“Tomates cherry, tomates en racimo, pimientos morrón, ajíes”, Touria Jaouhar, de 47 años, enumera los nombres de las frutas y verduras que cada día embala en redes de un kilo. La escuchamos detallar su vida profesional en los modestos locales de una asociación que organiza salidas culturales para las personas del sector agrícola en Ait Melloul, una ciudad mediana en la periferia sur de Agadir, en la región de Sus-Masa. Ese lunes de noviembre de 2025 pudo liberarse, porque es su día de descanso semanal. El resto del tiempo trabaja en su máquina, 14 horas por día. Un trabajo agotador. “Tengo que prestar atención cuando estoy en la máquina, a veces me caigo de sueño, pero corro el riesgo de cortarme un dedo”, dice. La obligación de alquilar una vivienda cerca también es consecuencia de este ritmo, porque el transporte garantizado por la empresa que la emplea no llega hasta el barrio periférico donde se encuentra la pequeña casa que ella comparte con su madre y sus hijos. Por 500 dirhams (55 dólares) por mes, duerme en una habitación minúscula, y solo se reúne con los suyos en sus días de descanso. “Me pone triste no vivir con mis hijos, pero ahora ya son grandes y siempre viví así. Estoy acostumbrada, es mi madre quien los crio”, comenta.

Con una remuneración de 17 dirhams por hora, es decir, un poco más de 1,80 dólares, nuestra interlocutora no evita el tema de sus difíciles condiciones de trabajo, sino que insiste en sus luchas. Hace más de diez años obtuvo una victoria esencial: estar en caja y que su antigüedad sea tenida en cuenta. Ella y decenas de colegas ejercieron presión, haciendo paros en el trabajo y multiplicando las acciones, con el fin de obtener un reconocimiento legal de su labor, lo que les permite hoy gozar de los beneficios de la Caja Nacional de la Seguridad Social (CNSS).

Es una movilización como las que a menudo padece Sus-Masa, una de las grandes regiones agrícolas de Marruecos, cuya ciudad principal es Agadir. Se trata del primer territorio en términos de producción de frutas y verduras;1 representa el 85 por ciento de las exportaciones nacionales de frutos tempranos y el 65 por ciento de las de cítricos, con Europa como destino principal.2 Por lo tanto, esas producciones regionales están mayormente destinadas a salir del país, y el volumen de las exportaciones está en aumento desde 2015, con un crecimiento anual promedio del 6,2 por ciento.3 Es una evolución acelerada por el Plan Marruecos Verde (PMV) lanzado en 2008 por Aziz Akhannouch, entonces ministro de Agricultura, y hoy primer ministro. Este empresario, que también fue presidente del consejo regional de Sus-Masa de 2003 a 2007, confió la elaboración de ese proyecto a la agencia de asesoría McKinsey. El objetivo anunciado se basaba en dos “pilares”. El primero apuntaba al “desarrollo de una agricultura moderna con alto valor agregado”; el segundo debía proveer un “acompañamiento solidario de la pequeña y mediana agricultura”. Varios observadores criticaron ese plan dirigido a una agricultura de exportación, que no ofrece al país la soberanía alimentaria.4

El crecimiento del “vergel de citricultura” de Sus-Masa no aguardó la implementación del PMV. Su extensión se duplicó entre 1976 y 2012, pasando de 19.000 hectáreas a 21.600 en 1985-1986 para alcanzar 33.080 hectáreas a mediados de los años 2000, y casi 40.000 en 2012.5 En el marco de ese plan, las exportaciones nacionales de los productos agrícolas aumentaron en un 117 por ciento, pasando de 15.000 a 33.000 millones de dirhams (de 1,66 a 3,63 miles de millones de dólares). Al mismo tiempo, según la Agencia de Desarrollo Agrícola, el producto interno bruto agrícola “experimentó un aumento anual del 5,25 por ciento contra el 3,8 para los otros sectores, permitiendo así crear un valor agregado adicional de 47.000 millones de dirhams”.6 Una creación de riquezas a las que la población obrera casi nunca accede. El sueldo mínimo agrícola jornalero es de 93 dirhams (10 dólares), es decir, 2.255 dirhams netos por mes (250 dólares), calculados sobre 26 días de trabajo. A título comparativo, el salario mínimo interprofesional garantizado (SMIG) llega a 3.045 dirhams, es decir, aproximadamente 333 dólares, para 191 horas por mes, en la industria, el comercio y las profesiones liberales.

El despertar de las obreras

A causa de las aplastantes condiciones de trabajo, de las indigentes y a veces ilegales remuneraciones, en la región se llevan a cabo con regularidad manifestaciones, sentadas y otras acciones colectivas. Pero los medios de comunicación o las redes sociales no se hacen un amplio eco de ellas. En Rabat, Samira Mizbar, socióloga e investigadora en el seno del Consejo Superior de Educación, de Formación y de Investigación Científica, nos describe el surgimiento de una dinámica de movilización rural más importante: “Durante los tres últimos años, se llevaron a cabo muchos movimientos en el mundo rural profundo, que surgieron en lugares que nadie conocía y que antes estaban en silencio. En esta dinámica, las mujeres ocuparon un lugar importante”. Fayrouz Yousfi, doctora en Ciencias Políticas e investigadora en Geografía en la Universidad Queen Mary de Londres, también analizó ese entramado contestatario. Recordando la importante movilización en la región de Sus-Masa, más específicamente en el seno de la provincia de Chtouka Ait Baha, señala que “la participación de las obreras agrícolas en las movilizaciones sociales volvió a poner en duda la impresión de docilidad que había favorecido su inserción en el sector agroindustrial. En efecto, desde mediados de los años 2000, los sindicatos penetraron en las grandes explotaciones privadas y organizaron formaciones para ayudar a los obreros agrícolas a comprender la importancia de la presencia de su sindicato en el lugar de trabajo, y la necesidad de organizarse”.7

Cuerpos fatigados

En Oulad Teima, 40 kilómetros al este de Agadir, Hassan Lhouijeb, presidente de la sección local de la Federación Nacional del Sector Agrícola (FNSA, sindicato dependiente de la Unión Marroquí del Trabajo), se prepara para sumarse a una reunión prevista para la tarde frente a una explotación cercana. Una llamada le informa acerca de un nuevo accidente debido a las malas condiciones de transporte de los obreros agrícolas. Volcó una camioneta, y dos mujeres murieron. El transporte del personal a menudo se realiza en vehículos regulares o en una suerte de motos con tres ruedas, en principio reservados para las mercaderías o los animales.

El auto del sindicalista toma una larga ruta recta que surca los terrenos agrícolas. Altos muros impiden observar los cultivos; solo quedan visibles las puntas de los invernaderos. Delante de la entrada de la empresa, una buganvilia fucsia despliega sus ramas sobre el muro. Sobre la banquina, los obreros y las obreras se ponen en posición, sacan los carteles y los altavoces. Un centenar de personas se desplazó, entre ellas Khadija T, de 57 años. Muestra sus dedos: “Quiero ejercer mis derechos, estoy enferma, tengo reumatismo, ya no puedo trabajar en los invernaderos, solamente deseo cambiar de puesto”. A unos metros, Hassan E, de 45 años, prosigue: “Hace 21 años que uso zancos en los pies todo el día –dice–, cuatro kilos en cada pierna desde 2005”. Es una herramienta impuesta para ocuparse de las plantaciones de tomates, que a veces trepan a dos o tres metros de altura. El obrero se queja de la fatiga del cuerpo y de la ausencia de reconocimiento de su trabajo.

Saïd Ourrous conoce bien esas problemáticas. No obstante, el presidente de la FNSA en Ait Amira, en la provincia vecina, hace la lista de las victorias obtenidas gracias a las movilizaciones y expone su credo: sin los sindicatos, nada sucedería. “Allí donde nuestra organización está presente, hemos mejorado el transporte de los obreros, que hoy se lleva a cabo en minibuses, el personal goza de la CNSS, trabaja ocho horas por día y es mejor tratado”. Esta conclusión también vale para el trabajo en los invernaderos. Pero, según el sindicalista, se trata, además, de movilizar en el seno de las empresas de embalaje. Un objetivo difícil de alcanzar, según nuestro interlocutor, que describe una patronal generalmente reacia y períodos de actividad limitados a cinco o seis meses. Luego “todo es liquidado”, añade. Difícil de dirigir una lucha sindical en tal contexto. Por lo tanto, reconoce, en este sector el tiempo de trabajo puede llegar hasta 16 horas por día. Entre las reivindicaciones de orden más general, Ourrous menciona la armonización del sueldo mínimo agrícola con el SMIG, pero sigue siendo pesimista sobre ese punto: “En principio, debería ser regularizado en 2028. Pero ya dijeron eso para 2022, y en 2022 nada sucedió. Entonces, 2028 va a llegar, y tampoco tendremos nada”.

Foto del artículo 'En Marruecos se gesta el enojo rural'

La juventud se subleva

Estamos en el centro de Ait Amira, donde cada día se lleva a cabo lo que comúnmente se llama “la bolsa del trabajo”. Son las seis de la mañana, todavía es noche cerrada y el aire está frío. Algunos negocios suben las persianas. Ya están presentes decenas de mujeres, esperando un trabajo que tal vez no llegue. Para venir, dejaron a sus hijos, pagaron una niñera, se levantaron en medio de la noche. Son las obreras jornaleras, a las que se les paga entre 70 y 90 dirhams por día (de 6,50 a 10,13 dólares, aproximadamente), por empresas marroquíes, francesas, españolas o incluso neerlandesas. Aquí, la indignación no descansa. “No solamente estamos enojadas, estamos furiosas”, grita una de ellas. Enumeran los reclamos: baja remuneración, precariedad, precios altos de las frutas y las verduras. En medio del grupo de las trabajadoras, un hombre se adelanta. Su cara está demacrada, cansada. Menciona a la juventud marroquí que se alzó en setiembre tras el fallecimiento de ocho mujeres en el hospital de Agadir. “Esos jóvenes... son sus madres las que están acá –dice–. Se rebelaron porque conocen bien las condiciones de vida impuestas y no tienen ni siquiera con qué comprar un par de zapatos”. Mizbar subraya esta continuidad entre las sentadas de los obreros agrícolas y el movimiento de la GenZ 212 (212 es el código telefónico de Marruecos) que sacudió al país hasta octubre de 2025. Las reivindicaciones entonces trataban sobre el acceso a la salud, la justicia social y el fin de la corrupción política. Como guiño simbólico a la historia, aquel cuya renuncia pedía la juventud en la calle no era otro que el primer ministro Akhannouch, que fue el realizador de las reformas liberales de la agricultura.

Fustigar al liberalismo y al capitalismo salvaje es lo que hace Kabda Elhachimi, presidente de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos para Inezgane y Ait Melloul, en la periferia de Agadir. Frente a su té, en el que se niega a sumergir las hebras de menta, según él llenas de pesticidas, denuncia la violencia que se ejerce sobre el mundo obrero agrícola: “Todavía hay movimientos de protesta, huelgas. Pero hay una complicidad entre las autoridades y la patronal sobre ello, con el fin de adaptarse hasta al menor elemento del pliego de condiciones de los ordenantes europeos”.

Lqliaa, a unos kilómetros de Inezgane. Los obreros están ajetreados en la fachada destruida del correo. La “a” de “Marruecos” desapareció –como consecuencia de las manifestaciones de la GenZ–. La localidad vivió el episodio más brutal del movimiento: el 1° de octubre de 2025, tres hombres jóvenes fueron asesinados por disparos de las fuerzas del orden. Las autoridades mencionaron una embestida sobre la gendarmería que habría obligado a los gendarmes a hacer uso de sus armas en situación de legítima defensa. Si bien efectivamente hubo protestas violentas, esta versión oficial es cuestionada. Para Yousfi, el acontecimiento debe ser puesto en relación con la realidad de un territorio “voluntariamente marginado”. Para esta investigadora, las revueltas de aquella noche pueden explicarse: “Cuando vemos lo que esta región produce como valor y como ganancia, y, en paralelo, cómo están organizados las ciudades y los pueblos, la ausencia total de infraestructura, la vida en viviendas insalubres, a veces sin agua y electricidad, o incluso sin sistema de evacuación de las aguas residuales... Esas ciudades y pueblos no estaban preparados para recibir a tantos trabajadores, cuyo número no hace más que aumentar.8 La tierra, el trabajo y el agua son explotados por Europa, las empresas privadas sacan, y nada se distribuye a las poblaciones”.

El movimiento de la juventud marroquí fue frenado al cabo de unas semanas. Los numerosos arrestos y los cientos de encarcelamientos vencieron a los manifestantes. Pero las persistentes injusticias vividas por franjas de la población cada vez más conscientes de sus derechos permiten anticipar un nuevo episodio de protesta de magnitud en el reino. Resta saber cuándo se desatará.

Eva Tapiero, enviada especial, periodista. Traducción: Micaela Houston.


  1. Estadísticas del sector para 2017, soussmassa.ma/fr/agriculture 

  2. Región Sus-Masa en cifras, región Sus-Masa, datos de 2017-2018. 

  3. Opinión sobre el estado de la competencia en los mercados de las frutas y verduras en Marruecos, Consejo de la Competencia, 28 de marzo de 2024. 

  4. “Les politiques agricoles ne nourriront jamais le Maroc sans politiques alimentaires!”, 29 de octubre de 2023, nechfate.ma 

  5. “Producción vegetal”, Oficina Regional de Puesta en Valor Agrícola de Sus-Masa, Ministerio de Agricultura y de Pesca Marítima, 30 de noviembre de 2013, ormvasm.ma 

  6. Principales resultados del Plan Marruecos Verde, Agencia para el Desarrollo Agrícola, 2018. 

  7. Fayrouz Yousfi, “Organisation syndicale et résistances des ouvrières agricoles: faire collectif en politique?”, Soraya El Kahlaoui y Hammad Squali dir., Repenser l’agir collectif, HEM Research Center, Rabat, 2024. 

  8. N. de R.: En Lqliaa, el número de habitantes se multiplicó por cinco en 30 años.