A intervalos regulares, la alarma aúlla en la sala de los convertidores metalúrgicos. Después llega ese silbido ensordecedor, el del oxígeno pulverizado en grandes hornos llenos de metal líquido. “Estas máquinas operan día y noche”, afirma Erbol Ismailov, dirigente de la fábrica. Contenedores de ocho metros de altura, conducidos por la incansable cinta transportadora, vierten sin pausa un flujo centelleante de hierro fundido. Algunos obreros se apresuran en este espacio de dimensiones inhumanas, entre ráfagas de humo grises y amarillas, y el olor acre de la pintura industrial. Aquí se restaura, se repara. “Acabamos de reemplazar 50.000 m² de techo”, señala Ismailov. El complejo metalúrgico de Temirtau –vendida en 2023 por ArcelorMittal a Qarmet– no cambió realmente desde aquella época en que fue uno de los centros siderúrgicos más grandes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Pese al deterioro del lugar, sigue siendo el mayor productor de acero de Asia Central, y exporta a China, Marruecos y Medio Oriente.

Como en casi todo el resto de Kazajistán, el extractivismo transformó en ciudad lo que no era más que un campo de trabajo penitenciario: el campo de trabajo de Karagandá, o Karaganda Lager –el “Karlag”–, construido en 1930 en mitad de las estepas. A finales de los años 1980, casi 47.000 metalúrgicos trabajaban en esta ciudad siderúrgica. Pero desde que desapareció la economía planificada y desde que la multinacional india Mittal Steel compró las instalaciones a precio de saldo en 1995, las condiciones económicas y sociales se degradaron. Entre 1996 y 2023, 22.000 obreros fueron despedidos o reemplazados, de modo que los que se quedaron se vieron obligados a trabajar a ritmos infernales en un ambiente insalubre: además de los incendios, hay que lidiar con las baldosas que se rompen y los techos que se derrumban con regularidad. Los trabajadores cobran aproximadamente el salario bruto medio nacional (912 dólares en 2023), salvo los desafortunados que trabajan para subcontratistas, que son cada vez más numerosos, y cobran unas cuatro veces menos… y no todos los meses. En 2023, ArcelorMittal acumulaba deudas de 300 millones de dólares con estas empresas tercerizadas.

Y después está el otro mundo, el de la mina. Para abastecer de electricidad a este laberinto de edificios negros y de chimeneas, la cuenca carbonífera que rodea la ciudad engulle 14.000 mineros en sus entrañas, siete veces menos que a finales de los 1980. Para rendirles homenaje, se erigió una inmensa estatua de bronce en la capital regional, Karagandá, que representa a dos mineros. A sus pies, Pavel Shumkin, que pasó “25 años bajo tierra”, parece desgastado. “Estas galerías están saturadas de metano altamente inflamable y figuran entre las más peligrosas del mundo. Y para mantener los tiempos de producción, se violan las reglas de seguridad todos los días. Trabajar ahí es un suicidio”. Entre los accidentes en los talleres y en la decena de instalaciones subterráneas, murieron más de 150 personas entre 2006 y 2023, año en que una explosión descomunal de metano en la mina de Kostenko mató a 46 hombres. A la mañana siguiente del desastre, para contener la fiebre contestataria, el presidente Kassym-Jomart Tokayev se precipitó al lugar para anunciar el retiro inmediato de ArcelorMittal, que pasó a ser el blanco de todas las acusaciones. Tras evocar la posibilidad de nacionalizar la empresa, finalmente fue Andrey Lavrentiev –un joven empresario cercano al poder kazajo y a los círculos empresariales rusos– quien se hizo cargo del complejo y anunció un plan de inversión de 3.500 millones de dólares para modernizar y garantizar la seguridad de la producción.1

Monociudades en declive

En dos años, según la nueva dirección, la producción de acero aumentó un 22 por ciento, gracias a algunas renovaciones y a que contrataron a 5.135 personas. Seis minas volvieron a estar operativas, pero, de acuerdo con los obreros con los que hablamos, los salarios siguen llegando con retraso y las condiciones de trabajo, tanto en la fábrica como bajo tierra, realmente no cambiaron. Algunos mineros mencionan la escasez de mascarillas respiratorias, la falta de hidrantes contra incendios o el mal estado de los detectores de gas. Oleg Soshnyanin acaba de perder a su hermano Konstantin, de 28 años, sepultado bajo toneladas de carbón mientras trabajaba en la mina cercana a Temirtau. Un informe interno de Qarmet sugiere que se suicidó. “Es un accidente laboral. Trabajaba solo ahí abajo, haciendo el trabajo de dos o tres mineros. Los que bajan no tienen opción, tienen deudas y terminan acostumbrándose a lo inaceptable”, explica Soshnyanin. Tanto siderúrgicos como mineros tienen su propio sindicato, pero estos apoyan a los directivos cada vez que las reivindicaciones amenazan la producción.2

Temirtau es lo que en ruso se llama un monogorod, es decir, una “monociudad” construida desde cero en torno a una industria extractiva durante la era soviética y, la mayoría de las veces, revendida a bajo precio a inversores extranjeros tras la caída de la URSS. “Después de 1991, estos espacios configuraron una economía dependiente de los recursos naturales, de su exportación y de su valor en los mercados mundiales”, constata el economista Kuat Akizhanov. En este momento en que Estados Unidos y China compiten por explotar dos grandes yacimientos de tungsteno, todo lleva a pensar que Kazajistán no está cerca de salir de este “capitalismo rentista”. Además del petróleo, el carbón o el uranio (40 por ciento de la producción del planeta), el país concentra un tercio de las reservas mundiales de cromo, un 25 por ciento del manganeso, un 10 por ciento del hierro, del cobre, del plomo y del zinc, y enormes yacimientos de tierras raras, conforme a las cifras oficiales kazajas. “Hoy un 68 por ciento de las exportaciones proceden de las regiones controladas por las monociudades”, agrega el economista. “Pero la mayor parte de los beneficios se reinvierten en otros lados, en grandes ciudades dinámicas como Almaty o Astaná, si no terminan en cuentas offshore...”. Aunque la nacionalidad kazaja del nuevo accionista de Qarmet parecía ser una garantía, esto duró poco tiempo. En abril de 2025, la empresa pasó a manos de una entidad opaca registrada en Singapur. Ante las sospechas de evasión fiscal, la dirección sostiene que solo abrió una oficina allí como respuesta a un mercado en pleno auge. “De hecho, por mucho que aumente la riqueza media de una región minera, la población es cada vez más pobre. El interés de los financistas solo perdura en la medida en que los obreros estén sobreexplotados y que se sigan usando máquinas obsoletas”.

Infraestructuras abandonadas

Elena Varganova, de 55 años, vivió toda su vida en Temirtau. Militante en una asociación de defensa del medioambiente, también es vicedirectora de la escuela 16. El establecimiento está bordeado por las tuberías de calefacción externas del complejo metalúrgico. Cada año reciben reparaciones rudimentarias. Pero las roturas –causadas por el hielo o el deterioro de las infraestructuras energéticas– son numerosas (más de 200 durante el invierno de 2022). “Durante el régimen soviético, cada obrero tenía una vivienda y podía acceder a hospitales, escuelas o colonias de verano para los niños”, recuerda Varganova. En esa época, eran las grandes empresas y no las administraciones locales las que financiaban esos servicios. Tras la independencia, derribaron algunos jardines públicos del complejo, o los transformaron en estacionamientos para Temirtau. Así y todo, a cambio de contratos de venta muy ventajosos, el gobierno kazajo pudo asegurarse por un tiempo de que los capitales privados mantuvieran algunas obras sociales en las monociudades. “Al menos ArcelorMittal había construido un complejo deportivo y un sanatorio para los obreros. Pero este último está por cerrar, igual que las colonias de verano. Qarmet reintrodujo los tranvías, pero es una mera fachada. Los lazos con la población están rotos”.

Muchos optaron por irse. Desde la independencia, la ciudad perdió un 28 por ciento de su población. Una parte de los mineros vive en ciudades modulares de contenedores, cuyo acceso está prohibido al público. “Los trabajadores están aislados del resto de la sociedad durante ciclos de 15 o 28 días”, precisa Paolo Sorbello, investigador y periodista del medio de prensa kazajo Vlast. Este nuevo tipo de explotación da cuenta de la relegación extrema que experimenta la ciudad minera kazaja, al punto de que “ahora hay mineros que viven en Almaty y se desplazan cientos de kilómetros para cumplir con su jornada laboral”.

Epicentro de protestas

Las monociudades suelen ser escenario de levantamientos obreros (en Janaozen en 2011, en Kentau en 2021 y de nuevo en Janaozen en 2022). Pero ese año también se sumaron otras grandes ciudades, como Karagandá, supuestamente tranquila. El país ardió en llamas, incluida la capital económica Almaty. Rusia movilizó tropas de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva y la represión fue sangrienta: murieron 238 personas y hubo miles de heridos. Es cierto que la crisis política tuvo múltiples causas: el precio de los hidrocarburos, la inflación, la ira contra el expresidente Nursultán Nazarbáyev y su clan; pero las monociudades constituyeron el epicentro. Ante la ira creciente, el Estado se centró en intentar atraer nuevos inversores extranjeros, con cierto éxito. Gracias a enormes beneficios fiscales, estas localidades se convirtieron en colonias de capitales holandeses (por ejemplo, con Shell), estadounidenses, rusos o chinos. “Suele haber una zona económica especial sin impuesto de sociedades, sin impuesto inmobiliario ni aranceles para el equipamiento importado, con procedimientos simplificados para contratar trabajadores extranjeros”, cuenta Michael Levystone, cofundador del Observatorio de la Nueva Eurasia.

Por lo general, gracias a sus conexiones con la administración central del Estado,3 estas industrias han gozado de leyes hechas a medida para desarrollar sus actividades sin obstáculos. Junto con una legislación antihuelga en vigor desde 2014, varios organismos de control vinculados al Estado también pasaron a manos privadas. Por ejemplo, en 2018, el salvamento minero –que se ocupa de detectar anomalías y de intervenir en caso de accidentes– pasó a ser un servicio remunerado por el empleador. “Antes, se podía interrumpir la producción por motivos de seguridad. Ahora, los dirigentes ya no nos toman en serio: si somos demasiado prudentes, nos quedamos sin contrato”, cuenta Alexey Golovtchits, presidente del sindicato de rescatistas mineros de la región de Karagandá, donde opera Qarmet.

Contaminación letal

Respecto del control de la contaminación, rige el mismo credo. “Las empresas, para respetar sus compromisos ambientales, tienen la potestad de autocontrolarse. Obviamente, todo está siempre perfecto”, comenta con ironía Dmitri Kalmykov, ingeniero especialista en seguridad ambiental. Peor aún, “para el mercado local de la región de Temirtau, el explotador de las minas obtiene ganancias vendiendo una especie de pasta compuesta de residuos que procede del tratamiento del carbón. Se usa sobre todo para las estufas de las casas, y desprende un humo muy contaminante. El Estado podría imponer sanciones, pero prefiere no intervenir”. De este modo, entre 1996 y 2023, la contaminación de origen siderúrgico en Temirtau fue responsable de unas 3.000 muertes, de acuerdo con el Centro para la Investigación sobre Energía y Calidad del Aire, con sede en Helsinki. Entre las enfermedades respiratorias y el cáncer de pulmón, el costo social se estima en unos 4.200 millones de dólares.4

Fiebre cripto y colapso energético

No muy lejos de las forjas, la zona económica especial de Saryarka –situada junto a una de las centrales carboníferas más grandes del país– ilustra hasta qué punto las monociudades están sometidas a una explotación sin límites. Aquí, las fábricas de máquinas, herramientas o de hornos de fundición para la industria local gozan de electricidad a bajo costo. Perfecto para atraer a los empresarios que, bien posicionados y seducidos por el auge del bitcoin, construyeron granjas de criptominería –que consumen mucha energía– al margen de esos canales. Una parte no estaba declarada y se abastecía de esta electricidad, a veces comprada a las fábricas locales, y otras directamente desviada de las infraestructuras energéticas con complicidad de los responsables. “Estas granjas ilegales prosperaron gracias a la corrupción de las fuerzas del orden”, afirma Hugo Estecahandy, que está escribiendo una tesis sobre la geopolítica de la criptominería. “El problema es que los transformadores suelen remontarse a la era soviética y no soportaron la explosión de la demanda”. En 2022, durante ciertos meses, el consumo de la región de Karagandá se disparó un 50 por ciento respecto del año anterior. Hubo muchos cortes de electricidad y, cuando la fiebre de las criptomonedas se apropió del país, todo el sur de Kazajistán sufrió un apagón gigante en enero de 2022. En noviembre y diciembre del mismo año, le tocó a la ciudad carbonífera de Ekibastuz quedar a oscuras en pleno invierno.

Fue tal el caos que un centenar de instalaciones cerraron en 2022, a veces con intervención policial para incautar el material. En 2023, se votó una ley para obligar a los criptomineros a producir su propia energía, a comprarla en el extranjero o localmente mediante un sistema de subastas... Dos años más tarde, no todos desaparecieron. “Todavía quedan algunas grandes empresas con suficiente capital financiero y capacidad para negociar con las autoridades”, precisa Estecahandy. Seguramente subsisten algunos lugares secretos, según él. La represión se dirigió sobre todo contra la red de empresarios vinculada al clan del expresidente Nazarbáyev. La oligarquía oportunista se renueva más rápido que las monociudades.

Charles Perragin, periodista. Traducción: Agustina Chiappe.


  1. Khadisha Akayeva, “Qui est Andreï Lavrentiev et quels sont ses liens avec les autorités ?” (en ruso), Radio Free Europe-Radio Liberty, 11-12-2023. 

  2. Tommaso Trevisani, “Work, Precarity, and Resistance. Company and Contract Labor in Kazakhstan’s Former Soviet Steel Town”, en Industrial Labor on the Margins of Capitalism: Precarity, Class, and the Neoliberal Subject, Berghahn Books, 2018. 

  3. Rano Turaeva y Wladimir Sgibnev, Mining cities in Central Asia and the South Caucasus: survival strategies under conditions of extreme peripheralisation, Leibniz-Institut für Länderkunde, Leipzig, 2023. 

  4. Jamie Kelly, Erika Uusivuori, Vera Tattari, Lauri Myllyvirta, “Air quality impacts of ArcelorMittal’s Temirtau steel plant in Kazakhstan – 1996 to 2023”, Centre for Research on Energy and Clean Air, Helsinki, agosto de 2024.