Las casas globales de apuestas en línea prometen una nueva utopía: los mercados predictivos. Una bola de cristal que no nace de ningún poder extrasensorial sino de la voluntad de poner capital en juego. Nos dice cuál es el mejor candidato en una elección según las posibilidades que le otorga el dinero de los apostadores. Quién escribe mejor según su lugar en las quinielas por el Nobel. Cuál es el próximo líder a ser extraído de su despacho por una operación militar relámpago de Washington. El dinero no se equivoca ya que nadie quiere perderlo, se asegura. ¿Para qué, entonces, procesos más complejos de toma de decisiones o de evaluación de virtudes y de riesgos?

No es difícil conectar este “presente del futuro” con la potencialidad de manipulación de elecciones, por ejemplo. Las apuestas a candidato ganador no tienen nada que ver con las tradicionales encuestas de opinión, a las que artificialmente se las quiere comparar. Mientras las encuestas participan en el concepto de “un elector un voto”, en los mercados predictivos cada uno puede apostar todo el dinero que quiera. Cuanto más dinero tenga alguien, más influye en el mercado, por lo que los porcentajes de los candidatos de las élites pueden inflarse de forma artificial. Los críticos lo llaman juego sucio. Sus defensores aclaran que no se trata de análisis de probabilidades basados en muestras representativas, sino de puras apuestas. Sus ultradefensores dicen que, precisamente por eso, estamos ante una forma perfecta. Y que hacia ese horizonte deberíamos movernos. Crear juntos una utopía horizontal sin falsos intermediarios. Una especie de grácil plutocracia nacida de quienes están dispuestos a respaldar sus opiniones con plata, derivada de la vieja ficción que otorga al dinero, y por ende a su poseedor, una sabiduría nacida de la capacidad que se necesitó para acumularlo (olvidando herencias, corruptelas y otros mecanismos espurios). El antiguo ciudadano devenido usuario, luego cliente, mutando ahora rumbo a la figura del apostador.

Si se puede enturbiar la soberanía estatal entregando, por ejemplo, fragmentos de decisión en el Pentágono a compañías de inteligencia artificial (IA) y análisis de datos, como Palantir, ¿no podría entregarse al mismo tiempo la opinión soberana de los ciudadanos a un esquema casi lúdico de generación de esos mismos datos?

El camino hacia ese nuevo mundo que sueñan las big bet –encarnación paralela de las big tech en los mercados de apuestas– hace tiempo que ha empezado a construirse. El ataque contra herramientas esenciales como los impuestos, por ejemplo, facilita la erosión del sector público, limita las condiciones de vida de los más desfavorecidos, amputa cualquier esperanza redistributiva y le quita efectividad a la política. Es sabido que cuanto menor capacidad de resolver problemas reales tiene la democracia, más crece el apego por las soluciones mágicas del autoritarismo.

La combinación de erosión del Estado, cuestionamiento de la política, endiosamiento del dinero, banalización de la complejidad y satanización de los derechos, que tan del agrado es de las nuevas derechas triunfantes en la región, está en la base de la tierra fértil que necesitan los mercados predictivos para florecer.

No es solo un asunto teórico. La elevación de las apuestas a su pedestal de expresión más pura de la inteligencia colectiva deja en el camino el tendal de víctimas de la ludopatía, en especial jóvenes. Antes del Mundial de fútbol de este año, apareció una publicidad de BetWarrior con una imagen de Diego Maradona generada por IA promoviendo apuestas deportivas. No hubo dolo, ya que fue autorizada por sus herederos. Lo que sí hubo fue dolor entre quienes ven al 10 como un ícono de causas más justas que vaciarles el bolsillo a los adolescentes (la edad promedio de inicio al juego online, según Amnistía Internacional, es de 13 años). Como relativo consuelo queda el caso de Kylian Mbappé, en permanente conflicto por el uso de su rostro en spots de casinos virtuales. El capitán de la selección francesa ganó algunas batallas, como la de 2022 cuando obligó a las autoridades del fútbol de su país a cambiar el convenio de derechos de imagen de los seleccionados, y perdió otras, como la de junio, cuando lo incluyeron a prepo en una pieza publicitaria de Betclic. Lo que probablemente no gane es la guerra. Las big bet tienen grandes aliados. De hecho, la red social del presidente de Estados Unidos tiene su propio garito, Truth Predict, y su hijo, Donald Trump Jr., es asesor de las dos principales empresas globales de mercados predictivos, Polymarket y Kalshi. Si bien ambas empezaron apostando por mercados financieros y política, pronto vieron el filón del deporte, hasta mezclar todas esas caras en un único poliedro.

Por aquí abajo, mientras tanto, un simpático carpincho nos invita a apostar el próximo resultado en medio de una tensión subterránea por aflojar las barreras al juego en línea. Quiera Batlle y Ordóñez que no suceda y que no nos olvidemos de que cuando el gran santón de sobretodo autorizó los casinos a condición de construir hoteles, estábamos en 1911. Si en aquel entonces Estados Unidos se enfocaba en romper monopolios, hoy Trump pulsa en la pantalla la opción de aliarse con las grandes empresas. Genera así un nacionalismo tecnológico apoyado en las big tech que se parece demasiado a las tres joyas de la corona industrial de la Alemania de 1933: los químicos de Farben, el acero de Krupp y la electrónica de Siemens. No se precisan superpoderes predictivos para ver hacia qué horizontes distópicos apuntan las big bet con su afán por transformar a los ciudadanos en apostadores y a la política en una ruleta de silicio.

Roberto López Belloso, director de Le Monde diplomatique, edición Uruguay.