No habrá paz en Ucrania antes del cuarto aniversario del conflicto. La nueva ronda de negociaciones iniciada a finales de noviembre de 2025 se ha estancado. Por un lado, el Kremlin considera que el Donbás, ya ocupado en tres cuartas partes, es una garantía mínima, y pretende asegurarse de que una forma de reconocimiento internacional y diversas restricciones priven a Kiev de los medios para recuperarlo militarmente.1 Por otro lado, los europeos se oponen a cualquier cambio de fronteras por la fuerza, lo que constituiría un precedente que, en su opinión, animaría a Moscú a continuar su expansión. Por lo tanto, se declaran dispuestos a “apoyar a Ucrania a largo plazo, al tiempo que refuerzan la presión sobre Rusia con vistas a una paz justa y duradera”.2 Pero, al carecer de los medios necesarios, esta firmeza les obliga a situarse en una dependencia cada vez mayor respecto a Estados Unidos, principal proveedor de armas y pilar de las garantías de seguridad en el marco de un posible acuerdo de paz. Esto ocurre precisamente en un momento en que la administración de Donald Trump incluye la hostilidad hacia la Unión Europea (UE) en su Estrategia de Seguridad Nacional 2025.

De ahí surge la paradoja: aunque no dejan de esgrimir la hipótesis de un ataque ruso, los europeos tienden a relativizar las amenazas –muy reales– de anexión de Groenlandia por parte de Estados Unidos. Envían un grupo de soldados a la isla, pero inmediatamente afirman que es para protegerla de imaginarias incursiones rusas y chinas. El canciller alemán incluso ha retirado sus tropas para “evitar en la medida de lo posible cualquier escalada” y ha instado a París a bajar el tono, ya que el objetivo sigue siendo mantener “una Europa unida y una OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte] fuerte”. Esta negación de la hostilidad estadounidense hacia los países del viejo continente acaba de convencer a Moscú de que los europeos no son más que vasallos de Estados Unidos. Por lo tanto, los rusos continúan los combates a la espera de que Trump pierda interés en Ucrania, lo que, según ellos, llevaría a los europeos a hacer lo mismo. Sin embargo, la inversión que ya han hecho estos últimos (190.000 millones de dólares desde febrero de 2022, es decir, más que Estados Unidos en la actualidad) hace que no les cierren las cuentas.

Un gran malentendido

Por eso, el 20 de noviembre de 2025, la revelación por parte de Axios y Financial Times de un plan de paz ruso-estadounidense sembró el pánico en las cancillerías europeas. El documento de 28 puntos, elaborado en secreto por el enviado especial estadounidense Steve Witkoff y el emisario ruso Kirill Dmitriev, satisface las dos principales reivindicaciones de Moscú: la no adhesión de Ucrania a la OTAN y la retirada de las tropas ucranianas de las partes de Donetsk y Lugansk que aún controlan, que se convertirían en una zona desmilitarizada. Estas dos regiones, junto con Crimea, serían reconocidas como territorios “que pertenecen de facto a Rusia, incluso por Estados Unidos”.

Aunque crea las condiciones para una victoria rusa, este plan no corresponde a la exigencia de “capitulación”, como lo denunció el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, ante la Asamblea Nacional el 3 de diciembre de 2025. Porque, en lugar de la desmilitarización que exigió Moscú al momento de la invasión, fija al Ejército ucraniano un límite máximo bastante elevado de 600.000 hombres. La petición rusa de congelar el frente en las regiones de Zaporiyia y Jerson implicaría, además, el reconocimiento por parte de Moscú de sus reveses y el abandono de sus ambiciones en la orilla derecha del Dniéper. Al igual que en las primeras negociaciones celebradas en Estambul en 2022, se supone que Ucrania se unirá a la UE, pero esta vez la adhesión no está condicionada a la concesión de derechos lingüísticos a los rusohablantes ni a la “desnazificación” de la política de memoria histórica. Además, la mitad de las reservas del Banco Central ruso sancionado, actualmente congeladas, se destinaría a una empresa encargada de la reconstrucción de Ucrania –Washington se arroga el 50 por ciento de los futuros beneficios de esta sociedad–, mientras que, hasta ahora, Moscú quería recuperar la totalidad de estos activos. La otra mitad, siempre según este plan, se destinaría a proyectos de inversión ruso-estadounidenses, en particular en el sector energético.

Reunidos de urgencia en Ginebra, Alemania, Francia y Reino Unido (E3), expresaron su oposición a este plan el 23 de noviembre de 2025. Presentaron entonces un contraproyecto, sabiendo que la mayoría de sus puntos serían rechazados por Moscú. El más determinante es, sin duda, la negativa a bloquear formalmente la adhesión de Ucrania a la OTAN. En cuanto a los posibles “intercambios de territorios”, estos deberán comenzar a partir de la línea del frente (Reuters, 23-11-2025). Cuando estos puntos aparecieron en el plan estadounidense “revisado” que Zelenski presentó a la prensa el 23 de diciembre de 2025, se podría pensar que Kiev y sus aliados europeos habían logrado convencer a Washington de que adoptara su posición. Pero la cumbre de París del 6 de enero –donde se reunieron para continuar las negociaciones– reveló la magnitud del malentendido: los enviados estadounidenses no firmaron la declaración final. Para no ofender a la parte estadounidense, los europeos se abstuvieron de condenar la agresión a Venezuela y la captura de su presidente, ocurridas tres días antes...

Maniobras dudosas

Además de sus intentos infructuosos por convencer a Washington de que adopte su línea dura, los europeos también buscan un financiamiento que permita a Ucrania continuar luchando “todo el tiempo que sea necesario”. La Comisión Europea prevé utilizar los 210.000 millones de euros de activos rusos congelados en territorio europeo (de los cuales 185.000 millones se encuentran en las cuentas de Euroclear, una empresa belga que garantiza la seguridad de las transacciones de los grandes actores financieros mundiales). Se trata de un tabú absoluto en el derecho internacional: el principio de inmunidad soberana prohíbe la confiscación de los bienes de un Estado, salvo en algunos casos muy específicos de beligerancia. La operación sería aún más arriesgada, ya que consistiría en apoderarse de los activos de un Estado al que no se le ha declarado oficialmente la guerra, para transferirlos a un tercer país que no forma parte de la UE.

Bélgica, el país más expuesto a posibles represalias y acciones legales por parte de Rusia, se opuso a esta incautación, al igual que Italia, mientras que Francia se mostró indecisa. El proyecto fue temporalmente abandonado. Por último, el Consejo aprobó un préstamo gratuito de 90.000 millones de euros (60.000 millones para apoyo militar y 30.000 millones para el presupuesto del Estado), reembolsable con hipotéticas reparaciones de guerra. En definitiva, una donación cuya financiación pasa por un endeudamiento común de los Estados miembros, al igual que el plan de recuperación elaborado tras la pandemia de covid, pero, en esta ocasión, en nombre de un objetivo geopolítico. Sin embargo, Hungría, Eslovaquia y República Checa no tienen intención de participar en esta iniciativa.

Sin embargo, la comisión no ha renunciado a embargar los activos rusos. Para conseguir su congelación permanente, primer paso hacia un posible embargo, ha propuesto la activación del artículo 122 del Tratado de Funcionamiento de la UE. Esta cláusula estipula que, en caso de crisis económica, se adopten medidas urgentes temporales sin necesidad de unanimidad y sin la aprobación del Parlamento. Al hacer pasar el apoyo militar a un tercer país por una medida de salvaguardia económica común, la activación de este artículo 122 permitió, por primera vez, una votación por mayoría cualificada sobre una cuestión de política exterior que normalmente se somete a unanimidad: la crisis ucraniana se revela así como un acelerador de la federalización rampante de la UE.

Basándose en esta tendencia, la estrategia de Kiev podría consistir en ganar tiempo para garantizar su lugar en la UE antes de proceder a concesiones territoriales que se consideran cada vez más inevitables. De hecho, el plan europeo revisado prevé ahora que “Ucrania se convierta en miembro de la Unión Europea en un plazo claramente definido”. “En 2027 o 2028, por ejemplo”, declaró Volodímir Zelenski el 23 de diciembre de 2025. Unos días antes, había afirmado que “la futura adhesión de Ucrania a la Unión Europea dependía en gran medida de los europeos, pero también de los estadounidenses”.

Por lo tanto, la comisión está preparando una revisión del proceso de adhesión, adaptada a las necesidades específicas. Según Financial Times, “el plan que se está debatiendo permitiría a Ucrania adherirse al bloque, pero con un poder de decisión mucho menor [...] Ucrania no tendría, en un primer momento, derechos de voto normales en las cumbres de líderes y reuniones ministeriales y obtendría un acceso progresivo a determinadas partes del mercado único del bloque, a sus subvenciones agrícolas y a sus fondos estructurales tras superar determinadas etapas posteriores a la adhesión”.3

Esta admisión acelerada va en contra del proceso de adhesión denominado “por méritos”, que obligaba a los candidatos a esperar muchos años mientras llevaban a cabo las reformas exigidas por la comisión. Una bonita ventaja para un país recientemente salpicado por un escándalo de corrupción en las altas esferas del Estado...4 Uno de los puntos esenciales del dispositivo dibuja un futuro aún más conflictivo para Europa: en caso de adhesión, los Estados miembros estarían vinculados a Kiev por un acuerdo de seguridad colectiva, lo que podría arrastrarlos a un conflicto directo con Rusia.

Hélène Richard, de la redacción de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. Anatol Lieven, “Morir por Donetsk”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, diciembre de 2025. 

  2. Fórmula estándar utilizada en las comunicaciones de la comisión y de la mayoría de los Estados miembros. 

  3. “EU ‘membership-lite’ plan for Ukraine spooks European capitals”, Financial Times, 16-1-2026. 

  4. Sébastien Gobert, “¿Zelenski, el último oligarca?”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, enero de 2026.