¿Después de Venezuela, Taiwán? Para parte de la prensa occidental, el acto de piratería estadounidense en el Caribe habría abierto la vía a una operación similar de China contra Taiwán. ¿La prueba? Los días 29 y 30 de diciembre de 2025, el ejército chino cercó la isla durante un ejercicio que numerosos observadores presentaron como el preludio de una invasión. Según ellos, no hay duda de que los presidentes estadounidense y chino comparten el mismo deseo: acabar con las “pantomimas” del orden internacional surgido de la posguerra para promover otro “gobernado por la potencia, la fuerza, el poder”, como explica el asesor de defensa estadounidense Stephen Miller.1
Si bien en Asia se rumorea una amenaza de conflicto que involucra a China, esta afecta menos a Taiwán que a Japón, destinatario de la maniobra espectacular frente a las costas de Taipéi. Declaraciones virulentas, vuelos de patrullas estratégicas, amenazas de sanciones económicas... Las relaciones entre los dos gigantes del este asiático atraviesan una convulsión de rara gravedad. Pero se trata de tensiones cuyo origen se encuentra al otro lado del mundo y que sugieren que, a pesar de los discursos sobre la “ruptura Trump”, la displicencia estadounidense respecto del orden internacional no es nueva.
La nueva era Takaishi
El 7 de noviembre de 2025, la primera ministra japonesa, Sanae Takaishi, declaró que una intervención de China en Taiwán, o contra las fuerzas estadounidenses que intentaran romper un bloqueo chino alrededor de la isla, constituiría “una amenaza existencial para Japón”: el tipo mismo de situación que, desde 2015 y la reforma del derecho japonés impulsada por el mentor de Takaishi, Shinzo Abe, autoriza a las Fuerzas de Autodefensa del país a intervenir en el extranjero. Una declaración poco sorprendente dado el pedigrí de la primera ministra.
Crítica de la Declaración de Kono (1993) –que reconoce la práctica de la esclavitud sexual por parte del ejército japonés– y de la de Murayama (1995) –que presenta las disculpas oficiales de Japón por “los inmensos daños y sufrimientos causados a las poblaciones de numerosos países, especialmente asiáticos”, durante “su dominación colonial”2–, la primera ministra es una asidua visitante del santuario de Yasukuni. Este lugar, que alberga los restos de 14 criminales de guerra de clase A responsables de las guerras de agresión japonesas de los años 1930 y 1940, recibió la visita de Takaishi en 2025, año del octogésimo aniversario de la capitulación de Japón. La dirigente execra además el artículo noveno de la Constitución japonesa, mediante el cual Japón “renuncia para siempre a la guerra”, y acaba de hacer aprobar el presupuesto militar más importante de la historia del país desde la última guerra.
Sin embargo, esta es la primera vez que un primer ministro japonés se aventura a evocar la posibilidad de una intervención militar contra China. Para observadores, el episodio demuestra el resurgimiento de una extrema derecha militarista, nostálgica del Japón imperial: una de las “fuerzas salvajes y brutales” contra las cuales los Aliados se habían declarado “comprometidos en una lucha común”.3 Si esta fuerza renace hoy de sus cenizas es porque Estados Unidos se tomó algunas libertades con el orden internacional que, sin embargo, había contribuido a promover. Y esto, desde el fin de la guerra.
La ocupación unilateral
El 26 de julio de 1945, la declaración de Potsdam, redactada por Estados Unidos, Reino Unido y China, dictó a Japón los términos de su capitulación, que sobrevino menos de un mes después. Estimando que un “nuevo orden de paz, seguridad y justicia” permanecería “imposible mientras el militarismo irresponsable no hubiera sido expulsado del mundo”, el documento prohibía a Japón conservar toda industria que le diera “la capacidad de rearmarse para la guerra”. Preveía, además, “la implementación” de la declaración de El Cairo de 1943 –es decir, la restitución a China de todos los territorios de los que Tokio la había privado, comenzando por Taiwán– y la ocupación de Japón por los Aliados.
Rusia y Reino Unido insistieron en que esta dependiera de los cuatro vencedores del conflicto; Estados Unidos tenía otros proyectos. En la época, “el control unilateral de Japón se inscribe en un esquema más vasto de expansión de la potencia americana”, escribía el historiador John Dower.4 Un informe estadounidense establecía la lista de territorios que Estados Unidos “debía” controlar por razones de seguridad: el conjunto de Micronesia, las islas japonesas, “las principales bases insulares situadas en territorios de otras potencias aliadas”... Un plan que apuntaba a “transformar el océano Pacífico en un lago estadounidense”, resumía entonces la prensa de ese país. Iósif Stalin dejaba hacer, con la esperanza de que Washington le dejara las manos libres al este del Elba.
El proyecto inicial de “ocupación temporal” por parte de los Aliados adoptó una forma particular. Un solo hombre, el general Arthur MacArthur, decidía todo un dispositivo que sólo la modestia de un historiador de televisión podía evitar calificar de dictadura militar. Esta moldeó el archipiélago según las preferencias geopolíticas estadounidenses. La principal se impuso con velocidad: el anticomunismo, que reconciliaba a Washington con los antiguos dignatarios del Japón imperial.5 Para estos últimos, la ocupación ofrecía el medio “de recuperar rápidamente fuerzas e influencia en el continente asiático [...] a la espera de un conflicto mundial que permita al Imperio del Sol Naciente recuperar, si no los territorios que perdió en 1945, al menos las fuentes de materias primas [...] que hoy le faltan de modo tan cruel”, escribió La Revue des deux mondes en diciembre de 1951.6 El autor de este artículo, Paul Guérin, parecía ignorar que Tokio había justificado precisamente su expansión colonial de los años 1930 y 1940 por la necesidad de acceder a recursos estratégicos.
El 12 de mayo de 1949, Estados Unidos anunció su decisión unilateral de poner fin a los pagos de reparaciones japoneses y de autorizar a Tokio a desarrollar sus “industrias pacíficas”, un término que, de súbito, incluyó todo lo que Potsdam había identificado como potencial industrial de guerra: siderurgia, metales ligeros, construcción naval... Al mismo tiempo, los conglomerados que los vencedores habían deseado disolver, los famosos zaibatsu, son autorizados a reformarse en aras de la “eficiencia” económica. La derrota se parece cada vez más a una victoria para los partidarios del Japón imperial. El panorama alarma incluso a los aliados de Washington en la región, antiguas víctimas de Tokio.
La ambigüedad de San Francisco
Dos años más tarde, Estados Unidos puso fin a su “ocupación” y a la Segunda Guerra Mundial mediante el Tratado de Paz de San Francisco. En malos términos con Estados Unidos desde la victoria de los comunistas en 1949, China no fue invitada a las negociaciones. Además, el documento no respetaba los acuerdos de Yalta que habían consagrado la soberanía soviética sobre las islas Kuriles. Ni China ni la Unión Soviética firmaron el documento, que la primera considera todavía como “nulo y sin efecto” puesto que contraviene el artículo segundo de la declaración de las Naciones Unidas de 1942: “Cada Gobierno se compromete [...] a no contratar un armisticio separado o una paz separada con los enemigos”. El tratado “no incluye ninguna cláusula relativa a la culpabilidad de guerra y no impone ninguna restricción al desarrollo militar y económico”, subraya la historiadora Jennifer M Miller.7 Va acompañado de un tratado bilateral de seguridad entre Washington y Tokio que permite a Estados Unidos continuar estacionando tropas en Japón, especialmente en Okinawa.
Al mismo tiempo, el texto da origen a conflictos territoriales que siguen desgarrando la región. Esto ocurre sobre las islas Kuriles, como hemos visto, pero también sobre Taiwán, cuyo destino había sido decidido por las declaraciones de El Cairo y Potsdam. Si el tratado de San Francisco establece que Tokio “renuncia” a la isla, no especifica a quién debe volver. Washington forja así una ambigüedad jurídica que le permite “utilizar Taiwán como palanca estratégica contra China”, estima el investigador Peter Yang, enfriando las relaciones cuando se trata de “contener” a China y caldeándolas cuando un acercamiento permite alienar a Rusia.8
La misma ambigüedad que hoy esgrime Takaishi. Mientras las autoridades chinas le exigen que se retracte de sus declaraciones de noviembre de 2025, su respuesta es una burla: “Habiendo renunciado a todos sus derechos y reivindicaciones en virtud del Tratado de San Francisco, Japón no está en condiciones de reconocer el estatuto jurídico de Taiwán”.9 Sin embargo, la “renuncia” japonesa era menos evidente cuando se trataba de enviar tropas para “defender” Taipéi.
La paradoja de la corriente de pensamiento que encarna Takaishi radica en que, aunque crece a la sombra de la tutela estadounidense, aspira a emanciparse de ella. Al optar por tender la mano a China por motivos internos, la primera ministra tomó la iniciativa esperando recibir el apoyo de Washington. Pero este no llegó. Sin embargo, el contexto ya no es el mismo que en 1951...
En el momento mismo en que gran parte del planeta denuncia las violaciones estadounidenses del derecho internacional en Venezuela, Japón acaba de ofrecer a China una ocasión de oro: la de prevalerse de ese mismo marco para cuestionar el “desorden” impuesto a la región por Estados Unidos después de 1945. “El militarismo japonés de posguerra no ha sido completamente erradicado”, declaró la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino el 10 de enero. Unos meses antes, la embajada de China en Japón desenterraba las “cláusulas sobre los Estados enemigos” de la Carta de las Naciones Unidas, que autorizan a las potencias victoriosas de la Segunda Guerra Mundial a desencadenar un conflicto contra uno de sus antiguos enemigos sin autorización previa del Consejo de Seguridad (red X, 21-11-2025). La apuesta de Takaishi podría resultar costosa.
Renaud Lambert, jefe de Redacción adjunto de Le Monde diplomatique (París). Traducción: redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
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Citado por Nick Miroff, Ashley Parker y Michael Scherer, “The Wrath of Stephen Miller”, The Atlantic, Washington DC, 7-1-2026. ↩
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“Declaración del primer ministro Tomiichi Murayama con motivo del 50º aniversario del fin de la guerra”, Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, 15-8-1995. ↩
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Declaración de las Naciones Unidas, 1942. ↩
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John Dower, “Japan Occupation and the American Lake, 1945-1950”, en Edward Friedman y Mark Selden (eds.), America’s Asia: Dissenting Essays on Asian-American Relations, Vintage, Nueva York, 1971. ↩
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Renaud Lambert, “Libre, sa-ns être libre”, Manière de voir, Nº 200, “Extrême-Orient ou Extrême-Occident? ”, abril-mayo de 2025. ↩
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Paul Guérin, “Le Traité avec le Japon et les pactes de sécurité du Pacifique”, La Revue des deux mondes, París, diciembre de 1951. ↩
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Jennifer M Miller, Cold War Democracy. The United States and Japan, Harvard University Press, Cambridge, 2019. ↩
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Peter Yang, “Hypocrisy at Its Finest: The US’s Post-War Treaty with Japan”, thechinaacademy.org, 12-12-2025. ↩
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Meredith Chen, “Why Beijing thinks Japan PM Takaichi’s Taiwan remarks challenge the post-war order“, South China Morning Post, Hong Kong, 5-12-2025. ↩