Si fuera posible por un rato volver a un lugar o un momento de la infancia o la adolescencia, ¿cuál sería? ¿Acaso ese viaje en el tiempo se vuelve una indulgencia diurna ante el malestar cotidiano? ¿O funciona como una dosis de oxígeno y fantasía? Esto me pregunto mientras escroleo durante un buen rato imágenes de lo que se conoce como dreamcore, sumergida en mi propio ensueño.

El dreamcore es un nuevo subgénero de contenidos en línea en el que se revisitan escenas, lugares, objetos y actividades de otro tiempo con estéticas oníricas. Muchas son de los comienzos de internet. Es una tendencia viral que nació en China en plena pandemia, pero que en otros lugares del mundo, como Estados Unidos y Europa, va tomando también sus propias formas. El fenómeno cala especialmente entre los millennials y la generación Z y pareciera operar, a primera vista, como un bálsamo sensorial para proveer placer, calma o refugio en un contexto cada vez más complejo por la recesión global, los mercados laborales colapsados, las guerras, el avance de la inteligencia artificial y futuros poco prometedores en general. Una vía de escape.

Las publicaciones en la web y los foros proponen viajes en el tiempo para despertar en la casa de la infancia o recorrer paisajes del boom económico en China. Las imágenes suelen ser entre surrealistas y nostálgicas, pero en algunos casos pueden volverse inquietantes y evolucionar hacia otros subgéneros, como el weirdcore, los espacios liminales y los backrooms o poolrooms, de moda gracias al film y series televisivas como Severance, Stranger Things y la clásica Twin Peaks. En el caso del dreamcore chino, los imaginarios se nutren de la arquitectura entre kitsch y futurista que acompañó el despegue económico de ese país y la rápida urbanización continental. Algunos jóvenes, como Liu Yiujia, de 24 años, recorren su país con una cámara documentando la arquitectura de una China que pudo haber sido y que, en ciertos lugares, todavía es.

Pero ¿qué hay detrás de estas fotos y estos videos de baja resolución de edificios y paisajes urbanos de principios de los años dos mil que mezclan escenas urbanas familiares y recuerdos difusos de la infancia? Para una de las artistas del género, Ai Kewei, de 35 años, el principal atractivo del dreamcore es la nostalgia por la sencillez de la era de la conexión telefónica o dial-up. «Las cosas avanzaban rápidamente, pero se percibía que el futuro era impredecible y lleno de imaginación».

Que el subgénero haya tenido su pico de popularidad pospandemia no es una casualidad. «El gran pico de popularidad de las imágenes liminales fue en marzo de 2020, con los confinamientos que iban y venían. Para una generación cuyos años formativos coincidieron con la pandemia, los espacios vacíos no son una abstracción estética: son una experiencia vivida», explica la periodista Fiorella Sargenti en un ensayo sobre el nuevo terror liminal publicado en el medio argentino Cenital.

Pero no todos estos escenarios evocan malestar o incertidumbre, sino que el imaginario del dreamcore en distintos países excede los espacios suburbanos desiertos y los efectos visuales fantasmagóricos e incluye flores, arcoíris, animales, paisajes lisérgicos y coloridos e incluso relecturas regionales, como el dreamcore mexicano, que toma lugares, objetos y rituales de la cultura y los transforma en escenarios que parecen sacados de un sueño (fiestas de quinceañeras, guirnaldas de flores, altares e imágenes religiosas regionales, etcétera). En todo caso, el punto de partida del sueño —más o menos terrorífico— puede haber sido ese quiebre en el tiempo y el espacio que fue el confinamiento obligatorio.

De la utopía digital a la decepción sintética

No hay que vivir en China para entender perfectamente el sentimiento de decepción con el presente tecnológico, sobre todo si se tiene más de 35 años y se experimentó la evolución de internet en las últimas dos o tres décadas: desde esperar el ruidito del teléfono para conectarse al ICQ o el MSN Messenger, pasando por el extinto MySpace, el boom de los blogs y los fotologs, los espacios creativos como Tumblr o la idea de las primeras redes sociales como espacios virtuales para conocer gente, aquellos tiempos en los que internet era una tierra desconocida pero prometedora para navegar.

Y por esto es que uno de los aspectos que menos sorprenden del fenómeno es justamente la seducción de las estéticas del internet pixelado y flúor de los dos mil y la fetichización de los dispositivos retro con tecnologías menos avanzadas, pero también menos invasivas, tóxicas y más genuinamente sociales de aquel momento en que la vida era inevitablemente más lenta.

Aunque los destellos del dreamcore alcanzan mucho más que un consumo superficial: también fantasean con otras modalidades sociales, comunicacionales y lúdicas cuando vemos espacios de diversión y encuentro que ya no existen o que han caído en desuso (plazas con juegos mecánicos, coloridos locales de comida rápida, patios públicos de shoppings, tiendas de discos o locales de videojuegos). Para algunos analistas, este nuevo analgésico digital funciona como un pasaje de ida pero no de vuelta ante una adultez decepcionante. La nostalgia se usa para volver a un sueño porque se siente que no hay cambio posible.

En China los medios estatales ya han advertido sobre los peligros de idealizar el pasado, como si esta vía de escape emocional/existencial para los jóvenes pudiera poner en riesgo toda esa eficiencia y productividad que se ha vuelto su marca registrada.

Yo soy un poco más optimista.

Otros usos de la nostalgia

Tal vez se trate de entender que el furor por estos retroconsumos (estéticas, tecnologías, estados de ánimo, etcétera) lo que está haciendo en el fondo es capitalizar la nostalgia como una estrategia de desconexión intencional en un presente saturado, una forma de autorregulación emocional como recurso de supervivencia. No es un lugar para llegar, sino un punto de partida para imaginar posibles y mejores futuros.

Pero ¿podemos sentir nostalgia por algo que no experimentamos? Aunque muchos de estos jóvenes son millennials, los hay más chicos. «Lo que me sorprendió haciendo el libro es que mucha gente que no conoció Pumper Nic tenía y sentía como una idealización del lugar. Incluso un pibe que tenía 30 años, con lo cual no llegó ni a conocerlo, armó una petición en Change.org para que reabra; como esta cosa de romantizar algo que no conocieron cuando además hoy tienen muchas más opciones si quieren fast food», me dijo la escritora argentina Solange Levinton sobre su libro Un sueño made in Argentina. Auge y caída de Pumper Nic. Cuando me puse a fantasear sobre las características de un dreamcore rioplatense fue justamente en esta icónica franquicia de hamburguesas...

Lo que cuenta Levinton es claramente un fenómeno que excede a Pumper y a Argentina, que puede leerse en ejemplos recientes como la fascinación centennial con los noventa y modas virales como la «nostalgia por el 2016» que apareció este año en las redes; el hashtag #2016 registró más de 1,7 millones de publicaciones en TikTok y muchas de las personas que lo compartieron, le pusieron «Me gusta» y fantasearon con esos contenidos ni siquiera nacieron en los noventa.

Ver las fotos de cumpleaños en Pumper Nic, pensar en Sacoa, Tower Records o locales de Blockbuster que ya no existen puede no ser lo más estético o excitante, pero esos lugares evocan familiaridad, confort, seguridad, alegría, posibilidad, promesa, ocio no regulado, libertad. Y los sentimientos pueden contagiarse. De hecho, una extensa investigación realizada por el Archbridge Institute y titulada «La nostalgia histórica en la Norteamérica moderna: exploración de su prevalencia, atractivo y utilidad psicológica» habilita una mirada diferenciada sobre el rol de la nostalgia, en particular en las generaciones más jóvenes: «[...] la nostalgia histórica parece funcionar como un recurso psicológico para muchos estadounidenses; la mayoría afirma que les resulta útil tanto cuando se sienten estresados ​​o abrumados por la vida moderna (63%) como cuando experimentan preocupación o ansiedad por el futuro (62%) [...]. Aunque implica reflexionar sobre el pasado, la nostalgia está fundamentalmente orientada hacia el futuro».

Si bien gran parte de la investigación en las ciencias del comportamiento se suele centrar en la nostalgia personal —la reflexión sentimental sobre las propias vivencias—, el sentimiento humano hacia el pasado trasciende la memoria autobiográfica y las personas también desarrollan actitudes sentimentales hacia épocas que nunca vivieron personalmente. A este fenómeno, explican, se lo conoce como «nostalgia histórica».

En este sentido, los investigadores hacen referencia precisamente al uso de la nostalgia —y por extensión podemos pensar en la acción de soñar despiertos con pasados no vivenciados— como un proceso de regulación emocional ante una amplia variedad de desafíos en diversas culturas. «Aunque la nostalgia puede surgir a partir de múltiples estímulos, solemos sentirla con mayor intensidad cuando estamos insatisfechos o angustiados. La nostalgia nos reconforta y ejerce un efecto reparador, estimulando la motivación para abordar las insatisfacciones actuales y perseguir objetivos que mejoren la situación», dicen los especialistas que entrevistaron a más de 2.000 adultos sobre cómo experimentan y utilizan la nostalgia histórica.

Estados de confusión

Es lógico que si la nostalgia genera un alivio psicosocial, sean los jóvenes de la generación Z, conocida por ser una de las más preocupadas por la salud mental (y la más propensa a sufrir depresión y ansiedad), quienes estén (re)creando estos universos mitad oníricos, mitad reales. «Se trata de intentar encontrar a personas afines que también atraviesan este estado de confusión o vulnerabilidad, un espacio virtual donde todos puedan sentirse a gusto por un momento», explica la artista Kewei.

Pero seguramente no son los únicos. «A mis 30 y tantos sigo jugando a ser whimsical en una economía que es pura depresión», reza un comentario en un posteo sobre otra tendencia conocida como whimsy (de whimsical, «caprichoso»), que hace referencia a lo lúdico y lo fantasioso como estrategia para lidiar con el mundo adulto e «incorporar alegría a nuestras vidas siempre que podamos». A riesgo de sonar repetitiva o que parezca que estoy inventando tendencias que no existen, me veo obligada a señalar lo evidente: la adultez tiene mala fama y la salud mental se ha convertido en un preciado commodity.

Sin embargo, hoy, al contrario que en el film de Michel Gondry, parecemos vivir en un eterno resplandor de una mente nostálgica. Por algo se habla de foreverisation, es decir, de la eternización de la nostalgia gracias a la tecnología que reproduce el pasado sin cesar y que hace que nunca llegue a desaparecer del todo. Si vamos a convivir con ella, al menos darle un uso práctico tiene sentido. Del coqueteo con implantarnos o borrar recuerdos a la imposibilidad de evitarlos, cada época con sus monstruos.

Pero ¿son suficientes las funciones de esta nostalgia para sacudirnos del estupor actual? ¿Es esta clase de nostalgia lo suficientemente crítica para lo que pide la época? ¿Pueden estos imaginarios generar algo más que una tendencia masiva en redes o direcciones para el consumo de jóvenes fascinados con escenarios extraños y familiares a la vez? ¿Cómo logramos que los sueños vuelvan a tener potencia?

Humanos que fantasean con robots que hagan todo por ellos; que los quieran, que críen a sus hijos, que produzcan arte, ¿también que sueñen? ¿No será que el mundo está como está porque estamos tercerizando nuestros sueños en gente sin imaginación y con muy poca humanidad? Parece un tiempo para indagar sobre las variables obturando la fantasía... o produciendo sueños de tan baja resolución. Como sugiere el director de cine Kristoffer Borgli en su maravillosa sátira Dream Scenario, si tu principal fantasía es ser una celebridad, quizás te merecés la suerte de Nicolas Cage.

Una parte de mí quiere creer, como dicen los estudios en el campo de la psicología, que las personas podemos aprovechar experiencias pasadas para resolver los desafíos actuales y trazar un camino mejorador hacia adelante. Otra parte siente que ya va siendo hora de tirar todos esos souvenirs y parafernalia retro y volver a soñar con el futuro.

Laura Marajofsky (Buenos Aires, 1982) es periodista especializada en cultura, sociedad y tecnología. Escribe en diversos medios, como La Nación, Forbes, la diaria, El País, Volcánicas y Pikara Magazine. Es fundadora del Mapa de Barmaids & Afines, la primera plataforma de visibilización y acción para mujeres y disidencias en gastronomía en América Latina. Trabaja como consultora creativa, investiga y es speaker sobre diversidad, equidad e inclusión en gastronomía.