Apenas un centenar de personas desafían las inclemencias del invierno de Tokio en esta tarde de noviembre de 2025. En los alrededores del Sōri Kantei –el edificio que desde los años 1920 alberga las oficinas y la residencia del primer ministro–, las pancartas de este puñado de manifestantes prescinden de la tradicional cortesía japonesa: “¡Takaichi, renunciá!”, “Japón no debe olvidar las lecciones de la historia”, claman los megáfonos. “La larga relación de confianza entre China y Japón ha quedado reducida a la nada por culpa de la primera ministra Sanae Takaichi. ¡No es apta para el cargo!”. Viniendo de un país donde, desde hace tiempo, se ha perdido el hábito de las concentraciones políticas, las imágenes se propagan con celeridad por los noticieros.
Unas semanas antes, el 7 de noviembre de 2025, la primera ministra declaró ante la Cámara de Representantes que, si ocurriera una intervención militar china en Taiwán, Japón lo consideraría como una “situación crítica para [sus] intereses vitales”, lo que justificaría una intervención de las Fuerzas de Autodefensa japonesas. Hasta entonces, ningún jefe de Gobierno se había animado a plantear una provocación semejante. Incluso Shinzo Abe, conocido por su postura conservadora y antichina, “jamás se había aventurado en ese terreno”, lamentó un veterano miembro del Partido Liberal Democrático (PLD), la formación en el poder de la que surgió y que hoy lidera la propia Takaichi. “Sanae Takaichi metió la pata”, concluyó, con mayor contundencia aún por sentirse amparado en el anonimato”.1
Rápidamente, China procedió a congelar las importaciones de productos del mar, a cancelar las giras de artistas japoneses y a recomendar a los turistas chinos (los más numerosos con amplio margen en Japón: con cerca de 800.000 visitantes anuales, frente a los 38.000 franceses) que evitaran el archipiélago. Asimismo, la respuesta a las maniobras sino-rusas en el mar Amarillo tampoco se hizo esperar y pronto se hizo presente el vuelo de un bombardero estadounidense con capacidad nuclear, escoltado por cazas japoneses. Estas tensiones ilustran el nivel de hostilidad de la relación que mantiene la principal formación política japonesa –habituada a discursos revisionistas sobre la colonización de Manchuria, la esclavitud sexual practicada por el ejército japonés o la masacre de Nankín, cuyo aniversario, el 13 de diciembre, se celebró en plena crisis diplomática– con la segunda economía del planeta y primer socio comercial de Japón.
“Plasticidad ideológica”
A pesar de las manifestaciones en su contra, el estilo directo y la línea dura de la primera mujer en ocupar ese cargo la sitúan por encima del 70 por ciento de opiniones favorables, según un sondeo publicado en diciembre de 2025 por el diario Yomiuri. Este resultado duplica con creces la mejor marca de su predecesor. Es más, tras la renuncia de Shigeru Ishiba (2024-2025) el 7 de setiembre de 2025, Takaichi lo sustituyó al frente del PLD, antes de que la Dieta Nacional de Japón la eligiera como jefa del Ejecutivo el 21 de octubre de 2025.
Si bien Ishiba y Takaichi provienen de la misma formación política, todo los opone en lo que respecta a China. Mientras que el ex primer ministro favorecía el acercamiento, su sucesora sigue los pasos de su mentor, con quien ejerció como ministra en varias ocasiones: Shinzo Abe, asesinado el 8 de julio de 2022. Encarnación de un nacionalismo nostálgico de la grandeza del Imperio japonés, Abe destacó por sus esfuerzos para eludir el artículo noveno de la Constitución (que prohíbe al país mantener unidades de combate), principalmente mediante la ampliación del rol de las “Fuerzas de Autodefensa” japonesas al apoyo de los “aliados” de Tokio. Una pirueta semántica cuyo objetivo era autorizar al archipiélago a involucrarse en conflictos en los que no estaba involucrado de manera directa. Dicho de otro modo: a declarar la guerra.
Acercamiento a China por un lado, preparativos para la guerra por el otro: ¿se puede, entonces, defender una cosa y su contraria dentro de un mismo partido? “Para captar la línea del PLD, hay que entender primero que carece de ella”, ironiza Wladimyr Malyk, investigador invitado en la Universidad de Kioto. “Es como si, en Francia, una misma formación albergara a todo el espectro que va desde Sébastien Lecornu hasta Marine Le Pen”. Una “plasticidad ideológica” que, según el politólogo Robert Pekkanen, explica su longevidad: en 70 años de existencia, el PLD sólo ha estado al margen del poder durante seis años. Organizada en torno a este extraño junco político, tan flexible como resistente, la democracia japonesa difiere menos de lo que se cree de un régimen de partido único –del tipo que Tokio denuncia en sus vecinos más cercanos–.
La génesis del movimiento
Transcurría el año 1955. Las tropas estadounidenses, que ocuparon Japón de 1945 a 1952, apenas acababan de levantar el campamento. Atrás quedaba su proyecto de convertir al país en un modelo democrático para Asia: la “amenaza comunista” (en Corea y en China) obligó a la transformación de Japón en un baluarte contra los “rojos”.2 Sin embargo, los partidos comunista y socialista obtuvieron excelentes resultados, ¡e incluso amenazaban con aliarse! Bajo el impulso de Estados Unidos, las dos formaciones conservadoras –la liberal y la demócrata– superaron sus disensiones para unirse. ¿Y quién mejor para pilotar la nueva organización que Nobusuke Kishi? El mismo hombre encargado de organizar el trabajo forzado durante la Segunda Guerra Mundial, sospechoso de crímenes de guerra de clase A, liberado sin juicio por las autoridades de ocupación estadounidense en 1948 y... ¿abuelo de Shinzo Abe?
Pese al apoyo de Estados Unidos, nada auguraba la longevidad de un partido ultraconservador, nacionalista, nostálgico del pasado imperialista de Japón y, además, víctima de luchas fratricidas. La reforma del tratado de seguridad mutua con Washington, destinado a prorrogar el permiso para que las fuerzas armadas estadounidenses hicieran uso del territorio japonés, contribuyó, de hecho, al resurgimiento de una izquierda apegada al pacifismo. Si bien el nuevo tratado se firmó en 1960, la operación le costó el cargo a Kishi. El PLD podría haber sucumbido; pero, en cambio, emprendió una metamorfosis que aseguró su supervivencia.
Hayato Ikeda (1960-1964), quien tomó las riendas del partido y del país, decidió empezar de cero. “Su estilo rompió de cuajo con el de Kishi –explicó Malyk–. Calmó a las facciones, repartió los cargos para dejar contento a todo el mundo y, sobre todo, se centró en la economía”. Se hizo a un lado el relato nacional basado en la esperanza de reconstruir un Japón similar al que perdió la guerra: era el turno del pragmatismo. “El objetivo era entonces duplicar el producto interior bruto (PIB) japonés en diez años –agregó Malyk–. El PLD terminó lográndolo en siete”. Semejante éxito consolidó la nueva orientación del partido. “Al movilizar a la nación en torno a una nueva forma de ‘guerra total’ en la esfera económica y no militar, el plan para duplicar los ingresos desempeñó un papel crucial en la recuperación del país tras las tensiones de 1960 –escribe el historiador Nick Kapur–. El crecimiento económico se convirtió entonces en el nuevo eje de la identidad nacional y cumplió una función unificadora equiparable a la expansión imperial de la preguerra.3
“Sistema PLD”
Aun así, los herederos de Kishi no desaparecieron. De modo que en el interior del PLD se dibujaron entonces dos tendencias. Por un lado, los partidarios de una derecha dura, nacionalista, abiertamente xenófoba y obsesionada tanto por las cuestiones de identidad como por la impugnación del artículo noveno de la Constitución. ¿Sus figuras de proa? Yasuhiro Nakasone (1982-1987), seguido de Jun’ichiro Koizumi (2001-2006) y Shinzo Abe (2006-2007, 2012-2020). Por el otro, una corriente interclasista que satisface tanto al campesinado japonés –aún poderoso– como a los empresarios y pequeños comerciantes. Aunque nació con Hayato Ikeda, esta facción del PLD se personificó en la figura de Kakuei Tanaka, primer ministro de 1972 a 1974 tras haber hecho carrera en el sector de la construcción y obras públicas. Al promover la construcción de puentes, autopistas y trenes de alta velocidad, Tanaka puso fin al aislamiento de las zonas rurales, lo que permitió al PLD consolidar allí un bastión.
La atención a las infraestructuras “constituyó una de las claves que pueden explicar las victorias aplastantes cosechadas por el PLD a lo largo del siglo XX”, considera el politólogo Robert Pekkanen. Se habla incluso de un “sistema PLD”: “Centralización de los ingresos fiscales en manos del gobierno central que, a su vez, los redistribuye hacia los gobiernos locales. Para los dirigentes políticos ambiciosos, unirse al PLD se convierte en la vía más segura para disponer de recursos una vez en el cargo y, por lo tanto, para ser reelectos con mayor facilidad”.
El clientelismo que se instaló entonces en todo el país –vinculando a dirigentes conservadores, altos funcionarios y empresas– pronto adquirió tal magnitud que fue bautizado con el nombre de “triángulo de hierro”. Así fue como se disparó el gasto en construcción entre las décadas de 1960 y 1980, hasta superar el 20 por ciento del presupuesto del Estado. En comparación, durante el mismo período, Francia dedicaba entre el cinco y el siete por ciento de su PIB a las obras públicas. El extraordinario mallado del territorio japonés, tanto por ruta como por ferrocarril, respondía, entre otras cosas, a la voluntad del PLD de mantenerse en el poder.
Por otra parte, hasta 1996, las elecciones japonesas se rigieron por el sistema de “voto único no transferible”, compartido también por Corea del Sur y Taiwán: las circunscripciones contaban con varias bancas, pero los electores votaban a un solo candidato. Quienes obtenían mayor cantidad de votos resultaban elegidos hasta cubrir todos los puestos, sin que los sufragios excedentes de un candidato pudieran transferirse a otros miembros de su formación. En estas condiciones, la etiqueta partidaria importaba menos que la personalidad, lo que exigía un enfoque específico de los comicios. “Los candidatos debían entablar relaciones personales con los electores –explica Pekkanen–. Algunos podían asistir a 600 casamientos al año y a otros tantos entierros. Si se tiene en cuenta que en Japón es habitual obsequiar dinero en este tipo de eventos, resulta fácil imaginar el costo de estas campañas”. El PLD destacaba por su destreza para navegar en este sistema. “Hasta la década de 1990 –concluye el investigador–, frenarlos parecía sencillamente imposible”.
Eficaces desde un punto de vista electoral, el clientelismo y la colusión con el mundo de los negocios acarrearon, no obstante, su dosis de escándalos. El más resonante estalló en 1988 y salpicó no sólo al PLD, sino también al Partido Socialdemócrata, al diario Yomiuri y al operador de telefonía NTT. El caso provocó la renuncia del gabinete del entonces primer ministro Noboru Takeshita. En 1992, un nuevo asunto sacudió al PLD a pocos meses de las elecciones de senadores. Se lo conoció como Sagawa Kyubin, por la empresa de transportes que había entregado 500 millones de yenes (unos 3,8 millones de euros actuales) a Shin Kanemaru, el hombre fuerte del PLD en aquel momento: una violación de la ley sobre la financiación de partidos políticos, agravada por los vínculos con la mafia que el caso sacó a la luz.
Sin el muro no es igual
Sin embargo, en aquel momento, Japón dio un vuelco. No sólo la Guerra Fría había llegado a su fin con el colapso de la Unión Soviética, sino que la burbuja especulativa –financiera e inmobiliaria– que había impulsado la economía acababa de estallar. El país se sumió en una recesión de la que aún hoy lucha por salir. En un contexto como este, los escándalos resultaban aún menos tolerables para la población. Así, el PLD comenzó a desmoronarse.
En 1993, una treintena de funcionarios electos se separaron de la formación y crearon pequeños partidos ad hoc para aliarse con la oposición. La coalición híbrida que se formó entonces derrocó al PLD. Las ocho formaciones que la integraban no estaban de acuerdo en nada, salvo en la necesidad de introducir algo de alternancia en la cima del Estado. Una vez aprobada una reforma destinada a crear un sistema electoral mixto (que combinara circunscripciones uninominales y representación proporcional), supuestamente para potenciar el pluralismo en las instituciones, la coalición estalló. Apenas se mantuvo en pie más de un año. El PLD, que ya había sobrevivido a todos los embates de la segunda mitad del siglo XX, preparó su regreso. Ya dispuesto a buscar aliados, entre ellos el partido budista Komeito, se aseguró un nuevo período de poder indiscutido. Duró 15 años.
El PLD emprendió una nueva metamorfosis. El estallido de la burbuja había abandonado a su suerte a un gran número de asalariados, lo que agrietó un poco más el contrato social de la posguerra, que garantizaba, a cambio de una entrega total a la empresa, seguridad financiera y empleo de por vida. ¿La economía estaba pasando un mal momento? El PLD invitó entonces a volver la vista hacia “los viejos valores que habían cimentado la fuerza del Japón de la preguerra, los del Japón imperial”, analiza Thierry Guthmann, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Mie. La década de 1960 se caracterizó por la primacía de la economía sobre las luchas ideológicas. Los años 1990 vieron surgir a dirigentes más abiertamente nacionalistas, decididos a pasar a la ofensiva en las disputas sobre la memoria.
Sin embargo, uno de los volantazos más violentos a la derecha estuvo en manos de Jun’ichiro Koizumi. Primer ministro de 2001 a 2006, proveniente de una dinastía política que se remonta a principios del siglo XX y padre del actual ministro de Defensa, pronto impuso su estilo dentro del partido: una mezcla de reformas neoliberales y demagogia sin tapujos. En su total rechazo al “sistema PLD”, se dedicó a abolir esa forma de redistribución “clientelista” de las subvenciones que, a su juicio, diluía el poder central. Esto le valió la impopularidad entre las filas de su propio partido, pero cautivó a una opinión pública ya seducida por su estilo sin rodeos. De este modo, Koizumi puso en marcha un proceso de presidencialización del cargo de primer ministro, que Abe llevó todavía más lejos. “Hasta Koizumi, los miembros del partido no estaban obligados a coincidir con el primer ministro”, explica Pekkanen. Desde entonces, el poder se verticalizó y el disenso se desvaneció. “Cuando en octubre de 2005 Koizumi expulsó a los miembros del PLD que habían votado contra su reforma para privatizar el servicio de correo –observa el investigador–, a todo el mundo le pareció normal; 20 años antes, algo así habría sido inimaginable”.
Hizo falta una acumulación de escándalos bajo el mandato de Abe (2006-2007), innumerables fracturas internas con Yasuo Fukuda (2007-2008) y Taro Aso (2008-2009), así como la crisis de las hipotecas subprime, para que el partido perdiera el poder en 2009. No obstante, lo recuperó tres años después con una línea que –si los mandatos de Fumio Kishida (2021-2024) y Shigeru Ishiba (2024-2025) se consideran como “paréntesis moderados”– puso de relieve el dominio del sector ideológico dentro del PLD.
Nuevos votantes
Al abandonar –por desacuerdos en torno al artículo noveno de la Constitución– a su socio centrista, el partido Komeito, Takaichi rompió con una de las fórmulas del éxito electoral de su partido hasta la fecha: su capacidad para apropiarse de reformas populares, ya sean de derecha o de izquierda. “Hay que recordar que, si en los años 1970 Japón se dotó de las leyes ambientales más estrictas del mundo, para disgusto del PSD, fue gracias al PLD –subraya Pekkanen–. Es un partido que siempre ha demostrado un gran pragmatismo a la hora de ganar elecciones. Con el nombramiento de Takaichi, la línea se endureció”. Ahora, una amenaza asoma en el extremo derecho del tablero político: el partido ultraconservador Sanseito, fundado en 2020, que logró un fuerte avance en julio de 2025 al pasar de una banca a conseguir 14 en la Dieta Nacional.
Prioridad nacional, lucha contra la inmigración, defensa de los valores tradicionales... Tanto en X como en YouTube, Sanseito juega la carta del resentimiento para movilizar a la gente y, en especial, a la juventud. “El elector típico de Sanseito es un hombre de unos 30 años que consume información a través de su celular”, constata Pekkanen. Por lo demás, la percepción tradicional de los partidos tiende a invertirse. “Desde la década de 2000 –observa Yoshihiko Takenaka, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Tsukuba–, los votantes jóvenes tienden a clasificar al Partido Comunista [PCJ] de conservador y, por el contrario, a los partidos de derecha de progresistas”. Así, Sanseito y sus videos abiertamente xenófobos, pero ingeniosos y bien editados, resultarían más “progresistas” que un PCJ un tanto gris y aferrado a cuestiones de justicia social tildadas de “arcaicas”.4
Al mismo tiempo que una cierta generación de la posguerra, ferozmente pacifista y fiel a los partidos de izquierda, desaparece poco a poco, va dejando paso a una juventud que no conoció la edad de oro del gran crecimiento ni los empleos de por vida. Según un sondeo de la Universidad de Tsukuba realizado a 3.000 personas en 2025, el 63 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 29 años no se declaraba afiliado a ningún partido político (frente al 14 por ciento de los mayores de 70 años, que representan el 23 por ciento de la población). “La volatilidad del electorado es mucho más fuerte hoy que en la década de 1990 –confirma Malyk–. Los jóvenes votantes son mucho menos fieles a un partido que sus mayores. Votan a políticos jóvenes que dominan las técnicas de comunicación modernas en las redes sociales”. De ahí la tentación de las “frases incendiarias”, como la que le valió a Takaichi la ira de Pekín... y el entusiasmo de gran parte de la juventud.
Pero el resurgimiento nacionalista que encarna Takaichi no se explica sólo por cálculos electoralistas. En muchos aspectos, Japón permanece bajo tutela estadounidense. Sin embargo, pocos días después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, su secretario de guerra, Pete Hegseth, advirtió a los “polizones” –con Japón a la cabeza–: “Los aliados que sigan sin cumplir con su parte en la defensa colectiva sufrirán las consecuencias”.5 Afirmación que fue confirmada durante la actualización, en noviembre de 2025, de la hoja de ruta estadounidense en materia de seguridad: “Nuestros aliados deben intensificar sus esfuerzos y gastar más –y, sobre todo, hacer mucho más– en favor de la defensa colectiva. Los esfuerzos diplomáticos de Estados Unidos deberían centrarse en presionar a nuestros aliados y socios de la Primera Cadena de Islas [Japón, Taiwán, Filipinas, Malasia e Indonesia] para que concedan al ejército estadounidense un mayor acceso a sus puertos y otras instalaciones, para que inviertan más en su propia defensa y, ante todo, para que desarrollen capacidades destinadas a disuadir cualquier agresión”.
Para fortuna de la derecha conservadora, una misma estrategia permite dar respuesta a las exigencias de Trump y al ascenso de Sanseito: avivar la llama del nacionalismo. Aun a riesgo de incendiar Asia Oriental.
Emil Pacha Valencia, enviado especial, jefe de redacción de Tempura. Traducción: Paulina Lapalma.
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Itsuo Tokubo, “Japan PM Takaichi's blunt remarks on Taiwan just latest in long string of controversies”, Mainichi, Tokio, 9-12-2025. ↩
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Ver “Japón”. Extrême-Orient ou Extrême-Occident”, Le Monde diplomatique, Manière de voir, n°200, abril-mayo de 2025. ↩
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Nick Kapur, Japan at the Crossroads: Conflict and Compromise after Anpo, Harvard University Press, Cambridge, 2018. ↩
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Véase Renaud Lambert, “¿Por qué Japón le teme al rojo?”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, agosto de 2025. ↩
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“‘Free-riding’ U.S. allies that don’t step up ‘will face consequences’, Hegseth warns”, Japan Times, 7-12-2025. ↩