El futuro de la Unión Europea (UE) y su proceso de ampliación se juega acaso en Gjader. Esta modesta localidad situada al norte de Tirana, la capital de Albania, ya casi no tiene habitantes. Hay un café con modestos precios; los jubilados del lugar, sin embargo, prefieren compartir una cerveza en el almacén de al lado. En las épocas de Enver Hoxha [primer ministro entre 1944 y 1985], los “camaradas chinos”, últimos aliados de Albania entre 1961 y 1979, construyeron aquí un aeropuerto militar. Ahora, un cuadrilátero de muros altos alambrados se alza sobre la antigua pista, rodeando unos módulos prefabricados de 12 metros cuadrados vigilados en forma permanente. El campo también tiene una unidad penitenciaria y prefigura la nueva política migratoria de la UE promovida por la presidenta de la Comisión Europea [Poder Ejecutivo de la UE], Ursula von der Leyen.

Von der Leyen la había citado en una carta dirigida a los líderes de los países miembros de la UE como “un ejemplo de reflexión al margen de las normas tradicionales, basada en un reparto equitativo de responsabilidades con los terceros países”. La presidenta de la comisión aboga desde hace tiempo por la externalización de los procedimientos de asilo. Ya en 2020 había propuesto abolir el Reglamento de Dublín, que distribuye las solicitudes de asilo entre los países europeos, para sustituirlo por un “nuevo sistema europeo de gestión de la migración”. La red Migreurop ve en eso la voluntad de sustituir “una Europa solidaria en el recibimiento” por “una Europa solidaria en el alejamiento de las personas exiliadas”.1

Depósito de humanos

Esta opción quedó confirmada por el Pacto Europeo sobre Migración y Asilo, aprobado por el Parlamento Europeo en 2024 y que entró en vigor el 12 de junio, que generaliza la externalización del control de fronteras y prevé la posibilidad de abrir “centros de retorno” fuera de la UE para quienes les fue negado el derecho de asilo. El 15 de mayo de 2024 quedó en evidencia que 15 países de la UE habrían querido ir aún más lejos. Solicitaron al Ejecutivo europeo que desarrollara mecanismos destinados a “detectar, interceptar o, en caso de peligro, socorrer a los migrantes en altamar y llevarlos a un lugar seguro predeterminado en un país socio fuera de la Unión Europea”.2 A pesar de haber firmado dicha solicitud, el gobierno italiano hizo un acuerdo con Albania y modificó la función de las instalaciones de Gjader. Ahora se trata de un centro de retorno para las personas a quienes se les denegó el asilo, lo que garantiza su compatibilidad con el nuevo pacto. El Parlamento italiano aprobó esta modificación a fines de mayo de 2025, y los contenedores de Gjader empezaron a llenarse.

El comisario europeo de Asuntos Internos y Migración, el conservador austríaco Magnus Brunner, ha hecho de la externalización del asilo su prioridad. Se ha instado a los países candidatos de los Balcanes occidentales a firmar acuerdos de readmisión que los comprometen a aceptar a los migrantes devueltos que hayan pasado por su territorio. Desde hace ya varios años, Alemania devuelve a Croacia a las personas a quienes se les niega la solicitud de asilo, desde donde son conducidas inmediatamente a Bosnia y Herzegovina. Las víctimas de estas expulsiones en cadena suelen quedar abandonadas a su suerte, lo que les permite retomar el viaje a Alemania. Un informe reciente del Centro Internacional de Estudios sobre Conflictos de Bonn señala el carácter “contraproducente” de estas medidas de expulsión que terminan enriqueciendo a las redes de traficantes.3

En diciembre de 2021, Kosovo firmó un acuerdo con Dinamarca que preveía el alquiler, durante diez años, de 300 celdas de la cárcel de Gjilan por la módica suma de 15 millones de euros al año, más un cheque de seis millones para acompañar al pequeño Estado balcánico en su “transición verde”. Dado que los primeros detenidos llegarían en 2026, los guardias de las cárceles kosovares completaron una formación en Dinamarca en junio de 2025. Las autoridades de Copenhague garantizaron unas condiciones de detención en todo momento similares a las que existen en Dinamarca, pero podrían surgir problemas de soberanía, ya que la legislación danesa prevalecerá dentro del centro penitenciario. Bélgica también ha manifestado su deseo de trasladar detenidos a Kosovo. Al considerar que el país estaba siendo tratado como un “depósito de desechos humanos”, el Consejo para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades (KMLDNJ), de Pristina, calificó el acuerdo con Dinamarca como “tráfico de prisioneros”. Según este organismo, se trataría principalmente de detenidos que no tienen ciudadanía danesa, que serán expulsados tras cumplir su condena y que podrían verse obligados a permanecer en Kosovo por tiempo indefinido si su repatriación forzosa resultara inviable.

Reserva de minerales y mano de obra

El interés de los Balcanes, a ojos de los países de la UE, no se limita a su función de “garaje” para los “indeseables” que la Unión no quiere. El 18 de julio de 2024, Olaf Scholz, por entonces canciller federal de Alemania, viajó a Belgrado para asistir a la firma de una “asociación sobre materias primas esenciales” entre Serbia y la UE. Ya se han firmado acuerdos de este tipo con Australia, Chile, Uzbekistán y Ruanda. Sin embargo, es la primera vez que “los 27” firman un acuerdo con un país candidato, que en principio está llamado a incorporarse a la UE. Una imponente delegación de representantes de la industria automovilística alemana acompañaba a Scholz, y Berlín, al igual que Londres y París, presionó para que Belgrado reactivara los proyectos de explotación de litio, suspendidos debido a una fuerte oposición de la población local. Alemania dispone por sí misma de importantes yacimientos de este mineral, esencial para las baterías de los motores eléctricos, pero prefiere fomentar su explotación en Serbia antes que en su propio territorio.4

Los Balcanes son, además, una valiosa reserva de mano de obra calificada y bien formada, de la que Alemania parece necesitar insaciablemente. Si bien la región siempre ha sido tierra de emigración, el éxodo no ha dejado de aumentar desde comienzos de la década de 2010, lo que invalida la narrativa europea sobre los constantes “avances” que estarían logrando los países balcánicos. Por lo demás, este éxodo vacía tanto a Estados miembros de la UE, como Bulgaria y Croacia, como a los países candidatos. En Kosovo, los estudiantes de medicina y enfermería reciben ofertas de trabajo incluso antes de terminar sus estudios. Cada año, con el título bajo el brazo, 300 enfermeros dejan este pequeño país [territorio cuya independencia Uruguay no reconoce]. Kosovo habría visto marchar a 850 médicos desde 2018: una pérdida que pone en riesgo la propia supervivencia del sistema de salud kosovar. Estas salidas no se explican solo por la expectativa de un mejor salario: muchos jóvenes graduados hablan del peso del nepotismo, las redes de recomendaciones e incluso la necesidad de tener los “contactos políticos indicados” para aspirar a cualquier empleo. Pierre Mirel, director honorario de la Comisión Europea y durante mucho tiempo responsable de las políticas de ampliación y vecindad, reconoce que este éxodo “empobrece a los Balcanes” al tiempo que “enriquece a Europa”.

Un original modelo de clientelismo

La UE, que se beneficia de este modo de los sistemas educativos financiados por los Estados de los Balcanes, tiene la ventaja de recordar la importancia de los fondos que distribuye en el marco de las políticas de preadhesión. La Comisión anunció en noviembre de 2023 un nuevo “plan de crecimiento” por un importe de 6.000 millones de euros para el período 2024-2027, compuesto por 2.000 millones en subvenciones no reembolsables y 4.000 millones en préstamos a tasas preferenciales. El plan va acompañado de medidas de apertura parcial del mercado europeo, mientras que el otorgamiento de los fondos está condicionado por la validación de programas de reforma que debe presentar cada uno de los seis países balcánicos candidatos. Según Bruselas, el objetivo es permitir que los países de la región reduzcan su retraso en materia de desarrollo con respecto a la media europea, pero los expertos se muestran muy escépticos debido a la limitada magnitud de los recursos puestos a disposición.5

Mientras los líderes políticos locales inauguran con gran pompa las infraestructuras financiadas por la UE, presentándose como los únicos garantes de la obtención de los subsidios, son a menudo las empresas cercanas a los partidos en el poder las que se encuentran en condiciones de cumplir con los pliegos europeos, particularmente complejos. Los fondos europeos alimentan así los mecanismos del clientelismo. La bonanza europea convierte a las élites locales en lo que la crítica marxista denominaba “burguesía compradora” en los países colonizados, en especial en América Latina: una clase dominante autóctona que saca provecho de su posición de intermediaria entre el mercado y los recursos locales, por un lado, y el capital internacional por el otro.

Igor Štiks, escritor y profesor universitario en Belgrado y Liubliana, se refiere a la existencia de un modelo original en los Balcanes. “Las élites locales facilitan las inversiones extranjeras, pero fundamentalmente para conseguir el apoyo político de los países occidentales. Ahora se habla de una relación privilegiada entre Francia y Serbia. Una empresa francesa, Vinci, compró el aeropuerto de Belgrado y otra está construyendo el subte de la capital serbia, mientras que Serbia compró 12 aviones Rafale cuya utilidad no parece del todo evidente”. Durante la firma del contrato de venta de los Rafale, con motivo de una visita de Estado del presidente francés Emmanuel Macron a Serbia en agosto de 2024, los mensajes difundidos por el Palacio del Elíseo [sede del Ejecutivo francés] apuntaban a la voluntad de “anclar a Serbia en el bando occidental”. El éxito de esta estrategia no parece asegurado: a pesar de todas las “advertencias” europeas, el presidente serbio, Aleksandar Vučić, ha seguido mostrando su cercanía a su par ruso, Vladimir Putin.

El 9 de abril de 2025, Vučić fue recibido por Macron en París, mientras un movimiento de protesta de una magnitud y duración sin precedentes sacudía Serbia desde hacía meses. Ante su huésped, el presidente francés no dedicó ni una sola palabra a las exigencias de respeto al Estado de derecho que los manifestantes reclamaban. Sin embargo, estas exigencias se encuentran en el centro de las obligaciones de un país candidato a la integración europea. En realidad, los 12 aviones Rafale aún no se han entregado, y nadie sabe con qué malabares presupuestarios Serbia llegaría a pagar la factura de casi 3.000 millones de euros. Belgrado puede, así, presumir de haberse comprado el apoyo de Francia a buen precio.

Todavía se invoca el contexto geopolítico para explicar la sorprendente complacencia de los líderes europeos con el régimen serbio. Habría que evitar que Belgrado se acercara demasiado a Putin. Paradójicamente, la invasión a Ucrania por parte de Rusia en 2022 reforzó esta tendencia, dado que Serbia es el único país candidato a la integración europea que se niega a aplicar sanciones contra Moscú. “Los medios reales de influencia de Rusia en los Balcanes son actualmente casi nulos”, estima Srdjan Cvijić, presidente del Consejo Internacional del Centro de Políticas de Seguridad de Belgrado. “Pero los europeos siguen paralizados. Esto permite a Belgrado jugar con la política del bluff permanente. Aunque los meses de movilización popular en Serbia han llevado a la Comisión Europea a mostrarse más cautelosa, sigue sin querer ver ninguna alternativa al régimen de Aleksandar Vučić”.

En 2022, con la invasión a Ucrania, se habló mucho de una dinámica capaz de reactivar el horizonte de la integración europea. Mientras Moldavia y Ucrania “se saltaban etapas” en el largo camino hacia la integración al recibir el estatus oficial de países candidatos, parecía evidente que sería imposible dejar al margen a los países de los Balcanes occidentales. Tres años después, hay que reconocer que, a pesar de la concesión simbólica del estatus de candidatos, la integración de Ucrania y Moldavia no es una posibilidad cercana. Tanto Kiev como Chisináu deberían recordar que Macedonia del Norte tiene el estatus oficial de candidato desde diciembre de 2005.

El éxodo que vacía los Balcanes, la ira que crece en Serbia, pero también la crisis que no deja de profundizarse en Bosnia y Herzegovina, demuestran que el verdadero “pacto europeo” propuesto a los Balcanes es insostenible. Por un lado, ofrece una perspectiva política de integración siempre postergada, como la sortija de la calesita que los niños nunca logran atrapar. Por otro lado, otorga carta blanca a los líderes corruptos y autoritarios de la región, en nombre de la “estabilidad”. En esta ecuación, la región balcánica queda reducida a los roles ingratos de proveedora de recursos naturales y de zona de contención, destinada a proteger las fronteras exteriores de la UE frente a la migración.

Jean-Arnault Dérens, periodista. Coautor, junto con Laurent Geslin, del libro Les Balkans en 100 questions. Carrefour sous influences, Tallandier, París, 2023. Traducción: Emilia Fernández Tasende.


  1. Sophie-Anne Bisiaux y Lorenz Naegeli, “Chantage dans les Balkans: comment l’UE externalise ses politiques d’asile”, Le Courrier des Balkans, 7-6-2021. 

  2. Kalin Stoyanov et al., “Joint letter from the undersigned ministers on new solutions to address irregular migration to Europe”, politico.eu, 15-5-2024. 

  3. Marcel Berlinghoff et al., Report Globale Flucht 2025, Fischer, Frankfurt, 2025. 

  4. Saša Dragoljo e Ivica Mladenović, “Litio codiciado”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, setiembre de 2022. 

  5. Dušan Gajić, “Balkans occidentaux: Bruxelles mise sur la croissance pour relancer l’adhésion”, Le Courrier des Balkans, 21-11-2023.