Un novelista puede apropiarse de un suceso histórico determinado y desmontarlo a su antojo con las herramientas de la ficción y el fraseo de su estilo. Una multiplicidad de paratextos le permitirá, llegado al caso, adensar el sustento real de los hechos para que el lector se mueva en el terreno de la credibilidad histórica, donde la invención pura y dura estará siempre sujeta a la fuente historiográfica. Sabido es que sobre gustos no hay nada escrito, pero creo que esas novelas históricas no sólo suelen ser las más aburridas desde el punto de vista argumental, sino también las más limitadas desde el punto de vista creativo.
Ante la recreación puntillosa de una época concreta y un asunto histórico determinado (con fechas precisas y hasta un lenguaje rescatado y reproducido para la ocasión) destellan aquellos novelistas que se apoderan de determinados asuntos de la historia y los someten al único emblema que importa: el del genio creador. Hay ejemplos de esto último (y también de lo otro) para llenar estantes y más estantes: desde Mason y Dixon, de Thomas Pynchon, a El pájaro carpintero, de James McBride; desde El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas, a Llámenme Casandra, de Marcial Gala; desde El farmer, de Andrés Rivera, a Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos.
La novela El contrabando ejemplar, del escritor argentino Pablo Maurette (1979), flamante ganadora del Premio Herralde, se inscribe en ese abordaje irreverente de la ficción histórica, al tratar ciertos asuntos ocurridos en la Argentina del siglo XVII con las herramientas de la escritura autobiográfica, la ficción metaliteraria –el manuscrito de una novela se encuentra en el centro mismo de la trama– y un portentoso empleo del lenguaje que, en su propia disposición torrencial, canibaliza épocas, estilos, jergas, idiolectos, culteranismos y diversos modos de la oralidad (hay, por ejemplo, transcripciones de audios de Whatsapp), en un todo armónico y al servicio preciso de la imaginación.
Para inscribirlo en la tradición literaria de su propio país, puede afirmarse acá que Maurette se aproxima por momentos al realismo delirante de Alberto Laiseca –autor también de dos “novelas históricas” asombrosas: La mujer en la muralla y La hija de Kheops– y por otros al realismo fantástico de algunos cuentos de Misteriosa Buenos Aires, ese libro injustamente olvidado de Manuel Mujica Láinez.
Pablo, el narrador de El contrabando ejemplar, trasunto del propio autor no sólo por el nombre, el año de nacimiento, algunos desplazamientos geográficos (el personaje reside un tiempo en Florencia, donde actualmente vive Maurette) y la condición de escritor, viaja a Madrid para recuperar el manuscrito de una novela que escribiera su fallecido amigo y mentor Eduardo, inédita tras su muerte. El manuscrito inconcluso, que descansa en un depósito inundado en Torrelodones, se llama El contrabando ejemplar y describe, entre otras cosas, un sistema de comercio clandestino en la Buenos Aires colonial del siglo XVII, verdadero dispositivo corrupto del que todos estaban prendidos (gobernantes, contrabandistas, pulperos, etcétera), y que por su carácter ilegal, y al mismo tiempo institucionalizado, recuerda a la antigua agencia de correos Tristero que se ubica en el centro de la novela La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon.
El contrabando ejemplar, la novela de Maurette, es también el libro El contrabando ejemplar que redactó el personaje de Eduardo, pero intervenido por la escritura del narrador, por sus recuerdos de infancia y por los del amigo muerto, que reconstruye una niñez y adolescencia que remeda a la del escritor Manuel Puig: una vida entre las mujeres de la familia (especialmente una tía), el cine, la dinámica del barrio y una naciente homosexualidad. Pablo, el narrador, se propone apoderarse del manuscrito del amigo muerto y convertirlo en su propia novela, pero en el camino, que va desde el viaje a Madrid a las consiguientes tribulaciones con el texto recuperado, todas las peripecias pasarán a formar parte de la misma novela.
La Buenos Aires histórica que se levanta en las páginas de El contrabando ejemplar se convierte en un prodigio atemporal en el que, entre otros asuntos, la geografía de barrios y de calles se desprende de su materialidad y temporalidad concretas y atraviesa los siglos. Así, por ejemplo, en 1600 y pico un personaje vive en un rancho en la esquina de Maipú y Marcelo T de Alvear, por la misma época una india querandí comienza a narrar su historia citando el Martín Fierro (“Yo nunca tuve otra escuela que una vida desgraciada”), o cuando unos personajes acampan en la llanura, tras los pasos de una criatura sobrenatural, rodeando un tosco fogón un negro liberto arranca a cantar “Mil horas”, ese clásico del segundo disco de Los Abuelos de la Nada, Vasos y besos, coreado por varias generaciones.
El contrabando ejemplar ensambla en su argumento torrencial varias historias –la del anatomista Pietro Malaspina, el primer italiano en llegar al Río de la Plata tras los pasos de una criatura hermafrodita con dos cabezas; la de la tía Chiquita y su vínculo amoroso con el fantasmagórico viajante de comercio Carlos María Pervinapo, alias El Mago; la del médico judío converso Zebulão Mendes y su asimilación a la sociedad colonial, etcétera – y vuelve al propio trabajo de escribir ficción en un asunto novelístico. El resultado es un libro inteligente y atrapante, que hace del propio artefacto novela a su protagonista, antagonista, escenario y laboratorio de reflexión. No es poco decir en tiempos en que campean a sus anchas el vacío y la estupidez.
El contrabando ejemplar, de Pablo Maurette. 344 páginas. Anagrama, España, 2025.