Cuando los analistas internacionales habían llegado a un mínimo marco conceptual para la política exterior del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, esta parece haber cambiado de nuevo. O quizá solo está reacomodando el cuerpo a las irregularidades del terreno. Luego del ataque sobre Venezuela del 3 de enero, cuando se secuestró al mandatario Nicolás Maduro y se dejó intacta una obediente cúpula chavista, y más recientemente con los anuncios de un posible entendimiento con alguna figura del castrismo para lograr una transición en Cuba, se estableció la fórmula de que los estadounidenses habían pasado de las acciones de cambio de régimen a una nueva estrategia de “cambio de comportamiento del régimen”. Es decir, el uso de la amenaza de la desproporcionada ventaja militar para que las élites de un país autoritario y hostil prefieran colaborar manteniendo sus privilegios antes que ser arrasadas y perderlo todo. El carácter ejemplificante de la captura de Maduro era paradigmático en ese sentido. No deja de resultar un signo de estos tiempos el lejano pasado en el que parece situarse ese episodio ocurrido a solo dos meses de distancia.

Esta postura del “cambio del comportamiento del régimen” resolvía, al menos de manera parcial, la contradicción entre lo que Donald Trump había prometido en campaña y lo que venía haciendo en su segundo mandato. Tener cerca de 700 bases de sus fuerzas armadas en casi 80 países1 implica una voluntad de Estado de actuar en términos militares a escala global. No en vano el 66 por ciento de los estadounidenses opinan que el país debe tener un rol importante en la resolución de problemas globales.2 Ser “el policía del mundo”. Administrar ese destino desde el gobierno sin desmentir la intención del “Estados Unidos primero” ni abdicar del MAGA (siglas de Make America Great Again, es decir, hacer a Estados Unidos grande de nuevo), no era fácil. Por eso, amenazar con la guerra sin entrar en guerra parecía una fórmula razonable. Esto le permitía a Trump seguir criticando las intervenciones de sus antecesores en Irak o Afganistán sin pasarse de lleno al aislacionismo. Hasta que llegó Irán.

Las hipótesis de por qué el 28 de febrero Washington se embarcó, al principio de forma explícita, en una operación de cambio de régimen son varias. Estaba la mirada que lo atribuía al intento de terminar con un enemigo que, en muchos aspectos, había sido “la horma de su bota”.3 O la visión más adulta de considerarlo parte de una operación a gran escala de reconfiguración de los equilibrios regionales en favor de su aliado israelí, que había incluido el ataque por separado de las distintas piezas del “eje de la resistencia”. Primero Hamas en Gaza, luego Hezbolá en Líbano y el régimen de Bachar al Assad en Siria para poder, finalmente, terminar con el Irán de los ayatolás sin el estorbo de sus proxys regionales.

Dada la habitual censura militar en tiempos de guerra: ¿por qué el jefe de prensa de la marina estadounidense puso en circulación la foto que ahora utilizamos como portada? El marino ahí enfocado parece desmontar la imagen habitual del personal militar de ese país como impolutos profesionales. Tiene una postura de “carne de horda”, casi de moderno camisa parda, y se lo podría imaginar fácilmente entre quienes asaltaron el Capitolio en enero de 2021. Todo menos un “civilizador”. Quizá sea un mensaje al interior del trumpismo para decirles a sus bases: “Somos nosotros quienes estamos atacando Irán y no esos correctos demócratas que no saben hacer otra cosa que empantanarse en guerras interminables”. Esa elocuencia en mostrar las costuras de la política exterior e interior de Washington la vuelve relevante en términos periodísticos, ya que permite otra lectura por detrás del intento propagandístico.

Los límites de la hipérbole

Es probable que al inicio Trump y su círculo hayan pensado que podían manejar la crisis como una operación de “cambio del comportamiento del régimen”, aun si se trataba de una más compleja que las anteriores. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, podría haber colaborado en esta venta, llegando a cierta “operación de cetrería”. Nadie habría actuado, sin embargo, completamente a ciegas. El antecedente de la Guerra de los 12 Días,4 en junio de 2025, mostró que el acople –en términos logísticos– de Washington y Tel Aviv no había generado demasiados ruidos en la lógica interna del relato trumpista. El éxito rápido y quirúrgico en aquella ocasión llevó a un triunfante Trump a hablar de una “obliteración” de las capacidades nucleares de Irán.5 Si lo fue, no se entienden estos bombardeos de febrero, supuestamente realizados para acabar con la capacidad de Irán de alcanzar una bomba nuclear. Quizá solo se trató, como afirmó Maureen Dowd,6 del enésimo uso de las “hipérboles veraces”, tan caras a Trump y tan presentes en su libro El arte del acuerdo (1987), obra firmada por el hoy presidente, pero en realidad escrita por Tony Schwartz.7

Lo cierto es que el primer énfasis fue puesto en terminar con el régimen iraní y en llamar a la oposición a aprovechar su ventana de oportunidad.8 Para esto se desempolvó al hijo del exmonarca iraní, Reza Pahlevi Jr, al que previamente se le había aplicado un lifting digital por parte de la inteligencia israelí.9 Sin embargo, la reacción de Irán a los bombardeos complicó este camino.

Impacto regional

La agresión lanzó toneladas de bombas sobre territorio iraní causando varios centenares de muertos. En algunos casos produjo el asesinato de más de 100 niñas en una escuela, episodio que fue negado por los agresores,10 en otros, las víctimas fueron figuras de la cúpula gubernativa y militar de Irán, tales como su líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei. Teherán regionalizó su respuesta. No solo atacó Israel, perforando en algunas oportunidades la cúpula de hierro antimisiles, sino que también alcanzó bases estadounidenses en Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Arabia Saudita, Jordania e Irak. También hubo bombardeos sobre hoteles en Dubái. Esta reacción se extendió a territorio europeo, con al menos el ataque de un dron sobre la base británica en Chipre, luego del anuncio del primer ministro de Reino Unido, Keir Starmer, de autorizar el uso de sus instalaciones por parte de su aliado estadounidense. La postura de Starmer parece abrevar en la retórica argumentativa de Bélgica, país que, si bien acepta que los ataques no se ajustan a “la realidad de los principios” del derecho internacional, dice que se justifican por “el principio de la realidad” de la seguridad global (Europa Press, 2 de marzo).

Personal estadounidense preparándose para desplegar munición en la cubierta de vuelo del portaaviones USS Abraham Lincoln en apoyo de la Operación Furia Épica, en un lugar no revelado el 28 de febrero.

Personal estadounidense preparándose para desplegar munición en la cubierta de vuelo del portaaviones USS Abraham Lincoln en apoyo de la Operación Furia Épica, en un lugar no revelado el 28 de febrero.

Foto: Armada de Estados Unidos / AFP

El gobierno español, por su parte, calificó las operaciones de Estados Unidos e Israel como “acciones militares unilaterales fuera de la Carta de Naciones Unidas, fuera de cualquier acción colectiva” y que además “no tienen ningún objetivo claro”,11 al tiempo que prohibió el uso de las bases que Washington tiene en su país para operaciones de ataque sobre Irán.

Argumentos cambiantes

Si la primera transformación de la narrativa de Trump fue el anuncio de que sus bombas habían abierto una ventana de oportunidad para la caída de los ayatolás, el segundo vino con la conferencia de prensa de su ministro de Guerra. Contradiciendo a su jefe, Pete Hegseth afirmó que esta “no es una operación de cambio de régimen”, aunque dejó, a renglón seguido, un espacio para la ambigüedad: “Pero el régimen ha cambiado”.12 Esta mutación puede ser benigna para los intereses de Washington (“los nuevos líderes quieren negociar”, aseguró Trump a The Atlantic el 1° de marzo) o agravar el panorama para el atacante (por ejemplo, con el cierre del estrecho de Ormuz por donde pasa el 20 por ciento del petróleo y del gas del mundo, motivando un aumento de los precios internacionales). Mientras tanto, Pete Hegseth se limitó a negar todo parecido con las largas campañas en Irak y más bien trazó una línea de tiempo que inscribe la presente en una guerra aún más larga, que habría comenzado en 1979 y que ahora Trump estaría finalizando al mover las piezas, de manera decisiva, a su favor.

Trump dice que esto puede durar unas cinco semanas y que aún no ha utilizado lo más importante de su poderío. Es posible que algo similar esté sucediendo del lado iraní. O al menos Teherán puede querer que sus enemigos lo piensen: que no ha jugado todas sus cartas y que las quiere administrar para alargar el conflicto con suficientes misiles disponibles en sus arsenales y en sus lanzaderas subterráneas. Ya el 2 de marzo se filtraron informes de las presiones de Catar y Emiratos Árabes Unidos para que Washinton termine la operación dado que los Patriot de intercepción de misiles solo alcanzarían, en esos países, para cuatro días.13 Las encuestas a boca de noticia indican que seis de cada diez estadounidenses desaprueban el ataque a Irán (CNN, 2 de marzo), lo que se añade a la caída de tres puntos en la aprobación a las políticas generales de Trump (Pew Research Center, 29 de enero). La apuesta de Teherán, entonces, sería ganar la pulseada de la resiliencia y demostrar que es bien distinta de Caracas. La Habana, mientras tanto, se toma un respiro.

Del archivo

La edición uruguaya de Le Monde diplomatique dedicó a Irán dos portadas. La primera, a las manifestaciones contra el régimen por el asesinato de una joven que no llevaba bien colocado el velo, ocurrido en una comisaría (“Un país propio”, octubre de 2022). La segunda, centrada en la campaña aérea de Estados Unidos e Israel de junio (“Día 13”, julio de 2025). También, combinando recursos periodísticos de las ediciones en francés y en farsi, el mes pasado publicamos “Irán en el ojo de la tormenta” (por Marmar Kabir y Philippe Descamps).


  1. La cifra exacta de acuerdo con el Reporte 2025 de la estructura de bases según el área de Infraestructura, modernización y resiliencia del ministerio de Guerra de Estados Unidos es de 549 pero, por razones estratégicas, en todos los listados oficiales se excluyen por razones de seguridad nacional las instalaciones en zonas de conflictos. 

  2. “Steady 66% Want Leading or Major World Role for U.S.”, news.gallup.com, 6-3-2025. 

  3. “Una horma para la bota yanqui” fue el título de un artículo del dossier sobre Irán que Carlos Álvarez coordinó en la revista argentina Fin de Siglo dirigida por Vicente Zito Lema (número 4, octubre de 1987). 

  4. Ver la cobertura de tapa “Día 13”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, julio de 2025. 

  5. “US re-asserts 2025 strikes ‘obliterated’ Iran’s nuclear programme”, aljazeera.com, 24-6-2025. 

  6. “Obfuscating on Obliterating”, The New York Times, 1-7-2025. 

  7. “Trump Ghostwriter Suggests ‘The Art Of The Deal’ Be Recategorized As Fiction”, huffpost.com, 8-5-2019. 

  8. “Declaración del presidente Donald Trump sobre la operación ‘Epic Fury’”, state.gov, 1-3-2026. 

  9. “The Israeli Influence Operation Aiming to Install Reza Pahlavi as Shah of Iran”, Haaretz, 3-10-2025. 

  10. “Bombardeo a una escuela: Irán denuncia más de 100 muertos, pero Estados Unidos e Israel desconocen ese ataque”, France 24, 2-3-2026. 

  11. “España rechaza prestar apoyo militar al ataque a Irán y se desmarca de Francia, Alemania y Reino Unido”, El País, Madrid, 2-3-2026. 

  12. “El Pentágono advierte de una operación prolongada en Irán”, El País, Madrid, 2-3-2026. 

  13. “UAE and Qatar urge allies to help Trump find Iran off-ramp”, Bloomberg, 2-3-2026.