La administración de Donald Trump dirige a Estados Unidos hacia una posición hegemónica sin tapujos. El nuevo desorden que va creando en la búsqueda de un orden nuevo ha tenido en las últimas semanas episodios extremos en Venezuela –donde puso en práctica las enseñanzas aprendidas con los fracasos de Afganistán e Irak– y la amenaza de hacer descarrilar crisis crónicas como la de Taiwán. Entremedio, el régimen teocrático iraní responde con represión a una amenaza que entiende como existencial y Trump parece encontrar en ese escenario la oportunidad de avanzar mientras pone en pausa relativa su ambición por obtener Groenlandia. En Washington florecen los halcones por sobre los aislacionistas y Bruselas parece resignada a la impotencia.