Podríamos decir que la antología ideal de un poeta consagrado es aquella que se asemeja a una casa amplia y conocida. Los lectores hemos circulado por sus pasillos, descansado en sus habitaciones y observado el mundo desde alguna de sus particulares ventanas. Quizás no hemos reparado en cierto cuadro que decora determinada sección, pero, en general, nos sabemos en un espacio acogedor.

Ahora bien, las antologías de Jorge Arbeleche –poeta de obra amplia y reconocida, autor central del último medio siglo de nuestra literatura– siempre nos deparan una sorpresa. Solemos buscar, al final de la escalera que se eleva, esa luminosa buhardilla donde nos aguarda la poesía nueva, los versos vírgenes, el canto que hasta ahora no se había hecho escuchar. Porque el poeta vuelve a dejar, al final de La morada del canto, tal como lo hizo en El repetido escándalo del gallo. Antología 1968-2018, una sección de poemas inéditos que, en lugar de dar cierre a la obra recogida, adelanta –para bien de los lectores– su continuidad.

La morada del canto, cuyo título ya había sido anunciado en el último verso de la mencionada antología previa, reúne a esta con los tres últimos libros del autor: Cuaderno de las conjugaciones, Escrituras y Liturgia. Además, enmarca el corpus poético de Arbeleche entre sendas miradas críticas: un bello prólogo de la escritora Martha L Canfield y un epílogo, tan agudo como variado, subtitulado “4 breves asedios críticos”, con textos de Hebert Benítez Pezzolano, Gerardo Ciancio, Daniel Nahum y Mariella Nigro.

Si la morada es, como dice Hugo Mujica en La palabra inicial: “la intimidad abierta que se dilata abriéndose hospitalidad [...] el lugar donde residiendo recibimos”, no parece desacertado pensar que la poesía de Arbeleche, su canto, cumpla una función semejante. En el esencial El telar de la memoria (conversaciones con el poeta), de Marisa Faggiani, ha dicho que “Ningún creador produce para el cajón”. Es decir, ni para el escritorio ni para el ataúd, entendemos. En ese gesto de apertura y vitalismo, el poeta ha franqueado la puerta para que nos integremos a su mundo. Y si atravesamos el umbral despiertos, habremos dejado atrás, aunque sea por un instante, la intemperie abrumadora de los días: “Entonces se abrirá la sed de los desiertos./ Desbordarán las aguas primitivas./ Han de borrar/ lo seco lo feo lo triste lo perdido”.

Foto del artículo 'Compilación de poesía de Jorge Arbeleche'

La morada del canto confirma algo que nunca deja de asombrarnos y que hemos señalado en otras ocasiones: la coherencia de la labor poética de Arbeleche. A lo largo de medio siglo ha sabido sostener una voz sólida y perdurable, tan equilibrada como intensa e impregnada siempre de una persistente y lejana melancolía. Lo advertimos en esa exaltación del tiempo: en los instantes que se fijan como huellas luminosas y en los tramos extensos que se desvanecen en la penumbra. En suma, una celebración de lo efímero y lo eterno, de lo cotidiano y lo sagrado.

Así ocurre en el modesto nostos del poema inédito “Regreso”, donde se contempla a una familia con su perro volviendo de un día de playa: “Habrán tenido su cuota/ –justa y medida, tal vez estrecha–/ de felicidad en esta tarde./ Fijado su lugar/ en la infinita memoria de los días”.

O en los versos de “Árbol de sombra”, que relumbran en la mencionada buhardilla: “La luz se vuelve oro./ Resplandece./ Navega el tiempo./ Sin fecha de naufragio. Intacto el milagro del día”. Versos proféticos, quizá anunciatorios. En ellos se confirma que, más que recopilar un trayecto, esta antología vuelve a poner en marcha la obra de Arbeleche: la morada sigue abierta y el canto –“contra todo el silencio”– continúa.

La morada del canto, de Jorge Arbeleche. 260 páginas. Linardi y Risso, 2025.