Cuando la reacción de Emmanuel Macron ante el secuestro de su homólogo venezolano por soldados estadounidenses fue tan entusiasta que Donald Trump la compartió inmediatamente en su cuenta, el presidente francés pareció avergonzado. Para un autoproclamado defensor del derecho internacional contra las transgresiones de los “regímenes autoritarios”, elogiar la acción letal (alrededor de 100 muertos) de un comando en una capital extranjera fue bastante de mal gusto. Macron se defendió explicando... que no se debía dar importancia a su reacción en la red X: “La política no se acaba con tuits. Lo único que importa es la declaración del ministro de Asuntos Exteriores”, una declaración que dijo haber “respaldado” (Le Monde, 10 de enero).

Tras haber recibido tal preeminencia del propio jefe de Estado, el ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, no tardó en desaprovechar esta ventaja. El 11 de febrero, basándose en una versión inventada de las declaraciones de Francesca Albanese, proporcionada por una influyente proisraelí, Caroline Yadan, quien además es parlamentaria del partido del presidente, Barrot vilipendió “sin reservas” las indignantes y reprensibles declaraciones de la relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos. “La señora Albanese designó a Israel como enemigo común de la humanidad”, alegó Yadan. Sin embargo, la declaración real no incriminó en absoluto a Israel, sino a “la mayor parte del mundo” que provee armamento a este país y a “la mayoría de los medios de comunicación que amplifican” el discurso de sus líderes. Sin molestarse en verificar las afirmaciones, el ministro francés afirmó ante la Asamblea Nacional que Albanese era “una activista política que difunde discursos de odio” y “traiciona el espíritu” de las Naciones Unidas. Sus provocaciones, dijo, solo exigen una respuesta: su dimisión. Francia la exigiría el 23 de febrero, durante la sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Inmediatamente, los troles neoconservadores (Jean Quatremer, Sophia Aram, Bernard-Henri Lévy, etcétera) formaron un escuadrón para regurgitar sin cesar, en todos los medios, la misma media docena de noticias falsas y citas truncadas destinadas a desacreditar a la relatora especial de la ONU.

Desafortunadamente, estos vituperios no lograron apaciguar a Barrot: 24 horas después de acceder a las exigencias de Yadan –es decir, las del gobierno israelí–, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores francés tuvo que admitir, con cierta timidez, que las acusaciones de la diputada contra Albanese se basaban en una “declaración falsa”. En cuestión de días, la credibilidad del ministro francés quedó destruida. Destacados profesores de derecho lo acusaron de “socavar los mecanismos de la ONU” (Le Monde, 18 de febrero). La asociación Juristas por el Respeto del Derecho Internacional presentó una denuncia ante la Fiscalía de París por difusión de información falsa. A través de su presidente, Amnistía Internacional recomendó al ministro Barrot “emitir una disculpa pública y retractarse de cualquier exigencia de dimisión de Francesca Albanese” (13 de febrero). En una carta abierta (18 de febrero), numerosos exembajadores y diplomáticos expresaron su apoyo al mandato de la relatora, denunciaron la “desinformación” sembrada por el jerarca francés e instaron al ministro a reconsiderar su postura.

¿Puede todavía hacerlo? Alumno diligente de un macronismo en decadencia, el ministro de Relaciones Exteriores francés se entrega a maniobras acrobáticas “al mismo tiempo”, hasta el punto de no saber ya qué defiende: celebra los derechos humanos y luego almuerza a finales de enero con Peter Thiel, ideólogo del tecnofascismo estadounidense, a quien felicitó por contribuir al desarrollo de Palantir, empresa socia del gobierno israelí, “orgullosa de apoyar sus misiones de seguridad nacional”, y especializada en vigilancia masiva. Critica las ambiciones de Trump respecto de Groenlandia en nombre del derecho internacional, pero en junio se negó a condenar los bombardeos estadounidenses sobre Irán... aunque reconoció, no obstante, que eran “ilegales”.

Sin embargo, Barrot es muy exigente con la legalidad en el caso de Ucrania. Hace un año, tras la reanudación de las conversaciones cumbre con Moscú, se le preguntó al ministro francés sobre su posible reacción si su homólogo ruso lo llamaba al Quai d’Orsay [sede de la cancillería francesa]. El ministro Barrot respondió que se negaría a hablar con él, excepto si Serguéi Lavrov quería anunciar la capitulación de su país: “Si es para decirme que Rusia finalmente ha aceptado la adhesión de Ucrania a la OTAN, contesto el teléfono”.1 Así, confundiendo con demasiada frecuencia la diplomacia con la bravuconería, Francia, que ya no tiene peso en ningún lugar, está viendo pasar el mundo.

Sin embargo, en el caso de Oriente Medio, los errores no son totalmente atribuibles a la falta de compostura y profesionalidad de Barrot. Porque los signos de alineamiento de París con Tel Aviv se multiplican, quizás para hacer olvidar al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el reconocimiento de Palestina por parte de Francia, aunque en la práctica no tuvo consecuencias. El 15 de febrero, Macron invitó a Frédéric Haziza, un periodista apasionadamente proisraelí, al Palacio del Elíseo [sede del Poder Ejecutivo francés] para susurrarle que La Francia Insumisa (LFI) se oponía a “los principios fundamentales de la República”, “en particular al antisemitismo”, una acusación infundada, a menos que admitamos que llamar genocidio a la acción de Israel en Gaza es suficiente para justificarla.

Cuatro días después, concluyendo con fanfarria una semana de obsequios para el gobierno de extrema derecha israelí, el primer ministro Sébastien Lecornu confirmó que su gobierno estaba pidiendo la renuncia de Francesca Albanese, se negó a permitir que la guerra de Gaza fuera llamada genocidio y puso en la agenda del Parlamento en abril un proyecto de ley que equipara “antisionismo” y antisemitismo. El ministro Barrot podrá confirmar la probidad intelectual de la diputada que inspiró este texto, ya que es Caroline Yadan.

Serge Halimi y Pierre Rimbert, redacción de Le Monde diplomatique (París).


  1. Entrevista en LCI, 16-2-2025.