El nazi Rudolf Hess (Alemania, 1894-1987) pasó la mitad de su vida libre y la otra mitad preso, primero en Reino Unido y luego en su país. Pocos de sus compatriotas supieron algo de él, antes o después de la guerra. Fuera de Alemania, apenas si era recordado, hasta la década de 1990 cuando menos, por los nietos de un puñado de nostálgicos afincados en España e Italia, en Chile, Argentina y Uruguay.1

Su historia es rara: luego de volar desde Alemania a Escocia en 1941 de forma clandestina, fue capturado. Pasó un tiempo encerrado en la Torre de Londres y después peregrinó por varias prisiones británicas. A Escocia había ido a dar en mayo de aquel año tras realizar un misterioso vuelo nocturno del que nunca se supo casi nada.2 Los ingleses lo atraparon en Eaglesham, poco después de que se lanzara en paracaídas. Era una pieza muy codiciada y tenía mucho poder: conocía todos los secretos y por ser la mano derecha de Hitler.

Al final de la guerra, trasladado a Alemania por petición de los aliados, fue uno de los que comparecieron en los juicios de Núremberg. Lo hallaron culpable de dos delitos: “crímenes contra la paz” y “conspiración”. Poca cosa en comparación con los jefazos. Acabó en Spandau, una cárcel berlinesa vacía y ruinosa. Se decidió que él y otros seis altos jerarcas del Tercer Reich (tres de ellos condenados a cadena perpetua) fueran alojados en ese recinto, incomunicados entre sí, en condiciones rigurosas. Las potencias vencedoras se turnaban mensualmente en la administración y custodia del lugar.

Confieso que, aunque sea espectacular, la figura de Hess como jefe nazi, con su capa negra y su aspecto de vampiro,3 me resulta menos interesante que su destino final, dictado por el Tribunal de Núremberg: prisión perpetua. Inapelable. Inmodificable. Definitiva.

Spandau era un sitio tétrico. Ladrillos rojos enmohecidos y una carga simbólica más pesada que la historia misma: el alojamiento allí de siete nazis acusados y convictos por distintos crímenes, que acabaron en siete de los 134 calabozos con que contaba la prisión. Los demás estaban vacíos.

Pasaron las décadas, y los presos de Spandau (Doenitz, Funk, Neurath, Raeder, Schirach, Speer y Hess)4 fueron envejeciendo y tuvieron destinos diversos. A tres de ellos los liberaron antes de que cumplieran la totalidad de la condena por notorios deterioros de salud. Otros tres quedaron libres tras servir la pena completa a la que habían sido condenados. Al final quedó uno: Rudolf Hess, el único prisionero alojado en Spandau entre 1966 y 1987, cuando se suicidó, quizá por aburrimiento. Tuvo una cárcel para él solo durante 21 años.

Antes de eso hubo muchos pedidos por su libertad realizados por grupos filonazis financiados por su abogado, Alfred Seidl, un nacionalsocialista de la primera hora. Querían la excarcelación de Hess “por razones humanitarias”. En España, por ejemplo, en 1971, más de 2.000 “personalidades” del franquismo publicaron un pedido en favor del nazi. La lista de peticionantes estaba encabezada por Manuel Fraga Iribarne. También los estadounidenses eran benévolos. El presidente Richard Nixon lo quería libre, pero tanto los británicos como los soviéticos se negaron a considerar tal petición. El argumento era que, de otorgarse un perdón, “podía inferirse que Hess había sido condenado injustamente”.5

Hubo quienes vieron en ese gesto una sed de venganza inútil, ya que el prisionero había pasado cuatro décadas en prisión y era un anciano que, se suponía, transitaba sus días finales (viviría aún otra década y media). Y, además, agregaban, era un gasto exorbitante mantener funcionando una prisión entera para un solo preso.6

Sin embargo, a la vuelta de los años la conducta de los aliados con Rudolf Hess en Spandau demostró con creces su razón y su corazón. Y los muestra hoy en nuestros países (Uruguay, Argentina y Chile, entre otros)7 donde existen incesantes coqueteos para lograr “aunque sea” la prisión domiciliaria para los criminales de las dictaduras. En los hechos, ese encierro de Spandau expresó tempranamente que hay crímenes cometidos por los Estados que son imprescriptibles, y que sus responsables no merecen el perdón judicial nunca, en ninguna circunstancia. Después de que Hess muriera, cuando ya no quedaba ningún preso, la prisión fue demolida, pero creo que sus escombros nos siguen interpelando hoy, tantas décadas después, sobre el sentido de la pena. Es un indicador ético que señala los imperativos de la Justicia, pues en nuestras sociedades hay, cada tanto, alborotos de perdón que son infames.

Fernando Butazzoni, periodista y escritor.


  1. Ver Miguel Serrano, Adolf Hitler: el último Avatara, Ediciones La Nueva Era, Santiago de Chile, 1984; Nicholas Goodrick-Clarcke, Black Sun, New York University Press, 2003; Jürgen Müller, Nationalsozialismus in Lateinamerika, Verlag Hans-Dieter Heinz, Stuttgart, 1997, entre otros. 

  2. Pierre Servent, Rudolf Hess: El último enigma del Tercer Reich, La Esfera de los Libros, Madrid, 2021. 

  3. Serge Guilbaut, How New York Stole the Idea of Modern Art, University of Chicago Press, 1982. 

  4. NdR: Karl Dönitz, comandante en jefe de la Marina de Guerra, presidente de los días finales de la Alemania nazi; Walther Funk, ministro de Economía y presidente del Reichsbank; Erich Raeder, comandante en jefe de la Marina de Guerra; Albert Speer, ministro de Armamento y Producción de Guerra; Konstantin von Neurath, ministro de Exteriores; Baldur von Schirach, líder de las Juventudes Hitlerianas y gobernador de Viena. 

  5. Norman J W Goda, Tales from Spandau, Cambridge University Press, 2007. 

  6. Roger Manvell y Heinrich Fraenkel, Hess, a Biography, MacGibbon & Kee, Londres, 1971. 

  7. Ver la diaria, Montevideo, 6-4-2026; La Tercera, Santiago de Chile, 5-3-2026; Perfil, Buenos Aires, 31-10-2023, entre otros.