Centrado en el puro interés de Estados Unidos, el estilo “transaccional” de política exterior que Donald Trump despliega desde el comienzo de su segundo mandato en Washington sacó a la luz el rol y la importancia de una nebulosa que, por lo general, tiene un halo de oscuridad y de misterio: la nebulosa de la diplomacia tras bambalinas. Ese mundo en el que todo se negocia y donde nada se supone imposible evoluciona lejos de las instituciones internacionales, de las embajadas y de los círculos de reflexión estratégicos; ignora los grandes principios morales y, ante la necesidad, contraviene los del derecho. Gravita alrededor de un sol dorado, el de los buenos negocios. Incluso los más improbables. Por ejemplo, la reactivación de Nord Stream, esos gasoductos ruso-europeos saboteados por los ucranianos en setiembre de 2022. Los actores de tal proyecto son una buena muestra de los agentes de la diplomacia de las sombras. Pertenecen a gobiernos, a grandes empresas, a agencias de lobby y a servicios de inteligencia de varios países. Allí sobresalen, en particular, los intermediarios que utilizan su don de gentes, real o supuesto, con el fin de facilitar grandes acuerdos entre las multinacionales o los Estados a los que pretenden servir, sacando al mismo tiempo beneficios para sí mismos.

Fruto de una operación ucraniana, apoyada por las habilidades, las formaciones y el apoyo logístico de Washington, Londres y Varsovia,1 la destrucción de tres de las cuatro líneas de Nord Stream parece haber puesto un punto final al envío de gas ruso hacia Alemania vía el Báltico. ¿Reparar los tubos? Para la mayor parte de nuestros interlocutores, la propia pregunta no tiene ningún sentido. Suponiendo que se pudiera reunir los recursos necesarios para ponerla nuevamente en servicio, esta infraestructura cargada de sanciones estadounidenses y europeas parece políticamente tóxica, en particular en Alemania. Dentro de la compañía francesa Engie, que en caso de abandono definitivo perderá sus 2.000 millones de euros de inversión, nadie espera ningún tipo de resurrección. Por cierto, las multinacionales europeas no se atreven a abordar la cuestión con sus respectivos gobiernos, precisamente cuando la destrucción de Nord Stream representa una catástrofe financiera e industrial. En cuanto a Estados Unidos, ¿qué interés tendría en permitir la reactivación de una fuente de abastecimiento competidora de su gas natural líquido (GNL), que desde el comienzo de la guerra en Ucrania fluye a precio de oro en el viejo continente?

Y, sin embargo, una gran cantidad de información que debería permanecer secreta coincide en acreditar que Nord Stream, sin lugar a dudas, podría reactivarse... en las narices de los países miembros de la Unión Europea y bajo la batuta de Estados Unidos, que se dotaría así de una influencia adicional en el mercado europeo del gas, mano a mano con el Kremlin. Por supuesto, no se trata más que de negociaciones preliminares e intermitentes, pero su propia existencia dice mucho sobre la trama de la diplomacia, la diferencia entre los discursos públicos y los intereses en discusión.

Diplomacia en las sombras

Mediados de diciembre de 2025: las negociaciones de paz orquestadas por el presidente estadounidense, Donald Trump, van a buen ritmo. Contactada desde un Burner (aplicación que permite tener un número de teléfono temporal), una fuente cercana a Gazprom lo afirma. “Nord Stream forma absolutamente parte de las negociaciones secretas entre los equipos de Trump y [su par ruso Vladimir] Putin, al margen del plan de 28 puntos –explica este asesor, que participó en los intercambios–. Uno de los escenarios es ponerlo de nuevo en servicio en alianza con Estados Unidos, que sabrá ejercer presión sobre Europa para respaldar esa situación”. La idea consiste en “acosar a los europeos a lo bestia” para que acepten el acuerdo, confirma, también en secreto, un empresario con quien nos reunimos en un selecto club de Manhattan, bajo la condición de apagar el celular y no tomar ninguna nota. Sus palabras coinciden con las de otra fuente cercana a Gazprom, consultada unos meses antes: durante la cumbre de Fairbanks, en Alaska, en agosto de 2025, el presidente ruso tanteó a Trump sobre la posibilidad de obtener garantías de seguridad estadounidenses para Nord Stream, en caso de reactivación. El colmo: Washington, que contribuyó a que los tubos explotaran, aseguraría a Moscú contra nuevos sabotajes. Los asesores de Trump escucharon el mensaje: el gasoducto podría entrar en el marco de un acuerdo de toma y daca sobre Ucrania que quedaría aún por definir. “Tras el sabotaje, hubo una pérdida de interés, ya no se hablaba de eso. Pero tan pronto como los pensamientos sobre una negociación de paz en Ucrania volvieron a ocupar un primer plano –diría en 2024, mucho antes de los anuncios oficiales, con una aceleración durante el regreso de Trump–, las notas estratégicas sobre la utilización del Nord Stream como palanca volvieron a circular intensamente”, nos explica un colaborador de la inteligencia militar estadounidense.

Esos intercambios sugieren un espectacular cambio de opinión estadounidense: desde el comienzo del proyecto, un consenso bipartidario consolidó la feroz oposición de Estados Unidos a la construcción de esa infraestructura.2 La anexión de Crimea [por Rusia] en 2014 amplió ese rechazo, previo a que una ola de sanciones estadounidenses (bajo la égida tanto de Joe Biden como de Donald Trump) intentara paralizar Nord Stream 2 a partir de 2017. Oficialmente, Washington denunció al gasoducto como un arma geopolítica concedida al Kremlin. Por lo bajo, la Casa Blanca y el Congreso se preocupaban sobre todo por las oportunidades para la exportación de su GNL, nueva prioridad estratégica desde la “revolución del gas de esquisto” en torno a los años 2010. Obedeciendo a instrucciones de Washington, Copenhague impidió durante varios años la construcción del segmento que pasa por su zona económica. Fue también bajo la presión estadounidense que Berlín bloqueó a último momento el proceso de certificación de Nord Stream 2, cuya realización finalizó en setiembre de 2021.

Vaya sorpresa, por lo tanto, cuando The Wall Street Journal reveló en noviembre de 2024 que Stephen Lynch, un inversor de Miami apurado por convertirse en “el tipo más rico del cual hayan jamás escuchado”, quería adquirir Nord Stream 2.3 El empresario comenzó su carrera de financista en Rusia. Especialista en transacciones relativas a activos en dificultades, manifestó una preferencia clara por las infraestructuras energéticas y financieras de interés estratégico para Rusia.

En 2007 compró activos del conglomerado Youkos, propiedad del oligarca venido a menos Mikhail Khodorkovsky, en nombre de Rosneft, en una subasta muy controvertida. La nacionalidad estadounidense de Lynch permitió camuflar al beneficiario final de la operación, es decir, el propio Estado ruso que, bajo la iniciativa del presidente Vladimir Putin, renacionalizó un sector petrolero captado por los oligarcas en los años 1990. No se le conoce ninguna otra transacción mayor hasta 2022, fecha en la cual orquestó la recompra de la filial suiza de Sberbank, gigante bancario detentado mayormente por el Estado ruso. Esta entidad posee los fondos congelados de la empresa a cargo del proyecto de Nord Stream bajo sanciones estadounidenses...4 ¿Es, no obstante, un “agente ruso”, como afirman algunos de sus antiguos socios? Esta hipótesis simplificaría las cosas: a través de él, no sería Washington, sino Moscú, quien buscaría reactivar sus exportaciones de gas en Europa, llegado el momento.

Ahora bien, Lynch es apenas el primero de una serie de empresarios, más o menos cercanos a la familia Trump, que intentarían en los meses siguientes negociar tras bambalinas con Berlín, Washington y Moscú para meter mano en el estratégico gasoducto. Según un viejo socio de negocios de Lynch, este último se acercó a otro inversor estadounidense, el llamativo banquero texano Gentry Beach, para pedirle que apoyara su proyecto. Beach, testigo de matrimonio de Donald Trump Junior, “rechazó sus propuestas tras haberse informado y haber comprendido que Lynch tenía un pasado demasiado tóxico en relación con Rusia”, asegura una fuente. Al contactarlo, Beach negó cortésmente estar interesado en el gasoducto.5 Pero, unas semanas más tarde, dos fuentes nos confirmaron por separado que el texano sin lugar a dudas estaba operando tras bambalinas para echar mano a Nord Stream. Se habría aliado con un empresario rumano para la ocasión. ¿Se le hizo agua la boca, a causa de Lynch, y actualmente los dos hombres están compitiendo? Un contacto en Suiza afirma que Beach usó su amistad con el hijo del presidente estadounidense para ponerse en contacto con un muy influyente director de una empresa energética estatal rusa. Pero un interlocutor ruso, que también anhela Nord Stream, afirma que sin duda Beach y Lynch son jugadores demasiado pequeños para ser tomados en serio por Gazprom.

Lynch y Beach más bien pertenecen a la galaxia de intermediarios que alegan una proximidad real o exagerada con los poderosos, sugieren la idea de acuerdos atractivos, se proponen facilitarlos, y de paso aprovechan... Si bien sus maniobras no siempre llegan a buen puerto, su rol resulta determinante para convertir intereses económicos en diplomacia concreta.

El malentendido europeo

Mientras las intrigas en torno a Nord Stream se intensifican, la pasividad de los europeos sorprende. En la misma línea que las iniciativas inspiradas por “la Détente” durante la Guerra Fría [período en el que se relajaron las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética], la construcción del gasoducto denotaba la creencia en las virtudes del “dulce comercio” –noción atribuida a Montesquieu– o del Wandel durch Handel (“el cambio por medio del comercio”) en su versión alemana contemporánea: las virtudes pacificantes de la interdependencia económica entre naciones. En los años 2000 y 2010, Nord Stream fue el ejemplo de la convicción de los dirigentes europeos, franceses y alemanes, en particular, de que la Rusia postsoviética, aceptada en el rango de socio industrial de primer nivel, se convertiría progresivamente en socio político, pese a no unirse a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o a la Unión Europea (UE). Las empresas europeas que participaron en Nord Stream 2 –la francesa Engie, las alemanas Uniper y Wintershell Dea, la austríaca OMV, la británica Shell, la neerlandesa Gasunie– y sus Estados beneficiarios esperaban a la vez controlar esos flujos y cosechar de paso cómodos beneficios. Por su parte, Gazprom y el Kremlin se alegraban por tener una ventajosa parte del mercado gasífero europeo, asegurándose ingresos de rentas estables y consecuentes. De esta interdependencia debería surgir la moderación, incluso el entendimiento.

El aumento de las tensiones geopolíticas a partir de 2007-2008 no movió a los adeptos de esta tesis a cuestionar nuevamente su visión liberal. Sin embargo, Rusia lamentó que su estatus de principal proveedora de hidrocarburos a Europa no le permitiera acceder a la categoría de igual en materia de seguridad. Por su parte, los europeos, empezando por Alemania, consideraban hacerle honor con esta confianza, a veces resistiendo incluso a fuertes presiones estadounidenses.

La guerra en Ucrania reveló la amplitud de ese malentendido y volvió a barajar las cartas. De París a Berlín, la agresión a Ucrania volvió a poner la contención de Rusia al frente de las prioridades, superando cualquier consideración económica. Los industriales europeos tomaron nota de la nueva situación. A fines de 2022, Uniper se salvó de la quiebra por nacionalización, y el Estado federal alemán se apoderó de la tentacular red de distribución Gazprom Germania, filial alemana del grupo ruso, y la rebautizó Securing Energy for Europe (SEFE). El canciller Friedrich Merz, desde su entrada en funciones en mayo de 2025 en el seno de una coalición frágil, endureció aún más la posición alemana con respecto a la invasión rusa en Ucrania: ya no es momento para acuerdos. La política de seguridad y el despliegue de los “valores” tomaron la delantera, así Merz se alineó ostensiblemente con los “halcones” de Bruselas. Perdiendo rápidamente ímpetu frente a Hungría y Polonia, la industria alemana –y en particular sus grandes grupos químicos, muy dependientes del gas natural– sufría en silencio.

Nuestras fuentes en Engie y en la industria alemana afirman haberse resignado a la muerte de la alianza energética ruso-europea. En cuanto al escenario de un gasoducto que abastecería a Europa con gas ruso pero gestionado por estadounidenses, para la mayor parte de nuestros interlocutores resulta absurdo.

Sin embargo, en el verano boreal de 2025, Europa se despertó. A fuerza de trabajar tras bambalinas, los inversores estadounidenses terminaron por preocupar a la cancillería alemana. Alemania, apoyada por Francia, contraatacó bajo la protección de la UE. Presionaron por la específica inclusión, en el 18° paquete de sanciones contra Rusia, de las entidades vinculadas con Nord Stream, hasta entonces solamente perseguidas por Estados Unidos. Para París y para Berlín fue una manera de dotarse de un cerrojo y de influencia sobre el futuro del gasoducto: en el plano legal, la Office of Foreign Assets Control (OFAC) estadounidense ya no sería en adelante el único al mando. De forma marginal, los dos Estados miembros se aprovecharon de ello para recuperar su reputación ante los países del bloque más decididamente antirrusos que ellos.

No obstante, con ese golpe táctico, París y Berlín, a pesar suyo, en parte alimentaron una escalada. Bajo la presidencia rotatoria de Dinamarca (julio a diciembre de 2025), emergieron propuestas de una severidad inédita en contra de las energías fósiles rusas. Ya no se trata de congelar algunos cientos de millones de euros de activos rusos, o de poner buena cara al cortar los flujos directos de gas ruso mientras se abastecen con ellos por intermedio de terceros países. La nueva posición de la comisión en el marco de REPowerEU [plan de la Comisión Europea para “poner fin a la dependencia de los combustibles fósiles rusos”] apunta a disipar las ambigüedades jurídicas e introducir requisitos más estrictos de control del origen que harán realmente imposible la importación de gas y petróleo rusos.

En el otoño boreal de 2025, en Engie estaban preocupados: “Una sanción es una decisión política que puede ser eliminada de un trazo. Pero REPowerEU constituye un marco reglamentario que crearía un esquema legal duradero y muy poco elástico. En los hechos, estaríamos atados de manos, mientras que Estados Unidos conservaría su flexibilidad”.

Foto del artículo 'Los Nord Stream después del atentado'

La estrategia de los electrones libres

Al mismo tiempo, débiles señales indican que las conversaciones entabladas sobre el futuro de Nord Stream se inscriben en el marco más general de una eventual reanudación de las entregas de gas ruso a Europa. En efecto, poco antes de que el plan de paz de 28 puntos sugerido por Rusia y promovido por Trump se filtrara en los medios de comunicación, varias fuentes señalaron que el uso futuro de la red gasífera ucraniana ya es objeto de intensas negociaciones. Según varias versiones de las propuestas que pudimos consultar, el presidente estadounidense sugirió que Ucrania recuperara el tránsito, pero bajo su égida. El gobierno de Volodímir Zelenski no desborda de entusiasmo –una fuente describe la oferta estadounidense como una “extorsión”–. Pero algunos responsables ucranianos estiman que hay que resignarse y reintegrarse al juego cueste lo que cueste.

La idea de una eventual participación de Estados Unidos en los beneficios generados por esos flujos, combinada con la reactivación de proyectos de inversiones estadounidenses sobre los yacimientos rusos, marca un vuelco en la política adoptada por Washington desde los años 1970: obstaculizar la alianza energética entre Europa Occidental y el adversario soviético, y luego ruso. En un momento en que la noción de alianza transatlántica se debilita, los estadounidenses intentan ya no solamente vender gas licuado a los europeos, o prevenir un acercamiento ruso-europeo, sino también aumentar su control sobre la infraestructura energética, allí donde sea posible, incluso en el viejo continente.

En esta nueva estrategia, el rol de los inversores como Lynch resulta fascinante. Primero como electrones libres, desaprobados en su momento por el entorno de Trump, preocupado por no exhibirse con personajes considerados demasiado cercanos a Rusia, ellos intentan, con paciencia, posicionarse en el lugar correcto para, finalmente, estar allí en el momento adecuado. Y facilitar los deals [tratos] cuando un funcionario de alto rango político adecuado termina apareciendo. Su protagonismo a veces es arrebatado a último momento por actores financieros o institucionales más grandes –hedge funds gigantes o mastodontes energéticos e industriales–...

Cuando, en noviembre de 2024, nos preguntamos acerca de los intereses que Lynch representaba, este último no respondió a ningún mensaje. Un lobista de la “Colina” –los diversos centros de poder en Washington–, que conoce íntimamente el caso Yukos de 2007, sostiene que Lynch es un agente ruso, y proveyó decenas de documentos que respaldan esta tesis. Pero varias fuentes que lo frecuentan lo atenúan. Con el correr de las semanas se dibujó la imagen de un oportunista que a menudo fracasa y se presenta de buen grado en los litigios –resulta difícil encontrar un exsocio que no lo haya enfrentado ante un Tribunal o una Corte de arbitraje, por iniciativa de uno o de otro–. Su proyecto de compra de Nord Stream arranca sonrisas a nivel global, tanto en Washington como en Moscú. En la primavera boreal de 2025, corrió el rumor de que obtuvo una audiencia ante el gobierno alemán –interlocutor ineludible de cualquiera que quisiera reactivar la infraestructura, por razones geográficas y jurídicas–, pero que habría salido de allí con las manos vacías. ¿Ese colorido personaje está desviando la atención de los competidores mejor posicionados?

A primera vista, el perfil de Gentry Beach parece más serio, aunque sólo sea por su proximidad con Donald Trump Junior. En el transcurso de 2025 multiplicó los viajes de negocios, desde África Central hasta Pakistán, y mantuvo ante los decisores locales una cuidadosa ambigüedad sobre su poder político. Trump Junior se molestó por ello y le envió, según The Wall Street Journal, una carta de intimación para impedirle utilizar su nombre a diestra y siniestra (4 de octubre de 2025). En un contexto de sucesivos cambios de opinión de Trump (padre) sobre Ucrania y de endurecimiento de la posición europea, la arremetida estadounidense sobre Nord Stream se quedó sin aliento a mediados de 2025.

A partir del verano boreal de 2025, en Alemania los frustrados candidatos se volcaron sobre Bulgaria y Turkstream, la joya secundaria de Gazprom en Europa. El gasoducto del mar Negro todavía está en servicio, ya que se salvó por poco de los frustrados planes de sabotaje y goza de exenciones en la restricción a la importación en beneficio de países como Bulgaria o incluso Hungría. Pero, en un paisaje regulatorio fluctuante, los días de Turkstream están contados, ellos también. Y los empresarios estadounidenses, que les tomaron el gusto a los gasoductos ruso-europeos, están estudiando esta oportunidad balcánica. El activismo de esos empresarios de las sombras es tal que Elliott Management, gigante estadounidense de la inversión a todo nivel, comenzó a interesarse tanto en Nord Stream como en Turkstream. El coloso financiero –pronto seguido por su filial petrolera Phillips 66– presentó sus ofertas en Sofía a comienzos de 2025, pero sus gestiones no tuvieron éxito; pareciera que el clima político aún no está lo suficientemente maduro como para que entren en escena los actores más visibles. Los gasoductos ruso-europeos siguen siendo un tema tabú, ámbito reservado para los electrones libres.

Lynch multiplicó sus viajes a Sofía en la segunda mitad de 2025 para reunirse allí con miembros del gobierno y eminencias grises de la escena energética local. Brad Parscale, exdirector de campaña de Trump, participó de manera discreta en conversaciones similares en ocasión de un viaje a Bulgaria en el que acompañó a Trump Junior a un congreso sobre las criptomonedas.

La clase dirigente búlgara está confundida y dividida. ¿Representan esos empresarios a la Casa Blanca? ¿Un acuerdo con ellos aseguraría en Sofía un tratamiento favorable por parte de Estados Unidos en cuanto a su estrategia de abastecimiento de gas? ¿Actúan Lynch y los otros de común acuerdo o en contra de los intereses de Gazprom, que opera el gasoducto con el turco Botaş? La respuesta no es necesariamente unívoca: el valor de esos intermediarios reside precisamente en su capacidad de poner en relación a adversarios geopolíticos o a multinacionales competidoras, sin servir a los intereses de unos con exclusión de los otros. Por lo demás, Bulgaria se muestra más ágil que Alemania. Sus dirigentes están estudiando las ofertas con atención. Si se llegara a un acuerdo en torno a Turkstream, podría crear un antecedente que afectaría de forma indirecta la suerte de Nord Stream.

Europa busca su brújula

Por su lado, la UE está profundizando la estrategia original inaugurada en 2022: castigarse a sí misma con el fin de tener mayor peso en las negociaciones con Moscú. Bruselas adoptó en octubre de 2025 un 19° paquete de sanciones que va en la dirección de la iniciativa reglamentaria REPowerEU, todavía en diálogo, y anunció la inminente prohibición de la importación de GNL ruso, cuyo comercio había reemplazado hasta entonces una parte del abastecimiento por gasoductos. Trump llamó de forma personal a varios jefes de Estado para solicitarles que renunciaran a los hidrocarburos rusos, precisamente cuando su entorno organizaba el resurgimiento de las empresas estadounidenses en los sitios de extracción rusos en el Ártico, y esta vez acompañado por grandes compañías, como Exxon... A comienzos de diciembre de 2025, en Bruselas la desorientación era palpable. Aun cuando los discursos (políticos, de seguridad) de apoyo a Kiev se exacerbaban y las cumbres se multiplicaban, el Consejo donde se reúnen los gobiernos de los Estados miembros estaba en punto de ebullición. Varios países ya pidieron –discretamente– posponer la puesta en marcha de REPowerEU con el fin de frenar la prevista abstinencia del gas y del petróleo ruso. Esas solicitudes no provienen de los “sospechosos de siempre” como Hungría y Eslovaquia, sino, según nuestras fuentes, de las capitales de Europa Occidental y del Norte que, por otra parte, se exhiben entre los más intransigentes con respecto a Moscú.

“Los mercados están en total confusión”, explica un diputado europeo que hizo de la soberanía energética y tecnológica su caballo de batalla. Un lobista confirma: “Los compradores, traders y distribuidores europeos del gas ya no saben qué camino seguir. ¿Hay que continuar diversificando las fuentes, pasar a las renovables, al hidrógeno, comprar más en Estados Unidos para complacer a Trump, volver al gas ruso? Se habla de decisiones estratégicas, de infraestructuras costosas que se preparan y se amortizan en décadas, que hoy dependen de señales contradictorias y de un marco legal que cambia permanentemente”. Las dos fuentes concuerdan: incluso los inversores extranjeros se están retirando de los grandes proyectos energéticos del viejo continente. Mientras Europa busca su brújula, los Estados Unidos de Trump y su ejército de inversores de las sombras se encuentran en las puertas del mundo del mañana. Y es a ellos a quienes Moscú les habla.

Matt Bernardini y Morgane Fert Malka, periodistas. Traducción: Micaela Houston.

Breve ficha

¿Qué es Nord Stream?

Dos gasoductos submarinos con un trazado prácticamente paralelo, cada uno compuesto por un par de tuberías de un metro veinte de diámetro; 100.000 segmentos de 24 toneladas unidos para formar esta autopista de gas de 1.200 kilómetros en el mar Báltico. El proyecto costó 20.000 millones de euros. Tras su puesta en servicio en 2012, Nord Stream 1 transportó hasta 60.000 millones de m³ al año, lo que equivalía en 2021 a la mitad de las necesidades alemanas. Nord Stream 2 debía duplicar su capacidad.

Para Ucrania, cuya red de transporte puede transportar anualmente hasta 145.000 millones de metros cúbicos de gas ruso a Europa, Nord Stream era un competidor percibido como una amenaza existencial. Esta es una de las razones por las que Ucrania no dudó en llevar a cabo el espectacular sabotaje de Nord Stream en 2022, una operación con un costo aproximado de 300.000 dólares, preparada desde hacía tiempo en colaboración con la Casa Blanca y 10 de Downing Street [sedes del Poder Ejecutivo de Estados Unidos y Reino Unido, respectivamente].

Pero Kiev perdió su apuesta. Desde los primeros meses de la guerra, los compradores occidentales, alarmados por el riesgo, se volvieron hacia otras rutas, al tiempo que redujeron el volumen global de gas procedente de Rusia. El resultado: el tránsito por Ucrania se desplomó. El golpe de gracia lo dio Gazprom, que, tras duras negociaciones, se negó a prorrogar su contrato con Ucrania y cerró el grifo el 1° de enero de 2025.


  1. Morgane Fert Malka, Mes instructions viennent de plus haut. La vérité sur l’explosion de Nord Stream, Stock, París, 2025. Ver también Fabian Scheidler, “Tres escenarios para un atentado”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, octubre de 2024. 

  2. Pierre Rimbert, “Cómo sabotear un gasoducto”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2021. 

  3. Christopher M. Matthews, “A Miami Financier Is Quietly Trying to Buy Nord Stream 2 Gas Pipeline”, The Wall Street Journal, Nueva York, 21-11-2024. 

  4. Morgane Fert Malka, “L’or suisse de Nord Stream: les faux espoirs de Gazprom”, intelligenceonline.fr, 24-1-2025. 

  5. Morgane Fert Malka, “Le clan Trump se tient à l’écart du rachat de Nord Stream 2”, intelligenceonline.fr, 6-2-2025.