivos. La inclusión logró una profunda identificación con el movimiento, pero hizo que todo fuera más lento y agotador. La descentralización generó una enorme vitalidad a través de la multiplicidad de actividades simultáneas, pero también creó una especie de especialización “forzada”, aislando grupos y generando compartimentación. Surgieron jerarquías de género, raza y clase en el movimiento, que se autodenominó representante “del 99 por ciento” [por oposición al uno por ciento de los más ricos].
Es importante destacar que estos no son simples “defectos” de OWS: son tensiones reales e ineludibles de cualquier intento de radicalizar la democracia. El desalojo del parque Zuccotti el 15 de noviembre de 2011 dejó al descubierto que la ocupación, que era el corazón del movimiento, tenía por detrás un precario equilibrio. Sin embargo, el declive de OWS no pudo borrar el hecho de que miles de personas habían salido a la calle y de que la denuncia de la desigualdad, antes periférica, ahora cruzaba el léxico político del país.
Los participantes de OWS siguieron caminos diferentes, componiendo de forma gradual un ecosistema en el que redes de activistas, reconfiguradas por la ocupación de 2011, reconocieron, en mayor o menor medida, la contribución de todos para sostener un campo político vivo y diverso, donde los proyectos podían fortalecerse mutuamente. Un cierto segmento del movimiento entendía que el camino posterior a OWS pasaba por el municipalismo como una forma de revitalizar la democracia, trasladando la energía de las ocupaciones a prácticas de gobernanza local. España fue la referencia central en los años siguientes (2015), donde experiencias como Ahora Madrid y Barcelona en Comú estaban ganando impulso y parecían demostrar que era posible construir poder institucional sin abandonar los principios de apertura, participación y renovación democrática que también habían animado sus plazas en 2011.1
Pero todo seguía siendo muy incierto: las campañas y movimientos –con énfasis, por ejemplo, en Black Lives Matter [las vidas negras importan]–2 seguían compitiendo por la atención y energía de los activistas. El municipalismo, limitado por el diseño institucional del país, tendía a diluirse como una iniciativa más entre muchas. Fueron las elecciones de 2016 las que lo redibujaron. Por un lado, la meteórica campaña presidencial de Bernie Sanders, que se identifica como socialista democrático, retomó de forma explícita las críticas de OWS. Por otro lado, la primera victoria de Donald Trump impuso una nueva urgencia al campo progresista: construir una alternativa institucional capaz de contener la ola reaccionaria.
Los DSA salieron de esas elecciones con un impulso sin precedentes. Entre noviembre de 2016 y mayo de 2017, el sector triplicó su tamaño. En lugar de presentarse en los márgenes del sistema bipartidista, la apuesta fue clara: la energía se gastaría mejor no en una tercera vía, sino en una carrera dentro del Partido Demócrata, a través de candidatos con vínculos orgánicos con la organización. La campaña de Zohran Mamdani representó un cambio sutil pero significativo en este enfoque. En lugar de haber apostado sólo por cargos legislativos a menor escala para establecer su presencia, los DSA instalaron la idea de que un cargo ejecutivo puede servir como un imán: atraer sectores desorganizados, consolidar una identidad política e imponer el debate sobre toda una agenda progresista, yendo más allá de medidas parlamentarias que, aunque importantes, son aisladas.
Aunque Mamdani no es heredero directo de OWS, su elección es impensable sin aquel antecedente. Su victoria marcó la maduración de un sector que, con el fin del movimiento, comenzó a apostar de modo estratégico por disputas electorales, convirtiendo la crítica sistémica en acción institucional y plataforma política. Esto no significa que la idea de horizontalidad haya desaparecido, sino que existe un nuevo equilibrio dentro del campo progresista. Quizá uno de los grandes retos de la administración Mamdani sea, precisamente, traducir, al ritmo lento del gobierno, las expectativas y la energía del ecosistema que lo trajo hasta aquí.
Nara Roberta Silva, doctora en Sociología por la Universidad Estatal de Campinas y profesora en el Brooklyn Institute for Social Research, en Nueva York. Artículo publicado por Le Monde diplomatique, edición Brasil.
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El 15 de mayo de 2011 se considera el surgimiento del movimiento de los indignados, en España, que luego, por ejemplo, daría origen al partido político Podemos. ↩
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Surgido en 2013 a raíz de la absolución del agente George Zimmerman por la muerte del adolescente afroestadounidense Trayvon Martin, profundizado en 2014 por el asesinato de Michael Brown en Ferguson, y vuelto masivo en 2020 por el asesinato de George Floyd en Mineápolis. ↩