El 3 de febrero, Glencore, el gigante suizo dedicado al comercio de materias primas, anunció su intención de ceder el 40 por ciento de sus activos mineros en la RDC a Orion CMC, un consorcio público-privado estadounidense creado en octubre de 2025. Más temprano ese mismo día, la compañía canadiense Ivanhoe Mines declaró estar dispuesta a suministrar zinc extraído de su mina congoleña de Kipushi a la reserva estratégica Project Vault, creada por la Casa Blanca el 2 de febrero –es decir, el día anterior–. El 4 de febrero, en Washington, el presidente congoleño, Félix Tshisekedi, participó en la cumbre global sobre minerales críticos –llamados así debido al alto riesgo de desabastecimiento y a la falta de sustitutos viables– y, luego, en el tradicional “Desayuno de oración nacional” de la clase política estadounidense, en donde el presidente de ese país, Donald Trump, lo presentó como un aliado clave.

Según Christian Géraud Neema Byamungu, especialista en relaciones sino-africanas y editor del China-Global South Project para África, lo que persigue Estados Unidos es un doble objetivo: blindar las cadenas de suministro consideradas estratégicas e impedir que China “extienda aún más su dominio”. En su momento, la pandemia de covid-19 reveló lo mucho que dependía la industria estadounidense de Pekín para su abastecimiento de minerales críticos. Esa situación, sumada a la inquietante constatación de que China “controla actualmente lo esencial de la cadena de valor, desde la extracción hasta la transformación, asegurando cerca del 60 por ciento de la producción minera, más del 85 por ciento de la capacidad de refinado y más del 90 por ciento de la fabricación de imanes permanentes”,1 llevó al entonces presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, a tomar cartas en el asunto. En un contexto como este, y teniendo en cuenta que la transición energética viene marcando el ritmo de la industria global, el subsuelo congoleño se presenta como una auténtica cueva de Alí Babá: no solo alberga el 70 por ciento de las reservas mundiales de cobalto, sino que también rebosa de oro, diamante, zinc, manganeso, níquel, estaño, tungsteno, tantalio e incluso litio.

Minerales por infraestructuras

Después de un largo período de presencia en el sector minero de la RDC, Estados Unidos emprendió una retirada progresiva durante la década del 2000 debido a que consideraba que los costos de producción eran excesivos y que la reforma del Código minero local resultaba desfavorable. En paralelo, China empezó a instalarse en un país que, tras una década de conflictos e inestabilidad, buscaba medios para reconstruirse. Mientras que Occidente proponía una ayuda gradual y condicionada, el gigante asiático ofrecía financiación masiva, rápida y directa, respaldada por los recursos mineros y sin exigencias políticas. Así, en 2007, Kinsasa y Pekín sellaron el acuerdo “minerales por infraestructuras”: a cambio del acceso a los yacimientos de cobre y cobalto en el sureste del país, China se comprometía a financiar carreteras, hospitales y escuelas. Así, poco a poco, y en ocasiones con la ayuda involuntaria de los estadounidenses, el gigante asiático fue consolidando su posición en el país africano. En 2016, la compañía Freeport-McMoRan, que estaba atravesando dificultades financieras, cedió al grupo China Molybdenum sus participaciones en Tenke Fungurume, una de las mayores minas de cobalto y cobre del mundo. Desde el punto de vista de Gracelin Baskaran, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) [todas las siglas están en inglés], aquello fue “quizá la equivocación comercial más importante que Estados Unidos haya cometido en África”.2 Según la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de Estados Unidos, actualmente las empresas chinas “poseen o explotan hasta el 80 por ciento de la producción de minerales críticos” de la RDC, y una gran parte de ellos se envía a China para su procesamiento.3

Minerales por seguridad

En 2022, con el objetivo de facilitar la exportación hacia los mercados occidentales y de impedir que Pekín se quede con el monopolio “del acceso a los minerales críticos y de las principales vías de tránsito de esta región estratégica”, Estados Unidos se asoció con la Unión Europea para financiar la reapertura del Corredor de Lobito, un eje ferroviario que conecta Zambia y la RDC con Angola.4 Ante las restricciones impuestas a mediados de 2025 por las autoridades chinas a la exportación de tierras raras e imanes permanentes –que ocasionaron un grave perjuicio en la industria estadounidense–, la administración Trump se vio obligada a intensificar sus esfuerzos. Paradójicamente, el deterioro de la seguridad en la RDC favoreció los intereses de Estados Unidos, abriendo el camino para su regreso diplomático a la región.5 Escéptico ante la eficacia de las mediaciones africanas para poner fin a la injerencia de Ruanda en la RDC (en las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur), el presidente Tshisekedi terminó optando por recurrir a la Casa Blanca, y apostó así por “el enfoque más bien transaccional de la nueva administración de cara a África”, tal como lo explicó Daniel van Dalen, analista de la consultora sudafricana Signal Risk. El 4 de diciembre de 2025, bajo una lógica de “seguridad a cambio de minerales”, se concluyeron una serie de acuerdos –conocidos como “Acuerdos de Washington”– entre el ruandés Paul Kagame y los presidentes Tshisekedi y Trump.

Entre estos documentos figura una “asociación estratégica” entre la RDC y Estados Unidos, que no solo ofrece a las empresas estadounidenses condiciones de privilegio en el suministro de minerales, sino que, al mismo tiempo, crea un mecanismo de gestión conjunta del sector. El proyecto de transacción entre Glencore y Orion CMC constituye una de las primeras concreciones de estos acuerdos. En paralelo, otras iniciativas ya se encuentran en marcha: KoBold Metals, una startup financiada, principalmente, por Jeff Bezos y Bill Gates, obtuvo los derechos de exploración en torno a las minas de litio de Manono, en el sureste del país; además, en enero, los responsables congoleños facilitaron a sus homólogos estadounidenses una lista de activos públicos en minas de manganeso, cobre-cobalto, oro y litio abiertos a la inversión.

Beneficios para otros

Ya asentada en la RDC, China no comparte “la misma percepción geopolítica” con los occidentales respecto de esta idea de competencia, señaló Neema Byamungu, quien además subrayó que los congoleños no pretenden cuestionar los intereses de Pekín. “Nada indica que sus empresas tengan la intención de expandir sus actividades: sus derechos mineros son muy rentables, su prioridad sigue siendo la gestión de lo existente y la prolongación de la vida útil de sus proyectos”, sostuvo el analista. Los chinos dudan de la capacidad de los estadounidenses para establecerse de forma duradera, por eso “no están para nada preocupados”, confirmó otro observador. “China tiene una clara ventaja competitiva: conoce íntimamente el funcionamiento de las élites locales y dispone de una capacidad de maniobra y de movilización financiera sin igual”, añadió. A pesar del apoyo del gobierno, las empresas de Estados Unidos carecen de experiencia en la dirección de operaciones de gran envergadura en África. Según Van Dalen, debido a falta de cadenas de suministro establecidas y de relaciones sólidas con socios locales, es probable que los proyectos estadounidenses avancen con lentitud y resulten costosos. A esto se suma la incertidumbre ligada a la política interna del país: “En caso de que los republicanos pierdan la mayoría en el Congreso en las elecciones de mitad de mandato de 2026, la financiación de los proyectos y el acuerdo de asociación podrían someterse a un examen más riguroso, lo que retrasaría su ejecución”.

En ciertos aspectos, la batalla que se está librando en la RDC recuerda a la que enfrentó a los dos bloques durante la Guerra Fría. Para entonces, la RDC ya figuraba entre los países más codiciados de África debido a sus recursos y a su posición estratégica en el corazón del continente. Las potencias occidentales hicieron todo lo posible para alejarla de la influencia soviética y preservar el acceso a sus materias primas. El primer ministro Patrice Lumumba, decidido a proteger los intereses de su país, pagó el precio: fue asesinado el 17 de enero de 1961, con la complicidad [de los gobiernos o servicios secretos] de Bélgica y Estados Unidos.

Una vez más, y aunque la diversificación de socios sea una ventaja, los 110 millones de congoleños corren el riesgo de obtener pocos beneficios de la intensificación de la explotación de sus recursos. Asimismo, el aumento de la actividad minera afectará el medioambiente y las condiciones de vida locales, tal como lo advierten algunas organizaciones de la sociedad civil –como el Oakland Institute y la asociación Green Afia, con sede en Kivu del Norte– y ciertos miembros del Congreso estadounidense.6 Otro aspecto a tener en cuenta es que, debido al acuerdo de gestión conjunta, la asociación con Estados Unidos va a resultar más bien restrictiva para la política económica y exterior de la RDC.

Si el compromiso de Washington se tradujera en una mejora tangible de la seguridad en el este del país, la ecuación sería distinta; pero, por el momento, eso no ha sucedido. La guerra, que ya ha matado a millones de personas y desplazado otras tantas, no solo continúa, sino que incluso se ha intensificado desde la firma de los Acuerdos de Washington. Los combates siguen enfrentando al Ejército congoleño con el M23, que cuenta con el respaldo de Ruanda. Más al norte, en la provincia de Ituri, las Fuerzas Democráticas Aliadas, vinculadas a la Organización del Estado Islámico, también han instaurado un régimen de terror. Una situación que los acuerdos no tuvieron en cuenta.

Para Van Dalen, las dinámicas actuales del conflicto sugieren que el acuerdo estadounidense –y cualquier pacto de paz asociado a él– tiene pocas probabilidades de estabilizar la región a menos que Estados Unidos y otros socios tomen medidas concretas contra Ruanda. Peor aún, Zobel Behalal, experto de la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional, advirtió que, en ausencia de tales medidas vinculantes, “los Acuerdos de Washington podrían beneficiar sobre todo a los intereses estadounidenses y consolidar a los Estados y las redes político-económicas que ya sacan provecho de la economía de guerra en el este de la RDC”.7 Los tratados en cuestión confieren “un papel central a Ruanda para la transformación y exportación de los minerales del este”, constató Frédéric Mousseau, director de políticas del Oakland Institute. De hecho, estas acciones posicionan al país como un centro regional para la valorización y el comercio de minerales congoleños, e institucionalizan un papel que hasta ahora ejercía de manera informal con los recursos que el M23 extrae en Kivu del Norte y del Sur. Gracias a las inversiones estadounidenses ya efectuadas en esta línea, Paul Kagame [presidente de Ruanda] –quien también mantiene estrechos vínculos con China– “cuenta con cartas ganadoras para mantener su dominio sobre las dos provincias Kivu, y todo apunta a que ese es su objetivo, a pesar de que contradice parcialmente los acuerdos firmados”.

Dentro del aparato estatal de Estados Unidos existen distintos puntos de vista acerca de la posición que debería adoptarse. Según informó una fuente familiarizada con el caso, mientras los diplomáticos buscan una solución duradera al conflicto, el círculo cercano de Trump –que ejerce una influencia determinante– persigue un objetivo financiero personal. De hecho, durante la firma de los acuerdos, Trump afirmó: “Todo el mundo va a ganar mucho dinero”. La resolución del conflicto con el M23 y Ruanda solo pasaría a ser una verdadera prioridad si los recursos estratégicos de las zonas en guerra despertaran el interés de alguno de estos actores económicos, y todo indica que esto ya sucedió: el coltán de la mina de Rubaya, en Kivu del Norte –controlada por la rebelión–, habría atraído la atención del inversor Gentry Beach,8 amigo y colaborador del presidente estadounidense, quien estaría negociando los derechos de explotación.

Fanny Pigeaud, periodista. Traducción: Paulina Lapalma.

Punto uy

El 13 de febrero, la jefa interina de la Misión de Estabilización de la ONU en la República Democrática del Congo (Monusco) y representante especial adjunta del secretario general de las Naciones Unidas, Vivian van de Perre, mantuvo reuniones con el grupo rebelde M23 en la ciudad de Goma para verificar la aplicación del alto al fuego. En esa oportunidad, su operativo de protección y seguridad estuvo a cargo del Batallón Uruguay IV. En este momento Uruguay es el séptimo mayor contribuyente en términos de personal a la Monusco, con 629 efectivos militares (cifra a diciembre de 2025).


  1. “Biden-Harris administration announces further actions to secure rare Earth element supply chain”, Departamento de Comercio de Estados Unidos, Washington DC, setiembre de 2022. 

  2. Gracelin Baskaran, “Building critical minerals cooperation between the United States and the Democratic Republic of the Congo”, Center for Strategic and International Studies (CSIS), Washington, DC, marzo de 2025. 

  3. “Strengthening critical mineral supply chains by countering China’s dominance”, U.S. International Development Finance Corporation. 

  4. Anne-Cécile Robert “El regreso triunfal del tren a África”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2019. 

  5. Eric Kennes y Nina Wilén, “Torbellino de conflictos sin fin”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, mayo de 2024. 

  6. Cf. “Floués! La ruée vers les minéraux critiques en RDC”, Oakland Institute, 21-10-2025; y “RDC-USA: des élus américains préoccupés par les pourparlers sur les minéraux stratégiques”, mines.cd, 12-8-2025. 

  7. Zobel Behalal, “Goma, one year on: Illicit profits, failed peace”, Global Initiative Against Transnational Organized Crime, Ginebra, 26-1-2026. 

  8. Giulia Paravicini y David Lewis, “Inside the mine that feeds the tech world – and funds Congo’s rebels”, Reuters, 13-8-2025.