La justicia tarda y, en aquellas ocasiones en las que llega, resulta que ha tardado demasiado. El dibujante Francisco Solano López fue una figura indiscutida de la historieta argentina, entre otras cosas por la dupla formada con el guionista Héctor Germán Oesterheld, de la que nació El eternauta.
Solano López falleció en agosto de 2011 y tuvieron que pasar 11 años para que se popularizara (se masificara) una edición de El eternauta que hiciera justicia a su arte. Aquellos que lo habíamos descubierto leyendo páginas que parecían la fotocopia de una fotocopia redescubrimos sus trazos finos, sus sutilezas e incluso la verdadera textura de la nieve radiactiva que cubría a la ciudad de Buenos Aires y era el primer paso de un plan de invasión extraterrestre.
Por estos días llegó a las librerías uruguayas otro libro que, dicen por ahí, es una de esas versiones “definitivas” de otra obra de Solano López. La ambientación no podría ser más diferente, pero el trazo majestuoso se mantiene. Esta vez para retratar barrios bajos, prostitutas, golpizas, y un protagonista tan irreal que solamente puede estar basado en una persona que existió de verdad.
La Argentina eternamente épica (mal que le pese) tuvo en los años 50 y 60 a un comisario rudo como pocos, “un pesado pero con códigos”, como lo describió Juan Sasturain, director de la revista Fierro en la época en la que se publicó su adaptación. Sí, un comisario argentino real inspiró “libremente” a un personaje de historietas, y de la mano de Carlos Sampayo y el eterno Solano López se volvió inmortal.
Evaristo Meneses fue jefe de Robos y Hurtos entre 1957 y 1961, y en una Argentina siempre personalista cobró fama por desarticular bandas criminales destacadas, de esas con planes ejecutados a la perfección y líderes que también se conocían por nombre y apellido. En 1962 se publicó el libro Meneses contra el hampa, escrito por Iderla Anzoátegui. Hubo hasta una disputa por los derechos de autor.
Frecuentaba boliches, no tenía pruritos en torcer la ley, luego del retiro fue investigador privado. Ninguno de estos elementos es necesario para disfrutar de Evaristo, impecable recopilación de sus aventuras cortas en blanco y negro. De hecho, lo que les conté del Meneses verdadero recién salí a buscarlo después de devorar la historieta.
Después de un breve prólogo en el que Sampayo recuerda el equipo formado con Solano López y nos recuerda que lo que leeremos es “de época” (la historieta está ambientada un cuarto de siglo antes que el momento en que se publicó), la cosa arranca. Y arranca con todo: el asalto a una oficina de cambio, con rehenes remotos para hacer que los asaltados entreguen el dinero.
Las historias de Evaristo no se van por las ramas. Llegan, dan el golpe y se retiran, casi como el mismísimo comisario. En esa primera aventura (“Melodrama de desempate”) hace acto de presencia y el asunto se destranca. Lo que engrosa la narrativa es un elemento que estará presente en la mayoría de los capítulos: el flashback. Meneses ya es veterano en la historieta; de hecho, es descrito por un transeúnte como “el mejor policía del país”, por lo que se ha cruzado previamente con la mayoría de los criminales.
En pocas páginas encuentra a personas desaparecidas, resuelve asesinatos o evita algún crimen, entre visitas a los garitos, a dormitorios o a despachos en donde tendrá que dar explicaciones. Evaristo, si corresponde, pedirá perdón. Nunca permiso.
Sampayo salpica los diálogos, nos hace testigos de conversaciones empezadas, y la historia da saltos no tan comunes para el noveno arte, construyendo atmósfera a veces desde el espacio negativo. En manos de algún otro dibujante el resultado podría ser confuso, pero tiene a su costado prácticamente a un renacentista.
El Solano López de Evaristo cuenta con experiencia de vida y con viñetas más grandes, como para lucirse con cada una de ellas. Es estadísticamente muy probable que al abrir en una página cualquiera y mirar una viñeta al azar nos encontremos con un nivel de detalle, de expresividad y de “puesta en escena” dignos de admiración.
Por supuesto que abundan las mujeres, del día y de la noche, casi todas atraídas hacia esa fuerza gravitatoria intrigante que es el comisario Meneses. Un personaje que en manos (o dedos) de Solano López es una versión todavía más dura y directa de Harvey Bullock, personaje secundario de la Policía de Gotham City en las historietas de Batman. Hay barrios bajos, villas dejadas a la buena de Dios, pero también apartamentos lujosos, bares que serán notables y hasta un paseo por Cuba. Y todo, pero todo es como para detenerse en una segunda lectura. Porque la primera va como piña.
Hay muy poca “continuidad” en Evaristo. La única subtrama, si podemos definirla de esa manera, es la del periodismo sensacionalista, y un editor repugnante que pide a sus empleados que revuelvan más en el fango, no para buscar algo parecido a la justicia sino simplemente para vender más periódicos, en tiempos en los que clickbait era un término de la ciencia ficción. Y en una Argentina convulsionada, que (justamente) por los diarios presentes en las viñetas vemos llegar al golpe de Estado de 1962.
A los fanáticos de la historieta argentina, de la historieta policial o del género negro en sí este libro los tomará de la camisa y los sacudirá un ratito. Posiblemente, después de terminarlo tengan alguna que otra confesión para hacer.
Evaristo, de Carlos Sampayo y Francisco Solano López. 224 páginas. Planeta Cómic, 2025.