Algo tan luminoso como una derrota se planta en el presente pero se lanza pronto al año 2050, cuando las ideas federalistas de Artigas son la base de un movimiento regional que defiende el acuífero guaraní ante la codicia de una corporación transnacional. El protagonista, como en las anteriores novelas de Claudio Invernizzi, es el periodista Sergio Arrantes, que se ve involucrado, igual que el héroe de El hombre sin atributos, en la programación de un festejo de primera magnitud. A diferencia del personaje de Robert Musil, Arrantes es más que exitoso: la celebración por los 200 años de la muerte del prócer se convierte en el impulso que nuclea mayorías en las provincias de la antigua Liga Federal, en Rio Grande do Sul y, por supuesto, en Uruguay.

La novela, que se presenta este martes en la Alianza Francesa, tiene como escenario esa especie de Piriápolis alternativa que Invernizzi ha venido tramando desde La memoria obstinada de Puerto Vírgenes –la obra le valió su segundo premio Bartolomé Hidalgo en 2019– y que continuó en El pasado es un montón de cosas inconclusas (2021).

Se puede decir que tus tres últimas novelas están ancladas en Puerto Vírgenes y tienen muchos personajes en común, pero juegan con géneros distintos. En la primera, con lo detectivesco, en la segunda con el testimonio y la novela histórica, y ahora con la especulación política, al borde de la ciencia ficción. ¿La pensaste así la trilogía?

En realidad rozan esos géneros pero no los asumen como tales. Pienso que coquetean pero no terminan de interesarles del todo. La concepción de los tres libros funcionó de modo independiente buscando el lado del viento, que, como se sabe, no siempre sopla igual. Las historias me iban empujando pero también la escritura, la forma en que las historias eran contadas. Y es así que, de pronto, la situación vivida por uno de los personajes puede provocar un efecto dominó sobre todo el libro.Y también lo puede hacer un adjetivo: al final, la materia prima son las palabras y no me llevo bien con la literatura que se las ahorra; me gusta dilapidarlas.

Bueno, en un momento te burlás de Sergio Arrantes, esa especie de alter ego tuyo, y decís que ha escrito La memoria obstinada de Puerto Vírgenes “excedido de adjetivos”.

De alguna manera siento que mi escritura a veces se vuelve anacrónica o solemne. Me gusta adjetivar, tanto como me gustan los verbos o los sustantivos. Y eso a veces me causa gracia. Tengo la teoría que esa situación es hija de mi propia ineptitud –no saber escribir como los americanos, por ejemplo–, pero, al fin y al cabo, lo siento honesto. Es lo que me gusta, lo que disfruto. Las historias que pienso me entretienen y las palabras me emocionan. Y a Sergio Arrantes, coincidentemente, le pasa lo mismo. En síntesis, la escritura me preocupa muchísimo. Escarbo, reescribo, corto y lo hago sin remordimientos. Es parte de la tarea.

Volviendo a los géneros, en esta última novela algo cambia en la balanza entre el pasado y el futuro.

En realidad las tres novelas tienen perspectiva histórica. En esta última, sin ir más lejos, el artiguismo lega una concepción “neofederal” hacia el 2050 e increíblemente el agua (la novela fue escrita mucho antes de lo que nos está tocando vivir) aparece como protagonista. Pero, si bien espía un futuro posible, esquiva la ciencia ficción. Se aventura a poner un personaje que se mueve en plena ciudad en un caballo rosillo para hacer los mandados, por ejemplo. Y los temples humanos, los asuntos sobre los que se ocupan los personajes –amor, muerte, tecnología, reivindicación, trascendencia, sobre todo–, son tan propios al 2023 como a ese 2050.

En la trilogía es notoria la atención a lo que dicen los personajes más veteranos, encargados de preservar la memoria colectiva, de algún modo. Pero en esta, además de eso, se proyectan hacia el futuro. ¿Ahora buscaste darle esa vuelta a la idea común de la vejez como un cierre?

Esta novela, justamente, comienza con un capítulo en el que un hombre desahuciado y un viejo de 94 años comienzan a proyectar un evento que sucederá 27 años después. Creo que sí, que la memoria colectiva, con sus falsedades y sus reinvenciones, es un recurso de la especie para su sobrevivencia. Los viejos expresan a su modo y de distinto modo en cada novela una presencia de la sabiduría sin oropeles, la que no necesita ser demostrada, la que es en quienes están cerca del conocimiento final. Pero al mismo tiempo, en Algo tan luminoso como una derrota, hay una subyacente apuesta a la trascendencia. Es una pregunta natural para alguien que piensa historias: ¿por qué se hacen cosas que es muy poco probable que se lleguen a ver culminadas? Eso, ni más ni menos, es el tema de la trascendencia, y creo que las respuestas son múltiples y todas válidas: generosidad, egoísmo, huella del tránsito, inmortalidad o también, es posible, órdenes genéticas de que la máquina debe seguir funcionando más allá de uno, porque ahí radica la salvación de la especie. Todo esto, en fin, dicho y contado de un modo más entretenido. O bueno, eso intento.

¿Habrá más historias de Puerto Vírgenes?

Siempre dije que esto era una trilogía... o fue tetralogía. No estoy seguro y quiero cumplir mi palabra. La verdad, extraño Puerto Vírgenes desde el momento en que le puse punto final a esta novela.

Algo tan luminoso como una derrota. 188 páginas. Estuario, 2023. La novela se presenta el martes 25 a las 19.30 en la Alianza Francesa (Bulevar Artigas 1271). El autor dialogará con Ricardo Piñeyrúa, habrá música de Carmen Pi y se expondrá un “Artigas-Pokémon” modelado en 3D por Ignacio González.