Serie faro de Netflix de éxito planetario, Stranger Things (2016-2026) fue rápidamente recibida como una obra progresista. Quizá porque, entre el fantástico y la ciencia ficción, esta historia de niños apasionados por los juegos de rol y enfrentados a fuerzas maléficas cultiva la nostalgia por los años 1980 en los que se desarrolla, bajo la perspectiva del feminismo, la diversidad cultural y la marginalidad. Durante la entrega de un premio que consagró a la serie, en 2017, el actor David Harbour se emocionó al hablar en nombre de todos sus colegas: “Esta recompensa [...] es un llamado [...] a construir, a través de nuestro arte, una sociedad más empática y más comprensiva [...]. Nosotros rechazaremos a los matones, protegeremos a los marginales y a los excluidos, a los que no tienen hogar”.1 No se necesitaba más que eso, al comienzo de la era marcada por el presidente estadounidense Donald Trump, para ver en el programa la avanzada de una resistencia cultural sostenida por Netflix, una plataforma considerada cercana a las ideas del Partido Demócrata. El universo paralelo en el centro de la historia (el “mundo del revés”) y sus inquietantes criaturas han sido percibidos incluso como una metáfora de un Estados Unidos asolado por el neoliberalismo.2 ¿Y cómo no equiparar al presidente republicano con el villano de la tercera temporada (un político rubio, especulador y corrompido por los rusos)?

El contenido político resulta, en realidad, muy moderado. Es cierto, la heroína (Eleven) se rebela contra el Estado federal y los servicios secretos, que la usan a ella y a otros niños como cobayos en un misterioso laboratorio. Pero es junto a un sheriff donde ella encuentra refugio, el de Hawkins, un pequeño pueblo ficticio de Indiana. Desde el comienzo, este es el contexto: Estados Unidos tiene muchos defectos, pero continúa siendo fundamentalmente bueno. De esta premisa deriva el trasfondo ideológico de la historia, condensado en un episodio clave de la segunda temporada. Eleven se encuentra allí con otra fugitiva, Kali, de origen indio. Esta se ha rodeado de un grupo de rebeldes en Chicago, cuyo estilo recuerda a los punks y a los militantes afroamericanos. Eleven se siente atraída por la violencia de su resistencia, pero cuando la situación degenera, vuelve a los brazos de su protector uniformado. De la misma manera, el motivo del arcoíris probablemente es una referencia al movimiento antirracista y anticapitalista que comenzó en Chicago en 1969, la “Rainbow coalition” (Coalición Arcoíris), pero acá se lo valora en una versión desprovista de toda conflictividad social.3 De hecho, en ocasiones, la imagen del país está dañada, pero ni hablar de decir demasiadas cosas malas de él. Su militarismo, por ejemplo, será criticado, pero seguirá siendo evidente que es necesario. Y en sus esfuerzos por paliar las carencias de las instituciones, es el carácter floreciente de la sociedad estadounidense lo que el grupo intergeneracional que se forma alrededor de Eleven pone de relieve. Cada personaje encuentra allí su lugar, a pesar de las imperfecciones de la economía de mercado. El centro comercial, en medio de la tercera temporada, por ejemplo, mata a los pequeños comercios, pero eso no le impide a la hermanita de uno de los héroes proclamar allí (para obtener helados gratis a cambio de su ayuda): “¿Sabes qué es lo que más amo de este país? El capitalismo. ¿Sabes qué es el capitalismo? Un sistema de libre mercado. Lo que quiere decir que a las personas se les paga por sus servicios, en función de lo que vale su contribución”. Al lado de este elogio, la ironía de Murray, un investigador privado que describe al capitalismo como una “estafa” que enriquece a los ricos, suena paranoica. Sea lo que sea, los defectos del modelo parecen insignificantes con respecto al horror soviético: la Unión Soviética es un enemigo astuto, que no duda en construir una base secreta bajo el centro comercial de Hawkins y en encerrar a su sheriff en Kamchatka. Y Rusia, donde se desarrolla gran parte de la cuarta temporada, es un sistema carcelario en el que la gente sueña con comer manteca de maní mientras tirita de frío.

Los creadores de la serie, los hermanos Matt y Ross Duffer, alimentados en su infancia con ficciones de los años 1980, seleccionaron de ellas las representaciones a deconstruir para parecer audaces (comenzando por los estereotipos de género y los prejuicios raciales), sin tocar a la sociedad de consumo. Esta posición no tiene nada de sorprendente, teniendo en cuenta la importancia de la colocación de productos (la tercera temporada cuenta con 150 de ellos, es decir, 18 por episodio en promedio).4 Fundidos en la narración, fueron diseñados para generar acuerdos publicitarios fructíferos: colecciones especiales de ropa de confección, series limitadas de calzado deportivo, cereales vintage... A los subproductos se agrega la “activación” del público por una multitud de operaciones (concursos de juegos, tiendas temporales, eventos festivos, etcétera). Coca-Cola apoya a Netflix para resucitar en la historia una gaseosa olvidada –de las que varios cientos de miles de latas serán vendidas para la ocasión–. La cadena de gran distribución Target contribuye a reconstruir una de sus tiendas de 1987, antes de recibir en las de 2025 más de 150 artículos con los colores de la serie.5

En este marco ideológico abierto por izquierda a desafíos sociales y acotado por derecha al anticomunismo y al consumismo, la clientela liberal de Netflix puede disfrutar de algunos toques inconformistas: uno de los personajes rechaza el rol subordinado y de madre que le reserva el patriarcado, y el tratamiento del tema de la homosexualidad es una cachetada a los conservadores… todas estas posiciones tienen la ventaja de hacer hablar de la obra (incluso a Elon Musk) en las redes sociales. Bela Bajaria, la responsable de los contenidos de los programas, se jactaba de la capacidad de Stranger Things de generar “conversaciones, una comunidad, encuentros y grupos de fans”.6

La estrategia resulta rentable: 1,2 billones de vistas y una contribución al producto interno bruto estadounidense estimada en 1,4 billones de dólares.7 Las suscripciones e ingresos anexos, completados con la apertura a los cortes publicitarios desde 2022, han compensado largamente la explosión de los presupuestos de realización (hasta varias decenas de millones de dólares por episodio). Imaginamos a los directores de la empresa descorchar el champagne y reír a carcajadas acordándose de los debates sobre el alcance subversivo y anticapitalista de Stranger Things.

Dominique Pinsolle, historiador. Traducción: María Eugenia Villalonga.


  1. “The best speeches from the SAG awards”, The New York Times, 30-1-2017. 

  2. Davis Smith-Brecheisen, “Horror Show”, Jacobin, 27-10-2017. 

  3. Aaron Giovannone, “Stranger Things 2 relies on nostalgic race politics”, The Conversation, 3-1-2018. 

  4. Jean-Philippe Danglade, “Le placement de produit dans Stranger Things, stratégie marketing classique ou instrument narratif?”, en Florent Giordano et al., Management en séries, EMS Ediciones, Caen, 2025. 

  5. “Netflix’s Stranger Things at Target: the end begins here”, corporate.target.com, 3-12-2025. 

  6. Adam B Vary, Kate Aurthur, “Saying goodbye to Stranger Things”, Variety, 15-10-2025. 

  7. Carl Arnaud, “Stranger Things en chiffres”, lesinrocks.com, 24-12-2025.